Los superhéroes están ahorita hasta en la sopa: lo dice el último número de MAD que se puede adquirir en la nueva sección dedicada enteramente a cómics en su Sanborns de preferencia.

Este rejuvenecimiento del gusto por los personajes tan queridos del papel ilustrado me parece, en muchos sentidos, maravilloso. ¿Qué mejor que lleguen más traducciones –el primer tomo de Preacher de Gareth Ennis y el Sandman de Neil Gaiman, hablando de DC, fueron de lo último que estuve ojeando– , que salgan más películas –como la locura genial de Guardians of the Galaxy que no hubiera salido sin el actual hype– o que se sigan ampliando universos del papel al celuloide?

Lo que sí pasa también es que todos están buscando sacar sus morlacos aprovechando la ola. Las películas se multiplican y ahora la televisión está invadida de caracterizaciones con resultados muy diversos. El universo de DC ha encontrado, en particular, un nicho privilegiado en la pantalla chica. Y se nota: del lado de los humanos dotados está Arrow que ha tenido una muy buena recibida, del lado de los súper humanos está la más reciente personificación de Barry Allen con The Flash y, finalmente, en el universo oscuro de DC se asoma el tan favorito tabacalero de Hellblazer con Constantine. Ahora, siguiendo la tendencia, Fox estrenó los primeros dos episodios de Gotham. El personaje de Batman todavía está amarrado en derechos por la Warner Bros y la pelea con el hermano mayor no está fácil: DC optó mejor por adaptar una historia de orígenes centrada en la joven figura de otro justiciero, éste sí con placa, James Gordon.

Toda novedad trae sus dudas

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La premisa de la serie, o era lo que se nos presentaba, iba por ese lado: seguir la vida del joven y recientemente ascendido detective Gordon en su llegada a la muy corrupta Gotham City. Y, en efecto, la serie busca empezar por donde generalmente se empieza: el asesinato de Thomas y Martha Wayne en un oscuro callejón. Hasta acá, todo bien. Sobre todo si le añadimos la promesa de unas cuantas pascuas tiradas a los fanáticos en relatos de origen de varios villanos insignes entre los que se promete no nada más al Pingüino, Hiedra Venenosa y Gatúbela en sus pininos, sino que se rumora por ahí al imprescindible Guasón, al Espantapájaros y al muy esperado Hugo Strange en una nueva recreación de Arkham.

Aun así, los fanáticos tenían muchas dudas. Primero llegaron las críticas sobre el punto de hacer un show de Batman sin Batman, luego las mentadas por el cambio de nombre de Pamela Isley al terriblemente poco sutil nombre de Ivy Pepper y luego la lluvia de interrogantes sobre las dificultades de mantener, en una cadena como Fox, una serie lo suficientemente duradera para llegar a la decepción final de Smallville. La mera verdad, para un nuevo experimento, incluso en esta época de regreso a la atención que se merece el cómic, me parecía, de entrada, bastante arriesgado. Aunque, claro, siempre hay que apoyar la voluntad de ampliar estos universos y el gusto de ver a tan queridos personajes en carne y hueso. Sin la intención de quemarle nada a nadie y habiendo dicho todo esto le dejo a quien le interese unos cuantos comentarios más alrededor del piloto de la serie y su prometedora continuación.

Un piloto mareado

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Primero tengo que decir lo que me retumba en la cabeza: el piloto me pareció bastante malo. Con esto fuera del camino, queda aclarar. Es normal que el primer episodio resulte tan acartonado: creo que a Agents of Shield les tomó diecisiete capítulos hacer algo decente. Es normal incluso que las intenciones se confundan si consideramos que, en realidad, este primer episodio funciona más como promocional que como piloto: la serie ya está encargada para 16 episodios y aquí los creadores no tenían que demostrar nada. Lo que sí, es que, claro, nada de esto sirve para volver muy atractivo el inicio de la serie. Y el problema está, justamente, en la ansiedad publicitaria.

Entiendo que la serie esté hecha, como sucede con superhéroes tan queridos en estos tiempos de mercancía subrayada, no nada más para complacer a fanáticos hechos y duros sino para atraer a nuevos espectadores que han oído hablar de los personajes más conocidos pero que no necesariamente reconocen a Crispus Allen o Renee Montoya. Y en esta mezcla se observa la ansiedad de los escritores que quieren tirar premios demasiado rápido: Edward Nygma se echa como siete adivinanzas en treinta segundos de pantalla, Selena Kyle sale alimentando gatitos a los cinco minutos de serie, los rufianes se refieren a un discreto y elegante Cobblepot como “penguin” aunque su escuálida fisionomía todavía no apunte a nada y, claro, el nombre malencontrado de una muy morra Hiedra Venenosa cambiado sin sutilidad alguna.

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El joven Pingüino todavía no tiene la fisionomía que lo caracteriza

Y es que, aquí sí, la delicadeza la mandaron al traste: quisieron hacer algo rápidamente reconocible y tirar todos los nombres con todas las figuras posibles para lograrlo. La identificación visual, que se salta completamente la estética de Nolan, va también a anclarse en algo particularmente reconocible del trabajo noventero de Tim Burton. Y no nada más me refiero al diseño saturado de la ciudad –que no existe en el realismo de las últimas cintas– sino también a los guiños en la excelente interpretación de Bullock y en algunos gestos de un interesante Robin Lord Taylor interpretando a Cobblepot. ¿Se fijaron en la forma de comer al final del episodio?

En todo caso, parece muchísimo más interesante lo que prometen hacer con el Guasón que lo que están haciendo con la ahora llamada Ivy Pepper: para no quemar todas las expectativas de este personaje, los productores decidieron con los escritores ir dejando pistas en el camino como trampas a los fanáticos. Así, en este primer episodio tenemos a un comediante frente al nuevo personaje de Fish Mooney y por ahí sale un pequeño graffiti de pasada que dice “smile”. Esta construcción en suspenso del personaje puede que no sea muy elegante o ingeniosa pero resulta mucho más interesante que quemar en el primer episodio un nombre tan reconocido para darle algo de identificación inmediata a una villana que no necesita presentación.

Luz en el túnel: queda mucho por ver

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Dicho todo esto, hay que admitir que, a pesar de la calidad titubeante de este primer episodio, no hay nada perdido. Y esto es, justamente, lo que ha venido a demostrar el segundo capítulo. La cosa mejoró considerablemente en cuanto a la precipitación publicitaria: no más historias de origen apresuradas, no más adivinanzas con Nygma; Cobblepot encuentra la razón de las burlas volviéndose más físicamente caricaturesco y la maldad con tintes oportunistas y sensuales de la muy joven Selina Kyle promete darle forma a este ambiguo personaje; se afianzan los personajes de Bruce Wayne y las maneras de este atípico Alfred en el que, a pesar de la rudeza, queda algo de ternura involuntaria. Además, claro, esa lejana referencia a algún Dollmaker pone las cosas bastante macabras. Todo va para lo mejor en esta dirección y, con el segundo episodio, parecen levantarse las migajas y rectificarse ese camino desparpajado del piloto. Queda mucho por ver.

Las series toman generalmente tiempo en asentarse y en lo personal pienso que se pueden percibir, desde el primer episodio, muchas cosas que podrían resultar en un desarrollo interesante. Fuera del carácter demasiado excepcional de Jim Gordon en este primer episodio –tanto lujo en el departamento de la que será su primera esposa Barbara, su simpatía desbordada mezclada con garra de militar en el desierto–, la historia que se teje alrededor de él crea elementos apetitosos para una trama de mafias y dilemas morales. Y, claro, el segundo episodio también sirve para limarle los bordes y contrastar la extravagancia de Barbara con su normalidad: ella come comida china con palillos y una copa de vino, a él le da un tenedor mientras echa sorbos de una cerveza en lata, ¡ese es mi Gordon!

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La historia que se teje alrededor de Jim Gordon crea elementos apetitosos para una trama de mafias y dilemas morales

El problema a vencer, más bien, es que no se puede tener una trama de detectives reales –después de la increíble True Detective el piso está resbaloso– y mezclarla sin riesgos con un contraste explotado en una ciudad dibujada de forma caricaturesca. Claro, no se puede si uno quiere mantener un balance y no caer en un patético inmediato. Pero lo que se hizo aquí fue completamente distinto: explotar la trama mafiosa para inmiscuir a Gordon, con todo e historia familiar, en el centro de la corrupción y el desgaste. Esta forma grandilocuente de pasar a un registro más estallado de noir tocando el L.A. Confidential me parece una forma bien atinada para lograr mezclar registros y darle la batuta al carismático detective; que, por cierto, algún parecido sacó en la mirada matona del Russell Crowe de esa película.

Mooney, en todo esto, no es un mal personaje y encaja perfecto en la estética buscada. Siguiendo su rastro de migajas, Gordon aprende del duro balance entre hacer algo malo y conseguir con esto un bien mayor; y son, justamente, este tipo de dilemas morales que nos regresan un programa de Batman sin Batman a los problemas éticos fundamentales del caballero de la noche. Siguiendo también la misma confección, esta nueva versión del Pingüino con todos sus amaneramientos y su elegancia, con sus conexiones mafiosas y su exilio, logran regresar al personaje a una construcción anterior a la del imaginario de Burton.

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El personaje de Mooney encaja perfecto en la estética buscada

Este encuentro fue, sin duda, una grata sorpresa y va a servir para mantener un hilo de interés constante acompañando las difíciles decisiones de Gordon en su limpieza del departamento de policía; cosa que también se perfila en el segundo episodio con el paulatino plan de extorsión de Cobblepot y el ojo puesto en un mapa de Gotham. En conjunto, todos estos esfuerzos por revitalizar personajes viejos o traer a cuento nuevos integrantes al universo del murciélago son otros logros más que esperanzan sobre la futura construcción de esta serie que se tropieza y se reanima en sus caracterizaciones.

Como dije, no todo está perdido. El primer episodio es malo, sobre-ansioso y publicitario, pero eso no quiere decir que no se planteen hilos importantes para una trama a futuro y que no se tiren lozas sólidas para un camino estético bien apuntalado. El segundo episodio es buena muestra de ello y en su mezcla de oscuridad comiquera y noir detectivesco, se asienta como promesa. En general la interpretación sin tiempo y sin geografía de una Gotham oscura puede servir para un retorno interesante a ciertas raíces del personaje, olvidando el realismo, regresando a orígenes menos acartonados.

Esperemos que Fox sea, por una vez, consecuente y deje correr el programa lo suficiente para que podamos ver, en conjunto, sus resultados. Sólo así, esta nueva producción que se tambalea entre complacencias y deberes, fanáticos viejos y nueva vitalidad, podrá demostrar por sí misma lo que valen en ella las esperanzas depositadas.

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