Hay ciertas personas que sienten debilidad por los aparatos viejos y las tecnologías superadas. Incluso tienen un nombre para ese fetiche: vintage. Y es que hay un cierto placer que algunos extraen de la imperfección que se encuentra en el scratch del vinil, o en el gis del casete: el sonido de los primeros años, el sonido del pasado, los recuerdos que nos trae la implementación de los objetos que hemos desechado.

En 1963 el mundo conoció una nueva pieza de tecnología que vendría a cambiar la historia de la música: el casete. Ese objeto nacido en los primeros años de los sesenta, y que se volvió fundamental en los ochenta, cumple 50 años este mes, ha llegado al medio siglo y se ha transformado, de un objeto de consumo de masas, a uno de adoración y remembranza de la era analógica.

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Diagrama del casete, publicado por Philips en 1965

Los casetes de audio fueron introducidos al mercado en agosto de 1963 por la compañía holandesa Phillips (al principio sólo en Europa), al principio estaban pensados para registrar voz y dictados, pero en 1968 el mercado entero de la música se volcó sobre sí mismo con la presentación del primer formato de cinta magnética que podía grabar y reproducir música con una calidad aceptable. Sin embargo, hubo que esperar poco más de diez años para que Sony, en 1979, desarrollara el entrañable Walkman que fue la delicia de los melómanos y el precursor de todos los dispositivos portátiles de audio.

Los casetes cambiaron la forma en que se escuchaba la música, convirtieron a todo mundo en un DJ en potencia, que podía crear sus propias compilaciones y mezclas. Como eran portables introdujeron la idea de que la música podía viajar con nosotros.

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Durante los ochentas y principios de los noventas, el casete fue el medio de grabación doméstica que permitió a los usuarios compartir música de una manera insospechada hasta entonces, la piratería análoga estaba en su apogeo y despertó el miedo de las grandes compañías discográficas, que lo vieron como una amenaza a la propiedad intelectual, por lo que impulsaron la famosa (y parodiada) campaña llamada Home taping is killing music and it´s illegal. El audio del casete se convirtió en una bomba para la industria de la música casera y es un símbolo de la cultura pop de los setenta, ochenta y principios de los noventa, y pese a su edad continúa alimentando la imaginería cultural de esas décadas.

Casete 3El casete ha desaparecido prácticamente del mercado como un objeto producido en masa, con la introducción del CD y posteriormente del MP3, es ya sólo un recuerdo venerado por muchos entusiastas de la cultura pop, que convierten todo el pasado en un objeto de culto.

La verdad es que muchos podemos abrir nuestro closet y encontrar los inseparables TDK, Maxell y Sony que nos brindaron alegría en esas felices jornadas en que nos desvelábamos planeando la lista definitiva  de canciones para cada ocasión, o pegados a la grabadora sintonizada en nuestra estación favorita con la esperanza de cazar el nuevo sencillo de alguna de nuestras bandas del momento, cuyo nuevo álbum aún no llegaba a las tiendas, y el formato inherente nos tenía con el miedo constante de que quedara cortada la canción si se acababa la cinta en el inevitable cambio del lado A, al B. ¿Cuántas veces tuvimos que tragar saliva, antes de abrir la casetera, con el corazón empequeñecido ante la posibilidad de encontrar un espagueti color marrón regurgitado por nuestra aparato?

Si somos sinceros, los casetes tenían un sonido repugnante y opaco que no se compara ni tantito con los gozos audibles que nos brindan los CD’s, eran tediosos con esa cinta que se atascaba, que perdía calidad con cada escucha, que teníamos que rebobinar con un lápiz para ahorrar la batería de nuestros reproductores; pero algunos guardamos nuestros casetes por un asunto de memoria y remembranza, porque los recuerdos que nos vienen sobre su tamaño y sonido están ligados a momentos específicos de nuestras vidas: la primera vez que viajamos solos, los primeros años en que nos sentimos libres para escuchar nuestra música en la calle o en la escuela, el acompañamiento musical que fue forjando el soundtrack de nuestras vidas, la primera pieza de audio en formato físico que tuvimos de nuestra banda favorita, las agrupaciones que conocimos por primera vez, con su música metida en esa frágilcinta magnética.

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Para los fetichistas del pasado que ya se sientan lo suficientemente ridículos yendo por la calle con bigote, una cámara Polaroid colgada al cuello y café de Starbucks, hay ciertas herramientas digitales que nos ayudan a combatir la nostalgia de esa sensación satisfactoria que había en crear nuestros propios mixes con las canciones que nos gustaban en el orden que prefiriéramos y posteriormente compartirla con nuestros amigos. Es probablemente esa la razón por la que sitios como Everyone’s Mixtape, Tape.ly y Mixtape.fm recrean las cualidades más importantes que tenía el casete: ser regrabable y participar en la cultura de compartir música, con un toque romántico y desusado.

Tampoco está de más echarle una ojeada al documental Cassette, un documental de Zack Taylor y Seth Smoot, que cuenta con la participación una cantidad interesante de amantes del casete y artistas importante como Daniel Johnston, Henry Rollins, Mike Watt y Ian McKaye. Además, contiene entrevistas con coleccionistas, músicos, historiadores, y discográficas.

El casete cumple 50 años, pero está muerto. Más allá de la nostalgia, hay ciertos argumentos técnicos para que un formato viejo como el vinil resista y probablemente no muera nunca. Los casetes carecen de cualquier razón técnica para que despierten un revival en estos años. Originalmente poseían esa portabilidad que los hacía una alternativa atractiva, pero en la época de las descargas digitales, el uso de los casetes no sería más que un ejercicio de frustración. Sin embargo, los recuerdos que tenemos ligados a esas pequeñas cajas nos van a acompañar por siempre, en nuestro nostálgico museo personal.

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