De entre todas las influencias que permitieron la escritura de la novela, hubo una que fue documentada por los diarios de la época.

Drácula es el principal referente para la cultura vampírica: cine, teatro, televisión, música y diversas manifestaciones culturales se alimentan del mito que la figura del conde “D” ha suscitado.

Pero cuando Bram Stoker publicó la novela en 1897 todo era un poco distinto, pues la crítica fuer voraz con la publicación del autor irlandés. Por ejemplo, la revista Athenaeum, pensó que Drácula era una novela deficiente tanto por su “destreza constructiva como en el aspecto literario más elevado” y que “por momentos parece una mera sucesión de acontecimientos grotescos e increíbles”. Por su parte, el reseñista de Bookman se refería así de la novela: “lo hemos leído casi entero con absorta atención”. Si bien la última no es una crítica dura, tampoco se refiere al libro con elogios.

Esta es la portada de la primera edición de Drácula publicada en 1897.

Cuando la novela se publicó incomodaba no sólo porque era sangrienta, sino por su alto y sugestivo contenido sexual, atributo que ha perseguido a la figura del vampiro hasta nuestros días. Pero, la verdad sea dicha, aunque muchos críticos en la actualidad admiran el hecho de que Stoker no viajara a Valaquia, Transilvania y los Carpatos y los describiera con tanta exactitud, lo cierto es al inicio Drácula ni siquiera se llamaba así.

El conde Wampyr

En un inicio Stoker quería escapar de todos los atributos que la literatura gótica y el romanticismo habían imprimido sobre la figura del vampiro: desde el primer cuento moderno de vampiros escrito por Polidori (secretario de Lord Byron) titulado “El Vampiro”, hasta la femme fatale que Carmilla (1872) de Le Fanu representa. De ahí que, cuando Stoker empezaba a gestar la escritura de Drácula, los atributos de su vampiro fueran los siguientes:

  • Poder para generar pensamientos malignos o para desterrar los buenos en las personas presentes.
  • Camina entre la niebla por instinto y es capaz de ver en la oscuridad.
  • Insensibilidad a la música.
  • Los pintores no pueden pintarlo; sus retratos siempre recuerdan a otra gente.
  • No se lo puede fotografiar, sale velado o como un esqueleto.
  • No hay espejos en la casa del conde, nunca se ve su reflejo en ninguno, ¿sin sombra?
  • Nunca come ni bebe.

Al final la novela acabó siendo algo muy diferente e incluso la crítica, como apunta Christopher Frayling en el prólogo de la edición publicada por Random House, no entendía muy bien lo que pasaba:

“Drácula seguramente transgredía algo, pero los críticos no acababan de saber exactamente qué. Y tampoco estaban seguros de que el autor lo supiese. Da la impresión de que los lectores de finales de la era victoriana leyeron el libro como una obra pionera de tecnoficción: transfusiones de sangre, grabaciones fonográficas y taquigrafía en un relato de aventuras sobre un comité de las fuerzas del bien (la ciencia, la religión y los contactos sociales) frente al rey demoníaco y los de su clase, llegados de una tierra más allá de los bosques del Este”.

Lo cierto es que cuando Bram Stoker conoció la historia de Vlad Tepes “El empalador” ya tenía avanzada la novela. Y es que en un inicio, su vampiro era un reviviente llamado el conde Wampyr.

En 1897, el año de la publicación de Drácula, se expuso el cuadro de Philip Burne-Jones, La Vampira, causando cierto revuelo en la sociedad conservadora de londinense.

Una influencia poco conocida

Muchas parecen ser las influencias a las que recurrió Stoker para escribir Drácula. En primer lugar, es muy conocido el apunte que hace en una hoja de papel con el membrete del Lyceum (teatro donde Bram trabajó) y donde confiesa haber soñado con la novela: una actitud muy acorde al espíritu romántico de la época. Así lo apunta el irlandés:

“Joven sale, ve unas chicas, una intenta besarle, no en los labios sino en la garganta. Viejo conde interfiere, cólera y furia diabólicas, este hombre me pertenece, lo quiero para mí”.

Por otro lado, se encuentra la figura de Henry Irving, reconocido actor de la época victoriana y dueño del teatro Lyceum para el que trabajó Bram Stoker llevando las cuentas del lugar. La presencia sombría y porte de Irving causaron una gran impresión en Stoker, además de que –como su jefe– era muy exigente y se comportaba con cierta altanería. Todos estos rasgos mencionados conformarían parte de la constitución del conde Drácula.

Retrato de Henry Irving, jefe y figura que inspiró la constitución del conde Drácula de Stoker.

Pero de todas las referencias y, tal vez la menos conocida, se encuentra muy lejos del Londres victoriano, al otro lado del Atlántico, en Exeter, Rhode Island, Estados Unidos. Esta referencia tiene un nombre específico: Mercy Lena Brown, mejor conocida como “La última vampiro de Nueva Inglaterra”.

¿Un caso real de vampirismo?

La oscuridad imperante del siglo XIX, la recuperación de los mitos y el folclore de naciones que poco tiempo atrás habían ganado su independencia, eran el ambiente ideal para que los viejos mitos europeos recobraran viveza en nuevo continente. Ahí es donde encuentra eco la historia de Mercy Lena Brown.

Mercy nació en 1873 y murió en 1892. Su caso es famoso en el folclore estadounidense por ser conocido como el último mito de los cánones del vampirismo. Como era común en la época Mercy Lena Brown murió de tuberculosis en medio de una epidemia que asolaba la región. El problema es que su padre George Brown ya había sufrido con anterioridad la muerte de todos los miembros de su familia a causa de la enfermedad en periodos, relativamente cortos. Primero murió su esposa Mary, siete meses después su hija menor Mery Olive.

Siete años después Edwin Brown, el hijo varón de George, presentó síntomas de tuberculosis o tesis galopante (como se conocía en la época). Al igual que Hasn Castorp, personaje de La Montaña Mágica de Thomas Mann, fue enviado a un clima más propicio para que se mejorara. Tras enterarse de que su hermana Mercy está enferma, Edwin decidió regresar, pero cuando llega a Exeter, Mercy ya había muerto con apenas 19 años de edad.

En cuanto Edwin volvió, los síntomas de la tisis se hicieron presentes y los consejos médicos no contribuyeron a la recuperación del enfermo. Ante la sospecha de que podría tratarse de un caso de vampirismo, George –aconsejado por un vecino– decide abrir la tumba de todos sus familiares conocidos.

El 16 de agosto de 1996 la tumba fue objeto de vandalismo, desapareciendo su lápida que fue recuperada cinco días después.

Así, Brown, en presencia del médico familiar, la esposa de Edwin y su vecino, abrió todas las tumbas. Los cuerpos de su esposa e hija menor estaban momificados, pero no así el de Mercy, quien había fallecido nueve meses atrás y aun así presentaba un aspecto rozagante, con las uñas y el pelo crecidos. Esto hizo creer a todos que se trataba de un vampiro. Pues de acuerdo con la descripción que el padre Agustin Calmet hiciera de los revivientes en su Tratado sobre los vampiros publicado en el siglo XVIII:

“…son unos hombres muertos desde hace un tiempo considerable, más o menos largo, que salen de sus tumbas y vienen a inquietar a los vivos, les chupan la sangre, se les aparecen, provocan estrépito en sus puertas y en sus casas, y, en fin, a menudo les causan la muerte”.

George Brown y compañía consideraron que Mercy era un vampiro y entonces procedieron con el ritual indicado, que consistía en extirpar el corazón, quemar los restos y darle al “hechizado” por el vampiro a beber las cenizas. Edwin tomó las cenizas, pero de todas formas murió al poco tiempo. Su padre nunca aceptó del todo que creyera en el vampirismo que afectaba a Mercy, pero como un hombre desesperado, hizo lo que estaba en sus manos para salvar al último de sus hijos.

El caso fue famoso y difundido por el The Providence Journal. Se dice que un viaje a Estados Unidos, Bram Stoker conoció la historia  y entre sus pertenencias tenía recortes del periódico relacionados con la noticia de Mercy. Al menos así lo señala el libro Vampires: a field guide to the creatures that stalk the night, publicado por Bob Curran en 2005.

Retrato de Bram Stoker (1906).

Hay que considerar que Stoker ya tenía la concepción de su novela desde 1890 y que Drácula tardó siete años en publicarse. Además, el autor escribió la novela en diarios, libretas, notas y servilletas, por lo que todo parece indicar que si Mercy murió en 1892, momento en el que Bram tenía escrita parte de la obra, es posible que el caso de la última vampira de Nueva Inglaterra, fuera una influencia más que serviría para crear su obra más importante.

Al final Drácula es, como diría Maurice Richardson en 1950, “una especie de combate de lucha libre incestuoso, necrófilo y oral-anal-sádico”. ¡Larga vida Bram Stoker!

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