Dumbo-2019-Reseña-pelicula-Estreno-Disney-Tim-Burton-Critica-Opinion-Review, Ciudad de México, 28 de marzo de 2019

Dumbo no nada más es una mala película, es una demostración, sin alegría y sin creatividad, de la decadencia de Tim Burton.

El nuevo coloso del entretenimiento sigue tratando de ordeñar nostalgia: Disney expande las franquicias que amamos de niños, da vida a superhéroes que leímos creciendo y, finalmente, está recreando, uno a uno, los clásicos animados que nos educaron. Después de la extraña —pero no del todo desagradable— adaptación de John Favreau a The Jungle Book, llega esta adaptación de Tim Burton a Dumbo. Y diría que la película es decepcionante si hubiera esperado algo.

Con esta cinta, Tim Burton demuestra, de una vez por todas, que su trabajo más creativo ha quedado atrás y que ya, ni siquiera, es capaz de hacer buenos refritos de sus propias ideas. Con esta cinta, también, Disney ha demostrado que la alegría de hacer películas no se puede comprar con dinero. Hace casi 80 años, con crudas técnicas de animación, música y muchísimo corazón, Walt Disney había fabricado, basándose en la inspiración de Helen Aberson and Harold Pearl, una maravillosa cinta. Esa película de 1941 sigue encantando los sueños de generaciones y, por eso, me parece particularmente triste que un bodrio de este tamaño venga a imponer imágenes burdas a un recuerdo tan elegante.

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(Disney)

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¿Cuándo perdimos a Tim Burton?

Nadie sabe en qué momento, exactamente, perdimos a Tim Burton. En los ochenta y los noventa, era un director fresco, lleno de ideas, de espíritu y de colorido. Pee-wee’s Big Adventure (1985), Beetlejuice (1988), Batman (1989), Edward Scissorhands (1990), Batman Returns (1992), Ed Wood (1994) y Mars Attacks! (1996) marcaron una década de sueños alegres y caprichosos. Burton podía ir de una solemnidad atemorizante a una ligereza trágica con facilidad pasmosa; sus personajes eran complejos, llenos de aristas, sin maniqueísmos; sus sátiras certeras; sus invenciones en vestuario y diseño de producción, sorprendentes. Pero algo sucedió en el camino: se acabaron los patos de hule y los fondos coloridos, se acabaron los antihéroes y los villanos empáticos, se acabaron los caprichos del blanco y negro y las fosforescencias a go-go.

Desde hace años, Tim Burton se ha dedicado a tratar de explotar su propio sello. Y, en ese triste camino familiar, se convirtió en una parodia de sí mismo. Grandes protagonistas de antaño, como Johnny Depp y Helena Bonham Carter, se convirtieron en caprichos cada vez más incómodos. Y los grandes hitos del vestuario y del arte en sus películas, se volvieron adornos superfluos para contenidos cada vez más mediocres. Sonó la medianoche y, como cuento de hadas, toda la inventividad de Burton se esfumó con las campanas del milenio… el carruaje,tan bello antaño, se convirtió en calabaza.

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No tendría ningún problema en ver el declive de Burton con patadas de ahogado cada vez más patéticas… o de ignorarlo. El problema aquí es que Burton insiste, al carecer de ideas originales, en autoplagiarse y hacer remakes. En el autoplagio todavía le quedó, por ahí, un as bajo la manga con la encantadora Frankenweenie. Con los remakes todo fue simplemente descorazonador. Planet of the Apes, a pesar de todos los esfuerzos de Tim Roth fue un bodrio espantoso; Charlie and the Chocolate Factory fue un insulto a la memoria del gran Gene Wilder; y Alice in Wonderland un insulto a todos aquellos que han leído a Lewis Carroll o disfrutado de la bella y excéntrica adaptación de Disney.

En esta última película, en particular, se puede observar el vacío creativo de Burton: la grandeza ominosa de Carroll está en lo inquietante que resulta perder el sentido; y este director, totalmente ajeno a la comprensión de la obra, convirtió a Alice in Wonderland en una patética cinta de aventuras maniquea. Buenos y malos: eso era justamente lo que nunca tuvieron estas historias de retorcidos, perversos, binomios y engendros múltiples. Después de ese enorme bodrio, no quedaba nada: Burton ahora se dedicaba a arruinar grandes obras de la literatura y grandes clásicos de culto animados. Y el desgraciado no paró ahí.

Con Dumbo, Burton quiso retomar otro gran clásico, a falta de ideas propias, como lo es el cuarto largometraje animado de Disney, y retorcerlo para sus complacencias maniqueas. El resultado es algo verdaderamente desagradable. No nada más porque Dumbo sea una mala película, sino porque es, realmente, una cinta insoportable: hay algo aquí que drena toda la alegría del recuerdo, toda la alegría de hacer películas, toda la alegría de los juegos caprichosos de creación, reflexión, interpretación, riesgo y espontaneidad… Esta cinta es la demostración misma de la pérdida de curiosidad y el síntoma de un agobiante ausencia de creatividad.

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Lo que regresa y lo que se fue

Esta nueva versión de Dumbo intenta retomar el argumento de la cinta de 1941 modificándolo para nuevas susceptibilidades. Todo empieza igual, en Florida, con un circo que viaja en tren, con diferentes atracciones y con un líder excéntrico. El circo de los hermanos Medici está, sin embargo, pasando por tiempos difíciles: las atracciones pierden peso frente a otros parques de diversiones, los espectadores merman y las últimas inversiones se fueron en comprar una elefanta embarazada. En este ambiente complejo, Holt (Colin Farrell), el jinete estrella del circo, regresa de la guerra mutilado. Su esposa murió mientras él combatía y sus hijos no son exactamente virtuosos del espectáculo. Ahora, con demasiadas bocas que alimentar y pocos actos para hacerlo, parece que la vida del circo depende de un elefante que apenas va a nacer… y que, tal vez, no es lo que todos esperaban que sea.

El argumento de la cinta, hasta aquí, parece ser bastante similar al que ya conocíamos. Claro, por las necesidades del live-action, Burton decidió modificar algunas cosas. De entrada, eliminó todas las conversaciones de los animales: aquí no van a encontrar las extrañas muecas de los animales parlanchines en CGI. Para lograr una cierta empatía sin tener animales parlantes, Burton distribuyó los roles: Timothy y los cuervos racistas desaparecen y la labor de ayudantes y amigos de Dumbo recae en los hijos de Holt (Nico Parker y Finley Hobbins). De la misma forma, desaparecen todos los animales integrantes del circo para dar lugar a un elenco de espectáculos embusteros: el hombre más fuerte del mundo cargando pesas falsas, una sirena tras una falsa pecera, un mono entrenado para que parezca que declama versos de Shakespeare y un encantador de serpientes que… bueno, él sí encanta serpientes (además de recordarnos viejos guiños de Indiana Jones).

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Con estos ajustes a los personajes principales, Burton le quitó protagonismo a los animales en sí y se lo dio a los seres humanos. Éstos, a su vez, parecen multiplicarse. El excéntrico dueño del circo, Maximilian Medici es ahora un taimado, pero fundamentalmente buen jefe de familia cirquera. El rol del villano recae, entonces, en un nuevo personaje: V. A. Vandevere (Michael Keaton), un famoso emprendedor que busca comprar al circo de Medici para explotar a Dumbo y abandonar al resto de los cirqueros. También, por ahí, Burton crea al personaje de Colette Marchant (Eva Green), una trapecista francesa que parece ser el interés amoroso de Vandervere y que acaba siendo, más bien, el romance necesario para el héroe del relato, Holt. Finalmente, entre todos estos personajes nuevos, queda el malvado golpeador de Vandervere, Neils Skellig (Joseph Gatt ) (que es tan malo que porta botas de piel de elefante) y J. Griffin Remington Alan Arkin), un banquero de Wall Street.

Toda esta panoplia de personajes le sirve también a Burton para expandir su historia: el argumento fantástico y lleno de números musicales de la primera cinta parece no bastarle para llenar las satisfacciones de un estudio que exige otras duraciones. Y, claro, al querer expandir la historia, Burton metió una trama de competencia económica: Vandervere compra el circo de Medici para salvar una inversión que tiene con el famoso banquero J. Griffin Remington explotando a Dumbo. Vandervere, aquí, representa todo el contrario de Max Medici: es egoísta, reclama la soledad como fortaleza, es exitoso, es despiadado y poco compasivo. Por eso, en el camino de sus ambiciones, comete el error de despreciar a todos los demás cirqueros, a su novia/captiva Marchant, a Dumbo y a su madre Jumbo -que, de hecho, ordena matar-.

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Entre todos estos personajes y con el completo abandono de los carismáticos animales de la cinta de Disney, Burton creó un mundo maniqueo de humanos; un mundo en donde hay buenos que creen en la familia y en la amistad y malos que creen en el egoísmo individualista; un mundo en donde los banqueros son buenos y amigables y los emprendedores pueden pecar de ambición y caer bajo su propio peso; un mundo en donde el karma castiga a los explotadores de animales, en donde las junglas libres de cazadores existen y en donde hay circos ideales sin jaulas ni tormentos. En el mundo que crea Tim Burton todo es seguro, nada puede herir susceptibilidades, nada puede destantear, todo tiene perfecto sentido. En ese sentido llano y triste, el mundo que creó es un mundo absolutamente muerto y desalmado.

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Un película muerta por dentro

Te puede gustar o no el cine de Tim Burton, lo que nadie puede dudar es que, en un momento, tuvo un estilo propio, una cierta voz, personalidad. Por eso, lo que más me impactó de Dumbo fue la absoluta falta de entusiasmo. Esta película se siente como algo desangelado, como un proyecto hecho sin voluntad ni pasión, como una producción en la que todos esperaban el wrap. Aquí no parece haber un gramo de alegría, o de entusiasmo, o de voluntad…

Uno de los aspectos que más fascinaba a Burton, sobre todo por su educación en CalArts, era el contexto en el que emplazaba sus películas. El maravilloso mundo a escala de Beetlejuice o los suburbios excéntricos de Edward Scissorhands, los sets dementes de Ed Wood o la tecnología alucinante de Mars Attack!, la vida misma que insufló a The Nightmare Before Christmas, eran ambientes de estilo recurrente que tenían vida propia. El diseño de producción de Burton amoldaba un estilo a las necesidades de una historia. Con frecuencia, todo esto funcionó. En Dumbo, sin embargo, el arte de la cinta está ahí, simplemente, como relleno, como un trasfondo casi estorboso. Aunado a un terriblemente plano sentido de la fotografía que nunca logra articular sus torpes plano secuencias, que nunca encuentra interés en una paleta de colores absolutamente sosa, que no logra captar ninguna profundidad.

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Muchas de las tomas de esta cinta se hicieron en estudio, en ambientes controlados, con luces artificiales. Y, aún así, Burton tuvo que utilizar toneladas de CGI para pintar los horizontes de sus encuadres. El resultado es una cinta que se ve particularmente falsa, fuera de lugar, en un mundo que no es exactamente situable, pero que tampoco es alegórico; un lugar abandonado y pesadillesco en el que se encuentran retazos de la antiguas glorias. Por momentos, vemos que intentó darle forma a los enrejados, crear ambientes ominosos, hacer perspectivas diferentes… incluso trató, a regañadientes, de hacer una reflexión sobre el poder de la ilusión y el cine como entretenimiento sin víctimas. Ninguno de estos intentos, hélàs, logra reconciliar una tela de fondo desgastada con las necesidades de la trama.

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De hecho, lo único que se ve bien y que funciona por momentos es el personaje de Dumbo. El pequeño elefante orejón logra momentos sinceros de ternura y es desgarrador escucharlo intentar comunicar con gemidos llenos de sentido. Pero Dumbo, paradójicamente, no basta. En la cinta de 1941, sentíamos lástima por Dumbo a través de la protección de su madre y de la maldad ridícula de las otras elefantas; sentíamos empatía por Timothy y simpatía por los cuervos; despreciábamos a los payasos y a todos los humanos para querer más a los animales. En esta película, al contrario, sólo Dumbo provoca sensaciones certeras y todo el resto del elenco, como el trasfondo, se diluye en tonalidades imprecisas.

Michael Keaton hace, tal vez, el peor papel que le he visto. Es algo espantoso, sin ningún tipo de dirección, sin sentido, sin profundidad, sin un gramo de ominosidad. Alan Arkin se sienta tres segundos y emite un gemido y tiene más carisma que todo lo que hace Keaton en toda la cinta. Éste es el extremo opuesto de Birdman. Sólo un director tan agotado como Burton pudo lograr destrozar a Keaton después de que hizo el exactamente mismo papel, de forma genial, en The Founder; después de hizo, finalmente, a tan gran villano en Spider-Man: Homecoming. Lo mismo ocurre con Eva Green, la nueva actriz fetiche de Burton: sólo un director absolutamente drenado de todo sentido común lograría hacer que un acento francés suene falso en una actriz francesa. Increíble. En el resto, Danny De Vito, por una parte, y Colin Farrell, por la otra, se mueren en la raya por salvar a sus mediocres personajes de la apatía del conjunto. Y, en parte lo logran… pero su esfuerzo, junto al pobre Dumbo, tampoco basta.

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Traicionando el principio mismo de la anterior cinta, aquí los animales son inocuos y dependen de las bondades humanas. Y los hombres tienen todo el poder encarnado en un sistema justo (porque, finalmente, el banquero está del lado bueno de la historia) en el que los huérfanos y los desheredados nunca podrán adaptarse. Ésta cina no es una alegoría de la diferencia, no es un pensamiento alegórico y tierno en boca de animales, sino una apología tibia de la familia y del oportunismo moderado. Nada menos relevante, nada menos interesante y nada menos ramplonamente maniqueo.

Con el reparto estelar y todos los elementos secundarios reducidos a una pantomima sin sentido, con un mundo organizado de forma caótica, queda nada más un argumento desarticulado y una reflexión sosa sobre dinero y ambición. También, por ahí, podemos rescatar otros retazos de pensamiento desarticulado como las referencias a un retrofuturismo que no dice nada y que no lleva a ningún lado; y la construcción pseudofeminista del personaje de la hija Holt que entra con calzador. Sin argumentos, finalmente, la cinta se queda también desprovista de emociones.

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La rendición de Baby Mine por Arcade Fire arruina el momento más emotivo de la cinta con una banalidad absoluta; los elefantes rosas de la primera película se convierten en un espectáculo grotesco, desplazado y sin sentido; el miedo real de la separación y la soledad se convierte aquí en algo grotesco que nunca llega a ser ominoso; la comedia es torpe por nunca acertar en tiempos y formas; las recompensas difusas y el sufrimiento de ver la cinta, real. El problema con Dumbo es que se siente como una película que nadie quería hacer y que fue absolutamente innecesaria. Esto no es nada más es una mala película, esto es, sobretodo, un proyecto profundamente gris que, en vez de contagiar alegría, tiene el superpoder de quitártela.

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Lo bueno
  • El diseño del personaje de Dumbo que es lo único tierno de la cinta.
  • El esfuerzo de Danny DeVito y Colin Farrell que, con un director tan poco inspirado, es loable.
  • Que, si siguen con esta racha, tal vez se acaben las horribles adaptaciones live action de Disney.
  • Que lo peor ya pasó y no tengo que volver a ver esta horrible cinta.
Lo malo
  • Casi todo.
  • La absoluta falta de inspiración de Burton.
  • La falta de creatividad y alegría.
  • El personaje patético de Michael Keaton.
  • El diseño de arte soso.
  • El acento de Eva Green.
  • La fotografía banal.
  • La música apenas cumplidora del gran Danny Elfman
  • La forma en que estropearon, sin tapujos, un gran clásico.
  • Que esta película no da alegrías, sino que resta sonrisas.
Veredicto

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Desde que empezó Dumbo, supe que algo estaba mal: Burton decide empezar la cinta con un montaje de viaje sin sentido y con largas tomas que no ocultan la mediocridad del mundo creado. Con todo el trasfondo de sus propias ideas y de lo que dejó el legado de 80 años de la primera cinta, Burton pudo hacer mucho; pudo inspirarse de Freaks (1931) de Tod Browning para crear roles empáticos y ominosos en su circo; pudo crear villanos excéntricos y personajes risueños… pudo intentarlo. Pero esta cinta muestra un completo agotamiento en el proceso: se siente la pesadez de la creación, se siente la falta de inspiración, se siente la torpeza de algo que nunca fue deseado. Así, es imposible que esta cinta transmita alegría, es imposible que logre, como las películas de Del Toro, proyectar una energía infantil, vital, de belleza lúdica. En vez de eso, se siente como un panqué demasiado seco que, en una boca sedienta, se roba toda la humedad. Y es terrible cuando lo mejor que tienes que decir de una cinta es que, por suerte, no aparece en ella Johnny Depp.

Título: Dumbo.

Duración: 112 min.

Director: Tim Burton.

Elenco: Colin Farrell, Michael Keaton, Danny DeVito, Eva Green, Alan Arkin, Finley Hobbins, Nico Parker, Joseph Gatt.

País: Estados Unidos.

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