La anticipada y ambiciosa película de Luc Besson no es exactamente lo que esperábamos.

Pierre Christin y Jean-Claude Mézières empezaron a publicar las historias de Valérian et Laureline (conocidas en español como Valérian: agente espacio-temporal) a finales de los años sesenta. Y eran algo totalmente innovador para la época: estos cómics, reunidos por Dargaud en una veintena de tomos, se convirtieron en un gran clásico de la ciencia ficción franco-belga. Al punto, claro, de influenciar fuertemente la estética de Star Wars.

Los cómics giraban en torno a dos agentes espacio-temporales en un universo futurista en el que la Tierra ha llegado a un grado extremo de tecnología. Al controlar la teletransportación, pueden desplazarse tanto en el espacio como en el tiempo y llegar a los confines más lejanos del universo. Así, los hombres han establecido relaciones políticas y diplomáticas con una enorme cantidad de especies alienígenas.

En este esquema, Valérian y Laureline son dos agentes jóvenes y dotados que se embarcan, como aventureros en forma de super espías, en las más alocadas tramas. Cada tomo cuenta una inventiva historia en donde se mezclan una enorme cantidad de especies y lugares increíblemente cautivadores.

El cómic Valérian et Laureline es un gran clásico de la ciencia ficción franco-belga.

Luc Besson siempre fue un gran fanático de estas historias: creció con ellas, creció amándolas y creció imitándolas en sus más alocadas obras, como la icónica The Fifth Element. De hecho, Mézieres junto al mítico Moebius, fueron consultores para la realización de ese gran clásico noventero que maravilló a una generación.

Ahora, por fin, Besson pudo realizar su sueño y traer a la pantalla grande una adaptación directa de los cómics. La película se basa en el sexto tomo de Dargaud (L’ambassadeur des Ombres o El embajador de las sombras) con algunos elementos del segundo volumen (L’empire des mille planètes o El imperio de mil planetas) y recrea con pasmosa fidelidad algunos de los paisajes más icónicos de las novelas gráficas.

El problema con esta esperada adaptación es que, a pesar del enorme amor por el material original que tiene Besson, hay algo esencial que se pierde en la traducción: la trama se convirtió en algo mucho más maniqueo y, a diferencia de otras grandes obras del director francés, los personajes se diluyen en estereotipos vacíos que nunca acaban de funcionar. Puesta en perspectiva con el material original y The Fifth Element, tomando la trama más allá del espectáculo visual, esta película es una de las grandes decepciones del 2017.

Valerian y los personajes huecos

Si hay algo que me daba absoluto terror en la anticipación de esta película era la elección del elenco. De entrada, poner en un papel con más de siete palabras a Cara Delevingne sonaba como algo particularmente riesgoso. Digo, no podemos juzgar todos sus papeles con un solo y craso error, pero su papel como Enchantress en la horrorosa Suicide Squad fue una de las actuaciones más idiotas que he visto en años. Ese maldito bailecito sigue persiguiendo mis pesadillas.

Y luego estaba Dane DeHaan en el papel de Valerian. Este actor es, sin duda, capaz de muchísimas cosas buenas. Lo ha demostrado en Life de Anton Corbijn, Chronicle y The Place Beyond the Pines. Pero, últimamente su elección de papeles no ha sido la más afortunada y lo hemos encontrado en terribles porquerías que ni su talento puede salvar como A Cure for Wellness del extraviado Gore Verbinski.

La sorpresa aquí fue que ninguno de los dos lo hace tan mal. Delevingne, a pesar de tener el carisma de una cerveza sin alcohol, logra sacar bastante bien el personaje de Laureline y llega, incluso, a ser simpática. Y DeHaan parece haber adquirido cierta confianza y logra sacar adelante el papel de un Valerian mucho más cercano a James Bond que a un militar aventurero.

El problema no está en las actuaciones sino en los personajes mismos. Al darle un giro mucho más cercano al cine de espías a las novelas gráficas de Christin y Mézières, Besson trató de hacer, con un enorme esfuerzo, que sus personajes fueran el epítome de lo “cool”. Llegan a la batalla vestidos como turistas con camisas hawaianas y vestidos escotados; se burlan del peligro y parecen seducir a todo mundo que se les ponga enfrente; dicen oneliners sin motivo preciso y se despachan a sus rivales con singular alegría sangrienta.

La cosa es que, en su esfuerzo por representarlos con el “cool” de los espías británicos, Besson perdió completamente la empatía que puede lograr el espectador hacia sus personajes. Y este director se caracterizó siempre por crear geniales y memorables personajes. La fuerza de Nikita, la ternura de León, la seducción inocente de Matilda son únicas; la sencillez rompecaras de Leeloo y lo maravillosamente hosco de Corben Dallas son también rasgos de actuaciones para siempre memorables.

En esta cinta Valerian y Laureline son tan huecos y tan desprovistos de consistencia que es muy difícil interesarse en los peligros que sufren. Siempre parece que ya libraron todo, no hay verdadero riesgo en sus hazañas. Y, además, son absolutamente contradictorios.

En un momento, por ejemplo, cuando están tratando de conseguir el replicador de Müll, los persigue una bestia gigante. Momentos antes, habían tenido gestos fraternales con los soldados que los acompañan; Laureline, incluso, se ríe con un militar que bromea cantando una canción. Momentos después, cuando los persigue la bestia enorme, los dos personajes principales se salvan por un pelo y todos los otros soldados son masacrados de la forma más horrible. Acaban de ver morir a diez compañeros y lo único que hacen es reírse mientras Laureline dice: “demonios, esa bestia arruinó mi vestido”.

Los personajes de Valerian y Laureline son tan huecos y tan desprovistos de consistencia que es muy difícil interesarse en los peligros que sufren.

Tranquilamente, poco tiempo después, el personaje de Valerian avienta grandes discursos morales sobre la lealtad del ejército y Laureline se lanza en un soliloquio insoportable sobre cómo el amor y la confianza van a salvar al mundo de la violencia.

Todo esto muestra, en un solo ejemplo, la absoluta falta de consistencia de estos personajes. Cuando hablan así de sus convicciones, no hay ninguna fibra sensible que se estremezca, no hay ninguna identificación posible porque sus discursos emanan de un lugar inventado, anterior e inexistente que no se refleja, para nada, en sus acciones.

En The Fifth Element, al final de la cinta, Corben Dallas tiene que demostrarle a Leeloo que la Tierra vale la pena y que es importante salvar a la raza humana. La tarea es prácticamente imposible porque Leeloo ha visto nuestra historia; una historia de guerras, odio, envidia y locura de poder; ha visto la bomba nuclear y ha visto los baños de sangre que constituyen nuestro pasado. Pero lo logra, a pesar de sus propias reticencias, aceptando su amor hacia ella y demostrándolo con un beso.

El argumento, en un principio, puede parecer absolutamente cursi… y lo es. Pero funciona tan bien porque hemos visto la decepción constante de Dallas y el optimismo loco de Leeloo; porque estos personajes tienen que cambiar y encontrarse para salvar al mundo; porque ambos tienen consistencia. ¿Y en qué termina todo? En sexo apasionado y romántico. No se habla de compromisos, matrimonios o relaciones, sino en el puro disfrute del amor y del placer.

En Valerian toda la tensión se resuelve en que la chica quiere que el hombre se comprometa.

Pero aquí Besson no logra convencernos de su habitual cursilería porque sus personajes no tienen ningún tipo de consistencia. DeHaan tiene que interpretar al agente secreto, mujeriego, despreciativo, seductor y valiente. ¿Qué le queda entonces a Laureline? El ser Miss Moneypenny: la ayudante embelesada que quiere convencer al seductor de ceder ante el compromiso.

La tensión sexual entre los personajes en la novela gráfica es tan interesante porque es un estire y afloje entre el machismo violento de Valerian y la fuerza irreverente de Laureline. En ningún momento se resuelve esta tensión en una típica relación amorosa edulcorada. En esta cinta, en cambio, toda la tensión se resuelve en que la chica quiere que el hombre se comprometa. El hombre quiere coger, la chica quiere monogamia comprometida. Y, me perdonará Besson, pero ese es el esquema más pobre que se le pudo ocurrir para plasmar la relación entre estos personajes. Es pobre, es flojo, es conservador y no tiene ningún interés.

Finalmente, estos no son los únicos personajes sin consistencia. El villano de la cinta, encarnado por el gran Clive Owen (Children of Men) es un general pusilánime que sale tres minutos en pantalla y que hace toda una conspiración para ocultar un error del pasado. Sus motivos son claros, pero su villanía es insulsa. Compárenlo, por favor, con los dos grandes villanos que hizo Gary Oldman en las cintas de Besson: el terrible agente de la CIA fanático de Beethoven y que siente oír crecer el pasto con pastas en Léon: The Professional, y el perverso empresario manipulado por un planeta maligno en The Fifth Element. Ambos son absolutamente memorables y, frente a esos grandes personajes, el némesis de Valerian es algo anecdótico que se te olvida cinco minutos después de salir de la sala.

En The Fifth Element, también, la muerte de la Diva Plavalaguna es un suceso particularmente trágico. No es un personaje principal y sólo la vimos diez minutos en pantalla, pero hay algo trágico y literalmente visceral en su pérdida. Porque la sensibilidad de su conexión con Leeloo y la intensidad de su sacrificio cuentan una historia, hablan de un trasfondo, de una lucha y de ideales. En Valerian tenemos la muerte de Rihanna después de un baile espantoso doblando la voz de un Flubber azul. El efecto trató de ser el mismo pero la ridiculez de la trama, del personaje y de todos los que lo acompañan causa el efecto contrario: te das cuenta, rápidamente, que no te interesa en lo absoluto lo que está sucediendo en pantalla.

Valerian y las historias perdidas

En el sexto volumen de Valérian et Laureline, la trama gira en torno a una ciudad gigantesca que nació espontáneamente por el contacto de las culturas espaciales más diversas. La misión de los dos protagonistas es escoltar a un embajador terrestre a la gran Ciudad de los Mil Planetas para expandir el poder terrestre sobre sus rutas comerciales y su organización política. Es una misión de chantaje apoyada por una gran armada que rodea la estación espacial y que comprueba el poderío militar humano.

Los seres que secuestran al embajador están al centro de esta enorme estación. Son seres milenarios de enorme poder que, al haber conquistado la más avanzada tecnología, al haber doblegado las leyes de la materia, decidieron abandonar la soberanía y el poder para vivir en paz y aislamiento. Y estos seres secuestran al embajador para crear una conversación con los humanos: ellos abandonaron la soberanía porque quieren la autorregulación libre en su imperio y no dejarán que ninguna criaturita mediocre y hambrienta de poder llegue a manipular el balance que han logrado.

Como pueden ver, el planteamiento es radicalmente distinto. Porque aquí Besson quiso dar uno de sus típicos mensajes bienintencionados en contra del imperialismo militarista y en favor del amor y de la comprensión multicultural. Y no me importa que Besson crea o no en la alta moralidad de sus ideas, la cosa aquí es que este mensaje inocente que pudo ser encantador en otras películas suyas resulta espantoso en Valerian.

Aquí Besson quiso dar uno de sus típicos mensajes bienintencionados en contra del imperialismo militarista y en favor del amor y de la comprensión multicultural.

Todo se basa en el mito de El Dorado, del buen salvaje y de la conexión “primitiva” con la naturaleza. La idea es tan vieja y tan francesa que hace que se te retuerzan las tripas del anacronismo. Porque el punto de Besson es que los Pearl eran una civilización con una riqueza inconmensurable por sus inagotables fuentes de energía a la que, por considerarla primitiva, unos militares malintencionados destruyen sin mirar atrás. Éste es el punto de Pocahontas, Avatar, Tarzán y tantas otras imaginaciones de culpa colonial.

En este sentido, la película de Besson está basada en la idea del humano como centro del universo. La Ciudad de los Mil Planetas no se fundó por el encuentro de culturas en el espacio sino por la apertura humana al multiculturalismo en la carrera espacial. Es una extensión de nuestra capacidad de bondad y tolerancia en la carrera tecnológica que contrasta con nuestra capacidad de destrucción en la fabricación de armas con la misma tecnología.

Entonces, todo en Valerian es una lucha entre la bondad del hombre que acepta a todas las culturas y el imperialismo militar que quiere subrayarlas. Y, al final, ¿qué es lo que prevalece? Triunfa el amor, claro, los malos humanos son castigados y el esquema sigue siendo el mismo. No hay una confrontación al imperio humano, ni a sus prácticas militaristas sino una aceptación final del poder del hombre que se establece por la bondad y la diplomacia.

Todo en Valerian es una lucha entre la bondad del hombre que acepta a todas las culturas y el imperialismo militar que quiere subrayarlas

El mensaje es terriblemente insulso e, incluso, peligroso. Pongámoslo en otro contexto. Esto equivale a decir que, claro, los esfuerzos coloniales europeos en África, por ejemplo, fueron el hecho de humanos ambiciosos, avaros y malignos a los cuáles la Historia castigó. Ahora, se establece un imperio suave, diplomático, en donde los poderes coloniales mantienen todo el poder pero son moralmente intachables porque se purgaron de sus pasados errores violentos.

Entiendo las buenas intenciones de Besson, pero creo que no las pensó lo suficiente. El mensaje que da es absolutamente diferente del que quiso dar y el resultado es un poco terrible. Poner al humano en el centro del universo como fuerza colonial equivale al mismo eurocentrismo que puede disculpar el colonialismo con nuevas relaciones diplomáticas, políticas y comerciales.

Me podrán decir que estoy extrapolando demasiado y tal vez tengan razón. Pero esta reflexión mía no nace de cualquier lado: Besson trató de dar un mensaje con esta película que transforma totalmente la trama del material original. En la novela gráfica el hombre es pequeño, no es el centro del universo y tiene que aprender que no puede llegar a adueñarse de cualquier organización para imponer sus leyes políticas a través de la fuerza. Es exactamente el mensaje opuesto al que se ve en esta película.

El esplendor visual de la cinta es, sin duda, asombroso. Pero entre tantos mundos creados por computadora, entre tantos personajes vacíos con los que no se puede tener ninguna simpatía, con una trama convulsa, mal contada y un mensaje sutilmente conservador, la belleza de las tomas se diluye como un apartado banal en un resultado mediocre. Valerian quiso ser una película espectacular y entrar en los anales del culto. Pero eso no se logra con buenas intenciones y cariño. En Valerian se extraña el trabajo consecuente de un guión fabricado, más allá de las intenciones, con una inteligencia crítica que no se maravilla con pobres invenciones.

Lo bueno
  • El esplendor visual.
  • La fiel adaptación de ciertas criaturas de las novelas.
  • Que las actuaciones no apestan completamente.
  • Que no va a formar una franquicia.
  • Que casi logra ser una película interesante.
  • Que Rihanna es hermosa aunque haga un baile ridículo.
Lo malo
  • Que el esplendor visual es artificial y vacío.
  • Que pudo ser una gran adaptación y se volvió algo anecdótico.
  • Que Clive Owen es un pésimo villano.
  • Que los personajes no tienen ninguna consistencia.
  • Que la trama disculpa sutilmente un discurso imperialista.
  • Que casi logra ser una película interesante.
  • Que Rihanna es hermosa aunque haga un baile ridículo.
Veredicto

Cuando dejan de importarte los personajes de una película, cuando el esplendor visual no te distrae de los profundos tropiezos del guión, la experiencia cinemática se convierte en una pantomima insulsa. La gracia de Luc Besson nunca estuvo en la calidad de sus efectos visuales; lo suyo siempre fue involucrar al espectador con la experiencia en pantalla. Por eso, Valerian no es nada más una mala película, sino que es la peor película que le he visto al gran Luc Besson. Un desperdicio de un gran argumento, de un gran director y de un gran presupuesto. Una verdadera lástima. 

Título: Valerian and the City of a Thousand Planets.

Duración: 137 min.

Director: Luc Besson.

Elenco: Dane DeHaan, Cara Delevingne, Clive Owen, Rihanna, Ethan Hawke, Rutger Hauer, Herbie Hancock, Kris Wu.

País: Francia.

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