La película basada en el famoso juego de Ubisoft es una enorme y patética decepción.

Ya sabemos a lo que vamos cuando compramos un boleto para una adaptación de videojuegos: hay muy pocas posibilidades de revertir una maldición que se instaló con Super Mario Bros. Y digo, había todavía algo amoroso en las adaptaciones de los noventa: estaba por ahí la falta de solemnidad y la locura de Mortal Kombat; estaba, en Street Fighter, una de las últimas actuaciones de Raúl Julia; estaba la belleza enojada de Angelina Jolie rellenando los shorts de Lara Croft… Pero creo que ahora todas las adaptaciones de videojuegos se están convirtiendo en un verdadero lastre: Hitman se tomó demasiado en serio, Need for Speed fue simplemente ridícula, y no quiero ni hablar de la basura insultante que fue Angry Birds: The Movie

Pero, al anunciarse la adaptación del videojuego mejor vendido de Ubisoft, todo parecía indicar que algo cambiaría. Porque claro, el elenco encabezado por Michael Fassbender era absolutamente espectacular; Justin Kurtzel acababa de dirigir la maravillosamente estética adaptación de Macbeth que le valió una nominación a la Palma de Oro en Cannes; y, hay que decirlo, la historia de Assassin’s Creed daba para una tremenda reflexión en pantalla sobre la guerra, la paz y el impacto de los genes en la memoria histórica. Sin embargo, la maldición se sostiene y vuelve a alcanzar niveles de bajeza insospechados. Ésta película no nada más es mala, sino que es insultantemente mala. Y cuando digo que se instala entre las peores adaptaciones de videojuegos digo, al ver la historia reciente, todo lo que hay que decir.

La historia del sinsentido

Assassin’s Creed empieza con la intrigante presentación de un rito entre asesinos. Y hasta aquí todo marcha bien. Lo que vemos ahí, en una secuencia que nos sitúa en la España del siglo XV, es una congregación que instiga una idea de moralidad compleja, de códigos retorcidos y que nos hace reconocer los viejos lemas de los héroes de los videojuegos. Pero, rápidamente, se empiezan a diluir todas las esperanzas de ver algo medianamente coherente.

Después de la breve introducción en la Andalucía de 1492, regresamos a 1986, en Estados Unidos, para presenciar las habilidades acrobáticas de un muy joven Callum Lynch (Michael Fassbender). Este juvenil parkourista presencia, sin saber mucho qué está sucediendo, a su padre asesinando a su madre y a un grupo amenazante de templarios irrumpiendo en su casa. Callum escapa y, treinta años más tarde, lo vemos en la silla de las ejecuciones de una prisión. Pero el criminal irredento que pinta inquietantes y oscuros dibujos de una memoria perdida, no muere por la inyección letal, sino que despierta, aturdido, en una instalación de la infame Abstergo Foundation. Los templarios, con todo su poder, lo rescataron para cosechar una relación genética que mantiene con un miembro clave de la Asociación de Asesinos; esa misma asociación que encontró, en los albores del siglo XVI, una reliquia única: la Manzana del Edén.

Este fruto de la discordia humana es, en realidad, un artefacto hecho por alguna especie alienígena antigua que creó, al parecer, la realidad humana que ahora vivimos. Y los templarios quieren recuperarlo porque en él se encuentra la clave genética del libre albedrío humano. La lucha eterna aquí es entonces entre los templarios en las cúspides del mundo y los asesinos en las sombras. Los primeros quieren controlar a los hombres y apagar la violencia de nuestra sociedad a través de la eliminación genética del libre albedrío (¿?). Los otros buscan impedirlo porque, más allá de la paz, valoran la libertad y la posibilidad de elección de todo hombre.

Ahora, Collum debe someterse a diferentes inmersiones en el animus, la máquina que permite retrasar el pasado genético de un hombre hasta sus más antiguos ancestros. Guiado por la científica Sophia Rikkin (Marion Cotillard) y presionado por su maquiavélico padre, el CEO de Abstergo, Alan Rikkin (Jeremy Irons), Collum deberá recrear los pasos de su ancestro en la Andalucía del siglo XV para encontrar la pista de la Manzana del Edén. Desgarrado entre los recuerdos de una herencia asesina y la manipulación de los templarios, Collum comenzará a explorar la tortura de las personalidades divididas (bleeding effect) y, al revivir el pasado, llegará a conocer aspectos nuevos de su presente.

Como pueden leer, a pesar de los elementos fundamentales del juego que se respetan, esta premisa no tiene ni pies ni cabeza. Y su realización es aún peor que mi pobre intento descriptivo. La idea principal (esa que cuenta cómo una civilización alienígena de creadores primigenios escondió una especie de mapa de nuestro código genético en un artefacto mítico) es, por decir lo menos, bastante ridícula. Supuestamente, en la manzana que nos sacó del paraíso se encuentra la clave para erradicar la violencia a través de rastrear, en nuestro ADN, el origen del libre albedrío. Y eso simplemente plantea preguntas extrañas.

¿Qué significa el libre albedrío genético? ¿Qué es el hombre sin libre albedrío? ¿Se puede llamar “hombre” al ser con conciencia pero sin decisión propia? ¿Sería esto un ser con conciencia? ¿Cómo alterarían los Templarios el código genético? ¿Es acaso un regalo para civilizaciones futuras? ¿Es una forma de alterar a los que no han nacido? Y, en dado caso de que así lo fuera, ¿Cómo pensarían los ideales de orden y paz aquellos que nunca conocieron el desorden y la guerra? ¿Qué significa todo esto? ¿Por qué esta idea parece algo curioso si, en realidad, es una estupidez disfrazada de complejidad?

Podrán decir que, al hacer estas preguntas, estoy sobrepensando una película de acción que no te impone ninguna necesidad de reflexión. Y sí, tal vez estoy embarrándome con mucha mantequilla sobre poco pan. Pero el problema esencial de esta película es que es tan solemne, se toma tan extremadamente en serio que es difícil no reaccionar con cierta perplejidad intelectual. Y esta perplejidad pronto pasa al aburrimiento: esta cinta es tan retorcida, propone tantas dudas y da tan pocas satisfacciones que, para la mitad del asunto, uno se da cuenta de lo poco que le interesa entender sus retruécanos vacíos. Y, cuando digo a la mitad, es porque, en el cine, puedo ser un hombre muy paciente…

De la consola al proyector hay un trecho

Muchas películas basadas en videojuegos han tratado de emular algo del gameplay que les dio vida. Hay una especie de extraña necesidad por representar algo más que la historia detrás de la interacción activa; una obligación de mostrar a los personajes en la representación de las acciones que ejercen en la consola. Super Mario Bros. tenía esos saltos horribles que emulaban los ataques del juego, Resident Evil tuvo los sustos espontáneos de zombies escondidos –y, claro, perritos infectados–, y Mortal Kombat jugaba con la música, las tomas laterales y los combates ascendentes.

Desafortunadamente, nadie ha aprendido nada de la historia del cine reciente y Assassin’s Creed repite estos errores evidentes de la manera más flagrante. Hay un lazo evidente entre la historia de los juegos y las necesidades del gameplay que propone. Esto es absolutamente necesario y es la razón misma por la cual son tan buenos los juegos de Ubisoft. El hecho de tener que revivir memorias lejanas permitía, desde un punto de vista contemporáneo, viajar al pasado y vivirlo. Pero se crean límites que no existen en el esquema clásico de viajes en el tiempo: aquí, como el desplazamiento no es físico, el jugador debe respetar absolutamente el orden, las exigencias y la verdad del pasado que habita. Así, se limita su injerencia y su libertad en mundos vastísimos que deben, de alguna forma, acotarse. Así, con el peligro de “desincronizarse” y fallar la misión, el juego integró en el gameplay la idea misma del animus. Y todo se convierte en un todo coherente.

Pero esto no tiene mucho sentido si se traslada literalmente al cine. Porque no estamos repitiendo misiones, ni actuando una injerencia en este mundo. Necesitamos sentirnos atraídos, de alguna manera, hacia el universo que se presenta frente a nosotros o sentir que el protagonista que lo vive no es un simple espectador pasivo. Necesitamos estar involucrados en esta relación entre presente y pasado para que nos intrigue una cinta como nos intriga el juego. De lo contrario, hacer una película de Assassin’s Creed es pedirle a la gente que vea a alguien más jugando el juego o, peor aún, es pedirles que vean un mal demo, en video, de una mala entrega en la consola. Y sí, en realidad, esta cinta se siente como eso: algo absolutamente innecesario dentro del vasto mundo que ya construyó la franquicia de Ubisoft. Porque Assassin’s Creed no nada más no añade absolutamente nada interesante a la historia sino que lo hace sin poder involucrarnos, sin que sintamos, como espectadores, que esto es algo que vale la pena espectar.

Y ese es un pecado irreconciliable. Porque, si la película no nos interesa, si estos viajes al pasado son solamente una repetición en la cabeza de un personaje sin chiste, toda la acción del mundo no puede justificar la existencia de esta historia. Por demás, el uso del parkour, de los golpes, la presencia de las armas clásicas de la franquicia, los saltos del águila y todos esos guiños al gameplay no son, ni de cerca, suficientes para que sintamos que vale más la pena ver esto en vez de jugar uno de los juegos. Y el hecho de que la película nos muestre su propia irrelevancia frente al material original es absolutamente pasmoso: no siempre un tiro en el pie cuesta más de 125 millones de dólares.

Así, Assassins Creed es un absoluto desperdicio. Es, como ya vimos, un desperdicio frente a la historia original pudo ser algo medianamente atractivo para la pantalla grande; es un desperdicio en el traslado absolutamente estúpido del razonamiento de un gameplay a una película; es un desperdicio en los horribles efectos visuales que desvirtúan las escenas de acción reales; es un desperdicio en el marco histórico que se pervierte y en los personajes reales que se desaprovechan (véase la absurda aparición de Torquemada); es un desperdicio, finalmente, por el excelente elenco que se va a la basura.

Marion Cotillard, Michael Fassbender, Jeremy Irons, Charlotte Rampling… esos nombres pertenecen a algunos de los mejores actores de dos generaciones privilegiadas en Hollywood y Europa. ¿Y para qué sirven aquí? A diferencia de la anterior cinta de Kurzel, Cotillard y Fassbender dan unas actuaciones absolutamente vacías. Y sí, tal vez no es su culpa que la cinta esté tan mal escrita y mal dirigida. Aún así, es impresionante ver a Cotillard repetir al infinito la escena de muerte de Talia al Ghul en The Dark Knight Rises y a Fassbender intentar mostrar algo de violencia e ira contenida, tratar de dar una actuación física para la acción que requiere la película, y quedarse tan patéticamente en la superficie. Porque esto es diametralmente opuesto a la enorme presencia que tiene, por ejemplo, en sus tres papeles con Steve McQueen.

Por otro lado, Jeremy Irons hace un papel que intenta matizarse, que intenta ser algo más de lo que es –en realidad no se trata más que de un simple villano maquiavélico– y termina por dar un resultado grandilocuente y horriblemente incómodo. Y bueno, Charlotte Rampling, ¿qué decir de Charlotte Rampling? Después de ver 45 Years de Andrew Haigh, sabemos de lo que es capaz este portento de actriz. Y aquí sirve para dar vida a la más genérica de las fascistas con ojo duro inspiradas de la Thatcher. Una verdadera lástima y, como vengo diciendo, un verdadero desperdicio de talento por todas partes.

Al final, todo esto no es más que un espectáculo patético y sin sentido que se respalda en una historia banal y ridícula. Cuando, al final de la cinta, los asesinos intentan llegar al orbe-ese-manzana-artefacto-alienígena que se escondió, ¿por qué no? En la tumba de Cristóbal Colón, los terriblemente malvados Caballeros Templarios huyen despavoridos. Ningún guardia dispara una arma, nadie intenta pararlos y sus grandes habilidades parecen una estupidez sobrevaluada: para derrotar a la más grande superpotencia oculta del mundo sólo se necesitaban unas tijeras barrilito y un rompevientos. Y bueno, como los templarios, a mí, en repetidas ocasiones, me hubiera gustado salir corriendo, despavorido, de una sala de cine que, lejos de abrigar sueños maravillosos, me hizo sentir como si me hubieran succionado neuronas.

Lo bueno
  • Que, aunque parezca eterna, sí se acaba
  • Que, después de esto, no tengo que volver a pensar en esta basura
Lo malo
  • ¿Para qué enumerar? Todo es horrible en esta cinta
Veredicto

La memoria genética es una teoría que puede crear preguntas fascinantes y que, de hecho, logró formar uno de los gampelays mejor relacionados a la trama de un videojuego en la historia. Pero, hay que decirlo, la parte intrigante de esta premisa se diluye absolutamente en la adaptación de Justin Kurzel y el resultado es algo que nos hace extrañar al videojuego y, de paso, cualquier tipo de coherencia. La ciencia aquí aparece como una ficción desastrosa sobre una premisa banal, una estupidez reducida a dos frases explicativas en diálogos acartonados. Y todo se combina para formar ideas sin ningún respeto alguno por las aristas que tan solemnemente quiere tratar la película.

Con grandes tramas detrás, un director con indudable talento, todo el presupuesto del mundo y los mejores actores de dos generaciones, esta cinta resulta en algo mal escrito, mal dirigido, mal realizado, mal planteado y mal actuado. Un verdadero desperdicio. Y, lo que es aún peor: me aburro menos enojándome con esta producción informe que en las interminables dos horas que pasé en el cine viéndola. El mundo no tiene hilos secretos y, si los tuviera, no serían tan absolutamente banales: por más parkour que le eches, no puedes esconder el triplemente diluído Dan Brown de un argumento ridículo. Por el amor de todo lo sagrado, paremos ya de intentar adaptar videojuegos.

https://www.youtube.com/watch?v=4haJD6W136c

Título: Assassin’s Creed.

Duración: 116 min.

Director: Justin Kurzel.

Elenco: Marion Cotillard, Michael Fassbender, Jeremy Irons, Brendan Gleeson, Michael K. Williams, Charlotte Rampling.

País: Estados Unidos, Francia.

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