La nueva película de Tomb Raider es la mejor adaptación que se ha hecho de un videojuego… pero eso no es decir mucho.

Lara Croft es un símbolo y, como muchos otros personajes fundamentales de la cultura popularc ha marcado la vida de millones de personas. En lo personal, recuerdo despertar temprano para jugar en la computadora el genial Tomb Raider II con todos los misterios de la mansión Croft y los madrazos con tigres. Para mí, como para tantos otros, Lara Croft es una leyenda que va mucho más allá de su trenza y sus pistolas.

Por eso era necesario cambiar el rumbo de esta franquicia. La misma imagen voluptuosa e invencible de Lara Croft no está exactamente diseñada para las sensibilidades actuales. Y la solución que eligió Roar Uthaug, el interesante y joven director noruego que nos trajo la joyita de The Wave (Bølgen), es absolutamente acertada: llevar a la pantalla grande el reboot de la saga de videojuegos que Square Enix comenzó en 2013.

El resultado no está exento de errores y de las mismas torpezas habituales. Pero, con todo, es una de las adaptaciones de videojuegos menos desafortunadas que se hayan hecho. Y es un enorme escaparate para el brillante futuro de Alicia Vikander.

Una obligada comparación

Todos saben que la maldición de los videojuegos en el cine es real. En serio, los reto: díganme una sola película que se salve totalmente. Y no me refiero a una película que les mantenga viva la nostalgia con las locuras de Jean-Claude Van Damme dándole de madrazos a Raúl Julia en Street Fighter, o a Christopher Lambert echando rayitos como Raiden en Mortal Kombat, o a los hermanos plomeros más famosos de la historia enfrentándose a Dennis Hopper como Koopa.

No, me refiero a una genuinamente buena adaptación de videojuegos en la pantalla grande.

Duncan Jones se quedó cerca con Warcraft y, a pesar de que se desvía completamente del principio del juego, Final Fantasy: The Spirit Within tuvo sus destellos. Fuera de eso, los bodrios se acumulan con las horrendas adaptaciones de Resident Evil, Prince of Persia (ugh), Doom, Assassin’s Creed (doble ugh) y Hitman.

Me podrán decir lo que quieran sobre la hermosura de Angelina Jolie, sobre la emoción de ver las primeras adaptaciones de Tomb Raider en el cine, sobre cómo no hay que tomarse en serio a las cintas de acción y aventura… Pero, en serio, ¿han vuelto a ver esas películas dosmileras?

¿No? Pues son películas que no envejecieron nada bien. Y déjenme explicarles, exactamente, por qué. No se trata de que los efectos caduquen, más bien es cuestión de lo que estábamos dispuestos a concederle, narrativamente, a una cinta de acción y aventura.

Ahora que vuelvo a ver las cintas de Angelina Jolie, me sorprende no encontrar ningún sentido en la trama, ver que todo es una excusa horrible para secuencias de acción incomprensibles y que el desarrollo de los personajes es prácticamente nulo. Esto me sorprende porque, en su momento, disfruté ver esas películas en el cine.

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En las películas de Angelina Jolie todo era persecuciones, peleas, tensión sexual y una batalla final con un malo muy malo.

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Claro, las épocas cambian de gustos y no nos molestaban tanto las incongruencias de las cintas de acción. Y eso es herencia de los noventa y los ochenta: épocas gloriosas de la acción desparpajada, fantasiosa, que no necesitaba de realismos pedorros ni de guiones sólidos. Persecuciones, one-liners, un pequeño romance, un gran enfrentamiento final con el villano y ya estuvo.

Lara Croft: Tomb Raider tiene, en los primeros diez minutos de película, a un ñoño que fabrica robots, una pelea con los antes mencionados robots y una escena de Angelina Jolie bañándose. Al final todo son persecuciones, peleas, tensión sexual y una batalla final con un malo muy malo. Era pura y concentrada diversión de acción como la consumíamos entonces.

Ahora, los requerimientos son bastante más altos. Vean las películas de acción que se hacen y cómo se reciben: son cada vez más complejas y cada vez buscan otros realismos. La era de la acción y la aventura murió para ser suplantada por la era de los superhéroes y la nostalgia.

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El perfecto punto de partida para la renovación cinemática de Lara Croft era adaptar el osado reboot del videojuego de 2013.

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En este contexto, era evidente que Lara Croft no podía regresar bajo la misma forma voluptuosa de un Indiana-Jones-para-que-se-masturben-los-ñoños (con todo respeto para Angelina y la señorita Croft). Era evidente que Tomb Raider no podía tener el mismo contexto fantasioso de espíritus antiguos y manipulación del tiempo.

¿Qué podían hacer entonces? ¿Qué forma podía tomar una Lara Croft actual?

La respuesta es evidente: el perfecto punto de partida para la renovación cinemática de Lara Croft era adaptar el osado reboot del videojuego de 2013. Esa gran aventura de supervivencia de Square Enix que fue Tomb Raider.

Lara se renueva

Tomb Raider se inspira en el videojuego del 2013. Es el mismo principio de una aventura en torno a la isla de Yamatai para encontrar la tumba de una antigua reina japonesa rodeada de misterios. La diferencia principal con el esquema del juego está en que aquí, de entrada, te presentan a una Lara Croft (Alicia Vikander) “fracasada”, que abandonó la universidad y que se dedica ahora a entrenar kick boxing y repartir comida con su bicicleta.

La idea es empezar de cero la serie de Tomb Raider recuperando la vieja historia de origen que todos conocemos: Lara Croft es la hija única de Lord Richard Croft (Dominic West), un adinerado aristócrata inglés que también cultiva un gusto por las expediciones arqueológicas.

En esta película, como en otras historias de origen del personaje, Richard Croft desapareció desde hace más de diez años abandonando a su hija. Lara, por su lado, se niega a declararlo muerto y cobrar la herencia que le corresponde. Por eso, debe trabajar y llevar su vida de la mejor forma posible.

Finalmente, Lara Croft acaba en la cárcel por una carrera clandestina en bicicleta y Ana Miller, la encargada del negocio de su padre, paga su fianza para tratar de convencerla de que acepte la herencia que le corresponde. Lara se niega pero obtiene, de un abogado, un pequeño rompecabezas japonés que la llevará a descubrir la obsesión de su padre con la isla de Yamatai.

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Aquí nos presentan a una Lara Croft (Alicia Vikander) “fracasada”, que abandonó la universidad y que se dedica ahora a entrenar kick boxing y repartir comida con su bicicleta.

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Con la intención de encontrar qué es lo que le sucedió a Richard Croft, la inexperimentada Lara se embarca en una aventura llena de peligros hacia la misteriosa isla. Ahí, se encuentra cara a cara, con una malvada organización internacional que quiere sacar provecho de la poderosa tumba. Sola, frágil, vulnerable e inocente, Croft sólo podrá contar con sus dotes espontáneos de supervivencia para detenerlos.

Con esta historia que pone a la famosa heroína en Yamatai, vemos la evidente conexión con el videojuego del 2013. Y es esa conexión la que renueva al personaje de Lara Croft para adaptarlo a nuestra época. Esta no es la Lara Croft de los primeros juegos, ni la Lara Croft de Angelina Jolie. No se trata de una heroína curtida por el entrenamiento, que ha tenido múltiples aventuras, que tiene contactos en todo el mundo y habla quince idiomas…

Esta versión del personaje se basa más en el juego del 2013 y, en particular, en el cambio del gameplay hacia la supervivencia. Es por eso que en esta cinta vemos a una Lara Croft continuamente castigada por las inclemencias del clima y de sus enemigos. No hay un momento de respiro, al punto en que parece que a la cinta le da un cierto placer sádico ver como torturan a Alicia Vikander durante dos horas.

Pero esto no es necesariamente malo. A pesar de las enormes facultades del personaje, esta recreación de Lara Croft es muchísimo más humana que las otras versiones. Se trata aquí de una heroína, sin duda, pero no ya de una superheroína. Lara es vulnerable y se hiere (con la misma espina que le atraviesa el costado en el videojuego), no tiene experiencia en combate real y sólo cuenta con su imponente forma física.

A pesar de las enormes facultades del personaje, esta recreación de Lara Croft es muchísimo más humana que las otras versiones.

Sí, se notan los entrenamientos diarios y exhaustivos de Vikander y se nota que muchos de los stunts los hizo ella misma. Digo, la mitad de la película se la pasa colgada de un brazo y sufriendo como Cristo.

El resultado es interesante, porque el cambio es radical. En las películas de los dosmiles pasa un poco como cuando Snyder se despreocupó de Batman y Superman causando daños colaterales: Angelina Jolie mata a gente a diestra y siniestra sin despeinarse la trenza. Aquí, en cambio, pasa como en el videojuego: la primera persona a la que mata Lara Croft resulta en una experiencia traumática. La vemos llorando angustiada y francamente destruida.

Es ahí en donde entra en juego la gran actuación de Vikander que no nada más demuestra una contundente presencia física, sino que le da relieves y humanidad a un personaje que, como sus orígenes lo quisieron, puede ser bastante caricaturesco. Vikander hace sentir el peligro como algo real y no como una tela de fondo para la gloria de Lara Croft.

En medio de todo, la acción de Tomb Raider es trepidante cuando los guiños al videojuego se multiplican (sobre todo en los props –el arco, el pico de escalador, etcétera–, en los guiños al gameplay y en el final acelerado). Así, es una cinta muchísimo más interesante que las dos anteriores entregas.

Esto no quiere decir, sin embargo, que la película no tenga sus bemoles.

La maldición de las adaptaciones

Esta película es la mejor entrega cinematográfica que se ha hecho de Tomb Raider. Y eso, lo sabemos bien, no quiere decir gran cosa. Las dos anteriores películas envejecieron terriblemente mal y la acción es cada vez más ridícula hasta un punto en el que dejan, siquiera, de divertir.

El verdadero problema con esta cinta es que, a pesar de la humanidad del personaje y de la gran actuación de Alicia Vikander, hay algo que sigue faltando… o sobrando. Parece que las adaptaciones de videojuegos están condenadas de antemano, como si hubiera algo inherente que impidiera hacer un buen traspaso del juego a la pantalla grande.

Antes sucedía que los juegos no tenían mucha historia. O que la historia era mínima. Ni Street Fighter, ni Mortal Kombat, ni Super Mario Bros. tenían enormes líneas argumentales, sino que creaban un contexto coherente, un universo atractivo, en el que sus personajes debían cumplir una tarea más o menos lineal.

Ahora, los videojuegos son muchísimo más cinemáticos y las historias son cada vez más complejas. Piensen en la triple historia de mapa abierto en Grand Theft Auto V; piensen en la enorme experiencia narrativa que implica acabar The Last of Us; o piensen, incluso, en la necesidad de crear un modo historia para juegos deportivos que nunca la necesitaron (como es el caso de la historia de Alex Hunter en el FIFA). Esto causa un serio problema inverso en las adaptaciones.

A pesar de la humanidad del personaje y de la gran actuación de Alicia Vikander, hay algo que sigue faltando… o sobrando.

Un ejemplo pasmoso de esto fue Assassin’s Creed (película que curiosamente fue protagonizada por Michael Fassbender, esposo de Vikander). Con una historia de origen tan vasta y universos tan complejos, con la genial idea del Animus y de la memoria genética, con Fassbender en el rol principal y Charlotte Rampling en el fondo, todo apuntaba a que se rompería la maldición de los videojuegos en el cine.

Pero no, al contrario, los directores no supieron qué hacer con una historia tan vasta y con las complejidades del gameplay. Los guiños son torpes y las ideas también. El resultado es más insultante que divertido. Digo, al menos las locuras de los noventa tenían algo de espíritu…

Éste no es exactamente el caso de Tomb Raider. La película funciona soprendentemente mejor que muchas otras adaptaciones… pero también tiene los mismos defectos: la necesidad de acoplar, con calzador, el gameplay, hace que por momentos la acción sea demasiado cansada. También, en el balance entre un mito fantástico y la realidad arqueológica se pierde algo de la magia del juego en favor de un realismo insulso. Finalmente, con un guión bastante malo, las actuaciones resultan en momentos de patetismo casi risible.

Con todo, Tomb Raider es superior a la media de las adaptaciones de videojuegos. Y es un buen principio para una franquicia que, hecha de buen modo, puede regresar la emoción a las expediciones arqueológicas sin sentido que tanto amamos desde Indiana Jones. Mientras esperamos el futuro de este reboot podemos decir que, sin pena ni gloria, Lara Croft ha vuelto a nacer.

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Lo bueno
  • Alicia Vikander.
  • La renovación de la historia tomando como base el juego de 2013.
  • El realismo de un personaje que sufre.
  • La acción trepidante.
  • El esfuerzo por renovar una franquicia muerta.
  • Alicia Vikander, siempre.
Lo malo
  • Que los efectos especiales y el abuso de CGI harán que envejezca rápido.
  • Que las actuaciones de reparto son patéticas.
  • Que el guión es bastante malo.
  • Que el abuso de los guiños al gameplay puede ser cansado.
  • Que el realismo opaca el misterio fantasioso de la serie.
Veredicto

Tomb Raider no es una buena película, pero tampoco es el bodrio que esperaba. Al contrario, me parece un intento loable por reactivar una franquicia muerta para un público actual. El realismo del videojuego del 2013 le da toda la pauta de supervivencia a una heroína que debe, antes de partir en aventuras increíbles, darse el tiempo de volver a ser humana.

En este sentido, Tomb Raider es de lo mejor en adaptaciones de videojuegos: como película con errores terribles, como blockbuster sin pretensiones, esta cinta sabe exactamente lo que quiere y lo consigue de la mano de una protagonista impecable. Ojalá no arruinen este interesante esfuerzo las secuelas inevitables.

Título: Tomb Raider.

Duración: 118 min.

Director: Roar Uthaug.

Guión: Evan Daugherty, Geneva Robertson-Dworet.

Elenco: Alicia Vikander, Dominic West, Walton Goggins, Daniel Wu, Kristin Scott Thomas, Nick Frost.

País: Estados Unidos, Reino Unido.

Año: 2018.

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