Reseña, The Dead Don't Die, Los muertos no mueren, Reseña The Dead Don't Die, Critica The Dead Don't Die, Review The Dead Don't Die, Jim Jarmusch, Bill Murray, Adam Driver, Muertos no mueren, Pelicula, Estreno, Ciudad de México, 15 de noviembre 2019

Parece que Jarmusch no pudo aceptar que su estilo de hacer cine se mezclara con un género que, en el fondo, parece despreciar.

La parodia ha fascinado a lectores y teóricos desde tiempos inmemoriales: algunos la consideraron como una necesaria cita, una forma de rebajar los grandes problemas de la tragedia al común de los mortales, un mecanismo para el cambio de las formas literarias, un homenaje o una crítica… Se le ha visto, incluso, como una manera de observarnos en viejas estructuras, de reflexionarnos, de repensarnos. En cualquier caso, la parodia no es un simple chiste.

Jim Jarmusch conoce muy bien el valor de la parodia, del pastiche y del homenaje. O, al menos, así lo dicen sus películas. El reconocimiento al cine de crimen en Ghost Dog se junta con la fascinación, en un momento clave del auge del hip hop, por una reapropiación pop de la sabiduría Samurai; el amor al western contemplativo se torna oscura redención literaria y anticolonialista con las guitarras distorsionadas de Neil Young en Dead Man; y Tilda Swinton teje, con Tom Huddlestone, una reapropiación del mito de Adán y Eva utilizando los tropos tan gastados y esterilizados del cine de vampiros en Only Lovers Left Alive. También, en un giro hermoso de comprensión lectora de una época, Jarmusch quiere revivir el espíritu de los poetas neoyorkinos de los setenta y el fantasma de William Carlos Williams en el amor al detalle cotidiano de Paterson.

The Dead Don’t Die prometía, tal vez, algo similar. Los trailers de la película, la sinopsis, me hacían esperar una visión elegante, a medio camino entre el pastiche, la ironía, la parodia y el homenaje de un subgénero gastado en reveses cómicos y una solemnidad que nunca le correspondió. Pensé, ingenuamente, que Jarmusch iba a tratar a los zombies (o a los muertos vivientes de George A. Romero) con la misma reverencia insolente que había utilizado en otras películas. Sin embargo, me encontré con otra cosa. En esta película, a diferencia de toda su obra y de su muy cotorra filosofía diletante, Jarmusch me pareció, por primera vez, paternalista.

Así, lo que quiero explicar en unas cuantas líneas aquí es lo decepcionante que me pareció The Dead Don’t Die como un balance fallido entre burla y homenaje, como un intento complaciente por reutilizar un género de forma banal y como una peculiar traición al solemne sentido del humor de un autor que, perdiendo el rumbo, siempre había sabido mantener sus coordenadas.

La ciudad cualquiera de cualquier historia

The Dead Don’t Die empieza, como muchos apocalipsis zombies, en un pequeño pueblo promedio, de pinta muy Pennsylvania, en Estados Unidos. En un particular homenaje a la demencial 200 Motels (1971) de Frank Zappa y Tony Palmer, la trama de esta película se desarrolla en Centerville, USA, “Un lugar muy agradable” (Zappa añadiría, burlándose, “para criar a tus hijos”). Es el perfecto pueblo cualquiera: aburrido, agradable, lleno de gente estereotípica para el paisaje de postal. Ahí encontramos al entrañable mecánico Hank (Donald Glover); al granjero Miller (Steve Buschemi), un redneck espantoso que lleva los MAGA hats de Trump a otro nivel de racismo; al loco del pueblo que decide vivir en la naturaleza (interpretado por el siempre intrigante Tom Waits); a las cocineras amantes del chisme de un dinner local que haría las mieles de Lynch; y a un trío de policías que no tienen gran cosa que hacer fuera de perseguir crímenes contra gallinas y encerrar a uno que otro alcohólico enojado.

En este paisaje lleno de pintorescos personajes, hay alguien que parece desentonar; alguien que no nada más no parece de este lugar, sino que no parece de este mundo. Zelda (Tilda Swinton, obviamente) es la nueva encargada de la morgue y vive muy feliz haciendo preguntas demasiado directas sobre la reproducción de la especie humana, maquilla a los cadáveres como drags de John Waters y practicando con su katana en un pequeño dojo budista entre las frías planchas que reciben a sus tiesos huéspedes. Las inusuales interacciones con Zelda no sirven, sin embargo, para llenar la banalidad de los días en la comisaría de policía. Y son, justamente, los tres alguaciles, los que guían, con tremenda apatía, la cinta de Jarmusch.

El jefe Cliff Robertson (Bill Murray), su apuesto heredero Ronald “Ronnie” Peterson (Adam Driver) y la oficial Minerva “Mindy” Morrison se encuentran, de pronto, con una serie de brutales asesinatos. Algunos se apresuran a conjeturar, con insistencia, que pudo haberse tratado del ataque de “un animal salvaje… o varios”. Pero Ronnie Peterson está seguro de algo: estos destripamientos fueron obra de zombies. Por supuesto, está en lo correcto. Pero ¿Cómo lo sabe? ¿Por qué este joven policía parece muy poco sorprendido por esta ola de inusual violencia en el idílico centro de Estados Unidos? ¿Podrá ser que el fracking descarado en los polos haya causado que la tierra se salga de su eje? ¿Acaso esa luna morada en el cielo anuncia el fin del mundo? ¿Será que todo esto es un mal chiste?

En la forma está el detalle

Como pueden ver, la premisa de la película ya muestra la voluntad paródica de Jarmusch. Desde la primera secuencia de la película que recuerda al cementerio de Romero en Night of the Living Dead (1968), pasando por las constantes referencias ñoñas de horror en boca de Bobby Wiggins (Caleb Landry Jones), el dueño de la tienda de cómics y coleccionables, sabemos que esto va a tratarse de una relectura humorística del género de zombies. Incluso, un poco más allá, de una relectura humorística del género de zombies mezclado con algo del horror escandaloso y paranoico de smalltown en cintas como The Blob (1958).

Por supuesto, usando un mecanismo nada sutil de la parodia, Jarmusch no deja de echarnos en cara el género que va a tratar: la canción que todos parecen escuchar obsesivamente en el pueblo es The Dead Don’t Die del cantante de country contemporáneo Sturgill Simpson; en la tienda de cómics vemos un letrero que reza, “To kill the dead you have to kill the head”; unos jóvenes desprevenidos guiados por Selena Gomes manejan un Pontiac Le Mans 1968 igual al del hermano de Barbara en Night of the Living Dead; y la estación de radio del pueblo sólo funciona en el 911 del cuadrante. Hasta este punto, sin embargo, parece que la película está haciendo una lectura simplista, aunque muy entretenida y pertinente, de los tropos del cine de zombies.

El hecho de que el personaje de Adam Driver sepa, desde el primer encuentro con un cadáver masticado, que se trata de un ataque de zombies, muestra bien una lectura incisiva del subgénero. Porque, en las películas de zombies, nadie parece haber visto películas de zombies. O, más allá, porque todos se niegan a aceptar la existencia de los zombies hasta que uno les está masticando el tobillo. Todo acompañado, claro, de una explicación pseudocientífica por parte de algún personaje con bata o de la voz autorizada del radio o la televisión. Hasta aquí, entonces, Jarmusch se está burlando de las convenciones del género balconéandolas abiertamente.

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Por eso también, en la primera hora de la cinta, vemos que las explicaciones pseudocientíficas no están en boca de expertos -porque los adultos informados de este honorable pueblo parecen ser todos unos idiotas-, sino en boca de unos muy brillantes delincuentes juveniles encerrados en una cárcel tutelar. Aquí, es evidente lo que dice Jarmusch: las juventudes encarceladas son mucho más críticas y creativas que los adultos racistas e incompetentes que las encierran. Además, la idea de que todas estas anormalidades fueron creadas por el fracking polar (cosa que no existe, pero que no tardamos en inventar), le da un giro divertido a las muy evidentes críticas ecológicas -o de miedo a la tecnología- que abundan en las cintas de zombies.

Como principio de burla al género, tenemos también el regreso de los zombies consumistas que volvió famosos George A. Romero en la masacre del centro comercial de Dawn of the Dead (1978). Aquí Jarmusch se burla también, con toda evidencia, de las pequeñas obsesiones que mantienen vivos a los seres humanos atrapados en el capitalismo. Por eso los zombies de esta cinta regresan a sus obsesiones en vida revisando iPhones, buscando Xanax o un poco de vino blanco (sí te vimos Carol Kane), aferrándose a una guitarra (también te vimos Sturgill), practicando un revés de tenis o buscando, como seguramente lo haría Iggy Pop, una taza fresca de café.

Hasta aquí, pues, la cinta de Jarmusch desmenuza con un tono de completa apatía (el famoso deadpan comedy que funciona perfecto en la química de Driver y Murray) muchos de los principios narrativos de las películas de zombies. Y, en la parodia formal, la película se encamina hacia una comedia ligera en la que un director caótico reunió a sus amigos para echar relajo un rato. El problema es que este efecto alegre y mágico de la crítica formal a las películas de zombies desaparece cuando Jarmusch pierde el tono inicial de la cinta y la convierte en puro caos solemne. En este tropiezo evidente, toda la simpatía se diluye, toda la crítica se banaliza y todo lo que podía ser cautivador se convierte en un regaño berrinchudo.

Un punk no puede ser tan mamón

Jarmusch siempre se ha preciado de seguir una idea cuando filma: “no quiero saber a dónde voy para no perderme”. Por supuesto, esta peculiar idea explica bastante bien la espontaneidad derivativa de sus primeras películas y, también, el tono juguetón con el que hizo su ensayo sobre el terrorismo bohemio en The Limits of Control (2009). Pero también habla de su gusto por encontrar, inesperadamente, un amor por la música, por la literatura, por la naturaleza y por las disparatadas obsesiones de los seres humanos en tantas otras películas.

Aquí, sin embargo, esta idea parece haber jugado en contra de Jarmusch. The Dead Don’t Die se va diluyendo hacia el final de la cinta y, agotado por su propia necesidad de demostrar que esto es una parodia, Jarmusch busca alejarse lo más posible del subgénero de zombies. En este agotamiento, recurre a una idea bastante básica: hace admitir, al personaje de Adam Driver, que todo esto es una burla meta. La idea es que Ronnie sabe tanto sobre el terrible final que les espera y sobre el apocalipsis zombie, porque ya leyó el guión. Así, Jarmusch muestra, con todas letras y con toda evidencia, algo que la parodia siempre hace. Esto es, que el autor de la parodia está absolutamente consciente del género que, amorosa o despreciativamente, está retomando en su propia obra. Ahí es donde se distingue la parodia del plagio: hay una intención abierta de mostrar la conciencia del autor sobre su interpretación de la obra de origen.

Al convertir toda la película en una metarreferencia que, todavía, se agranda más con un platillo volador que se lleva a Tilda Swinton (porque, lo entendemos, no es de este mundo) y con un soliloquio final sobre los horrores del capitalismo en boca de un Tom Waits hermitaño, Jarmusch marca una distancia clara. Y lo hace con el gesto de desagrado de quien se limpia mierda de perro del zapato. En ese sentido, éste no es un homenaje (como sí lo fueron Dead Man, Only Lovers Left Alive, Ghost Dog o, incluso, en forma de pastiche, Paterson), sino una burla abierta; una burla que empieza con el reconocimiento formal del género y que, poco a poco, se va dando cuenta de lo absurda que es su crítica. Porque mostrar lo absurdo de lo absurdo no equivale, automáticamente, a decir algo inteligente.

La parodia siempre dice algo sobre las obras que parodia: al mostrar lo ridículo de ciertas formas de contar, inventa nuevas formas de contar. Pero, aquí, Jarmusch se queda sin gasolina y, varado en su camino narrativo, cada vez más despreciativo del género de zombies y sus acumuladas ridiculeces, parece no tener nada más que decir.

¿El punto de retomar el género de zombies era hablar del racismo, del orgullo humano convertido en tecnología autodestructiva, de los peligros del consumismo y del pensamiento de masa? Porque Romero ya había hecho eso hace cincuenta años. ¿El punto era retomar este género para denunciar los horrores ecológicos actuales y el más terrible y ridículo giro que dio la política estadounidense en 2016 con Trump? Nadie necesita decir lo evidente en términos tan rebuscados. ¿El punto era mostrar la autoconsciencia de un autor que ha generado un estilo propio? Jarmusch no necesita comprobar nada y la metaficción se ha empleado para referencias mucho más ricas, inteligentes e, incluso, divertidas (por Altman, Bogdanovich, Carax, Mel Brooks, Fellini y, bueno, hasta Ben Stiller).

En todo esto, con un final solemne que tuerce todo el sentido lúdico del principio de la cinta, parece que Jarmusch no pudo aceptar que su estilo se mezclara con un género que, en el fondo, parece despreciar. El resultado, a medio camino entre la comedia y un autoconsciencia cansada, es particularmente decepcionante. No porque la cinta sea fallida, ni porque no logre una crítica más interesante, ni porque se tropiece con sus propios propósitos. No, esta cinta me parece tan decepcionante porque siempre me va a romper el corazón ver a un rebelde punk convertirse en un viejito regañón.

Lo bueno
    • El cast siempre divertido de Jarmusch.
    • La música siempre genial que cura Jarmusch.
    • La foto siempre en crepúsculo de Frederick Elmes.
    • El principio -que prometía- de crítica feliz del género.
    • Bill Fucking Murray.
    • La belleza de Adam Driver.
    • Que Jarmusch siempre puede hacer algo mejor.
Lo bueno
    • Que la crítica divertida se vuelve desprecio mamón.
    • Que un punk nunca debería ser así de paternalista.
    • Qué es la película más floja de Jarmusch.
    • Que Romero ya lo había dicho.
    • Que esto fue un ejercicio inútil entre compadres que nunca conoceremos.
Veredicto

En The Dead Don’t Die, los adolescentes citadinos hipsters guiados por Selena Gomes son asesinados en un motel, como bien podrían predecirlo las expectativas de género y la parodia que quiere hacer Jarmusch. Sin embargo, parece que su pecado no fue la soberbia (como en el desprecio al redneck de Deliverance o The Texas Chainsaw Massacre), o la promiscuidad y las drogas (como en Friday The 13th), sino que no entendieron las convenciones de horror que los convierten en un estereotipo. Selena Gomes porta una camiseta de orgullo heterosexual, se equivocan en una referencia a Psycho y es evidente que serán víctimas grotescas. Como ellos, Jarmusch parece no entender las convenciones que maneja. La enunciación torcida de esta película habla del uso de un género visto desde arriba, con desprecio. Por eso, por desgracia, Jarmusch se mimetiza con esos niños citadinos mamones que bajaron al pueblo de la cultura popular para no entender sus referencias y hacer un berrinche que a nadie, en realidad, le importa mucho.

Título: The Dead Don’t Die
Duración: 1 hr 44 mins.
Dirección: Jim Jarmush
Reparto: Bill Murray, Adam Driver, Tom Waits, Chloë Sevigny, Steve Buscemi, Danny Glover, Maya Delmont, Rosie Perez, Tilda Swinton, Iggy Pop, Selena Gomez, Austin Butler, Eszter Balint
País: Estados Unidos

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