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Arthur C. Clarke: el visionario escritor que inventó el futuro

El escritor de ciencia ficción, no sólo impactó al mundo con sus historias, sino que sus previsiones hicieron realidad el futuro como lo conocemos.
(Getty Images)

Arthur C. Clarke nació en Inglaterra en 1917 y murió en Sri Lanka en 2008, a dónde emigró en 1956. Fue escritor de ciencia, escritor de ciencia ficción, físico, matemático, inventor, futurista y explorador. También fue un gran optimista que vio la ciencia como una forma de empoderar a la humanidad. Así que no debería extrañarnos que desde 1945, Clarke hubiera previsto cosas que terminaron por tener un impacto en el futuro, como fue su propuesta del uso de los satélites como medios de comunicación global, lo que derivó en la creación de los satélites geoestacionarios. 

Clarke es mejor conocido por trabajar con Stanley Kubrick en 2001: A Space Odyssey, con quien trabajo en el guión mientras escribía el libro homónimo. También sus cuentos como The Sentinel o The Star. Sin embargo, su aportación en Wireless World es algo por lo que deberíamos todos tenerlo muy presente, ya que sus consecuencias nos siguen impactando en nuestra vida cotidiana.

Satélite Geoestacionario

A inicios del siglo XX se había especulado sobre la posibilidad de satélites artificiales, pero la contribución de Clarke fue ver el potencial de las telecomunicaciones globales.

Su pensamiento se desarrolló durante la Segunda Guerra Mundial, cuando era un especialista en radar de la Royal Air Force. No por nada era físico antes de ser escritor, Especuló sobre cómo la tecnología detrás de los poderosos cohetes V-2 de Alemania podría usarse con fines pacíficos después de la guerra. Argumentó que con un mayor desarrollo, la tecnología de cohetes podría usarse para enviar satélites al espacio y que, si se colocaban a la distancia correcta del centro de la Tierra, los satélites serían geoestacionarios en relación con la rotación del planeta y podrían usarse para transmitir comunicaciones a puntos a través del globo.

(NASA)

Así que en 1945, Arthur C. Clarke comienza a distribuir en privado copias de un documento que propone el uso de satélites espaciales para las comunicaciones globales. Conocido como “The Space-Station: Its Radio Applications”, Clarke explicó que la estación espacial fue concebida originalmente como un depósito de reabastecimiento de combustible para las naves que abandonaban la Tierra. Como tal, puede desempeñar un papel importante aunque transitorio en la conquista del espacio, durante el período en que se empleaban combustibles químicos. Sin embargo, hay al menos un propósito para el cual la estación es ideal: la provisión de servicios de radio de ultra alta frecuencia en todo el mundo, incluida la televisión. Para esos años, la televisión en sí era apenas una realidad comercial en este punto, así que era una visión para el futuro.

Wireless World

No conforme con su primera artículo, Clarke hizo un seguimiento  con un artículo publicado en octubre de 1945 en Wireless World titulado “Extra-Terrestrial Relays: Can Rocket Stations Give World-wide Radio Coverage?”

(Wireless World)

Ahí, Clarke analiza cómo la tecnología de cohetes, -como la de los ya mencionados V-2 alemanes-, podría utilizarse para fines pacíficos al lanzar satélites artificiales a la órbita. Todo lo que se necesitaba, argumentó Clarke, era un cohete capaz de empujar una carga útil más allá de una velocidad de inserción orbital de 8 km / segundo. Calculó la distancia requerida para esto a 42,000 kilómetros del centro (o 36,000 kms sobre el nivel del mar). Hoy en día, esa distancia en el espacio se conoce como “la órbita de Clarke”.

En sus propias palabras:

Un cuerpo en tal órbita, si su plano coincidiera con el del ecuador de la Tierra, giraría con la Tierra y, por lo tanto, estaría estacionario sobre el mismo lugar en el planeta. Permanecería fija en el cielo de todo un hemisferio y, a diferencia de todos los demás cuerpos celestes, no se elevaría ni se asentaría.

Como suele ser el caso, la línea divisoria entre ciencia ficción y ciencia se rompió pronto, y en 1957 el primer satélite artificial fue enviado a la órbita por la Unión Soviética, el Sputnik.

En 1962, Estados Unidos lanzó el Telstar, que fue el primer satélite activo de comunicaciones por retransmisión por satélite, teléfono y comunicaciones de datos de alta velocidad. Luego, en 1965, Intelsat comenzó a lanzar el primer sistema de satélites basado en satélites geoestacionarios, y actualmente hay más de 300 satélites de este tipo en las órbitas de Clarke. El futuro de las comunicaciones evolucionó tanto como Clarke lo había previsto.

Hoy, más de 70 años después, hay más de 1,300 satélites operativos que orbitan alrededor de la Tierra y la tecnología ha avanzado enormemente. Sin embargo, los damos por sentado, a pesar de que se han vuelto vitales para nuestras vidas. Son básicos en par ala televisión, el acceso a Internet, telefonía, navegación, negocios internacionales y finanzas, meteorología, monitoreo ambiental y climático, seguridad, etc.

Televisión por satélite y GPS

Lo anterior nos ayuda a que su predicción de 1956 nos resulte menos extraña. En una carta a su amigo Andrew G. Haley, escribió que tras revisar su propio texto en Wirless World, suponía que:

Mis conclusiones generales son que quizás en 30 años el sistema de retransmisión orbital pueda asumir todas las funciones de las redes de superficie existentes y proporcionar otras bastante imposibles en la actualidad. Por ejemplo, las tres estaciones en la órbita de 24 horas podrían proporcionar no solo un servicio de televisión global sin interferencias y sin censura para la misma potencia que un transmisor moderno único, sino que también podrían hacer posible una cuadrícula de localización de posición mediante la cual cualquier persona en la tierra podría ubicarse por medio de un par de diales en un instrumento del tamaño de un reloj.

Lo más interesante de todo, es la precisión con la que describe el funcionamiento tanto de televisión satelital como la del GPS.

(Letters of Note)

No cabe duda que Clarke fue un visionario y que su mente ha dejado una huella imborrable, ya que, de alguna cambió el rumbo de las telecomunicaciones.