Una buena biopic que, a pesar de un tema difícilmente patriótico, no se vanagloria del modo de vida americano.

John Lee Hancock tiene una tendencia para adaptar historias reales bastante pegajosas que exaltan diferentes valores de la vida estadounidense. Con The Rookie, Hancock contó la historia de superación de un talentoso pitcher contra familia, sociedad y probabilidades; con The Alamo, quiso tratar una historia verdaderamente pastosa de honor tejano frente al invasor mexicano –alabado sea Trump–; en The Blind Side –cinta que Hollywood amó– volvió a las tramas de superación con la vida de Michael Oher y su camino desde la pobreza y el abandono hasta la NFL; finalmente, en Saving Mr. Banks, abordó una historia moral de integridad artística en la que idealiza locamente a Walt Disney.

Como pueden ver, esto no era un buen indicio para alguien que iba a retratar al enorme empresario y peculiar figura pública que fue Ray Kroc, el genio mercantil detrás de la marca McDonald’s. Hoy conocemos a Kroc como el enorme fundador de un imperio, pero pocos conocen la oscura historia de oportunismo y tácticas desleales que llevó a la cima a este ícono americano. En cualquier caso, Hancock pudo haber realizado una alabanza a Kroc, pudo haber contado su vida como una historia de superación o pudo, finalmente, juzgarlo como el empresario aprovechado que fue. Sin embargo, The Founder es un interesante acercamiento al personaje que, con un tono neutral y alejado, logra retratar la pasión, la locura y, sobre todo, la ambición desatada de la primera época salvaje del emprendimiento americano.

Cuento de una vida

En ningún momento olvidamos, en esta película, que se trata de una biopic. Ésta es evidentemente la historia de la vida de una figura pública, no nos engañemos; aquí estamos en el terreno del realismo crudo. Pero no por admitirse biográfica, una cinta deja de plantear elecciones interesantes: una vida narrada no siempre comienza en un nacimiento y no siempre acaba con una muerte.

La historia de Ray Kroc que aquí se cuenta comienza después de la Segunda Guerra Mundial, cuando el famoso empresario no era más que un cuarentón fracasado que vendía electrodomésticos en declive. Y el momento de Kroc llegó, de pronto, cuando una orden de batidoras de malteada múltiple lo sorprendió: un pequeño restaurante en el pueblo de San Bernardino, California, le pidió seis aparatos.

Esto quería decir que la pequeña empresa restaurantera planeaba producir órdenes de treinta malteadas a la vez. La curiosidad de Kroc se disparó: ¿Qué pequeña choza de hamburguesas necesita sacar órdenes tan grandes? ¿A quién le venden tantas malteadas? ¿Cuál es el secreto de estas ventas desproporcionadas?

Cuando Kork llega a San Bernardino, guiado por su olfato de sabueso, se encuentra con un restaurante absolutamente novedoso. Frente a la cultura reinante del drive-thru, el restaurante de San Bernardino, ese pequeño lugar con bancas en el estacionamiento, que no tenía ningún mesero, que servía sin platos ni cubiertos y en el que cada cliente olvidaba su coche para bajarse a ordenar en una pequeña ventanilla, parecía una locura. Ahí ocurría algo impensable para la época: la comida era entregada casi instantáneamente; treinta segundos de espera en vez de media hora.

Kroc huele inmediatamente oportunidad y, tras conocer a los innovadores creadores de este sistema, los hermanos McDonald, comienza a cabildear para quedarse con el control de las franquicias. Tras hipotecar su casa, entregar todo su tiempo a una empresa que lo vuelve loco de ambición y olvidar completamente su vida familiar, por fin logra establecer una franquicia y presentar su modelo a nuevos compradores. Y ahí comienza la aventura de la vida de Kroc; una aventura que lo llevará a aprovecharse de los inocentes hermanos McDonald, a robarles el control de su creación y a convertirse en uno de los empresarios más poderosos del siglo XX.

La vida de una época

El diseño de producción de esta cinta es ciertamente interesante: como buena biopic realista, retrata una época con minuciosidad y conocimiento. Pero, lo que es original aquí es que el diseño de producción no se traga todos los aspectos de la cinta. The Founder muestra el espíritu de la época más como una cuestión de guión que como una hazaña de arte.

Así, por ejemplo, es a través de todos los viajes de venta fracasados de Kroc vendiendo electrodomésticos que conocemos la cultura restaurantera de la época. Ahí está la división popular entre los restaurantes elegantes de los clubs privados, familiares, cómodos, pretenciosos y la ascendente cultura del drive-thru. Y la película muestra eficientemente esa otra cultura que reinaba, en poderosa boga, allá en los años cincuenta: pequeños restaurantes llenos de jóvenes que idolatraban a James Dean, como escupida de la idealización de Grease, con meseras en patines llevando charolas que se acoplaban a las ventanillas de los coches –bellas bronto costillas de Los Picapiedra– y estacionamientos atiborrados de cascos vacíos de refrescos y basura en las esquinas. Lugares atiborrados de adolescentes insolentes, fumando cigarrillos apresuradamente, con una pierna doblada en la aparatosa defensa de un gran Mercury 54; porristas en pequeñas faldas con olanes circulares en grupos de risa burlona; comida grasosa por centavos, menús de dinner para el parking desordenado de un lugar de reunión rebelde.

En medio de este caos rico en movimiento, sucio y desordenado, imaginen la figura cansada de un vendedor rendido, que vive prácticamente en su coche repitiendo una y otra vez una consigna de ventas en la que cada vez cree menos. La figura derrotada de Kroc, en medio de esta cultura del drive-thru, es, en contraste, aún más triste y patética.

Y, en contraste absoluto, The Founder nos muestra, con sutileza y propósito, el pequeño restaurante de San Bernardino, el verdadero primer McDonald’s: limpio, blanco, impoluto, eficiente, atiborrado sin ser hostil, abierto a todos… familiar. Cuando Kroc recibe un primera orden de burger and fries pregunta, despistado “¿Cómo me como esto? ¿Dónde están los cubiertos? ¿En dónde me siento a comer?” Y el empleado responde, con una sonrisa natural: “Cómelo directo del empaque, luego tira las envolturas a la basura. Y come donde quieras: en tu coche, en una banca… en el parque”.

The Founder muestra el espíritu de la época más como una cuestión de guión que como una hazaña de arte

Ese pequeño intercambio de preguntas muestra bien la sorpresa frente a un sistema que ahora nos parece absolutamente habitual: el fast food tan mundialmente expandido estaba, entonces, en pañales. Cuando Krok se sienta, en una banca, a degustar una sencilla hamburguesa, una familia se acerca y le pregunta si puede compartir con él asiento. Kroc, de pronto, no está rodeado de una juventud que lo desprecia, no es un miserable en medio de una rebeldía que no entiende, sino un hombre más, en un ambiente familiar, disfrutando del placer fundamentalmente americano que sólo se encuentra en una carne entre dos bollos y la exacta cantidad de pepinillos.

Así, la epifanía de Kroc frente al negocio que lo hará multimillonario, queda expuesta en The Founder, a través de una caracterización bien lograda de la cultura de la comida en una época que parecemos olvidar. Y, en ese mismo momento de la cinta, encontramos el otro detalle cultural que fundamenta toda la recreación de una época: cuando el inocente hermano mayor MacDonald le pregunta sobre la calidad de la hamburguesa, Kroc responde que es la mejor que ha probado en su vida.

Ahora, con el conocimiento natural que todos tenemos de una hamburguesa de queso de McDonald’s, nos reímos ante esta respuesta: ¿Cómo una hamburguesa de McDonald’s puede ser la mejor hamburguesa en el país de las hamburguesas? Y la respuesta es sencilla: la idea de McDonald’s no es nada más la venta de hamburguesas, es la venta de una idea; del concepto de limpieza, eficiencia e ideología americana; es familia, emprendimiento, éxito y respeto al cliente.

Claro, la otra cara de la moneda es que, tal vez, las hamburguesas de McDonald’s eran, en efecto, las mejores en esa época pasada. Porque no era lo mismo ese pequeño restaurante familiar y cariñoso de San Bernardino que el enorme monstruo transnacional que de él construyó el ambicioso Kroc. Corta gastos y vencerás, dijeron los dioses de la empresa.

La vida de un gandalla

En The Founder, Hancock da un completo giro frente a sus otras cintas. Porque aquí no hace la apología del modo de vida americano, no trata de inculcar valores o de establecer una historia de superación personal. No, aquí Hancock parece mucho más neutral que de costumbre: retrata la vida de un gandalla sin necesariamente juzgarlo; muestra un sistema despiadado –que el Kroc real calificó de “rata come rata”–, sin criticarlo; señala la violencia competitiva del capitalismo en sus más gloriosos años, sin idealizarla.

El resultado es peculiar: al mismo tiempo que The Founder parece una película poco comprometida, da el tono exacto para una narración que no tiene definiciones maniqueas. Como hizo Adam McKay con The Big Short, de una manera mucho más virtuosa y brillante, esta película habla de un hombre que se aprovechó del sistema: puede parecer terrible lo que hizo pero, finalmente, lo hizo leyendo la oportunidad y lo hizo aprovechando el tiempo que vivía.

Podemos, finalmente, juzgar a Kroc como un manipulador aprovechado que no tuvo un grano de creatividad: la idea del sistema rápido fue de los hermanos, la idea de los arcos amarillos insignes de los McDonald’s fue de los hermano, la idea de crear una empresa de bienes raíces y no un imperio restaurantero fue de Harry J. Sonneborn… Pero juzgarlo por aprovecharse de las ideas de los demás sería no entender el punto de la cinta.

Kroc logró lo que otros no lograron al imprimir su ambición persistente en cada paso de la construcción de un imperio. Este hombre, el perfecto gandalla de los años salvajes de la creación de empresas, fue la rata que se come a la rata. El personaje le dice, en un momento, al hermano McDonald mayor: “Si viera a mi competencia ahogándose, me acercaría para ponerles una manguera en la boca, ¿Tú también estás dispuesto a hacer eso?”. Y el hermano responde, “No, y no me gustaría ser una persona capaz de hacerlo”.

Kroc no quiere conformarse: él sabe las posibilidades que tiene dentro del sistema y sabe que no puede dejar de exprimirlo hasta que no quede una gota.

Ahí estriba la diferencia entre los que parecen ser los buenos y el que parece ser el malo: unos no entendieron el espíritu de la época, el otro lo leyó a la perfección. El sistema no está ahí para gente talentosa, para gente moralmente irreprobable, para gente educada o brillante, sino para quienes lo saben usar. Y eso es exactamente lo que Kroc hizo.

El gran personaje de su esposa, interpretado a la perfección por Laura Dern, le pide asentarse, conformarse, vivir la cómoda vida de golf y cenas que ya se pueden permitir. Los hermanos McDonald’s le piden conformarse con una pequeña cadena de restaurantes con estricto control de calidad y hermosas ilusiones. Pero Kroc no quiere conformarse: él sabe las posibilidades que tiene dentro del sistema y sabe que no puede dejar de exprimirlo hasta que no quede una gota.

La película comienza con Kroc hablando directamente a la cámara, vendiendo una licuadora. La actuación impecable de Michael Keaton nos muestra, una vez más, que estos personajes decaídos e histéricos son su nuevo mole. Y The Founder termina con Kroc hablando a la cámara, también, tratando de venderse, frente al espejo, la idea de que todo surgió de él (desde la idea del sistema rápido hasta la primera hamburguesa McDonald y el discurso de superación personal que escuchaba en un disco). Kroc está tratando de venderse a sí mismo la idea de que toda esta historia nació de su genialidad. Y planea entre sus cejas la sombra de una duda; una sombra que rápidamente se desvanece. Porque ya no importa de dónde salieron las ideas sino quién logró apropiarse de ellas.

Lo terrible de esta cinta y el logro máximo de su neutralidad es ese: mostrar que es difícil juzgar a este gandalla por su gandallismo. Porque el sistema coronará al más fuerte, al más despiadado, al hombre que pudo provocar a los hermanos enviándoles una carta con un sobre de malteada en polvo; al hombre que fue a entregarles el cheque en blanco para comprar su propiedad mientras uno de ellos está en el hospital; al hombre que se divorcia de su esposa mientras comen zanahorias hervidas bajas en sal; al hombre que promete pagar con apretones de manos para luego negar cualquier trato.

La neutralidad de Hancock cae tan bien en esta cinta porque muestra que, finalmente, no se puede culpar al jugador por el juego

Así, la neutralidad de Hancock cae tan bien en esta cinta porque muestra que, finalmente, no se puede culpar al jugador por el juego. Y sí, todo esto puede darnos mucho coraje, podemos azotarnos hasta la muerte por los pobres hermanos y por todos los comprensivos que pavimentaron su camino al éxito, pero nada cambia el hecho de que este hombre acabó siendo la autoridad máxima del éxito, la voz misma de la superación personal, al dejar de lado el peso moral para guiarse por lo pragmático. Ese es el juego al que nos enfrentamos, ese es el sistema en el que vivimos y no es simple cinismo decir que, quien no lo entienda, corre el riesgo, también, de ser engullido por algún otro gandalla. Y el hecho de que Hancock no lo alabe ni lo juzgue muestra bien que entendió este punto: ésta es la historia de una cultura, es la historia de un momento, es la historia de un sistema. Lo demás, es solamente el paso cambiante de los hombres que abusaron de todos para ser coronados, con relucientes arcos amarillos, como los reyes de un juego despiadado.

Lo bueno
  • La enorme actuación de Michael Keaton.
  • Las buenas actuaciones secundarias de Offerman, Dern, Carroll Lynch, Cardellini y Wilson.
  • La neutralidad necesaria en la dirección de Hancock.
  • Que es una historia sobria y bien contada.
  • El mensaje terrible sobre el capitalismo en los cincuenta
Lo malo
  • La falta de creatividad visual.
  • El montaje predecible.
  • Que el personaje central puede llegar a ser unilateral.
Veredicto

The Founder puede ser algo llana en creatividad visual y no tiene el encanto del montaje acelerado de The Big Short. Aun así, es un buen retrato llevado por un sólido elenco. La dirección de Hancock encuentra, finalmente, el tono adecuado que faltaba en sus cintas anteriores: aquí no hay una apología de la sociedad americana ni una crítica a la rapacidad de un personaje complejo. En vez de eso, tenemos una narración neutra que muestra a Ray Kroc en sus verdaderos colores: un oportunista que supo exprimir un sistema inclemente. Fuera de la superficialidad de las relaciones personales de Kroc, fuera de la poca profundidad en la exploración de su carácter, Keaton lleva, con serio peso, todo el carisma de la historia. Finalmente, su excelente actuación y la pertinente dirección nos llevan a pronunciar un juicio incómodo: si no podemos culpar al jugador, es porque su figura despreciable nos muestra la rapacidad del juego.


Ver más
Otras reseñas