“En el fondo, creo que nunca seremos más que la memoria que tenemos, y que ésa es la única y plausible historia que podemos contar (…)”, dice José Saramago en un pequeño texto titulado Somos cuentos de cuentos contando cuentos, nada. El concepto me deja algo intranquila.

Para encontrar la cita me bastó con un parafraseo en Google, una experiencia muy distinta a la que inspiró a Saramago a escribir esa interesante disertación sobre el vínculo entre el escritor, el texto y sus lectores.

Al preparar su discurso de agradecimiento en la Universidad de Sevilla cuando recibió un doctorado honoris causa, Saramago pretendía citar la frase “Somos cuentos de cuentos contando cuentos, nada”, pero no logró recordar al autor. Para verificarlo recurrió a algunos motores de búsqueda que seguro les sonarán vagamente familiares: la memoria, libros, amigos y conocidos. Releyó textos de Quevedo, León Felipe y Shakespeare sin mucho éxito, hasta que al final por azares del destino se topó con una entrevista en el periódico Libération en la que él mismo citaba la frase. Resultó ser de Ricardo Reis, heterónimo de Fernando Pessoa, aunque la original era simplemente “Somos cuentos contando cuentos, nada”.

Menos mal que le falló la memoria. Menos mal que Saramago no googleaba, porque hubieran bastado un par de comillas y un enter bien dado para dejar ahí el asunto. Lamentablemente cuando a mí me falla la memoria el resultado es bastante menos fructífero.

Me gusta tomarme el tiempo para disfrutar ciertas cosas. Cuando tengo un helado en la mano invariablemente entro en un estado de contemplación idílica (amor del bueno, como le dicen). También he tenido siempre una fascinación por la lectura, la lectura de cocción lenta y contemplativa. Pero cada vez me es más difícil encontrar tiempo para sentarme a leer con calma y cuando lo hago me cuesta mucho trabajo concentrarme por más de 15 o 20 minutos.

Mi lectura es ahora una sucesión rápida de fragmentos, escaneos de retención dudosa (o nula), copiar y pegar links para “verlos después”. ¿Les suena conocido? A Nicholas Carr sí. Él es el autor de The Shallows: What the Internet is Doing to OurBrains (Los superficiales: lo que internet le está haciendo a nuestro cerebro).

Saramago no googleaba 02

Irónicamente y para desgracias de Nicholas Carr, mi primer acercamiento con este libro fue un video en YouTube que resume su hipótesis en 4 minutos: dada la naturaleza de internet nos estamos volviendo seres distraídos y llenos de conocimientos superficiales, incapaces de cruzar la lluvia de estímulos rápidos para enfocar la atención, procesar información compleja y asociarla a conocimientos anteriores utilizando la memoria de largo plazo. Así funciona la memoria, es asociativa. ¿Pero qué pasa cuando no nos damos el tiempo de crear estas asociaciones? La buena noticia es que no nos estamos volviendo (¿más?) estúpidos.

Betsy Sparrow, psicóloga e investigadora de la universidad de Columbia, lo llama “el efecto Google”: gracias a internet hemos reorganizado la forma en la que recordamos. Cuando las personas saben que tendrán la información a la mano, tienden a recordar menos esa información y más el camino de búsqueda que los lleva a encontrarla de nuevo (claramente hacerlo “a la Saramago” resulta bastante más tortuoso).

Nicholas Carr y Betsy Sparrow son sólo dos ejemplos, fácilmente googleables por cierto, del interés científico sobre internet y los cambios cognitivos que nos genera. Creo que nadie en su sano juicio podría decir que internet es un paso atrás (me parecería necio explayarme en sus beneficios). Lo que sí considero necesario es entender mejor cómo funciona nuestra memoria y cómo han cambiado los procesos mentales frente a una pantalla con flujos imparables de información.

Así que ahora, como análoga amante de lo digital, procuro tomármela con más calma y que el pensamiento rumiante haga de las suyas, dejar que cuaje el flan mental de vez en cuando y hacer a un lado la tiranía obsesiva de la precisión. Tal vez la próxima vez que olvide algo no recurra a Google (pero no prometo nada).

temas