Hace 30 años, el mundo vio en directo una de las peores tragedias espaciales de la historia.

A las 11:39 horas del 28 de enero de 1986, el transbordador espacial Challenger estaba listo para cumplir su décima misión. Sin embargo, el despegue resultó en uno de los momentos más trágicos en la historia de la NASA.

Este suceso, televisado en vivo por CNN, suponía también conseguir más presencia mediática para la agencia, pues entre los tripulantes se encontraba la primera maestra en llegar al espacio. Su nombre era Christa McAuliffe, quien llegaría al espacio acompañada de 6 tripulantes más: Michael J. Smith, Dick Scobee, Ronald McNair, Ellison Onizuka, Gregory Jarvis y Judith Resnik.

Pero no fue así. A sólo 73 segundos de haber despegado, el Challenger se desbarató y explotó, cobrando la vida de los 7 tripulantes.

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Tripulación del Challenger. De izquierda a derecha: Ellison Onizuka, Michael J. Smith, Christa McAuliffe, Dick Scobee, Gregory Jarvis, Ronald McNair y Judith Resnik. (Foto: NASA)

¿Qué falló esa mañana?

Tras constantes retrasos de la misión por reparaciones y mal clima, finalmente la NASA dio luz verde al despegue del Challenger esa mañana de invierno. No se había reportado ninguna anormalidad, cuando súbitamente el cohete derecho del orbitador explotó. Después de la catástrofe se realizó una investigación de lo ocurrido. Se analizaron todos los materiales de video que tenían del despegue, al mismo tiempo que comenzaron una misión para recuperar los escombros del accidente. Al final, se recuperó el 60% de los restos de la nave.

A través del material de video, los analistas encontraron que la falla ocurrió porque una junta tórica (algo así como el empaque de las llaves de agua) en el cohete derecho (o SRB) tenía imperfecciones, lo que provocó una fuga de combustible presurizado. Poco a poco se fue agravando el asunto y la presión en el cohete no pudo seguir con el ritmo normal, de modo que se separó del conjunto del transbordador. En ese momento, los tanques de combustible se rompieron y el combustible se incendió provocando que el transbordador cambiara su dirección adecuada para salir al espacio con la mayor facilidad posible. Fue en ese momento cuando la resistencia aerodinámica comenzó a desbaratar a todo el conjunto.

La falla era visible desde el despegue gracias a humo negro que salía del SRB. De ese mismo punto comenzó a verse la fuga prendiéndose en fuego antes de desprenderse del orbitador. Pero nadie vio esto hasta el análisis de los videos.

El accidente pudo haberse evitado. Desde 1977 el diseño usado para los SRB y sus juntas tóricas tenían imperfecciones que podrían tener resultados catastróficos. A pesar de saber eso, la NASA no lo resolvió. Además, ignoraron advertencias de ingenieros que dieron aviso de los peligros del despegue debido a las bajas temperaturas de esa mañana y ni siquiera reportaron los detalles técnicos a sus superiores. La temperatura al momento del despegue era de -7 grados Celsius, cuando lo mínimo recomendable era de 4 grados Celsius.

Durante la investigación comisionada por el entonces presidente Ronald Reagan, llamada Rogers Commission, salió a la luz la negligencia y una serie de tomas de decisiones que fueron clave para que un accidente así ocurriera. Según uno de los especialistas del Challenger desde su primera misión, el accidente fue el resultado de ignorar un par de reglas. La NASA y los fabricantes de las juntas tóricas, Thiokol, definieron los problemas que presentaban estos componentes como “riesgos de vuelo aceptables”.

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Momento de la explosión. (Foto: NASA)

Por otro lado, los ingenieros de Thiokol sabían que podía haber una falla durante el despegue y se sintieron aliviados al ver que no pasó nada en los primeros segundos del evento. Sin embargo, después de ver la explosión, supieron qué fue lo que pasó. Ellos fueron los mismos ingenieros que se habían opuesto al lanzamiento de esa mañana.

El reporte de la comisión que investigó el caso, declaró que habían serios problemas de comunicación, donde también la información no circulaba correctamente en la cadena de mando, era poco clara y generalmente entraban en conflicto las decisiones del mando con la información presentada por los ingenieros.

Cuando quisieron averiguar la muerte de los tripulantes no encontraron evidencias que pudieran dar una conclusión de la causa y hora de muerte. Lo primero que consideraron fue que la cabina de la tripulación era una muy resistente, y se estima que incluso era capaz de resistir la explosión del orbitador. Cuando analizaron los restos de esa parte del Challenger, encontraron que varios de los contenedores de aire para los tripulantes fueron activados. Esto prueba que algunos sobrevivieron al estallido. Sin embargo, creen que a esa altura no hubieran permanecido conscientes durante mucho tiempo. Finalmente, la fuerza con la que impactó esa parte de la nave contra el océano era superior a cualquiera donde exista la posibilidad de que alguien sobreviva.

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Hielo formado en la plataforma de lanzamiento debido a la bajas temperaturas. (Foto: NASA)

La NASA después del Challenger

Tras este acontecimiento la NASA se vio obligada a restringir cualquier tipo de despegue durante casi tres años. Ese fue el tiempo que tardó la comisión en terminar la investigación y las audiencias. Durante ese tiempo también los ingenieros trabajaron en rediseños para los SRB y otros asuntos técnicos. Esta vez también tuvieron que hacer más rigurosas y tomar con más seriedad las reglas de cualquier tipo de lanzamiento. Con todo esto, se creó un organismo dedicado a la seguridad y control de calidad de la NASA.

Desde entonces, la NASA ha continuado con sus lanzamientos. No fue hasta el 2003 que volvieron a ver una tragedia cuando el transbordador Columbia se desintegró al entrar a la atmósfera terrestre. Pero esto fue un accidente provocado por razones distintas a la negligencia de la NASA de 1986.

La tecnología aeroespacial sigue progresando y esperamos que cada vez sean menos riesgosos los viajes espaciales. Mientras tanto, la tragedia del Challenger no se olvida.

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