Los vestigios fueron encontrados por investigadores del INAH, tras siete años de trabajos, en un predio ubicado a espaldas de la Catedral Metropolitana.

Los capitalinos y visitantes que caminan sobre las calles del Centro Histórico de la Ciudad de México, pocas veces reparamos en que pisamos sobre suelo sagrado. Bajo nuestros pies se encuentran los templos dedicados a los dioses principales de la ciudad de Tenochtitlan.

En esta zona, en la calle de Guatemala, arqueólogos del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) localizaron el templo de Ehécatl, Dios del Viento, ayudante de Tláloc, Dios de la Lluvia y deidad fecunda que residía en el Templo Mayor junto al dios guerrero Huitzilopochtli. El papel del dios Ehécatl era despejar los cielos, barriéndolos con su viento benigno para que pudieran llegar las lluvias, que portaba Tláloc.

El arqueólogo Raúl Barrera, del Programa de Arqueología Urbana (PAU) del INAH, afirmó que se trata de una estructura rectangular de 34 a 36 metros de longitud que en su parte posterior tiene adosados dos cuerpos circulares, el mayor con 18 metros de diámetro aproximadamente, y que se encuentran separados por un andador de 1.10 metros. “Sus dos cuerpos adosados en la parte superior semejan yácatas y su forma circular corresponde a la típica representación de los templos dedicados al dios del viento”, explicó el investigador. Esta es la misma estructura que podemos ver en el templo dedicado a Ehécatl en el Metro Pino Suarez (aunque en menor escala).

En el mismo predio de la calle de Guatemala, atrás de la Catedral Metropolitana, los investigadores descubrieron también una plataforma de nueve metros de ancho limitada por el cabezal poniente de una cancha de juego de pelota.

“En este espacio, que estaba alineado al adoratorio de Huitzilopochtli, se detectaron los restos de una escalinata por donde debieron ingresar los combatientes a la cancha ritual”, explicó durante la presentación del hallazgo, Eduardo Matos Moctezuma, investigador emérito del INAH y fundador del Proyecto Templo Mayor y del PAU.

Para el arqueólogo Raúl Barrera, no se trata de un simple Juego de Pelota, sino uno de los más importantes. “Seguramente es el que menciona (Bernardino de) Sahagún, que se conocía como el Teotlachco, que quiere decir el juego de los dioses. Aquí se desarrollaba esta actividad y era el juego de pelota más importante”, el investigador afirma que estaba relacionada con la capilla del dios de la guerra, Huitzilopochtli, y que es muy probable que sea la plataforma donde Hernán Cortés tuvo la oportunidad de apreciar el ritual mexicano del Juego de Pelota.

Durante las excavaciones en este juego de pelota se encontró, bajo el piso de una escalinata, la única ofrenda detectada hasta el momento, la cual consta de varios grupos de cervicales humanas (32 de ellas), que pertenecían a una treintena de individuos de edades varias, que iban desde recién nacidos hasta adultos jóvenes.

 

Raúl Barrera afirma que fue posible precisar la ubicación del templo de Ehécatl y su orientación, hacia el oriente, centrado con la capilla de Tláloc en el Templo Mayor. “Creo que nos está dando información muy amplia y estamos entendiendo esa relación simbólica entre estos edificios y el Templo Mayor –explica Barrera. Lo que vemos es que no están independientes, que hay una interacción a nivel religiosa entre los edificios. Como es el caso, también, del Juego de Pelota”.

Los científicos estiman que ambos edificios fueron construidos entre 1481 y 1521 D.C. Estuvieron en uso, por lo menos, desde 1481 (durante el gobierno de Tízoc) y en los subsecuentes mandatos de Ahuízotl y Moctezuma Xocoyotzin, hasta 1519, coincidiendo con la llegada de los españoles.

Consumada la conquista, los edificios tenochcas fueron desmantelados paulatinamente en sus etapas superiores para construir la capital virreinal.

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