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Spider-Man: Homecoming es una gran película individual de superhéroes que, con confianza y carisma, se integra a la lógica compleja del MCU.

Ya no confío en mi entusiasmo. Creo que es una cuestión de sobredosis. De niño, en los noventa, veía lo que había en el cine, en Canal 5 o lo que me dejaban rentar del Videocentro. Pero no podíamos ni soñar, por ejemplo, en que hubiera tres adaptaciones de Marvel el mismo año en el que se estrenaba un reboot de Alien, una secuela de Blade Runner, un live-action de Ghost in the Shell, joyas de horror independiente, dos películas de Pixar y otras dos adaptaciones de DC…. Ustedes lo saben: vivimos en tiempos locamente ñoños.

De pronto, esta aparente bendición de las adaptaciones geek está causando efectos terribles. Nos acostumbramos a las películas de superhéroes, necesitamos más de lo mismo, pero exigimos siempre algo diferente. Nos estamos volviendo unos adictos complacidos que no saben ya muy bien qué quieren.

Ahora bien, si algo les puedo asegurar es que, en medio de este panorama, Spider-Man: Homecoming se siente como algo fresco, espontáneo y perfectamente pensado para un plan ulterior. Éste es el Universo Cinematográfico de Marvel (MCU), mostrando, de nuevo, su capacidad de fabricar películas únicas que son, sin embargo, partes necesarias de algo más grande. Y si Spidey salta, en poco más de dos horas, de la secundaria a la posibilidad de luchas cósmicas contra dioses, ¿qué más se puede pedir?

El rey del reboot

Si tienes que hacer tres reboots de un superhéroe en 15 años es que algo no marcha bien. Digo, Batman ha tenido muchas encarnaciones pero en un plazo de cincuenta años y con resultados tan desastrosos como geniales.

Spider-Man, en cambio, en estos quince años, en vez de irse a los extremos locos de Batman (entre Batman and Robin y The Dark Knight hay un abismo), se ha ido apagando en una mediocridad cada vez más desmotivadora. Porque ninguna de las dos trilogías anteriores (la de Garfield no llegó a completarse pero estaba pensada para tres cintas) logró cimentar el éxito de sus primeros esfuerzos.

Si la primera cinta de Tobey Maguire (2002), fue una historia de origen bastante sólida y si la segunda logró traernos a un Dr. Octopus inquietante con Alfred Molina; la tercera era una patada en las gónadas. Una patada en las gónadas con todo y bailecito de Spidey Emo. De la misma forma, si la primera cinta de Andrew Garfield fue bastante carismática; la segunda acabó siendo una cosa horriblemente mal armada, excesiva en sus villanos y bastante torpe en sus pretensiones.

Ahora, con este tercer reboot, recrear el universo arácnido resultaba más complejo, pues no sólo se trataba de hacer una nueva historia de Spidey, sino de integrar a este carismático y querido superhéroe, con toda seriedad, al MCU. Su primera aparición en Captain America: Civil War fue simplemente genial y daba pie para esperar una gran película individual. Aún así, las sombras del pasado pesaban sobre el personaje y muchos fanáticos criticaron la edad de Tom Holland, su capacidad para representar a tan icónico personaje y la reelaboración de una figura tan desgastada.

Sin embargo, el resultado es mejor de lo que jamás hubiéramos esperado. Además de una gran película de superhéroes, Spider-Man: Homecoming,  encaja -de manera absolutamente coherente- en la amplia lógica del Universo Cinematográfico de Marvel. Entre las temáticas terrenales y los rincones apestosos de Nueva York nace un héroe que veremos pelear, después de comerse un churro, contra dioses y titanes.

Una novela de crecimiento

Spider-Man: Homecoming empieza unos momentos antes de los eventos que llevaron a Spidey a Civil War. De hecho, esos primeros cuatro minutos de la película que liberó Sony sirven como una exposición genial del personaje y como una forma de ponerlo en perspectiva dentro del MCU. Porque se trata de un diario en video grabado por Parker para documentar el viaje fantástico que hace a Berlín con la finalidad de enfrentarse al Capitán América junto a Iron Man y los suyos.

La idea es genial y funciona muy bien: entramos a la película desde la perspectiva única de Parker y vemos cómo viajan y cómo viven aquellos al margen de la mansión de los Avengers. Claro, ahí está la frustración de Peter: siempre al margen, demasiado joven, no encuentra ninguna tarea lo suficientemente interesante para sus crecientes habilidades. Así que, entre detener a ladrones de bicicleta y ayudar a viejitas dominicanas, Parker empieza a investigar el surgimiento de peligrosas armas clandestinas.

Estas armas surgen del taller de Phineas Mason en una nueva interpretación del Tinkerer como un genio que revierte la ingeniería de las reliquias Chitauri que quedaron en Nueva York después del primer gran enfrentamiento de los Avengers con Loki. Mason trabaja para Adrian Toomes, un contratista frustrado por haber perdido una gran inversión cuando Tony Stark fundó el departamento de Control de Daños junto con el gobierno para limpiar los desastres causados por las locuras cósmicas de su equipo.

Toomes está resentido con los Avengers, pero no busca confrontarlos. Su negocio está en la clandestinidad y no llama la atención de nadie muy importante: ni de los Defensores de Nueva York, ni de los Vengadores del mundo. Pero Spidey no quiere seguir los consejos de Iron Man y comienza a buscar frenar la operación de Toomes. Todo esto mientras trata de tener una vida escolar normal y encontrar, por ahí, el favor de una bella chica llamada Liz.

 

El asunto es que Spider-Man decepciona a Tony Stark, comienza a perder a todo mundo y debe dejar de correr entre los edificios para seguir una vida de adolescente normal. O eso intenta… Porque, finalmente, Parker descubre que Toomes es el padre de Liz y todos los niveles de la cinta se juntan: no hay privacidad para un héroe, no hay intimidad y, a la mala, Spider-Man comprenderá que nunca tendrá una vida normal de adolescente.

En este sentido, entonces, Spider-Man: Homecoming es tanto una historia de superhéroes como una historia de iniciación emocional. Aquí, las principales influencias están en las comedias de crecimiento de los ochenta: por ahí vemos una escena de Ferris Bueller’s Day Off. Además, sabemos que Jon Watts buscó inspiración en grandes clásicos como The Breakfast Club y la memorable serie Freaks and Geeks; por eso es perfectamente natural -y tal vez imperceptible- para nosotros que Zendaya haya calcado a la Linda Cardellini más cínica.

Jon Watts tiene una experiencia perfecta para este tipo de películas y, viendo su filmografía, entendemos por qué fue elegido para este proyecto. En Clown, el horror está centrado en las relaciones familiares y lo que puede llegar a hacer un padre para complacer a su hijo… o para no devorarlo. En Cop Car, el horror está en la venganza de un policía motivado por picardía juvenil. En ambos casos, se trata de adolescentes, casi niños, que tienen que luchar contra fuerzas que no comprenden y que los sobrepasan.

En el caso de Spider-Man, Watts debe tratar con las temáticas juveniles sin dejar que su historia caiga completamente en viejos clichés. Y, en efecto, logra mostrar una típica historia de colegio sin necesariamente repetir fórmulas. Por ejemplo, los intereses amorosos en esta cinta no son evidentes: tenemos, al mismo tiempo, a una Betty Brand (Angourie Rice), a Liz y a una representación lateral de MJ. Y, claro, sabemos que MJ no es Mary Jane y que Liz es sólo un interés amoroso pasajero para soldar el inesperado final. Aún así, el chico bueno, a pesar de hacer lo correcto, no se queda con la chica y queda dividido entre diferentes posibilidades de futuras relaciones.

Tampoco tenemos los mismos roles sencillos de bullys y bulleados. Es verdad, Ned y Peter Parker no son los chicos populares del colegio… ni de cerca. Pero tampoco vemos los roles de los nerds adictos a la ciencia enfrentado a los jocks que juegan fútbol americano. Aquí Flash Thompson está en el mismo equipo de Maratón Académico que Parker y la chica más popular de la escuela. De hecho, este Flash es totalmente distinto: alguien mucho menos imponente, más bocón y que basa su superioridad en dinero y no en presencia física.

En esta lógica también encontramos el carisma de los que ayudarán, de alguna forma u otra, a Peter en su lucha cotidiana. Por una parte tenemos al personaje interpretado por Zendaya que podría ser una perspectiva romántica para Peter y que funciona, mientras tanto, como una contraparte cómica y oscura a las realidades coloridas de la secundaria. Por otro lado, está Ned, una amalgama de personajes cercanos a Parker en los cómics, que juega con su rol de “tipo en una silla” en un gesto burlón y autoconsciente digno de un Deadpool apto para niños.

Todo esto contribuye a crear un ambiente pequeño y constreñido en el que Peter Parker vive, de nuevo, como chico de secundaria. Jamás habíamos visto a una versión de este personaje que contara con la edad de un estudiante de secundaria en la pantalla y la forma que logra darle -con consistencia y realismo- Tom Holland es impresionante. Muchos estarán en desacuerdo pero, por estos niveles íntimos del personaje, por esta simpatía adolescente, por esta frescura y presencia física, me parece que Holland es el mejor Spider-Man que hemos tenido en pantalla. Lo siento Toby, pero me perdiste feo en la tercera parte.

El justo medio del MCU

Todo el problema al que se enfrenta Spider-Man frente a Vulture nace de la destrucción de Nueva York por los Chitauri. Sin ese evento formativo del MCU, esta cinta nunca hubiera tenido a sus villanos. Y, por eso, la película de Watt sigue muy bien la línea de Civil War en cuanto a las lógicas terrestres de este universo: aquí entendemos las consecuencias de los Acuerdos de Sokovia (que cita, incluso, un profesor de Peter Parker); vemos, de nuevo, la destrucción de Nueva York después de la primera cinta de los Avengers; vemos a Capitán America como un criminal de guerra después de lo que sucede en Civil War.

En esta lógica terrestre, el MCU sigue su ya conocido patrón de intercalar películas más cósmicas -como Dr. Strange y Guardians of the Galaxy Vol. 2– con películas mucho más ancladas en la realidad terrestre -como Civil War, Ant-Man o, justamente, Spider-Man: Homecoming-. Esto crea un entramado que produce una cierta textura: las lógicas del universo importan en la tierra y, pronto, al final de las tres etapas del MCU, la tierra importará para la lógica del universo.

En este caso, la relación con los Avengers se hace, sobre todo, a través del encono de Adrian Toomes -hecho que representa al personaje como algo bastante fiel al origen resentido de Vulture-. Porque es por medio del Buitre que nace un odio de hombre común hacia las políticas privilegiadas de los Avengers. Porque mientras Capitán América se va en una cruzada personal, Tony Stark se politiza, crea los acuerdos de Sokovia y firma contratos gubernamentales para dar nacimiento a Damage Control. Con esto, se convierte en una figura pública, cercana a los políticos, que afecta con sus decisiones la vida económica de los habitantes de la tierra.

El resentimiento de Toomes es, hasta cierto punto, absolutamente justificado; y eso es lo que hace al villano interpretado por Michael Keaton tan interesante. Porque, es cierto, Tony Stark creó su fortuna, igual que su padre, vendiendo armas al mejor postor. Digo, esa es la cínica imagen que inició todo el MCU con el millonario en el desierto mostrando el poder de sus creaciones.

Para Toomes es absolutamente injusto que unos se enriquezcan con el negocio que le quitan a todos los demás. Lo que quiere Toomes es la misma oportunidad sobre la que la familia Stark creó su imperio. En cierto sentido, Buitre es la voz de toda una generación actual de americanos que desconfía profundamente en la élite política y que quiere seguridad de trabajo para poder acceder al sueño americano que alguna vez les prometieron. Así ganó Trump, para no ir más lejos.

Pero aquí, fuera de política, la lección que intenta darle Vulture a Spider-Man, lo convierte en la contraparte terrenal de Tony Stark. Porque, como Stark, es una figura paternal para Spider-Man; una figura que trata de llevarlo por un camino de justicia diferente. Lo que importa aquí es que tanto Toomes como Stark tienen razón, solamente es una cuestión de perspectiva. Y en esa perspectiva está la elección moral de Spider-Man: irse por la regulación mundial (equipo Iron Man) o por la irregularidad individual (equipo Capitán América).

Es claro que la elección ya estaba tomada, desde antes, en Civil War. Pero, nuevamente, el poder de elegir pone en perspectiva el papel de Spider-Man en todo el universo de Marvel. Porque elegir el camino de Toomes es también elegir la felicidad terrenal de quedarse con la chica y continuar la escuela felizmente, como un adolescente más o menos normal. La opción de Tony Stark -que acabará tomando, hasta cierto punto-, lo lleva por un camino de abandono escolar, de responsabilidades, de la familia y de los pequeños placeres terrenales para salvar al universo (opción que se ve cada vez más cerca con ese traje ofrecido por Stark que muestra potencial de pelea espacial).

Cuando llegamos a la escena sacada, hermosamente, del famosísimo número 33 de Spider-Man en la que Peter cuestiona su capacidad de ser alguien sin el traje mientras levanta toneladas de concreto, el personaje está teniendo un aprendizaje claro de la figura del héroe. El héroe se encuentra en el valor interno de sacrificar su individualidad por el bien mayor; al igual que estará dispuesto, en algún momento, a sacrificar su vida para salvar a la humanidad, la civilización, al planeta o lo que sea que esté en riesgo.

En este sentido, a través de las dos figuras paternas, Spider-Man encuentra su camino de crecimiento individual como superhéroe entre la elección de lo cósmico y de lo terrenal. Y en este balance está toda la lógica actual del MCU.

Cuando el traje de inteligencia artificial de Tony Stark habla de “aquellos que se dedican a perseguir vendedores de armas y que están abajo del salario de los Avengers”, se está refiriendo, claramente, a esa parte aislada en Nueva York del MCU: el mundo de los Defenders. Luke Cage en Harlem, Jessica Jones y Daredevil en Hell’s Kitchen, Danny Rand en Manhattan, son protectores en pequeña escala, que se dedican solamente a los rincones oscuros de su ciudad. Spider-Man, en Queens, está entre estos héroes y los Avengers; es capaz de ser parte de ambos grupos y tendrá que decidir si quiere ser un vecino amable o un salvador universal.

Como historia de formación, en la tentación permanente de los Avengers, de su familia y de su propio vecindario, esta construcción del personaje en una película de origen me parece genial. Éste es un Spider-Man que nunca antes habíamos visto: más joven, más atlético, más torpe, más dedicado a equivocarse, más simpático, más bocón y más confundido. Y no necesitamos ver otra vez la muerte del tío Ben para entender que la renovada figura de este héroe, a pesar de su elección en esta cinta, es ya la de un personaje mítico.

Lo bueno
  • El humor perfectamente medido.
  • Las actuaciones de Keaton y Holland.
  • El mejor cameo en mucho tiempo con Aaron Davis interpretado por el genial Donald Glover.
  • La cábula de Queens sobre la Tía May joven.
  • La relación impecable con los universos del MCU.
  • El buen guión y la sólida dirección de Watt.
  • La voz de Jennifer Connelly (pareja real de la otra IA de traje: Paul Bettany / Vision).
  • Que salga, en otro guiño a Freaks and Geeks, Martin Starr.
  • Que los Ramones son de Nueva York y “Blitzkrieg Bop” vuelve a ser juvenil en esos créditos.
Lo malo
  • Que las escenas de acción no son lo más original ni particularmente logrado.
  • Que todavía no hay crossover de MCU de Netflix con MCU de cine.
  • Que falta un año para Infinity Wars.
  • Que Kevin Feige juegue con los sentimientos ñoños metiendo a una “MJ”.
  • Que no salga más Martin Starr.
Veredicto

En Spider-Man: Homecoming, hay muchos juegos entre ficción y realidad: el ayudante del superhéroe que se señala a sí mismo; el traje de inteligencia artificial que quiere repetir el mítico beso boca abajo; las referencias atascadas a Star Wars… Pero uno de los juegos ficcionales que me parece más interesante es el de los videos moralinos de escuela de Capitán América. No nada más por la referencia a los típicos videos torpes de acondicionamiento en los ochenta-noventa sino porque muestran una vida después de los Avengers.

En este mundo, el Capitán América es un símbolo y tiene sentido que esté en las escuelas regañando niños. Pero también hay otra cosa… que el Capitán América, justamente, ya no es un símbolo. Esto muestra cómo los Avengers están en todas partes pero no están en ningún lado. Son el trasfondo de una realidad que no los puede entender completamente. Y el mundo reacciona acorde: con miedo, fascinación, aburrimiento y odio. Eso es lo que es esta película: una cinta que muestra el contexto popular de la vida en un universo fantástico. Y lo hace, además, dándonos una refrescante historia de origen. Marvel lo volvió a hacer: lo suyo es tejer, en telarañas virtuosas y con facilidad pasmosa, los niveles íntimos de la tierra y sus cósmicos infinitos.

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