Durante los setenta y los ochenta, el apartheid sudafricano implementó una política de “curación” de soldados homosexuales. Aquí exploramos este horrible fenómeno de segregación.

La segregación, una vez que se ha instaurado como un recurso legítimo, tiende a crecer, a multiplicar los objetos de su violencia. Ocurrió durante las décadas de los setenta y ochenta, en Sudáfrica, mientras se gestaba una ya consolidada política de división racial: el apartheid. Se conoce popularmente como Aversion Project, gracias a la publicación que, en 1999, dio a conocer su procedimiento. Se trata de una operación que lindó, desde su origen, entre la estrategia militar y el abuso psiquiátrico. Desde 1971 y hasta 1989, muchísimos soldados sudafricanos, identificados como homosexuales, fueron sometidos a supuestas prácticas curativas de su orientación. Cuando los experimentos evidenciaron su inutilidad, cuando por fin demostraron ser sólo un procedimiento tortuoso, los sujetos fueron sometidos a obligatorios cambios de sexo. Muchas de las víctimas fueron abandonadas a la mitad del proceso y quedaron en una especie de impuesto limbo psicosexual. Una política como el apartheid demuestra que, en efecto, mirar directamente al otro puede ser conflictivo. Por alguna razón, su existencia puede plantear para algunos una severa amenaza. Por lo demás, la eliminación de lo otro ha demostrado ser una operación en que la ideología, para validarse, se disfraza de ciencia.

La historia del apartheid sudafricano aparece como un relato de insistencia racista. Su concreción legal llegó en 1948, después del fin de la Segunda Guerra Mundial y del trauma que significó el descubrimiento de una serie masiva de campos de exterminio. Así, desde finales de los cuarenta y hasta 1991, Sudáfrica vivió bajo el régimen atroz y segregacionista ejecutado por la minoría blanca. Se crearon lugares separados –casas, sitios públicos, escuelas, hospitales, playas–, algunos diseñados específicamente para blancos y otros, de mucho menor calidad, para aquellos que no pertenecían a esa raza: negros, mestizos e indios. Un Estado de coerción, en cualquiera de las manifestaciones que esta pueda tomar, exige ser considerado, entre otras dimensiones, a partir de su configuración militar.

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Ocurrió durante las décadas de los setenta y ochenta, en Sudáfrica, mientras se gestaba una ya consolidada política de división racial: el apartheid

Lo que se conoce como Aversion Project fue un programa de tortura médico-militar liderado por el Dr. Aubrey Levin que, vale la pena decirlo, también era coronel. Consistía en identificar a los soldados gays para obligarlos a “curarse”, pues las Fuerzas de Defensa de Sudáfrica (SADF, por su siglas en inglés) consideraban la homosexualidad como una potencial forma de subversión. Así, del 71 al 89 se practicaron una serie de vejaciones que incluían castración química y terapias de choques eléctricos fundamentadas en las más básicas –y simplistas– nociones de condicionamiento clásico. Por lo demás, Levin sostenía que su programa también podía ser útil para tratar usuarios de drogas –cannabis, sobre todo– e individuos perturbados, es decir, aquellos que no deseaban servir militarmente.

El procedimiento era simple, pero ciertamente siniestro. Los sujetos de experimentación debían dirigirse a la Sala 22, ubicada en el Hospital Militar 1. El sitio estaba rodeado por guardias armados. En cuanto llegaban, eran recibidos con una dosis de Valium. Eventualmente, el proceso era realizado. Se colocaban electrodos en el brazo superior del sujeto y, después, él era expuesto a imágenes de hombres desnudos. Se le instaba, además, a fantasear con los retratados. Conforme esto tenía lugar, la descarga eléctrica administrada subía constantemente su intensidad. Según testimonios, era un asunto insoportable y las descargas eran especialmente fuertes. Inmediatamente después del punto más álgido de la imposición de electricidad, esta cesaba por completo. La imagen del hombre era retirada para ser sustituida por otra de una mujer desnuda, casi siempre proveniente de la revista Playboy.

Los inevitables fallos del dispositivo pretendieron resarcirse mediante una medida aún más radical. Aquellos que no lograron curarse fueron sometidos a un cambio de sexo obligatorio. Se estima que alrededor de 900 homosexuales de ambos sexos fueron objeto de estos procedimientos. Los sujetos tenían, según los reportes, entre 18 y 24 años de edad. La cirugía era costeada militarmente, pero una vez que esta se había llevado a cabo, los soldados debían responsabilizarse de sus tratamientos hormonales. Muchos no podían pagarlos, pues habían sido despedidos de la milicia. Algunos, incluso, fueron echados antes de que el tratamiento estuviese completo. Tampoco se hizo un seguimiento terapéutico para ayudar a esos militares a adaptarse a sus nuevos cuerpos, sus nuevas vidas. Sin embargo, el ejército les concedió un cambio identitario completo: nuevo nombre, nuevo género, nuevos papeles.

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Consistía en identificar a los soldados gays para obligarlos a “curarse”, pues las Fuerzas de Defensa de Sudáfrica consideraban la homosexualidad como una potencial forma de subversión

Según testimonios recabados y el cúmulo de artículos que expusieron el caso, el Dr. Aubrey Levin estaba plenamente convencido de que su terapia podía reorientar el deseo al cauce supuestamente natural de la sexualidad humana. En el transcurso de su estadía en el ejército, Levin se convirtió en el jefe de psiquiatría de toda la armada sudafricana. Con el tiempo, el torturador cayó en cuenta de que su terapia era fallida y abandonó el método. Después de la publicación de Aversion Project y de una serie de investigaciones, la Comisión para la Verdad y la Reconciliación de Sudáfrica hizo saber a Levin que lo iban a nombrar un abusador de los derechos humanos. Él, que ya había negado incontables veces su participación en el asunto, huyó a Canadá. Cuando fue cuestionado allí sobre las acusaciones, mantuvo su tajante negación del asunto.

La pregunta última por la naturaleza de este proyecto apunta a uno de los fundamentos más íntimos sobre el deseo, hoy en día latente, de suprimir lo distinto, lo ajeno. Por lo demás, la búsqueda de la destrucción del otro no puede concebirse sin una notable carga operante de simplificación, de simplismo.

Simplismo, segregación polimorfa

Aunque los objetos de la segregación sean distintos –“no blancos”, por un lado, y “blancos homosexuales”, por otro–, es preciso atender el problema como parte de un mismo circuito: el horror a ese otro que se encuentra fuera de la cúpula de dominación. La concreción del fascismo ve su manifestación más dura en la búsqueda de la eliminación de lo diferente. Por lo tanto, vale la pena recordar cuál era el criterio de diferenciación racial en el régimen del apartheid. Según sus criterios, los habitantes de Sudáfrica podían clasificarse en blancos, negros, indios y mestizos. La ley que prohibía los coitos interraciales buscaban, entre otras cosas, evitar la mezcla de razas. Así, el régimen parecía otorgar un estado pseudo ontológico a sus habitantes mediante el solo criterio del color de la piel. Es posible, bajo esta luz, atender aquello que subyace a la tentativa de “curar” la homosexualidad.

Aparentemente, el Dr. Levin se regía bajo un estricto código de supuesta naturalidad de la erótica humana: los hombres necesariamente gustan de las mujeres y viceversa. La medida de cambiar el sexo de los soldados es una muestra de ello: si no es posible cambiar la orientación del deseo, entonces se exige una transformación genital que, además, pretende alterar la constitución completa del individuo. Al parecer, había una supuesta certeza que circulaba entre los ejecutores del apartheid: el fenómeno de la diferencia entre los seres humanos es perfectamente sistematizable en criterios de generalización que, por lo demás, ya están dados. Se es blanco o no blanco, se es hombre o mujer, y se acabó.

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Aparentemente, el Dr. Levin se regía bajo un estricto código de supuesta naturalidad de la erótica humana: los hombres necesariamente gustan de las mujeres y viceversa.

Actualmente vemos el surgimiento de significantes que designan formas de preferencia e identidad sexual más allá del binomio tradicional. Así, se habla de pansexuales, transexuales, transgéneros, entre otros. Esta legitimación de nuevas eróticas habla de la caída de esa noción natural de división genérica y de preferencias sexuales. Y habla, sobre todo, del derrumbe de una imposición identitaria que, por lo demás, pretende simplificar uno de los tantos fenómenos complejos que nos atraviesan y, de alguna forma, nos determinan.

Lo anterior lleva a la pregunta sobre la forma en que la segregación puede interrumpirse. Finalmente, la gestación de esos nuevos significantes conlleva una tentativa, si no de liberación, por lo menos de apertura a la tolerancia y la convivencia comprensiva. Un Estado que se distingue por una abierta política racista es vulnerable de multiplicar los objetos de su discriminación, esos objetos que pretende alejar, curar o aniquilar. Así, no sólo se buscaba la sumisión de esa mayoría que no pertenecía a la cúpula blanca, sino la desaparición de aquellos que, perteneciendo a “la raza privilegiada”, eran imperfectos en tanto poseían orientaciones sexuales distintas. El límite, aparentemente bien definido, entre amigo y enemigo, parece caer cuando se impone otro criterio de diferencia radical. Así, el núcleo del poder termina aniquilando una parte de sí mismo.

Es particularmente significativo que las SADF identificaran la homosexualidad como un núcleo de subversión. ¿De qué nos habla esto: paranoia de Estado, terror a lo diferente, llana homofobia? No podemos asegurarlo. Sin embargo, algo queda claro: cuando se instituye abiertamente una política de evitación de lo otro, los criterios que designan lo reprobable pueden multiplicarse hacia regiones muy peligrosas.

¿Cómo detener entonces los discursos segregacionistas, cómo interrumpir la gestación del dolor?

¿Ciencia? No, no exactamente

En efecto, no es sencillo poner un alto a la atrocidad sistemática del régimen. Para ello, primero es preciso un estudio meticuloso de la forma en que éste sostiene y legitima sus procederes. Sabemos, por principio, que el siglo XX posee el registro de un largo historial de médicos y psiquiatras operando en Estados represivos, brutales, crueles. El nazismo y los interrogatorios de la Unión Soviética dan cuenta de ello. Los relatos de dichos acontecimientos demuestran que, bajo la tutela de Estados totalitarios, los médicos son susceptibles de adquirir ya no una función sanitaria, sino política.

Atendamos un hecho sencillo: la Asociación Americana de Psicología (APA, por sus siglas en inglés) retiró la homosexualidad de su lista de enfermedades mentales en 1973. No obstante, ello no implicó la interrupción de Aversion Project en Sudáfrica y éste continuó desarrollándose durante 16 años más. Esto habla de una cuestión delicada: la ideología de un Estado puede disfrazarse de ciencia, esto es, de la búsqueda legítima de conocimiento humano, para sostener su status quo. De esta forma, es mucho más sencillo deshacerse de la oposición política, o bien, de aquello que radicalmente sale de la norma a seguir, llámese sexualidad alterna, disidencia o irrefrenable locura. Hay ciencia que no es búsqueda de saber, sino tentativa voraz de coerción. Es ciencia que no es tal, sino adoctrinamiento.

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Después de la publicación de Aversion Project y de una serie de investigaciones, la Comisión para la Verdad y la Reconciliación de Sudáfrica hizo saber a Levin que lo iban a nombrar un abusador de los derechos humanos.

Lo anterior puede mirarse como algo esperanzador. Es posible identificar un supuesto discurso científico que, en su núcleo más hondo, sólo persigue la preservación de un sistema abusivo. Los sujetos torturados y obligados a cambiar su sexo durante la gestación de Aversion Project son la prueba de que la ideología puede pretender enmascararse de conocimiento genuino. El resultado es un cúmulo inevitable de dolor. Lo que queda después de la contemplación de un hecho así es la toma de responsabilidad frente a aquello que busca plantarse como ciencia frente a nosotros, pero que sólo es un aparato nocivamente simplista. Por lo tanto, es nuestra responsabilidad sostener una mirada activa y crítica frente a esos saberes que quieren inocularse entre nosotros como verdades; y considerar, sobre todo, que los fenómenos humanos son muy complejos como para hacerlos entrar en categorías sospechosamente limitadas.

Al final, no hay ciencia verdadera que no ponga en tela de juicio sus propias concepciones sobre el saber y la realidad. Esta actitud puede concebirse como un posicionamiento ético necesario para el desarrollo científico libre de imposiciones, de simplificaciones malsanas.

Por: Armando Navarro.

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