Guardados en una bóveda en París, no es fácil acceder a sus documentos.

Hay un fetiche que nos mueve a observar, a tocar, los objetos de personajes famosos. Sea la chamarra de Michael Jackson o la pistola con la que un poeta francés le disparó en la pierna a otro, las cosas que alguna vez fueron de personajes célebres generan en nosotros una reverencia extraña. Sin embargo, ningún objeto ha padecido el destino de aquellos que pertenecieron a Marie Curie y a Pierre, su esposo: un siglo después de que los utilizaran, éstos siguen siendo radioactivos. Y lo serán todavía por 1,500 años más. Mala suerte para fanáticos y museos.

Si quieres ver uno de sus manuscritos, debes firmar una exención de responsabilidad a nombre de la Biblioteca Nacional de Francia, luego de lo cual te meterán en una bóveda sellada para que la radioactividad no afecte a otras personas. Los Curie no sabían lo peligrosos que podían llegar a ser este tipo de materiales y no tomaron ninguna medida para aminorar su efecto. Los estudiaban, los manipulaban con absoluta naturalidad, pues su intención era conocer qué substancias eran radioactivas y por qué. Así, se paseaban alegremente por su estudio con cachos de plutonio o uranio colgándoles del brazo.

Marie Curie murió a los 66 años en 1934. La causa: anemia aplástica, ocasionada, seguramente, por la radioactividad. Su casa, sin embargo, continuó siendo utilizada hasta 1978 por el Instituto de Física Nuclear perteneciente a la Facultad de Ciencias de París y a la Fundación Curie. Más de cuarenta años después, las autoridades decidieron que tal vez no era buena idea dejar que la gente anduviera demasiado cerca de aquello que había hecho que explotara Hiroshima y Nagazaki. Lo que se pudo mover se movió, pero los vecinos fueron otra historia. Según un reportaje de Le Parisien, las altas tasas de cáncer en el vecindario han sido ocasionadas por la casa de la pareja que descubrió el radio. Habría que esperar hasta 1991 para que el laboratorio y el edificio completo fueran descontaminados. Otra vez, un aplauso para la diligencia del gobierno francés.

Así, el legado de Marie Curie no sólo está puede verse en sus logros. Más allá de que haya sido la primera mujer en ganar el Premio Nobel (1903), la única mujer en ganarlo dos veces (1911), la primera mujer en ser profesora en la Universidad de Paris, y la primera mujer enterrada por sus propios méritos en el Panthéon; podemos decir que su presencia todavía vive con nosotros: está en su ropa, su escritorio, sus cuadernos, y ahí se quedará todavía por cientos de años.

vía Open Culture

fuente The Christian Science Monitor

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