De mala suerte y deudas pendientes.

La incertidumbre que precede a la caída es el momento más difícil de todos. Te haces el machito, gritas emocionado, te ríes, pero con cada metro que subes, sabes que ya valió. La bola de tensión que salió debajo de mi nuca, de hombro a hombro, confirma que me va a cargar el payaso. La muerte me espera detrás de la colina de rieles y traviesas. Llego a la cima y luego, el pánico.

Bajo volando, presión en el estómago, gritos, risotadas nerviosas, giro a la izquierda, zangoloteo a la derecha subimos, más risas y gritos, bajamos, agárrate, agárrate porque si te sueltas ya valió. Cresta, caída, vuelta en 360 grados. Me voy a desmayar, no, no te desmayes, abre los ojos tienes que ver la experiencia. ¿Traigo los lentes? Me agarro la cabeza. No veo nada. Todo se detiene, pero no hay calma, ni tampoco naves espaciales. De hecho ¿dónde están las naves espaciales que me prometieron? Creo que fui timado.

Una cuenta pendiente

“No soy un niño. Soy un adulto. Los adultos no vomitan”, le respondo a mi amigo y compañero, Fernando Fuentes, mientras esperamos subirnos al Ataque Galáctico Roller Coaster en Six Flags México. Es la primera montaña rusa del país con realidad virtual, que hicieron en colaboración con la tecnología de los visores Gear VR de Samsung. Promete ser una atracción completamente inmersiva, donde ves un ataque alienígena, mientras viajas en la Medusa Steel Coaster a 90 kilómetros por hora.

En los últimos días he escuchado muchas bromas –quizá demasiadas– sobre perder el control de mis fluidos corporales o la conciencia a causa de mi viaje en la montaña rusa. Se debe a que todos en Código Espagueti saben sobre mi miedo a las alturas (que es más bien un pavor a caerme de esas alturas y terminar como papaya aplastada en el piso). Además, nunca jamás de los jamases me he subido a una montaña rusa.

Sólo una vez estuve a punto de subirme a una. Yo estaba en la escuela y estaba quedando bien con una chica. Fuimos a Six Flags y luego de subirnos a muchos juegos decidió que quería que nos subiéramos a la Medusa –precisamente a la que vamos a subirnos ahora–. Ella sabía de mi fobia y evidentemente yo no quería subirme. Pero caí en el “Ándale, no te va a pasar nada”, que siempre refuerzan con el infalible “vienes conmigo”, y accedí. Hice la fila, avance por el andén, me subí al carrito, todo comenzó a activarse y cuando venía el encargado a ponerme el cinturón de seguridad, ¡entre en pánico!

“No, no me voy a subir. No, no, no me subo. Nomevoyasubir, nomevoyasubir, ¡oye bájame! Nomevoyasubir”. Era mi mándala y lo repetía mientras manoteaba como loco. Me bajaron a mí, a ella, a sus dos amigos que venían con nosotros. Fue un largo y silencioso camino hasta su casa (las dos horas y media de la vergüenza).

Pero eso fue el pasado. Ahora soy un maldito adulto que paga sus cuentas y vengo a cobrar esta que traigo pendiente. ¡Y les voy a pedir recibo, perros! (Ven, son el tipo de cosas que uno dice para darse valor).

La insufrible espera

Llegamos hace una hora y aún falta una hora y media más de espera. Esto está lleno de famosos. Supongo que son famosos, porque todo el mundo los quiere entrevistar, pero en mi vida los he visto. También hay Youtubers. Sé que lo son porque la desesperanza se refleja en sus miradas, que transforman cuando graban sus programas desde un smartphone, con los ojos bien abiertos, y al cortar, regresan a su estado anterior. También hay muchos modelillos, se les nota a leguas que lo son. “Mi cara es de palo para evitar arrugas, odio que me veas, pero no dejes de hacerlo, tengo miedo de que si nadie me ve pueda desaparecer”. ¡Ja!, modelillos.

¿Qué me ha hecho esta gente para que los juzgue así? Nada, o de menos nada que yo sepa; pero a cada minuto que pasa me pongo más y más nervioso. Estoy aquí, vengo de trabajo y no hay pretexto alguno para no subirme a este armatoste de Satán. Bueno, siempre queda la opción de renunciar al trabajo, votarlo todo y regresarme a Durango a cuidar vacas. Pero no, a man has to do what a man has to do. Una Coca-Cola tras otra me trago mi ansiedad.

Fer me analiza, observa mis ojos hundidos y ejerce su veredicto: “Te-vas-a-cagar”. Temo que así sea. Soy un adulto que en su futuro próximo está la humillación y todo va a quedar en video.

Estamos en la fila, pasos delante de nosotros un grupo de modelos conversa de cosas al azar (sobre Miami y cosas así, estaba de metiche, ¿qué otra puedes hacer en una fila que escuchar las conversaciones ajenas?). Un gordo pasa,“con permiso, con permiso”, y se instala entre el grupo. No lo pelan mucho, pero tampoco lo corren. De la nada llega otro, cándido y joven con la mano metida en la bolsa de su chamarra: “Amigos, les quiero contar algo”, grita. Y todos posan en automático con sus caras ensayadas de sorpresa. Saca un alfajor de su chamarra y lo reparte entre todos. Lo festejan como si les hubiera dado drogas o dinero. Pero no. Seguro se emocionaron  porque casi no consumen azúcar. El gordo se comió la mayor parte del alfajor. Todos acatando bien su papel dentro del cliché. Parece que estoy viendo Zoolander.

Después de escuchar por enésima vez el anuncio que te explica cómo debes ponerte el visor, que están limpios y el grito fingido de los actores que explican todo. Piden dos voluntarios para subir y dice Fer que de una vez. Pues ahí vamos.

Ahora bien, dejaré de contar mi historia un momento para que conozcan la versión de todo lo que ocurre en la realidad virtual de la inigualable narrativa de Fernando Fuentes, orgullo de Sonora:

“Te pones los visores y va subiendo el tic- tic- tic [sonido de tren subiendo por los rieles]. Es una espera angustiante. Entonces entras por un hoyo de gusano, gelatinoso ¡Acá! ¡Fhhh, fhhh! [sonido de cosa gelatinosa, supongo]. Y luego ya pasas y estás en el espacio. Y volteas a ver tu cuerpo y estás navegando una nave como la de Star Wars en el planeta Hoth.

Yo te volteaba a ver, que eras mi copiloto y tenías tu armadura super chingona. Yo me sentía muy orgulloso de ti. El casco que traías era como de un motociclista meets Halo. Cuando te volteaba a ver me volteabas a ver. Me gustó.

Y pues nada. Ves lásers por todos lados. Hay piedras y parece que vas a chocar con las piedras, pero bajas wey. Obviamente aprovechando las curvas de la montaña rusa pues ya hacen mamaditas. Al final, unas letras rojas aparecen y dicen ¡Atravesando hoyo de gusano! ¡Bip bibly bip bibly!”

Ahora bien. Quise poner la versión de Fer, porque yo no vi absolutamente nada de eso. Mi visor no activó la realidad virtual y sólo tuve una versión distorsionada de nuestra realidad. Sin naves espaciales, con mucho movimiento y nada más. En cuanto a Fer, no lo vi navegar nada. Lo vi en posición cuasi fetal gritando todo el tiempo. “Sí venía gritando como pinche feto, pero si la disfruté”, me dijo.

Mi versión de los hechos

Treinta metros de altura no se ven tan altos… Cuando no te acercas a ellos en un carrito diseñado para causarte la diabetes de un susto. Al principio grité para animarme. Me concentré en ver el “carrito” con el dos pintado que me marcaba el visor para activar la animación, pero nada. Una prueba más de que carezco de alma. Subíamos y subíamos y yo desfallecía y desfallecía, y la realidad virtual brillaba, pero por su ausencia. Nunca se activó.

La bajada me tomó por sorpresa. Lo único que pude hacer era gritar y apretar todo lo que podía apretarse en mi cuerpo. No tuve tiempo de tener ganas de vomitar ni nada. Grité una buena parte de las groserías que me sé unidas en una sola palabra. Seguramente si hay un audio de eso alguien podrá comprobar que rompí un récord.

Caí en cuenta que de que estaba gritando con los ojos cerrados. Active mi modo “a prueba de fallos” y dejé de gritar, abrí los ojos y me concentré en la atracción que tenía que reseñar y que no estaba viendo…. Y aunque se hubiera visto, estaba más preocupado por no perder la conciencia que por otra cosa. La verdad es que en la vuelta en 360 grados sí pensé “déjate ir cabrón, ya que te despierten luego”, pero no.

Hubo un instante en el que dije “no veo las naves espaciales porque no traigo el visor. Ya se me cayó y con mi suerte me lo van a cobrar”, allí alcé la mano, me toque la cabeza para sentir si lo traía. Y sí, lo traía.

Luego el carro se paró en seco y yo me agarré bien fuerte otra vez. Fer me pregunto si seguía vivo. Y yo creo que sí estaba porque le respondí que sí. Luego no me acuerdo qué me preguntó pero yo le respondí que ni madres, que no me iba a soltar porque iba a empezar de nuevo a moverse, que ya me la sabia y él me aseguró que había terminado. Y así fue.

El efecto Edgar

Bajé con un peso menos y una deuda saldada. Eso seguramente es lo que quieren escuchar, pero no fue así. Al bajarme Fer me informó que yo no había visto ni madres y que me tenía que subir de nuevo para verla, pero digamos que no quería formarme dos horas de nuevo para que volviera a pasar lo mismo.

La verdad es que cuando terminó no supe ni qué pasó. Estaba mareado, desorientado y nada eufórico. En un video tomado por Fernando me veo lloroso y consternado. Como vago que recupera la cordura años después de haberse ido de su casa y se pregunta ¿qué pasó?

No culpo a Six Flags, ni a Samsung, ni a los modelos, ni a nadie. Es la mala suerte, o como a mí me gusta llamarla: El efecto Edgar. 

Ni modo, dije que me iba a subir y lo hice. Hasta allí termina mi compromiso. No más. Si me vuelven a mandar a cubrir algo así seguramente moriré y entonces a ver cómo lidian con la pena de eso. Te amo y te odio Código Espagueti.

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