Lion-King-Reseña-Rey-Leon-Critica-Review-Disney-Jon-Favreau-2019-Pelicula, Ciudad de México, 9 de agosto 2019

The Lion King es un enorme despliegue visual y monetario... al mismo tiempo, es una cinta desalmada que no entendió el mito que retrata.

The Lion King ya se estrenó hace unas semanas y no la había reseñado por muchas razones. Una de las razones fue que esta cinta me causó mucho conflicto. Como todo buen millennial, mientras la veía tuve una enorme sensación de placer nostálgico. Sin embargo, al mismo tiempo, sentí una enorme incomodidad que no podía identificar, una piedra en el zapato o una manchita molesta en la esquina del ojo.

Después de verla un par de veces y de reflexionar sobre lo que esta película contiene, llegué por fin a una conclusión y logré cernir qué es lo que me parece tan incómodo en este extraño remake. Si me tienen paciencia, aquí les voy a platicar a fondo la experiencia enriquecedora, encabronante y banal de ver The Lion King de Jon Favreau.

La misma historia

No necesito contarles mucho de la trama porque, hayan visto esta última versión o no, la idea es exactamente la misma de la original. Simba es un joven leoncito destinado a heredar todo lo que toca la luz, salvo por ahí ese cementerio de elefantes que es como el Estado de México. Y todo marcha muy bien con el príncipe heredero: tiene una infancia feliz y saltarina, juega, hace chistes, tiene a una amiga íntima en Nala, a un niñero en Zazoo, es valiente, atrevido y más certero de su herencia que un joven egresado del ITAM.

Todo va bien, entonces, hasta que su tío, el oscuro y frustrado Scar, empieza a envenenarle la cabeza hasta que logra hacerlo sentir culpable de la muerte de su padre. Muerte que, evidentemente, provocó Scar. Simba, exiliado, se encuentra a los simpáticos Timón y Pumba, aprende su filosofía nihilista de comedores de bichos y crece a su lado como un león de dieta hippie. Todo hasta que Nala, ya adulta, lo encuentra por casualidad y lo convence de regresar para pelear por su legítimo trono y recuperar el balance perdido por las ideas predatorias de Scar.

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Como pueden ver, el argumento de la película es básicamente el mismo. Claro, hay pequeñas cosas que han cambiado en los retoques mínimos del guión de Jeff Nathanson (el escritor de algunos bodrios como Indiana Jones and the Kingdom of the Crystal Skull y Speed 2). Lo que más cambió, ciertamente, está en algunas actualizaciones sobre explotación y ecología que hacen más sentido en nuestro contexto de cambio climático y en algunas actualizaciones de los diálogos de comedia.

Porque, claro, esta película encuentra sus mejores momentos en los diálogos mucho más libres de Seth Rogen como Pumba, Bill Eichner como Timón y John Oliver como Zazoo. Cada uno de estos personajes logra distinguirse con la personalidad del actor que le da vida en la voz y, así, cada uno de estos personajes se actualiza. No pasa lo mismo con los personajes de la trama más seria. Por más que tratan de hacer un buen trabajo, ni Donald Glover, ni Beyoncé, Chiwetel Ejiofor o el mítico James Earl Jones, logran destacar encima de lo que ya se había logrado en 1994.

En cualquier caso, desde esta cinta calcada, desde el replanteamiento del remake toma por toma, Jon Favreau quiso distinguirse, más que con la historia, con el sentido visual de la película.

El esplendor visual

Aquí llegamos, pues, a otro punto central en la comprensión de este remake. La verdadera diferencia entre esta versión y la película de Roger Allers y Rob Minkoff es una revolución en la forma de animar.

Esta película se grabó con una idea como guía: lograr el mayor naturalismo posible. No se trata aquí de hacer, con computadora, las formas caprichosas de un relato alegórico (como hace, por ejemplo, Pixar en Inside/Out), sino de imitar, con computadora, una realidad minuciosamente observada. Para lograrlo, los artistas de animación que trabajaron con Favreau observaron la naturaleza.

En el proceso, los actores actuaban, físicamente, en un enorme hangar. Se movían, gesticulaban mientras un camarógrafo grababa sus expresiones faciales y corporales. Después, el departamento de animación que, minuciosamente, había catalogado grados de emociones en animales salvajes, tradujo sus movimientos y expresiones en movimientos y expresiones animales. Así, Favreau quería alejarse del antropomorfismo: no quería retratar a animales haciendo gestos humanos, sino expresar las emociones humanas con gestos propiamente animales. El estudio animal fue, entonces, meticuloso. Y, a la par, el equipo de diseño de producción logró una recreación absolutamente minuciosa del entorno de la savana africana.

Una vez que se animó todo, Favreau puso a todo el equipo de fotografía principal en cascos VR para que filmaran este mundo como si estuvieran filmado un mundo físico. Con esto, los movimientos de cámara son movimientos de live action y la sensación de estar viendo algo real se amplifica por un engaño interesante: si algo se filma como realidad, siquiera inconscientemente, el público acostumbrado a cierto lenguaje fílmico, lo ve como realidad.

El resultado es impresionante desde el punto de vista del naturalismo: la luz, el movimiento de los elementos mínimos de pelo y de pasto, la recreación de cada músculo de cada animal, el fuego y el agua, todo es apabullantemente real, cercano a una fotografía en live action, impresionante. A pesar de no cambiar mucho el orden de las secuencias, el seteo fotográfico es sumamente interesante y todo lo visual en esta cinta es de un caridad vanguardista. El problema con esto es, justamente, la elección inicial de buscar un naturalismo.

¿Por qué quieres que una alegoría, una cinta sobre un mito tan viejo como la humanidad, se vea tan real? ¿Por qué, para hablar de un mito lleno de símbolos, buscar la estética de un reportaje de Discovery Channel?

Un planteamiento errado

Cuando le pregunté a Jon Favreau por las razones de buscar el naturalismo para hacer una película sobre animales que hablan, me dijo que quería lograr un truco elaborado. Quería, como los magos, distraer con una hermosa historia para esconder cómo se hizo el esplendor visual. Entiendo la idea, pero creo que fue aquí donde se arruinó esta película.

El punto de los viejos relatos míticos de Senegal que recopilaba Birago Diop, en donde hienas se enfrentaban a lobos y leones; el punto de los viejos relatos medievales de zorros astutos, liebres veloces y tortugas lentas; el punto de las fábulas de alacranes en los lomos de sapos no era hablar del comportamiento animal ni de hacer un ensayo de zoología. El punto de estas narraciones era encontrar figuras arquetípicas que representaran, simbólicamente, a personajes eternos: el avaro, el violento, el astuto, el goloso, el justo, el valiente, etc. La acumulación de símbolos en estos animales varía según la cultura que los adopta, pero importa, justamente, por su enorme carga significante.

Al quitarle el peso simbólico a estos animales, al convertirlos en seres realistas, en encarnaciones que no señalan su valor simbólico, sino que quieren mostrar su existencia tangible, hay algo que se pierde. El musical del Rey León funcionaba muy bien mostrando a humanos con máscaras, porque los leones de la película del 1994 no son más que máscaras. Máscaras que cuentan el viejo mito de Osiris asesinado por su hermano y vengado por su hijo, o el viejo mito de Hamlet y su malvado tío luchando por el trono de Dinamarca. No importa cómo representes estos viejos mitos, con qué máscaras se monten, mientras mantengan su riqueza simbólica.

Eso fue lo que no entendió Favreau. El naturalismo de los personajes no juega, aquí, a favor de la trama, sino que la contradice. Porque, en vez de ver símbolos, de ver máscaras, vemos una realidad calcada, una realidad que no corresponde a la riqueza de los colores de la primera animación, del diseño, de la magia evocativa de sus símbolos. Es una tristeza incómoda ver esta película porque los que la hicieron no entendieron que la magia de The Lion King no está en los leones, los animales, o los amaneceres en África, sino en cómo todo esto nos representa míticamente en historias que nos atraviesan desde hace más de cinco mil años.

Lo bueno
  • Las actuaciones cómicas de Rogen, Eichner y Oliver.
  • Que lo intentan Danny Glover y Beyoncé.
  • Que James Earl Jones es eterno.
  • Todas las viejas canciones de Rice y Elton John.
  • El esplendor visual, visto desde un punto de vista técnico.
  • Que Jon Favreau, en serio, intentó hacer algo original.
  • Que la historia es más duradera que cualquiera de estos intentos de lucrar con ella.
Lo malo
  • La incomprensión completa de la fuerza del mito.
  • La banalidad de una cinta tan aparatosa.
  • Que es francamente incómoda de ver.
  • Todo lo demás.
Veredicto

The Lion King puede tener absolutamente todo el derroche monetario del mundo; puede tener la más aparatosa tecnología; y puede tener al elenco más costoso de la historia. Aún así, es una película incómoda y desalmada. A pesar de las maravillosas canciones que hicieron un clásico de la primera, esta cinta se siente como algo plástico, prostético y triste. Los creadores de esta película trataron de renovar un mito y, en el camino, no entendieron que estos mitos perviven sin necesitar de sus producciones millonarias. Ésta es la muestra de una completa incomprensión de la fuerza simbólica de los mitos, una interpretación absolutamente errada de un mito como realidad neurótica, un enorme desperdicio de recursos.

Título: The Lion King.

Duración: 118 min.

Director: Jon Favreau.

Elenco: Donald Glover, Chiwetel Ejiofor, Seth Rogen, Billy Eichner, Alfre Woodard, John Kani, John Oliver, Beyoncé Knowles-Carter, James Earl Jones.

País: Estados Unidos.

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