El amor en los tiempos de internet es una gran mentira

¿Ha muerto el amor en estos tiempos o sólo ha cambiado la forma en la que nos relacionamos con los demás?

Tal vez el amor sea algo espiritual o científico, pero, definitivamente, las formas de querer y de relacionarnos entre nosotros de manera afectiva son culturales. Así, los griegos no amaban de la misma forma en la que se amaba en la Edad Media o en el Romanticismo del siglo XIX. Como decía el mismo Sócrates, “el pasado tiene sus códigos y sus costumbres”, eso significa que, por ejemplo, Schopenhauer considerara que el amor es una voluntad que sólo sirve para perdurar la especie y, por lo tanto, es una mentira; o que Kafka creyera que toda relación amorosa fuera, en realidad, una relación de poder (tal vez una de las definiciones más vigentes hoy).

A lo largo de la historia la idea del amor se ha ido transformando conforme a los usos y costumbres, tal como sentencia el escritor Óscar de Pablo en el siguiente tuit.

La posmodernidad, modernidad tardía o como queramos llamarle, ha desarrollado sus propios códigos amorosos, no podría decir que están definidos, pero sí en construcción. No es necesario ponerse muy estricto para notar que el amor, el deseo y todas sus variantes está atravesado por el neoliberalismo más salvaje, y eso no es poca cosa. Ya con anterioridad, incluso antes del boom de la globalización, Erich Fromm publicó su famoso El Arte de Amar, donde analizaba social y psicoanalíticamente el fenómeno moderno del amor.

Dice Fromm:

“Toda nuestra cultura está basada en el deseo de comprar, en la idea de un intercambio mutuamente favorable. La felicidad del hombre moderno consiste en la excitación de contemplar las vidrieras de los negocios, y en comprar todo lo que pueda, ya sea al contado o a plazos. El hombre (o la mujer) considera a la gente en una forma similar. Una mujer o un hombre atractivos son los premios que se quiere conseguir. «Atractivo» significa habitualmente un buen conjunto de cualidades que son populares y por las cuales hay demanda en el mercado de la personalidad. Las características específicas que hacen atractiva a una persona dependen de la moda de la época, tanto física como mentalmente. ”

Sí, el amor también es un acto de consumo. La cita de Fromm me hace pensar que los aparadores han cambiado o más bien han aparecido nuevos. Desde hace mucho, no sólo la televisión rige nuestros gustos y conductas, el internet llegó para intensificar esas ideas. Digamos que internet es una plaza comercial y las páginas, aplicaciones, redes sociales, etc., los escaparates donde quedan expuestos los objetos de consumo amoroso. Al final, el problema no es sólo consumir sin control, sino que se pierde de vista al otro o se le erosiona sin piedad.

El miedo al compromiso y el narcisismo más avasallador

(Jessi RM)

El miedo al compromiso siempre ha existido, sólo que ahora, los pretextos para refutarlo aparecen del lado del narcisismo. Por ejemplo, las relaciones abiertas, poligamia, poliamor, etc., no sólo conllevan un temor al compromiso, sino que vuelven a las personas objetos desechables, productos que, una vez que uno se ha aburrido, puede desechar y pasar al siguiente.

Así lo explica el filósofo coreano Byung-Chul Han:

“No solo el exceso de oferta de otros otros conduce a la crisis del amor, sino también la erosión del otro, que tiene lugar en todos los ámbitos de la vida y va unida a un excesivo narcisismo de la propia mismidad. En realidad, el hecho de que el otro desaparezca es un proceso dramático, pero se trata de un proceso que progresa sin que, por desgracia, muchos lo adviertan”.

Y agrega a propósito del tema:

“Vivimos en una sociedad que se hace cada vez más narcisista. La libido se invierte sobre todo en la propia subjetividad. El narcisismo no es ningún amor propio. El sujeto del amor propio emprende una delimitación negativa frente al otro, a favor de sí mismo. En cambio, el sujeto narcisista no puede fijar claramente sus límites. De esta forma, se diluye el límite entre él y el otro”.

El narcisismo no conoce límites los sobrepasa. Todas las herramientas que internet pone a nuestro servicio se han utilizado para eso. Es decir, la culpa no es de la tecnología, sino del uso que le damos y, en una sociedad donde lo superficial es sinónimo de cierto bienestar, no es de extrañar que aplicaciones como Tinder, Bumble, etc, se vuelvan aparadores de exhibición para escoger al objeto de consumo-deseo.

¿Qué es lo peor de todo esto? Que antes las maquinarias del poder regían nuestra sociedad, pero el mayor triunfo de estos nuevos sistemas económicos y sociales fue conseguir que termináramos por no percibir la amenaza del poder, sino por quererlo. Es decir, ahora todo lo que nos venden es un tú puedes ser tal o cual cosa, y eso genera a la larga depresión, y anulación de los demás, porque te pones en función de ti mismo, porque crees que si trabajas mucho, te vistes bien y un largo etcétera encontrarás la felicidad. ¡Pero al final te vuelves mejor vendedor de ti mismo!

Al final, como dice el gran Zygmunt Bauman:

“Cuando se trata de objetos de consumo, la satisfacción esperada tiende a ser medida en función del costo: se busca la relación «costo-beneficio»”.

Por eso cuando alguien deja de beneficiarte, física y emocionalmente, en lugar de tratar de visibilizarlo, verlo, practicar la compasión o el amor como sentido de cuidado, lo desechamos, aunque se asuma el costo de una pérdida, pero es un costo menor, porque en los aparadores, siempre habrá una nueva oferta disponible.

Al final, puede que sea sólo una persona que no comprende los cambios sociales por los que estamos atravesando y al que le gusta quejarse a la menor provocación, pero cómo saberlo cuando el amor es, después de todo, un animal indómito al que le gusta morderse la cola.

Desde luego que el tema da para mucho, pero mejor, por ahora, que cada quien que saque sus propias conclusiones.

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