Colossal, Vigalondo, Ella es un monstruo, Película

La película Colossal es una gran mezcla de géneros de Nacho Vigalondo, un director de independencia creativa única.

Nacho Vigalondo es un director genial. No puedo empezar esta reseña más que diciendo eso. Tal vez haya películas en su largo andar que no nos han llenado la pupila; tal vez la fallida Open Windows (2014) fue demasiado ambiciosa y no llegó a nada; tal vez, entre sus muchos cortos, tiene mejores cosas que otras. Pero no podemos dudar que, con cada proyecto suyo, se enciende, en la vida ñoña, una esperanza singular.

Desde que nos voló la cabeza con el genial corto 7:35 de la Mañana (2003), Vigalondo ha seguido realizando proyectos ambiciosos. Los Cronocrímenes del 2007 (que, si no la han visto, avienten este artículo y corran a su streaming de preferencia) fue una propuesta indie absolutamente alucinada que se aventuró en uno de los géneros más complejos de la ciencia ficción. Extraterrestre (2011) por su parte, es una gran comedia romántica con refinado humor y ternura.

Ahora, con Colossal, Vigalondo regresó a sus raíces de género a través de una propuesta que destruye las expectativas como alguna vez Godzilla destruyó Tokio. Digo, ésta es una mezcla de tragicomedia con tintes románticos y –¿por qué no?– kaijus destruyendo Seúl.

El resultado es una película dura, con temas crudos, que plantea preguntas inquietantes. Lejos de complacerse en la facilidad moral, Colossal satiriza las comedias románticas para regalarnos un cuento único sobre la dependencia emocional y la libertad de cada uno. Aquí, con lujo de spoilers, les dejo mi opinión sobre la película más genéricamente disruptiva que he visto en todo el año.

Una historia única

Colossal, Vigalondo, Ella es un monstruo, Película

Gloria (Anne Hathaway) escribe en un blog. No sabemos mucho sobre qué escribe, pero es una vocación que se despertó pronto en su infancia cuando ya ganaba concursos de escritura de cuento. Dejó su pequeño pueblo en el estado de Nueva York para irse a habitar la gran manzana y cumplir su sueño.

Ahí conoce a su novio, Tim (Dan Stevens), exitoso profesionista con un impresionante departamento. Se muda con él y viven juntos durante un tiempo. Pero Gloria pierde su trabajo por utilizar de manera desafortunada un juego de palabras. Los trolls de internet la acosan y ella se resguarda en una borrachera constante con amigos aleatorios. Su novio se cansa de su constante relajo y la corre del departamento.

Sin trabajo, sin amigos, sin novio, sin dinero, sin departamento, Gloria regresa a su pequeño pueblo para vivir en la vieja casa abandonada por sus padres. Camino a comprar un deprimente colchón inflable, se encuentra a un viejo amigo de la primaria, Oscar (Jason Sudeikis) que le extiende la hospitalidad de su bar.

Pronto, Gloria comienza a trabajar en el bar de Oscar y, entre una noche de borrachera y otra, ocurre un fenómeno que disrumpe sus vidas y la existencia misma del hombre en el mundo: de la nada se materializa un monstruo que destruye Seúl.

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Por los gestos del monstruo, repetidos al infinito en las noticias y en las obsesiones de Youtube, Gloria se da cuenta que la gigantesca criatura es ella misma. El monstruo aparece e imita los gestos de Gloria cuando ésta pisa un patio de juegos infantiles a las ocho con cinco de la mañana.

Cuando la protagonista demuestra su poder sobre el monstruo a los compañeros del bar y a Oscar, las cosas comienzan a salirse de control. Porque, de pronto, cuando Oscar está con ella, a esa hora, en ese lugar, él se materializa también como un robot gigante en Seúl.

Gloria se preocupa cada vez más por la irresponsabilidad de sus borracheras que han causado, en todas las veces que ha hecho aparecer al monstruo, centenares de muertos. Pero a Oscar no le importan las vidas humanas sino el control que puede ejercer sobre Gloria, amiga de infancia que lo obsesiona posesivamente.

De pronto, Gloria queda dividida entre dos hombres: Tim le pide que regrese con él, a cambio de transformar sus hábitos autodestructivos, y Oscar que la obliga a quedarse para proteger Seúl de sus negras intenciones. La batalla por Gloria se calca en una batalla de gigantes en Seúl y todo escala a niveles de chantaje, culpa y posesividad inauditos. Todo porque los hombres que orbitan alrededor de Gloria buscan imponerse a su voluntad a través de delirantes violencias discursivas.

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Colossal: la anti comedia romántica

La premisa de la película, como sucede con varios proyectos de Vigalondo, tiene elementos fantásticos para llegar a tratar un tema cotidiano. En este caso se trata de las relaciones posesivas y la (in)dependencia emocional tratados a través de un relato fantástico sobre monstruos gigantes.

Ésta no es entonces, exactamente, una película de kaijus, sino, más bien una tragicomedia que se disfraza de comedia romántica. Porque Vigalondo irrumpe todos los mecanismos de las comedias románticas clásicas de Hollywood.

Recuerden esas películas de los noventa que acompañaron el estereotipo de espectadores divididos absurdamente entre la idea del gusto masculino y femenino; recuerden la eterna batalla de cartelera entre las películas de acción y las comedias románticas. Ahora, estos dos géneros tan noventeros han caído en el desuso. O, más bien, nunca tuvieron el mismo impacto que en los ochenta y los noventa, tremenda época de apogeo para esquemas repetitivos.

En la idea clásica de la comedia romántica, el personaje principal (masculino o femenino) se encuentra en un momento de desequilibrio. Entre las diferentes peripecias deberá luchar para conquistar a la mujer de sus sueños o para darse cuenta de que la persona que pensaba amar era otra. En cualquier caso, al final de las aventuras y desventuras, se restablece el orden con un “y vivieron felices para siempre”: las parejas eternas de la monogamia se consolidan quitando algo de caos al mundo.

Es por eso que sigue siendo un clásico absoluto My Best Friend’s Wedding en este género. Porque el final de la cinta no muestra la victoria de la protagonista sobre el caos de su vida en una relación duradera. A pesar de que la película sí termina con la consolidación de parejas perfectas, la protagonista queda sola y aprende que puede vivir así y que la felicidad no depende, necesariamente, de la compañía.

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En este mismo sentido, la película de Vigalondo es una anti comedia anti romántica. Todo en la cinta apunta a que será una típica historia de amor forjada en los más rosas antros de los estereotipos noventeros. Tenemos a la protagonista con una vida en caos que tendrá, en apariencia, que decidir entre un novio glamouroso y una carrera soñada y la sencillez de su pueblo acompañada de un cercano compañero de la infancia en un bar familiar.

Pero, conforme avanza la película, nos vamos dando cuenta que todas estas expectativas se derrumban una a una. Ninguno de los dos hombres que se pelean su amor muestran, en realidad, algún tipo de empatía por Gloria, ni siquiera algún tipo de cariño. Su amor se demuestra, únicamente en una necesidad obsesiva de control sobre la vida de la protagonista. Es un deseo de posesión y no una búsqueda de compañerismo romántico.

El único personaje que no desea poseerla es el amigo tonto y hermoso de Oscar con el que Gloria tiene relaciones sexuales. Aquí tenemos al estereotipo inverso de la mujer atractiva y poco inteligente que dice tres palabras en una cinta y tiene un papel circunstancial sexualizado: en este espacio de la anti comedia anti romántica, Vigalondo utiliza a un hombre para llenar este estereotipo y revertirlo.

Al mismo tiempo, este compañero bello e idiota de Oscar es un completo pusilánime que, a pesar de sentir una atracción y una simpatía por Gloria, jamás se pone de su lado y jamás intenta protegerla. Es un objeto para la voluntad ajena y un ser absolutamente gris y manipulable que entra, como peón, en el juego perverso de quienes quieren apoderarse de Gloria.

La soledad final de Gloria en un bar de Seúl muestra que tomó posesión de su propia vida y del derecho de decidir si bebe o no bebe un trago, si quiere o no quiere acostarse con alguien, dormir en el piso o mudarse a otro país. Se convierte, de nuevo, en la narradora de una historia propia: una historia extraordinaria de maldad común, de la necesidad de posesión, del amor disfrazado de otras obsesiones y del aprendizaje propio en relaciones autodestructivas.

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Nacho Vigalondo, un Woody Allen de nuevo género

En medio de todo esto, dirán, ¿a qué vienen los monstruos gigantes que se pelean sobre las calles de Seúl? La explicación en sí del nacimiento de los monstruos como fenómeno fantástico es tan ridícula como la idea misma de los Transformers. Preguntarse por qué unos alienígenas escogerían disfrazarse de coches clásicos no tiene mucho punto en el juego de la delirante ficción.

¿Y cuál es la explicación entonces? Al darse cuenta de la relación tóxica que mantienen con Oscar cuando éste destruye su maqueta de primaria, Gloria es golpeada por un rayo que proyecta su ira en un monstruo formado a la imagen de un juguete infantil, del otro lado del mundo. Al mismo tiempo, Oscar es golpeado por otro rayo y se proyecta en otro juguete de infancia como un cúmulo de resentimientos y envidia.

En el sentido de esta explicación, Nacho Vigalondo se me figura, cada vez más, a un nuevo Woody Allen. Y antes de que salten de sus asientos en indignación por una u otra parte, déjenme explicarles mi punto. La comparación con Woody Allen va hacia todas las película que hizo el neurótico neoyorkino en donde se entrometen elementos fantásticos para narrar algo de vida cotidiana.

Me refiero al hombre perseguido por una teta gigante, al funcionamiento mecánico del cuerpo humano dirigido por hombrecillos en Everything You Always Wanted to Know About Sex * But Were Afraid to Ask, al personaje que se convierte en otras personas por su entorno en Zelig, a la intromisión de la ficción en The Purple Rose of Cairo o el director de cine fuera de foco y el joven caliente al que visita la muerte en Deconstructing Harry.

Todas estas apariciones fantásticas proyectan preocupaciones reales del mundo, de las necesidades afectivas, las relaciones y los desencuentros. Son también un motivo privilegiado para pensar en nuestra relación creativa con la ficción y sus mundos imaginarios. En este sentido, la explicación del fenómeno fantástico importa menos, en Colossal, que el fenómeno en sí y las reflexiones que proyecta. Ésta es una película de humanos, el relato fantástico sirve sólo como un trasfondo del verdadero meollo.

Por eso, no es casualidad que gloria y Oscar se peleen en un patio de juegos para niños ni que sus apariciones monstruosas sucedan en el momento mismo en que, de niños, jugaban una última libertad antes de entrar a la primaria. Todos estos encuentros marcan una zona de combate, el área y el tiempo de un conflicto que nace con el recuerdo del primer desencuentro con una maqueta destruida.

Y los viejos enfrentamientos del patio de primaria regresan cuando los dos conocidos tocan fondo y son las peores versiones monstruosas de sí mismos. Los dos personajes odian su lugar en la vida y se odian: entre ellos nace la monstruosa dinámica de posesión, culpa y autodestrucción porque regresan a los primarios sentimientos de desprecio infantil.

Lo interesante aquí es que el mecanismo de la culpa no funciona de manera evidente en la trama. Colossal pasa por lugares comunes que, muy fácilmente, podrían caer en la superación personal o el empalagoso ejemplo moral (cosa en la que Woody Allen también ha caído, véase Irrational Man). Y sin embargo, Vigalondo sortea todas estas facilidades para no caer en la moralina sencilla.

Gloria vive una culpa constante: aparece pidiendo perdón en los primeros momentos de la cinta; siempre despierta adolorida física o moralmente, por alguna cruda; destruye y se lamenta. La idea aquí podría convertirse en una sencilla caricatura aleccionadora sobre el alcoholismo autodestructivo; sobre la espiral autodestructiva que lleva al adicto a alejarse de amigos y familiares, a depender de una sustancia y a perder todo anclaje al mundo. Pero en Colossal, más bien, Vigalondo elabora un punto más interesante: la culpa no es una fuerza de redención sino un compañera peligrosa.

Aquí la vida de Gloria no mejora por dejar el alcohol sino por llegar a buenos términos con su propia culpa. Los dos hombres quieren imponerle a Gloria una forma de vida y ambos causan el efecto contrario: al sermonear sobre el alcoholismo la embriagan, al querer embriagarla la vuelven abstemia.

Así, es sólo cuando Gloria abandona la culpa, que la protagonista toma control de su propio cuerpo y de su propia vida, aprende a quererse sin el juicio de nadie, de los hombres que la empujan a beber o a dejar la bebida, de dos formas de control igualmente tóxicas. Gloria termina decidiendo sola si quiere o no tomarse un último trago en un bar. Y el genio de Vigalondo aquí es que, con la última mueca y el corte a negros, que Gloria nunca nos va a compartir su decisión. No sabremos si toma o no otro trago. Y eso habla más que cualquier final.

¿Por qué pienso en Woody Allen? Porque esta cinta destruye el género habitual de la comedia romántica como lo hizo el director neoyorquino en Blue Jasmine. Porque, como en The Purple Rose of Cairo, la experiencia fantástica nos habla también de amor y desamor, de ficción y realidad.

Colossal, Vigalondo, Ella es un monstruo, Película

Lo bueno
  • La dirección inspirada de Vigalondo.
  • Las grandes actuaciones de Hathaway y Sudeikis.
  • La reflexión poco moralina de la cinta.
  • Que la cinta esquiva, de cerca, los clichés de superación personal.
  • Que enarbola una interesante destrucción de la comedia romántica clásica.
  • Que crea una reflexión interesante sobre la dependencia.
  • Que lo hace con kaijus gigantes.
Lo malo
  • Que la película puede enajenar a ciertos espectadores.
  • Que el mensaje de Vigalondo puede interpretarse a la ligera.
  • Que la fantasía no haya sido mejor cuidada en la historia.
  • Que no ha durado lo suficiente en cine.
  • Que tardó tanto en llegar a México.
Veredicto

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Colossal, sin duda, tiene errores: tal vez la idea misma de los kaijus pudo desarrollarse más y tal vez se pudieron evitar ciertos clichés. Pero el esfuerzo mismo de la película es tan ambicioso como loable. Con un mensaje intrigante y una gran reflexión sobre los géneros románticos y los roles de género, la cinta es mucho más inteligente de lo que puede aparentar. Y la excelsa dirección de Colossal demuestra que este gran director puede atacar todos nuestros géneros ñoños y darles un giro intrigante. La violencia amable de la cinta nos lleva a reflexionar sobre nuestras frágiles dependencias y los monstruos reales que nos hacen soñar, nuevamente, con criaturas fantásticas.


Colossal, Vigalondo, Ella es un monstruo, Película

Título: Colossal.

Duración: 110 min.

Director: Nacho Vigalondo.

Elenco: Anne Hathaway, Jason Sudeikis, Tim Blake Nelson, Dan Stevens, Austin Stowell, Tim Blake Nelson.

País: Canadá, España.

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