Georges Méliès: el mago del cine que nos llevó a la Luna

Considerada la primera película de ciencia ficción, detrás de El Viaje a la Luna, hay una historia digna de una sorprendente trama.

La escena de una nave espacial estrellándose en la cara de la Luna es, sin duda alguna, una de las secuencias más famosas de la historia del cine; ese –como lo llamaba Luchino Visconti– “trabajo de artesanía” que uno de los grandes pioneros y maestros del espectáculo supo reconocer en una cámara que filmaba a 16 cuadros por segundo, en los anales del cinematógrafo.

Georges Méliès, tal como reza su epitafio, es “el creador del espectáculo cinematográfico”. Pero, como si se tratara de una novela de corte romántico o de la vida de muchos desdichados genios, el creador de Fausto y Margarita o 20 Mil Leguas de Viaje Submarino, pasó parte de su vida en el anonimato luego de crear grandes maravillas, hasta que la corona de laurel llegó, tarde, a posarse sobre sus sienes.

De mago a padre de la ciencia ficción

Antes de ser director de cine, Méliès había estudiado dirección y actuación teatral en Londres, donde –por distintos problemas para adoptar el idioma– decidió incursionar en el ilusionismo. Así se volvió un mago de cierto renombre que echaba mano de todo su ingenio. Además, gozaba de habilidades tecnológicas que estaban relacionadas con la mecánica, pues había trabajado en la fábrica de zapatos de su padre mejorando los sistemas de producción, lo que le dio el conocimiento suficiente para crear cientos de autómatas. Más tarde, Méliès aplicaría todo este conocimiento en la labor cinematográfica.

Georges Méliès.

Méliès, con 34 años, acudió a la primera proyección de cine de los hermanos Lumière aquel mítico 28 de diciembre de 1895 en el Gran Café ubicado en el número 14 del Boulevard des Capucines. En su diario puede leerse al respecto:

“…en frente de una pequeña pantalla, similar a las que se usan en proyecciones, y, después de unos minutos, apareció sobre ella una fotografía de la Plaza Bellcour en Lyons. Un poco sorprendido, me volteé y le dije a mi vecino, ‘¿nos trajeron acá para ver proyecciones?, yo he hecho eso desde hace diez años’, pero apenas dije la última palabra un caballo jalando una carreta comenzó a caminar hacia nosotros seguido por otros vehículos y después por un transeúnte. Pronto, por todo el rebusque y el ruido de una calle. Nos sentamos ahí, con nuestras bocas abiertas, sin hablar, llenos de asombro.”

La fascinación quiso que Georges Méliès quedara cautivado por aquel tren que veía salir de la pantalla. Así que, luego de tratar de hacerse del proyector de los Lumière sin mucho éxito, terminó por comprar un bioscopio para convertirlo en su propia cámara de cine: el kinetoscopio.

Con el kinetoscopio creó un sinfín de películas que –por su duración– hoy son consideradas cortometrajes. Y si bien las tramas no son las más complejas e intrincadas, a Méliès lo que le interesaba era otra cosa: crear mundos diferentes en la pantalla. Por eso, su Le Voyage dans la Lune (Viaje a Luna) es quizás su obra más famosa, y por la cual Georges Méliès es reconocido como el padre de la ciencia ficción en la pantalla grande y el creador de los efectos especiales en el cine.

De la Luna a la reclusión

Viaje a la Luna, basada en De la Tierra a la Luna de Julio Verne, y Los Primeros Hombres en la Luna de H. G. Wells, es para Méliès lo que La Odisea para Homero: su poema épico más grande. La película es considerada una verdadera obra de artesanía: todo, desde la historia hasta los escenarios y el vestuario, es obra de Méliès.

La película se estrenó en 1902 y fue considerada una verdadera maravilla en todo Europa, la distribución a lo largo de todo el continente permitió a Georges Méliès conseguir sumas generosas de dinero. Pero el director francés no era un empresario y esta condición de “artista” lo obligaba a gastarse lo que tenía en nuevas producciones cinematográficas.

La poca fortuna y la miseria humana orquestaron un plan sobre Viaje a la Luna. El destino quiso que una de las copias de la cinta cayera del otro lado del mundo en manos de uno de los ayudantes de Thomas Alva Edison, quien no tuvo empacho alguno en distribuir la cinta en Estados Unidos, el mercado emergente más grande del cine de entretenimiento, haciendo que éste ganara muchísimo dinero y que Méliès no viera un solo centavo.

En aquella época los derechos de autor y distribución era muy laxo, sobre todo en lo que concierne a nuevos productos como la fotografía y el cine, así que crear copias sin permiso del autor era, relativamente permitido. Aun así, algo de ética tendría que haberse cruzado por las cabezas de Edison y compañía, pero si algo sabemos del mundo de los negocios es que los escrúpulos son –en la mayoría de los casos– un estorbo. Así, el mismo Edison que pugnaba por los derechos de autor, fue uno de los primeros comercializadores de piratería, sin importarle siquiera las circunstancias que podían rodear al propio Méliès y su trabajo.

Georges Méliès con una pintura de Viaje a la Luna (1929).

Si a esta condición apuntamos que Georges Méliès no supo leer los tiempos que estarían por llegar y rechazó constantemente aliarse con las grandes productoras, se gestaron las condiciones propicias para que el director francés poco a poco agotara sus recursos económicos para crear películas.

Cintas al fuego y un nuevo Viaje a la Luna

Tan sólo 12 años después de haber creado Viaje a la Luna, Méliès terminó por agotar sus recursos económicos para seguir haciendo cine y para pagar sus deudas. Por eso, cuando los acreedores decidieron que podía saldar sus adeudos con sus películas, Méliès –espíritu tardío de la época– decidió prenderle fuego a sus cintas. La quema de esta biblioteca de Alejandría cinematográfica representa una de las pérdidas más terribles para la historia del cine.

Por fortuna Gaston, hermano de Méliès, consiguió hacerse de algunas copias de sus películas para vendérselas a Vitagraph Studios (la compañía cinematográfica fundada por J. Stuart Blackton y Albert E. Smith en 1987 en Nueva York), entre las cuales, por supuesto, se encontraba Viaje a la Luna.

De Viaje a la Luna existen muchas copias que se han ido restaurando a lo largo de años. Pero cabe resaltar que en 1993, en el archivo de la Filmoteca de Catalunya, en Barcelona, apareció una cinta un tanto deteriorada, pero que tenía la particularidad de ser una versión coloreada. La película fue restaurada y se presentaron los 13,375 fotogramas del Viaje a la Luna a color en el Festival de Cannes en 2003.

Aunque Méliès cultivaba el hábito de pintar sus películas cuadro por cuadro, la mayoría de los investigadores insisten en que es más factible que esta versión a color sea obra de una de las fábricas que se dedicaban a este pequeño arte y que existieron a inicios del siglo XX.

Después de que dejó de hacer cine, Georges Méliès intentó volver a la magia, pero el siglo XX ya estaba deslumbrado por otro tipo de espectáculos. En medio del olvido y el anonimato, Méliès instaló una pequeña tienda de juguetes en la estación de Montparnasse, hasta que en 1928 León Druhot, editor del Ciné Journal, descubrió que el anciano de 64 años que vendía juguetes en la estación era el mismo genio detrás de Viaje a Luna.

Georges Méliès en su tienda de juguetes de la estación de Montparnasse (1930).

Méliès fue entonces reconocido por su aportación al cine y cuando le preguntaban qué se sentía ser tan importante, el siempre respondía: “no entiendo por qué tanto alboroto. Yo lo único que quería era entretener a la gente.”

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