La llegada de Gravity es un buen pretexto para recordar el trabajo del cineasta mexicano detrás del ambicioso proyecto: Alfonso Cuarón.

Mucho se ha hablado sobre la exitosa carrera de este Alfonso Cuarón y no quiero aquí regresar a los mismos comentarios. En vez de eso, prefiero recordar brevemente su película anterior, la tan alabada Children of Men, en el marco de su incuestionable originalidad. Para entrar en calor es necesario dar un rodeo a través del asunto genérico y hablar primero de las diferentes necesidades detrás de cada visión popular hollywoodense del apocalipsis. Después, con suerte, voy a poder discutir mejor una de las geniales peculiaridades de tan singular película.

Hace casi quince años en el Journal of Religion and Film, Conrad Oswald hablaba de la secularización del apocalipsis. ¿Qué quería decir con esto? Simplemente que la cultura popular había tomado ciertos conceptos sobre el fin del mundo de la tan explotada escatología cristiana (o dicho menos pomposo, de lo que se refiere en la religión cristiana a las realidades últimas como la muerte o, justamente, el fin de los tiempos) para adaptarlos a sus propias angustias. Es decir que, esquemáticamente, el hablar de un dios vengador o del juicio final ya no podía complacer la ansiedad del hombre moderno. La tendencia a la secularización en las sociedades occidentales habría entonces llegado al punto de tener que adaptar el mito del apocalipsis a marcos de referencia más inmediatos. Las primeras consecuencias son, por una parte, que el mundo se acaba en estas proyecciones por tres razones que excluyen la presencia divina –causas azarosas, invasiones alienígenas o autodestrucción humana– y que, excluida la omnipresencia en nuestra destrucción, estos “fines de los tiempos” son menos terminales, de alguna manera, menos “finales”.

Entonces, comprendiéndonos a grandes rasgos, la vanidad humana llegaba a complacerse con la aniquilación de la especie. Claro que es un pensamiento terrible, molesto incluso, pero hay algo de vanidad en esto de percibir nuestra propia aniquilación. Como bien dijo Michael Moyer en el número especial de Scientific American de 2010 dedicado al fin del mundo: los científicos son los primeros en propagar, por divulgación, las paranoias que alimentan la cultura popular. No hay nada que nos adule más que sentirnos parte de algo especial, vivir el fin de la humanidad, claro, en estas nuevas posibilidades de un cataclismo del que algunos se escapan. Eso y, por supuesto, la trascendencia que todos perseguimos: destruyendo el mundo, salvándolo o atestiguando su desaparición, sentirnos parte de algo tan enorme como el fin de todos.

Ahora bien, con el pensamiento científico en la médula de todo peatón –y cualquier lego con la bata adentro–, con todo y la secularización progresiva encarnándose en manifestaciones populares de cultura, seguimos siendo mochos hasta el tuétano. Me explico: se le arrebata a Dios la muerte de la humanidad, se quita la omnipresencia y nos encargamos de matarnos solitos pero, siempre y antes que nada, sintiéndonos culpables por hacerlo. En la enorme mayoría de las producciones apocalípticas hollywoodenses de los últimos veinte años –y me quedo en esa fecha para no excederme más en mis generalizaciones–, encontramos, en efecto, la necesidad de expiación.

Secularizamos el apocalipsis, de acuerdo, pero esta mentada prometeica y audacia infantil se paga con la revancha de la moral cristiana. Básicamente, en el esquema narrativo de casi todas estas películas, la humanidad se salva a condición de la conciencia de su maldad, del sacrificio, de la culpa y, sólo pagando este precio –que nos devuelve la confianza en nuestra bondad– algunos afortunados se salvan. Pensemos en algunos ejemplos paradigmáticos con las películas de Roland Emmerich, amo y señor autonombrado por necedad en este tipo de producciones. En Independance Day, cuando el viejo beodo paranoico que todos despreciaban, se queda sin proyectiles, encamina su F22 con gozo en el sacrificio hacia la nave alienígena: un mensaje de amor a sus hijos, vitoreo, una lágrima y el primer paso para la salvación de la humanidad.

Randy Quaid, el kamikaze que se sacrifica en Independance Day.

En The Day After Tomorrow, un padre deberá probar su amor filial al arriesgar su vida para salvar al honrado primogénito. En 2012, el obrero tibetano muestra compasión, el férreo escritor inspira el bien común, el pobre científico hindú, visionario que nadie consideró, se funde en un abrazo con su familia antes de ser engullido por una ola gigante… Y, por supuesto, está el contrapunto: los injustos muestran sus verdaderos colores, algunos malvados son castigados, otros segregados y con estos pocos humanos inhumanos mediando el sacrificio de los justos, el balance de la humanidad queda restaurado con la fe positiva en nuestra bondad fundamental. Más que sobrevivir la humanidad, sobrevive una humanidad mejorada, sobreviven los valores cristianos, la bondad primordial y arquetípica. Grado más alto de la vanidad humana sin ningún riesgo moral, pura caricia con su necesario y expiatorio periodicazo en el hocico.

Una vez hube generalizado gustosamente, quiero ahora acotar dos polos extremos en la producción hollywoodense que salen de alguna forma de este esquema. Por una parte, agazapadas en su esquina, las películas que francamente no esconden su tangente cristiana y que, siguiendo el mismo patrón narrativo de expiación –de todas todas nos salvamos–, no secularizan nada y siguen mostrando el castigo de la humanidad como fuente divina. Dos ejemplos paradigmáticos, uno en cada década que nos concierne, son End of Days (¿recuerdan a Schwarzenegger como Jericho y la muy recordada escena de Gabriel Byrne pervirtiendo, como sólo el diablo lo sabe hacer, a una madre y a su hija?) y la más reciente Legion (balazos para todas partes, abuelas poseídas por ángeles y, porque no, de nuevo y como siempre, Dennis Quaid).

Por otro lado, las películas que excepcionalmente –unas más logradas que otras claro está– salen de este patrón dilucidando, como buena ciencia ficción, aspectos más crudos, preguntas más interesantes, sobre la condición humana presente y la ansiedad que nos produce. Tres ejemplos muy distintos me parecen acotar el punto. Primero está la película de 2011, The Divide. En este caso continuando lo que dijimos antes, no me parece ninguna sorpresa la pobre recepción crítica que tuvo en Estados Unidos: un apocalipsis nuclear sin enemigos externos, una humanidad mostrando sus verdaderos colores en locura, brutalidad y pulsiones crudas, un final sin esperanza, una heroína moralmente cuestionable, ninguna expiación, ninguna vanidad acariciada, el puritito azote sin el apapacho de sermón acostumbrado.

Otro caso es la reescritura que hace Terry Gilliam de la maravillosa La Jetée de Chris Marker en 12 Monkeys. Aquí el fin del mundo lo causa un loco iluminado: razón suficiente, un delirio decidido, vanidad y trascendencia. Además de un final ambiguo que nos deja suponiendo una planeación cíclica del apocalipsis por fríos científicos del futuro y del siempre refrescante héroe que no quiere ser heroico. Finalmente, un último ejemplo podría ser la ambiciosa Children of Men de Cuarón que, si bien cumple con el esquema de la expiación por el sacrificio, nos da una perspectiva completamente nueva jugando con lo previsible, criticando la evidencia. Así, si se sacrifica el personaje de Clive Owen y si se sacrifican tantos más para que el único nacimiento de la humanidad llegue a su salvación, es porque en la infertilidad generalizada el hombre queda privado de trascendencia.

El apocalipsis de 12 Monkeys.

He aquí un punto interesante y crítico con respecto a las demás películas de apocalipsis. Todo sentido de vanidad, todo propósito humano se extingue en depresión gris una vez que nos encontramos con una realidad humana de frente: la absoluta intrascendencia de cada uno. Considerada en su particularidad, la película de Cuarón es entonces algo más que una historia de ciencia ficción apocalíptica. En regreso, como un espejo frente a la butaca, plantea la necesidad misma de pensar, crear y ver películas sobre el fin de los tiempos. La idea insoportable para el humano es finalmente la del término de su importancia, de su legado. Y eso pasa en todos y cada uno: necesitamos de una engañosa y tranquilizante sensación de inmortalidad; pensar, al menos, que nuestro paso por el mundo no será tan efímero, tan vano, tan rápidamente olvidado. De eso trata el regreso revanchista del apocalipsis secular y de eso parece hablar Cuarón cuando lo utiliza de esta inteligente y retorcida forma.

Considerando el esquema de expiación rápidamente trazado y los polos extremos que se le escapan, cada uno y todos podemos aportar, en crítica o refuerzo de argumentos, muchos ejemplos existentes y venideros. Sobre todo considerando que el éxito comercial de muchas películas americanas se basa ahora en la repetición de patrones exitosos. Y nada más exitoso que la caricia al ego sin riesgo de insultar a un dios que se pretende olvidado y que sigue, con el ceño fruncido, detrás de la gran pantalla. En cualquier caso, puedo agregar que, quitado de la pena y en toda mi reconocida vanidad humana, seguiré viendo religiosamente todo churro apocalíptico que me recete la meca del cine comercial. Digo yo, y en eso está la invitación a todos: no nos adulemos con nimiedades si Hollywood lo puede hacer por nosotros, a gran escala, y con efectos especiales.

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