Un experimento que ayudó a comprobar que el afecto es necesario para el desarrollo humano pero… ¿a qué costo?

En los años sesenta, el psicólogo Harry Harlow llevó a cabo experimentos con monos que cambiaron para siempre la noción científica del amor. Tal hazaña se vio manchada con un experimento que el doctor llamó: “el pozo de la desesperación” (pit of despair). Para muchos, no se trata sino de la tortura de animales por parte de un psicópata; para otros, la prueba irrefutable de la importancia del amor para los infantes. ¿Cómo puede haber una diferencia tan grande?

¿Recuerdan aquella escena en la que Buffalo Bill baila “Goodbye Horses” en The Silence of the Lambs? Detrás de él, Catherine Martin está en el fondo de un pozo esperando el momento en que el asesino cortará su piel para hacerse un “traje de mujer”. Quizá sea la representación más conocida en el cine del pit of despair. Se cree que el tópico llegó a las pantallas poco antes, en 1987, con la película The Princess Bride, que como The Silence of the Lambs es adaptación de una novela homónima. En esta ocasión, el sirviente albino del príncipe Humperdinck le da la bienvenida a Westley al “pozo de la desesperación”, una cámara subterránea donde el héroe sufrirá toda clase de torturas hasta que la vida le será literalmente drenada del cuerpo.

El tópico tiene su origen en los experimentos de Harlow, quien disfrutaba nombrando de maneras poco ortodoxas y quizá demasiado literales las máquinas con las que trabajaba. Entre todas ellas, fue precisamente el pozo de la desesperación la que más fama (o infamia) le otorgó.

Harlow y “la naturaleza del amor”

Ilustración: Krystal Booth.

Harlow dedicó el trabajo de su vida en torno a “la naturaleza del amor” o a los lazos que una madre construye con sus hijos y su impacto a nivel psicológico. En un primer momento, Harlow construía madres “artificiales” y las colocaba en jaulas junto a monos recién nacidos. De un lado había una estructura de metal con una forma algo parecida a una madre mono y un biberón. Del otro, la misma estructura, sin alimento, y recubierta de peluche. En todas condiciones, los monos siempre elegían a la madre con peluche, incluso se esforzaban por alcanzar el biberón del alimento sin despegar las patas traseras de la madre recubierta de pelo. Estos experimentos, por sí solos, comprobaron que los lazos de afecto eran tan importantes, o incluso más, que la alimentación para los primates. Esta fue la base para suponer que los bebés humanos requerían el contacto físico de sus madres tanto como comer.

La conclusión ahora puede parecernos demasiado obvia, ¿no? Después de todo, las madres y los padres saben de la importancia del contacto físico con sus bebés. Es prácticamente un instinto natural para los seres humanos abrazar, cargar y dar afecto a cualquier bebé que se encuentren, aunque no sea suyo. Pero en los años cincuenta y sesenta en Estados Unidos no resultaba tan obvio. En ese tiempo circulaban publicaciones pseudocientíficas en las que se divulgaban ideas contrarias. En resumidas cuentas, se proponían formas más “pragmáticas” de cuidar a los bebés. Es decir, en lugar de reconfortar a un infante, se sugería que le dejaran llorar indefinidamente para “construir el carácter”. Incluso había publicaciones que advertían a las madres que consentir demasiado a sus bebés podía volverlos “delicados” y “convertirlos en homosexuales”. Ahora sabemos que estos no son más que prejuicios infundados que tiene más que ver con taras sociales antes que con cuidado óptimo. Pero al menos una generación completa de bebés estadounidenses se desarrolló con estos supuestos. Probablemente nunca sepamos el impacto real de desinformación de este calibre en la sociedad norteamericana. Pero sabemos que estuvo ahí.

El trabajo de Harlow es importante justamente porque se desarrolló dentro de este contexto. Él demostró que el amor era un insumo necesario desde el punto de vista científico para la crianza de seres humanos saludables. Todo hubiera sido color de rosa si se hubiera quedado ahí, pero algo cambió con Harlow en 1971. Según sus colegas, en especial la psicóloga Lauren Slater, Harlow no fue el mismo desde que su esposa falleciera víctima de cáncer. Desde ese momento, el psicólogo entró en una profunda depresión y sus investigaciones se transformaron en algo mucho más “extremo”, por decirlo de alguna manera.

La tortura como cura para la depresión

Foto: Time.

A partir de ese punto, los experimentos de Harlow con monos cruzaron la línea de la tortura. Y fue precisamente durante es época en la que diseñó la máquina conocida como “pozo de la desesperación”. Una vez que demostró que el cariño era importante en el desarrollo de los monos, se enfocó a investigar cómo era que el aislamiento o la privación de ese cariño les afectaba. El pozo de la desesperación consiste en una pequeña cámara de aislamiento vertical diseñada para que el mono no viera ni escuchara a nadie. Arriba había unos mecanismos especiales que le suministraban agua y alimento sin necesidad de hacer contacto, incluso consideraba una forma de limpiar la jaula sin que el sujeto (es decir, el mono) viera ni escuchara a nadie.

Nombrar a la máquina “pozo de desesperación” fue su idea. En ella colocaba a monos con apenas unas semanas de nacidos. Un grupo permaneció ahí durante 30 días, otro durante 6 meses y otro durante un año. Todos los monos, aun los que permanecieron menos tiempo en aislamiento, emergieron con severos problemas para socializar. No jugaban, no se relacionaban, y cuando eran colocados con sus pares abusaban de ellos físicamente. Algunos de ellos se negaron a comer hasta la muerte.

La curiosidad de Harlow no paró ahí. Después de examinar a sus sujetos, quiso saber cuáles serían sus capacidades de maternidad en las condiciones en las que se encontraban. Como las hembras aisladas eran incapaces de aparearse, el doctor construyó otra máquina, con el elocuente nombre de “estante de violación” (rape rack). En resumen, se trataba de una máquina que sometía a las hembras previamente aisladas para que machos que se habían desarrollado normalmente se aparearan con ellas. El resultado fue el esperado, las hembras fueron incapaces de socializar incluso con sus propios hijos. Los experimentos de este tipo se multiplicaron. Incluyeron a otros monos recién nacidos, a monos en desarrollo que habían crecido junto a sus madres y a monos que habían socializado bien hasta que entraron al “pozo de la desesperación”. Todo con el fin de tratar de entender la depresión y los sentimientos de soledad e impotencia; o, en sus palabras, “la sensación de estar hundido en un pozo de desesperación”.

El legado de Harlow

Foto: Time.

Ciertamente, su trabajo cambió la forma de crianza en los Estados Unidos, ayudó a corregir el camino de una serie de prejuicios y opiniones “pseudocientíficas” en cuanto al desarrollo de los bebés. Sin embargo, ¿era necesario llegar a esos extremos para comprobar algo que de inicio parecía tan obvio? Aunque en su tiempo hubiera prejuicios, la importancia del afecto en el desarrollo humano no es precisamente una idea que se inventó en el siglo XX, sino que lleva siglos en las consciencias humanas prácticamente en todas las culturas. Entonces, ¿por qué lo hizo?

Según Deborha Blum, renombrada escritora de ciencia, sus experimentos podrían haber sido resueltos con el “sentido común”. Es decir, siempre estuvo claro que aislar a animales tan sociales como los monos, daría resultados catastróficos en su comportamiento. Se pudo haber cuestionado el afecto en la crianza de bebés en algún punto, pero nadie tenía duda de que un aislamiento de tal naturaleza llevaría a los primates prácticamente a la locura. 

La misma Blum, en su libro Love at Goon Park pone el dedo en la biografía de Harlow. Casado con una esposa que lo abandonó con todo y sus hijos, y luego con otra que murió de cáncer, el psicólogo es caracterizado como un alcohólico depresivo que tendía a ser adicto al trabajo. En su tiempo, era conocido como un iconoclasta que gustaba de escandalizar al medio científico, a ello le atribuyen los nombres que ponía a sus máquinas de experimentación. Uno de sus estudiantes, William Mason, escribió sobre él:

“Harlow mantuvo esto hasta el punto de que era claro para mucha gente que su trabajo violaba las sensibilidades normales, que cualquiera con respeto por la vida o por la gente lo encontraría ofensivo. En ese punto él decía: ‘voy a estar aquí por otros diez años, lo que quiero hacer entonces es dejar un gran lío detrás de mí’. Si ese era su objetivo, lo logró perfectamente.”

La misma gente que lo conoció lo consideraba un excéntrico. En cambio, sus opositores llegaron a considerarlo un psicópata que trataba de curar su depresión torturando animales indefensos. Que quede claro, sus investigaciones sobre el amor arrojaron resultados viables y valiosos. Pero, parafraseando a Blum, no por ello tenemos que aprobar sus experimentos hasta sus últimas consecuencias.

Independientemente de su valor científico, Harlow legó al mundo un tópico que estremece a cualquiera. Seguramente muchos de ustedes recordarán algunos otros pozos de la desesperación en películas, videojuegos o cómics. ¿Serán más perturbadores que el original pozo de Harry Harlow, un psicólogo que quiso estudiar la depresión para curarse a sí mismo?

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