¿Por qué preferimos lo extranjero por encima de lo nacional?

Jorge Luis "Coy" Ringenbach regresa, ahora para hablar sobre el malinchismo mexicano.
(Señor Myers)

Como a veces sucede, estaba tranquilamente en casa viendo televisión cuando entre el pase de canales se me atravesó un programa sobre la “Guerra de las Colas”, para un mexicano, desde luego, el título le arranca una sonrisa maliciosa, pero en fin, la imagen era un puestecito como de kermesse de primaria que anunciaba “el reto Pepsi”, una vaga tiniebla se perfiló en mi memoria y recordé algún supermercado de mi infancia, en donde le regalaban a uno dos vasitos, uno con Pepsi y otro con Coca, y uno debía decir cuál sabía mejor, no pude hacer la prueba porque en mi familia ambas bebidas estaban prohibidas. Fin del flashback.

El hecho es que el gancho de la nostalgia funcionó; durante algunos minutos me quedé hundido en una historia que ni me iba ni me venía; el tema nunca fue relevante para nosotros, tanto porque nunca fui consumidor como porque en México las bardas pintadas de Coca Cola, en los pueblos más recónditos se destiñen al mismo ritmo de las que plasman campañas políticas de Luis Echeverría, Miguel de la Madrid y Maquío, aquí no hubo algo así como una competencia por los refrescos negros y hoy, como ayer, una de cada dos de esas bebidas corresponde a la marca de Atlanta. De pronto, sin que me diera cuenta, un episodio sucede que, de nuevo, remueve mi memoria; los más jóvenes no se acordarán, pero hubo un tiempo en que en los anaqueles de las tienditas y los supermercados convivían tres Coca Colas diferentes: la Coke, que era el nuevo sabor, la Coca Cola Clásica y la Diet Coke… cosas del mercado, pues resulta que para combatir el crecimiento de Pepsi, los de la marca rojiblanca se decidieron a cambiar la receta centenaria y vino el desastre, el pueblo norteamericano ardió en celo patriótico, cientos de litros de la proverbial bebida, en su nueva versión, fueron derramadas en las cloacas de Washington, Los Ángeles, Nueva York y, desde luego, Atlanta, en las narices de los altos ejecutivos de la empresa. No se hubiera armado tanto jaleo si se hubieran quemado los bosques de Australia dejando al borde de la extinción a los koalas, tampoco si en México nos hubiéramos enterado que 2019 fue el año con más muertos desde la revolución… pero que a los amigos norteamericanos les toquen la receta de la coca cola y sin su consentimiento, eso es ir demasiado lejos; como debe ser, la empresa se echó para atrás y devolvió lo suyo a su pueblo sufriente; entonces, cuando ya estaba yo al límite del paroxismo y me iba a levantar para entonar un sentido “Amazing Grace”, una americana llenita y sonrosada, de esas de postal turística, con lágrimas en los ojos declara ante la cámara estar muy agradecida porque les han devuelto su tradición, que no puede olvidar que las primeras palabras de su tierna hija fueron… Coca Cola. Para mí fue suficiente.

Truman Capote con la edición holandesa de A Sangre Fría (Wikimedia)

El triunfo de los mejores

A los latinoamericanos nos han enseñado, desde que nacemos y a veces desde antes, que debemos admirar a los que la han hecho en grande, los americanos, los europeos en general y a los japoneses, y eso de admirar a quienes tienen cosas buenas, no está del todo mal, yo declaro siempre que puedo mi admiración por Hemingway y por Truman Capote, aunque ambos fueran egoístas, egocéntricos, envidiosos y malos amigos – si no me creen basta darle una mirada a la manera en que estos dos trataron, el primero a sus esposas, a John Dos Passos, y el segundo a los protagonistas de A sangre fría y a su antigua amiga Harper Lee -, pero los admiro no por buenas personas sino por magníficos escritores, por su obra y no por ser norteamericanos; pero así nos enseñaron, que admiráramos la civilidad y el orden de los pueblos nórdicos y entonces me doy cuenta que son ellos los que le venden el petróleo a los británicos que contaminan hasta donde más pueden, ellos los rubios civilizados que en una sola novela de Nesbo o de Larsson – Stieg, claro, porque decir Larsson en Suecia es como decir Hernández en México – tienen más muertos que en todo el historial policial de Estocolmo -, se aprovechan del Asperger de una pobre adolescente que tiene que exhibir su cara de odio aterrador diciendo que está harta de que los adultos contaminen sin considerarla y que eso le ha tocado las narices, como si no estuvieran hartos los niños de la Amazonia peruana o de los altos de Chiapas que tienen que andar kilómetros para conseguir agua para beber o que en Chalco o Neza, en las fabelas de Río, tienen que aguantar la violencia homicida o vender crack y mariguana para estar al día con la comida de la familia; venga, la chica rubia si que tiene derecho a despotricar en las Naciones Unidas y los nuestros, que se queden en casa admirándola.

Es que, de verdad me lo pregunto, a qué viene tanta admiración desmedida y connatural a nuestra cultura; ya me receté toda la caterva de imágenes del heroico cuerpo de bomberos de Canberra, Sydney y sus alrededores, ya lloré hasta que se me secó un lagrimal viendo a los kanguros salvando koalas y luego me vienen con que Australia sigue basando su consumo energético en el uso de carbón; no hay derecho digo yo, como si no hubiera en la UNAM y el IPN, un significativo grupo de jóvenes investigadores en materia energética y ecológica haciendo maravillas a nuestra medida al mismo tiempo que arañan raquíticos presupuestos. Ahora sí que no entiendo nada y me acuerdo de Salvador Novo, que decía que ya no entendía lo que pasaba o que ya no pasaba lo que sí entendía. Y bueno, es que eso de admirar, decía Françoise Sagan, es amor congelado. No estamos a gusto en nuestra propia piel, queremos blasones y antepasados ilustres, queremos una tradición milenaria de libertarios y triunfadores, una revolución a todo dar, como la francesa con guillotina, liberté, égalité y fraternité incluidas… y luego vienen a contarme que a Macron lo apedrean por sus brillantes ideas en materia de inmigración y retiro; queremos lo que no tenemos por la sencilla razón de que no nos enseñan a conocer lo que sí tenemos y a amar lo que somos.

Alfonso Reyes solía decir que habíamos llegado tarde al banquete de la cultura, pero que ya instalados ahí, somos tan buenos o malos como cualquiera; que tenemos un lugar en el mundo ganado a pulso; vaya, no había escritores en Estados Unidos, ni imprenta y creo que ni escritorios cuando Sor Juana ya estaba escribiendo sus décimas; que mientras los colonos correteaban a los pieles rojas, antes de invitarlos a cenar, en nuestro país ya se debatía en una Universidad. El punto es ese, que no tenemos una educación institucional que nos enseñe a aceptarnos como somos, en lo plural y en lo unitario, en nuestras grandezas y nuestros defectos, porque sale más barato tener un modelo al cual seguir y al cual echarle la culpa si las cosas, como suele suceder, no salen bien.

Si le gustan los norteamericanos, sépase que Kerouac y Burroughs escribieron gran parte de su mejor obra inspirados en los infiernos de la Ciudad de México; si le gustan los alemanes, entérese que una buena parte de la resistencia a los nazis la hicieron alemanes que se exiliaron en México; si prefiere a los españoles dese cuenta que México fue Capital de España y no en la Colonia sino cuando al perder la guerra civil, el gobierno republicano tuvo que constituir su gobierno en el exilio y que no hay España que se entienda sin América, como no hay pueblo nuestro que se comprenda sin la lengua española y así podemos seguir con armenios, judíos de todas las latitudes, africanos, chinos y japoneses. Da vergüenza reconocerlo, pero aquí tenemos de todo y seguimos pensando que los españoles nos conquistaron, que lo único malo de la intervención francesa fue que no se quedaran para siempre y de la norteamericana que el despojo del territorio no llegara hasta la Ciudad de México, que somos las eternas víctimas de todo lo que admiramos.

A veces pienso que nos parecemos al niño que se encontró el huevo de la serpiente, lo cuidó, lo tuvo calientito y esperó a que el reptil rompiera el cascarón, lo cuidó y lo procuró en sus primeros días y luego tuvo que llorar cuando la serpiente hizo lo que debía hacer: lo mordió.