El simpático chimpancé fue el astrochimp más famoso de todos los tiempos.

El 31 de enero de 1961, en uno de los momentos más álgidos de la Carrera Espacial, se vivió un día histórico: una nave del proyecto Mercury condujo fuera de la Tierra, por primera ocasión en la historia, a un homínido que regresó sano y salvo a nuestro planeta después de sobrevolar por unos minutos el espacio exterior. Se trataba de Ham, un chimpancé proveniente de Camerún que fue comprado por la Fuerza Aérea de los Estados Unidos y llevado a la Base Aérea de Holloman en 1959.

El viaje espacial de Ham, de poco más de 16 minutos, fue muy importante para la NASA, que había sido superada mediáticamente por los soviéticos en cada paso que daba. En los años previos la URSS había conseguido lanzar al espacio con éxito los famosos satélites Sputnik, además de a la perrita Laika (que falleció por sobrecalentamiento dentro del Sputnik 2, lejos de la Tierra) mientras que Estados Unidos parecía quedarse rezagada con respecto a la tecnología espacial ante la opinión pública.

Desde finales de los años 40, los científicos espaciales de Estados Unidos habían elegido a los chimpancés y otros tipos de monos para sus experimentos, por ser más parecidos a los seres humanos, mientras que los soviéticos prefirieron experimentar con perros por ser mucho más fáciles de controlar, y responder con tranquilidad al estrés. Por eso Ham no fue el primer mono que formó parte de una prueba de vuelo, ese honor le corresponde a Albert I, un mono rhesus que voló un cohete V-2 Blossom en 1948, pero Ham sí fue el astro-chimpancé (Astrochimp) más famoso de la historia.

Ham tuvo más suerte que otros monos de la NASA, que normalmente fallecían por el estrés, o por los choques de los vuelos de prueba. Durante su entrenamiento, fue el chimpancé más hábil en aprender a mover las palancas de la nave, superando a más de 40 candidatos, sufriendo descargas eléctricas cuando se equivocaba y recibiendo golosinas cuando acertaba.

Durante su histórico vuelo, Ham se comportó a la altura de lo que esperaban los técnicos de la NASA, que lo conocían únicamente como Número 65 (sus entrenadores lo nombraron Chop Chop Chang). Alcanzó una altura máxima de 253 km por encima de la Tierra, superior a lo esperado, siendo el primer vuelo suborbital tripulado por un ser vivo alcanzado por los Estados Unidos. Durante su vuelo, Ham tuvo un período de ingravidez de 7 minutos que no representaron ningún problema para él. Su cápsula amerizó en el Océano Atlántico, a 679 km de distancia del punto de despegue, y fue rescatado con éxito por los técnicos de la NASA.

El éxito del vuelo de Ham llevó a la NASA a presentarlo ante los medios, decidiendo bautizarlo en honor al Coronel Hamilton “Ham” Blackshear. En ese momento se supo que los militares de la NASA habían prohibido ponerle nombre antes del vuelo para minimizar el impacto ante la opinión pública si el chimpancé moría en la prueba de vuelo, debido a que suponían que no tener nombre le restaba “humanidad”. El vuelo de Ham ayudó a calibrar los instrumentos para los posteriores vuelos de Alan Shephard (el primer estadounidense en realizar un vuelo suborbital) y John Glenn (el primero en llegar a la órbita terrestre).

El simpático chimpancé se volvió una celebridad, y pudo vivir una vida cómoda, primero en el Zoológico Nacional en Washington y, finalmente, en el Zoológico de Carolina del Norte, donde falleció en 1983 a los 26 años de edad. Después de su muerte las fuerzas armadas de Estados Unidos planeaban disecarlo y exhibirlo en el museo Smithsonian, pero activistas iniciaron una campaña para darle un trato digno al animal, que terminó siendo enterrado con honores en el  Salón de la Fama del Espacio en Alamogordo, Nuevo México.

La fama de Ham le permitió inspirar un par de películas (Race to Space y la cinta animada Space Chimps, protagonizada por su supuesto nieto Ham III), pero en México todos recordamos a Marbo, el mono espacial que compite con Don Gato para realizar un vuelo espacial, también inspirado en Ham.

fuente NASA

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