La hermosa y trágica historia del artista que le tejía chambritas a Godzilla

Les contamos la hermosa y trágica historia de Feliciano Centurión, el artista latinoamericano que le tejía chambritas a Godzilla.
Feliciano Centurión, Dinosaurio, c.1995, animal de plástico con crochet, 15 × 10 × 5 cm, Cecilia Brunson Projects, fotografía de Eva Herzog

Les voy a contar esto como una experiencia de descubrimiento personal. Porque, finalmente, eso fue. En algún extraño azar de internet me encontré con la publicación de una página que customiza juguetes de dinosaurios. En la publicación había cuatro fotos de figuras de Godzilla a las que alguien les había tejido chambritas. La idea era adorable y maravillosa y la puse en un tuit que, de pronto, agarró buena tracción.

Con toda la vergüenza de no saber quién había tomado estas maravillosas fotos, quién había vestido a estas figuras de Godzilla, quién había tejido estas delicadas chambritas, pregunté, debajo del tuit, si alguien conocía al artista responsable. Con todo, quería darle el merecido crédito. Mi sorpresa fue encontrar, gracias a una amable usuaria de esa red social que generalmente da más desagrados que agrados, a un artista único del que no sabía absolutamente nada.

La obra en cuestión es parte de la colección Dinosaurios de 1995 de Feliciano Centurión fotografiados por Eva Herzog en una nueva retrospectiva del artista en Reino Unido. Quedé intrigado por el nombre barroco y grandilocuente de Centurión, pero también por la potencia de su obra.

Feliciano Centurión, Surubí, 1992, acrílico y barniz sobre frazada, 200 x 190 cm

¿Por qué nunca había escuchado de este prominente artista paraguayo? ¿De su trágica y hermosa historia? ¿Por qué nunca había visto sus coloridas mantas, sus bordados, su hermoso acercamiento al kitsch noventero?

Hoy, Feliciano Centurión es considerado como uno de los más importantes artistas latinoamericanos de los años noventa. Pero, en vida, fuera de un fecundo círculo local, el artista paraguayo murió sin el reconocimiento que merecía. Esto también se debe, por desgracia, a que murió demasiado joven, de apenas 34 años, por complicaciones derivadas del VIH/SIDA.

Así que, para agradecerle un inesperado gesto de belleza y el encuentro con el rico esplendor visual de su obra, quería presentarles, aunque sea rápidamente, quién era Feliciano Centurión, el artista que le tejió chambritas a Godzilla.

Feliciano Centurión, Dinosaurio, c.1995, animal de plástico con crochet, 15 × 10 × 5 cm, Cecilia Brunson Projects, fotografía de Eva Herzog

Paraguay vibrante

Feliciano Centurión nació, a principios de los años ochenta en San Ignacio Guazú, Paraguay. Se trata de una pequeña ciudad al sur del país sudamericano que fue fundada por los misioneros jesuitas (esos meros que se tiran crucificados de cataratas en las películas de Hollywood). Los jesuitas tenían un acercamiento peculiar al colonialismo católico, integrando de una manera -si se puede decir- más humana, las creencias y las culturas locales con la misión evangelizadora.

Por eso, dejaron en San Ignacio una rica tradición de barroco sincrético que se refleja en las iglesias ricamente ornamentadas, en la tradición del bordado y del crochet, en las artesanías y en la vibrante cultura que ahí se respira.

Paraguay o, como lo describía Feliciano, “esta conflictiva tierra natal”, era un país extremadamente rico hasta que sus vecinos, Brasil, Argentina y Uruguay, lo destrozaron en la Guerra de la Triple Alianza (1864-1870). En esa guerra las tres potencias mataron al 90 por ciento de la población masculina del país guaraní. A partir de ahí, la vida de Paraguay ha sido más discreta y se le describe, en el imaginario popular de América Latina, como un lugar perdido, abandonado entre potencias, refugio en la selva de narcotraficantes y criminales de guerra.

Feliciano Centurión, Dichoso será el pajarito…, c. 1995, bordado sobre funda de almohada, 43.2 x 66cm

Paraguay también vivió una dictadura de derecha espantosa: 35 años de miseria militarizada autoritaria de la mano de Alfredo Stroessner. De hecho, junto a la de Castro, ésta es una de las dictaduras más largas de América Latina.

Feliciano nació en plena mitad de esta dictadura, en un momento de represión constante contra los comunistas, de autoritarismo reacio, de catolicismo arraigado y de mitigada estabilidad económica. En este ambiente, creció rodeado de una naturaleza exuberante en un ambiente matriarcal, tradicional, efervescente de cultura.

La experimentación en la obra de Centurión pasa constantemente por un balance entre lo natural y la cultura en su niñez. Por un lado la riqueza exótica de la fauna y de la flora en Paraguay, rodeado de agua, de “flores de paraísos florecidos”, de cucarachas amarillas, de yaguaretés y de chacos paraguayos. Por otro lado, de la riqueza lingüística y cultural en el único país de América Latina que tiene, como lengua oficial, una lengua indígena (el hermosísimo Guaraní) y en una región en la que se cultivaban complejas formas de artesanía bordada como el ñandutí.

Feliciano Centurión, Soy el flujo del tiempo que no se detiene, 1990-1993, tela bordada sobre frazada, 63 x 55 cm

También, la creación de este artista pasa por lo prohibido en la exploración de lo femenino. Feliciano Centurión creció rodeado de mujeres, de sus hermanas, de su madre y de su abuela, en lo que él describió como un círculo matriarcal. Esta infancia de naturaleza exuberante en un ambiente esencialmente femenino y culturalmente intenso, será el sujeto de un constante retorno para el artista paraguayo.

“Una elaboración que hago, psicológica, en estos últimos tiempos, es permitirme trabajar con cuestiones femeninas. Cuando yo era chico y vivía en el mundo femenino, con hermanas y mi madre y mi abuela, tenía prohibido hacer ciertas cosas porque eran de mujeres: “¡No estudies piano, eso es para mujeres!” “¡No bailes, eso es para mujeres!” ¡Todo era para mujeres! Todo lo que yo quería hacer era para las mujeres. No podía agarrar la escoba, no podía hacer muchas cosas.

Ahora que he crecido y soy más consciente, puedo trabajar esa parte femenina: puedo bordar a pesar de que me lo prohibieron; puedo hacer crochet, a pesar de que me lo prohibieron. Porque si lo hago de una manera muy consciente y me permito hacerlo, estoy trabajando un tabú. Y es lo que he hecho en mis obras últimamente: liberarme de ciertas cargas y celebrar el mundo femenino en el que he vivido. Vivir en un mundo matriarcal es una experiencia única.”

Así, con un constante regreso a la intimidad femenina de la infancia, a la rica cultura barroca de San Ignacio, a la experiencia de la artesanía tradicional paraguaya, a la cultura guaraní y a la fayuca china del gran mercado 4 de Asunción, Feliciano Centurión creó un conjunto único de obras que siguen vibrando, con actualidad y amor, hasta nuestros días.

Feliciano Centurión, Dinosaurio, c.1995, animal de plástico con crochet, 15 × 10 × 5 cm, Cecilia Brunson Projects, fotografía de Eva Herzog

 

El arte de tejer chambritas a Godzilla

En los fervientes años ochenta, antes de que cayera la dictadura de su país, Centurión se mudó para estudiar en escuelas de arte de Buenos Aires, Argentina. Ahí, encontró un ambiente maravillosamente libre: la dictadura militar argentina había terminado, la juventud recuperaba un sentido de novedad frente al viejo arte político, la libertad sexual se respiraba en el aire y todo el ambiente cultural argentino rebozada de invención.

En el Centro Cultural Ricardo Rojas, conocido popularmente como El Rojas, Centurión encontró a una familia de artistas con los que creó un fugaz e intenso movimiento a mediados de los años ochenta y durante la primera mitad de los noventa. El Rojas era un lugar único. Dirigido por el artista Jorge Gumier Maier, éste fue el primer lugar en Argentina adscrito a una universidad, pero absolutamente independiente. Nada en El Rojas era estrictamente académico, nada era burocrático o administrativo. Éste era un lugar libre para cultivar a curadores, a artistas experimentales, a los locos más creativos del momento.

Feliciano Centurión, de la serie Frazadas, 1990-1993, acrílico sobre tela de jean, 43 x 51cm

En El Rojas, Centurión encontró su medio y un espacio que le daba cauce a una peculiar forma de expresión. Liberados de los yugos políticos del arte comprometido, libres del pensamiento latinoamericano y atravesados por los sincretismos de la globalización, estos artistas producían con el plástico con rebabas y los materiales hechos en China.

Con el grupo de artistas que ahí residía, el creador paraguayo paseaba durante horas por los mercados, por el Once, el barrio de las telas bonaerense, encontrando los objetos más extraños, la fayuca más horrenda, las telas más desgastadas, cobijas del tigre y manteles baratos, sintéticos, despreciados por toda consideración de elegancia.

Feliciano Centurión, de la serie Frazadas, 1990-1993, acrílico y escorpiones de plástico sobre frazada, 54 x 52 cm

En este universo de plástico y telas de mala calidad Feliciano Centurión encontró su lienzo. Sobre los manteles de patrones sencillos y repetitivos, pintaba enormes animales exóticos, pulpos, cangrejos y medusas; sobre las cobijas del tigre repasaba los rasgos de los animales para darles el expresionismo exagerado de los ojos explotados en las junglas de Renoir; sobre los pequeños manteles bordaba frases de cariño como “Mi fortaleza son tus brazos”, “te quiero”, “Estoy vivo”; sobre los juguetes tejía delicadas ropitas de lana…

Feliciano Centurión, Soy el flujo del tiempo que no se detiene, 1990-1993, tela bordada sobre frazada, 63 x 55 cm

Todo lo que era considerado de mal gusto tomaba, a los ojos de Centurión, una enorme profundidad estética. Las cosas horrendas, los muñecos de plástico, lo que todos desechaban, eran para él un objeto de cariño. Cuidaba a estas criaturas raras como él, desechadas como él, parias como él, y les daba un nuevo hogar, amor, visibilidad, las cobijaba, les tejía chambritas. La gente que cree que tiene cierto gusto pierde la experiencia de las cosas más cotidianas, los pequeños detalles que vibran entre los juguetes olvidados y el plástico deslavado de los mercados locales.

“Una de las características del arte contemporáneo”, explica el teórico Ticio Escobar, “es perder el miedo a lo decorativo, a lo kitsch, a lo ornamental, a lo que es incluso banal, fútil, o aparentemente muy trivial y, a través de eso, conducir el objeto hasta su límite; buscar la intensidad profunda que tienen todas las creaciones humanas. Tomar lo cotidiano e impregnarlo con las vivencias, con las pulsiones, con la vida interna del artista.”

Feliciano Centurión, Dinosaurio, c.1995, animal de plástico con crochet, 15 × 10 × 5 cm, Cecilia Brunson Projects, fotografía de Eva Herzog

El trabajo de Feliciano consistía en embellecer. En tomar lo que fuera, algo considerado como feo, y regresarle la dignidad de su belleza intrínseca. A través de la transformación de estos objetos cotidianos, la lucha de Feliciano era la lucha por una armonía, por reconocer lo hermoso en todo, por revalorar lo rechazado.

“Llegaron a mí, como casualmente, el juguete y su ropa, vuelvo a la infancia, les tejo vestiditos de lana, tapaditos, ropitas de crochet, revelando el humor y acentuando la calidad kitsch del objeto. Envueltos de ternura, despiertan simpatía y conforman una especie de Jurassic Park de lo doméstico. Juntos, sin categorías, dinosaurios, caballos, elefantes, son una metáfora del poco cuidado y el amor a nuestra naturaleza. Condenados a la repisa, impregnan a la realidad con gestos de amor.” Escribía Centurión en septiembre de 1996, meses antes de morir.

La obra de Feliciano siempre estuvo impregnada de amor y de ternura. Al final de su vida, cuando supo que estaba enfermo de VIH, una enfermedad estigmatizada como “la peste de los homosexuales”, siguió trabajando en el bordado de pequeñas almohadas e imágenes religiosas en las que plasmaba sus reflexiones sobre el paso de la vida, la trascendencia y la muerte que se acercaba.

Feliciano Centurión, Sillón rojo, 1989, acrílico sobre tela de tapicería, 200 x 125 cm

Se negó a tomar tratamientos (de cualquier forma, en esa época, los antirretrovirales eran demasiado caros) y, más bien, llevó una vida balanceada de comida macrobiótica y yoga. Pudo visitar París antes de morir, pero la pasó mal. Una instalación en el Centre Georges Pompidou lo alteró demasiado y se perdió en las calles. Lo encontraron en el metro, inestable y casi congelado. Regresó a Buenos Aires, con la ayuda de su hermana, para morir.

Incluso en los últimos momentos, Chano, como lo conocían sus amigos, encaró a la muerte con lucidez y se rodeó de amor. Porque lo suyo era el cobijo, arropar, hacer sentir a través de la belleza, la profundidad estética de querer y ser querido, de recordar momentos felices de la infancia, de abogar por la ternura y el cariño desinteresado.

“Creo que hemos perdido tanto afecto, tanto cariño, en esta sociedad. Quiero rescatar esta carga con una obra que trata de cubrir la falta de afecto que estamos viviendo. Todos estamos muy necesitados de amor, de caricias, de palabras lindas, dulces.” Explicaba.

Feliciano Centurión, de la serie Frazadas, 1990-1993, acrílico sobre frazada, 204 x 146 cm

Encontrar la obra de Feliciano Centurión ha sido una experiencia más allá de las bellas chambritas de Godzilla. Descubrí a un artista que no hubiera podido existir en otra época fuera de los noventa, en otro lugar, fuera de Buenos Aires. Un artista que no corresponde al cinismo frío actual de un arte hiper-referencial y autoconsciente; un artista que tampoco correspondía a la ira y el enojo del arte comprometido, político, solemne, de generaciones anteriores.

No por eso el arte Feliciano Centurión deja de ser político. Pero la suya es una micropolítica del cuerpo, de los afectos, de las caricias y de los recuerdos a flor de piel; de la experiencia nostálgica del calor en el seno familiar; de la libertad sexual y el gusto de apapacharnos. Su colorida producción es un recordatorio de que la belleza no necesita ser elegante para ser penetrantemente y que, muchas veces, lo que admiramos en algo hermoso es una sensación de cercanía, de intimidad, que se relaciona más con los afectos imperfectos, que con lo que idealizamos en el intelecto.

El descubrimiento de Feliciano me arropa, porque descubrí en alguien que murió demasiado joven, una alegría de vida única y un amor que trasciende el olvido y las épocas.

Cada vez que Feliciano vestía un juguete de Godzilla, en realidad, nos estaba abrazando a todos.

Feliciano Centurión, de la serie Frazadas, 1990-1993, bordado y acrílico sobre frazada, 50 x 49.5 cm

Si quieren saber más de la vida y obra de Feliciano Centurión, les dejo un documental íntimo de dónde saqué muchas de las referencias que encuentran en este texto.