The Disaster Artist es la mejor película que ha dirigido James Franco, la más divertida y también la más honesta.

Cuando corren los créditos de The Disaster Artist, James Franco decidió poner, lado al lado, las escenas originales de The Room junto a las que realizó con su equipo de famosos actores. El resultado es un extraño acto borgiano, como si el director quisiera reescribir, letra por letra y quince años después, la exacta creación de The Room. Dicen, incluso, que Franco dirigió toda la película sin dejar de actuar como Tommy Wiseau.

El resultado es una extraña simbiosis entre los dos artistas: los actos absurdos de Wiseau acaban sacando a la luz las obsesiones de Franco, y el retrato de Wiseau es un retrato honesto de James Franco en toda su admiración por Hollywood, su paternalismo intelectual y sus pretensiones de grandeza. Todo esto funciona poderosamente porque en este retrato a dos espejos, Franco y Wiseau se complementan y se exploran mutuamente. Así, en The Disaster Artist presenciamos un ejercicio absurdo, divertido, pedante e inevitablemente honesto.

El migrante que soñó con pertenecer

Se llega a ver The Room por diferentes caminos. Algunos oyeron hablar, vagamente, de la película que había destronado a Plan 9 from Outer Space de Ed Wood como la peor película de la historia. Algunos otros simplemente se la toparon recorriendo rincones oscuros de internet o vieron el genial episodio de The Nostalgia Critic. Supongo que algunos habitantes de Los Ángeles se seguían enterando de la existencia de esta cinta por el enorme anuncio espectacular que Tommy Wiseau pagó par mantener entre el 2003 y el 2008.

Como sea que hayas llegado a ver The Room, tu experiencia debió ser como la de todos los que ven una de las joyas más extrañas de la cultura americana. La cinta dirigida, producida, protagonizada, escrita, actuada y editada por Tommy Wiseau, te deja absolutamente perplejo. Ríes, te apenas, tratas de huir, regresas, adelantas un par de escenas sexuales rarísimas, vuelves a huir y acabas maravillado de la absoluta seriedad de todo este bodrio improbable.

The Room ha sido considerada por muchos como una diversión para ver en proyecciones de medianoche. Siguiendo los esquemas de proyección emotiva que generó The Rocky Horror Picture Show (con gente disfrazada, cantos y locura en cines oscuros de Nueva York), la cinta de Wiseau se ha convertido en un fenómeno. Pero las razones son muy distintas: mientras que The Rocky Horror Picture Show es una genialidad liberadora, The Room es una experiencia al límite de la resistencia cinéfila que produce una catarsis inesperada.

Es por eso que, además del estatuto de culto, también ha sido considerada como una obra contemporánea de art brut o outsider art. Es decir, una obra de arte hecha por alguien que no tiene ningún tipo de entrenamiento artístico, ningún conocimiento formal y ninguna relación con el contexto creativo en el que intenta ingresar. Y, en efecto, Tommy Wiseau rompió todas las reglas del cine, cometió todos los errores posibles, hizo una cinta ridícula que, sin embargo, está profundamente convencida de sí misma y de su grandeza.

Tommy Wiseau rompió todas las reglas del cine, cometió todos los errores posibles, hizo una cinta ridícula que, sin embargo, está profundamente convencida de sí misma y de su grandeza.

Nadie sabe bien de dónde vino Wiseau ni por qué acabó obsesionado con la fama de Hollywood. Nadie sabe, tampoco, cómo consiguió el dinero para hacer una película que le costó alrededor de seis millones de dólares. Greg Sestero, su mejor amigo (y el actor que representa a Mark en The Room), escribió un libro sobre la filmación de la infame cinta… y lo llamó The Disaster Artist. En él especula sobre los orígenes de su excéntrico amigo como un migrante que llegó de Estrasburgo para encontrar una familia disfuncional en los alrededores de Nueva Orleans y amigos bohemios que le recomendaron vivir en San Francisco. Cuenta el rumor que vendía juguetes en forma de pájaro y que, de ahí, tomó el nombre “oiseau” (pájaro en francés) para escribirlo con W.

Pero nadie sabe a ciencia cierta quién es este misterioso entusiasta que gastó millones para hacer una película que nadie entiende. Nadie sabe su edad, nadie sabe en dónde nació, nadie sabe de los horrores que pudo ver en su niñez. Lo apasionante, pues, de los relatos de Sestero no es tanto el origen de su amigo sino la extraña relación que mantienen y la pura tensión ridícula, cómica, absurda de su presencia inusual.

El resultado es una cinta sobre las fantasías de un hombre que ve desde adentro, pero siempre al margen, la cultura extraña en la se que quiso perder. Wiseau ve a Estados Unidos como un objeto de deseo, siempre inalcanzable, que le responde con risas, cariño, desprecio y deferencia. Este hombre sin edad creó una cinta sin edad en la que se ven, abiertas en canal, las venas de un viejo dolor y una renovada obsesión por pertenecer, de nuevo, a lo que tanto admira.

El director que se amó demasiado

The Disaster Artist es la adaptación de la novela de Greg Sestero según la visión de James Franco. El actor de 39 años es también un prolífico director que ha hecho 13 películas en los últimos doce años. Pero nunca ha logrado consolidarse con la crítica. Las cintas de Franco pasan de la comedia (The Ape) hasta adaptaciones de profundos dramas sureños (As I lay Dying), pero siempre regresan a un mismo punto: las pretensiones intelectuales de su creador.

Franco tiene una idea de sí mismo que parece mantener a rajatabla en sus cintas. Sus múltiples estudios en literatura y su constante regreso a la universidad lo han forjado como un hombre culto, un escritor y un director de insaciable energía. Pero también han causado que se represente como un estandarte cultural bastante pagado de sí mismo y dividido hasta la esquizofrenia.

Está el Franco de las comedias con Seth Rogen y Evan Goldberg (que es, en mi opinión su mejor versión), y está el Franco intelectual que escribió Palo Alto, que adapta la prosa imposible de Faulkner y McCarthy, que busca restituir su lugar al actor Sal Mineo y rescatar viejas escenas de sexo gay ochentero perdidas en las salas de edición…

The Disaster Artist parece ser la reconciliación perfecta de las dos caras de James Franco.

Lo que es tan interesante, en este contexto, es que The Disaster Artist parece ser la reconciliación perfecta de las dos caras de James Franco: el actor de comedias ligeras pero punzantes y el director pretencioso que parece siempre querer demostrarse como alumno de cuarto semestre que acaba de leer a Bolaño. Aquí las dos facetas se encuentran, finalmente, sin disputarse.

El resultado es la expresión perfecta de ese encuentro: una comedia punzante con dejos paternalistas, egocéntricos y guiños intelectualoides. Y si esto suena como algo terrible, extrañamente, no lo es. Así, esta cinta es más sobre James Franco que sobre Tommy Wiseau, The Room o Greg Sestero… pero eso no es necesariamente malo.

Por fin, Franco entendió cómo burlarse de sí mismo. Y, de paso, le dio una lectura superficial pero certera a uno de los personajes más desconcertantes de la periferia hollywoodense. En este camino de descubrimientos, el director hace un despliegue de egoísmo paternalista frente a la locura creativa de Wiseau para encontrar, en el contraste, un relato de sí mismo.

Soñar con las estrellas

The Disaster Artist es una simplificación de la compleja relación de Sestero y Wiseau, y también de la locura ególatra y megalomaniaca del excéntrico director de The Room. Es una cinta que pasa por encima muchos horrores del rodaje de la mítica cinta, es una forma diluida de una invasiva personalidad que se topa con la realidad.

En ese sentido, como en el Ed Wood de Tim Burton, The Disaster Artist es una idealización que habla más sobre el realizador del homenaje que de su sujeto. Es por eso que estamos frente a una película que despliega la relación entre James Franco y su hermano Dave (que nunca había trabajado a su lado), que muestra a Franco con todo el poder reivindicador de un encumbrado y que, finalmente, demuestra todo el poder de los hermanos Franco en Hollywood (como en su época hizo Altman, también con interminables cameos, en The Player).

Franco oscila aquí entre pertenecer al mainstream de Hollywood y amar sus fronteras. Es un director indie que se puede financiar lo que sea con comedias que rompen taquillas. Como tal, Franco es el indicado para traer la locura marginal y de culto que es The Room al mainstream hollywoodense de las alfombras rojas y los cines comerciales. Con esto, Franco toma el papel de “canonizador”: a través de él la cultura marginal entra al mainstream sin perder sus colores.

Como pueden ver, este papel de hipster encumbrado es bastante pedante. Además de que Franco lo ejerce mostrando un infinito agradecimiento a la cultura hollywoodense del éxito. The Disaster Artist es, en este sentido, un canto de amor al sueño americano que explora el aspecto más idealista de la hazaña de Wiseau.

The Disaster Artist es, en este sentido, un canto de amor al sueño americano que explora el aspecto más idealista de la hazaña de Wiseau.

En The Disaster Artist no existe el lado más oscuro de la anécdota: los resabios de dolor, el poder monetario, las tensiones, los traumas sexuales y los viejos abusos. Es una película ajena a la derrota como lo fue también Ed Wood: ahí Burton no retrata la muerte de Wood en completa bancarrota, deprimido, golpeando a su mujer, ahogado en vodka y buscando un último aliento en el departamento que le presta un amigo. De la misma forma, Franco evitó retratar las partes más dolorosas de la extraña historia de Wiseau y Sestero.

Este tipo de acercamiento le quita la realidad mórbida a Hollywood y ayuda a crear un mito deseable de la meca del cine americano. En Hail, Caesar! los Cohen crearon un homenaje sentido a los viejos productores de amor al Technicolor en el que muestran, sin embargo, el aspecto más ridículo y oscuro de la fama en Los Ángeles. En Map to the Stars, Cronenberg pinta otro cuadro profundamente depresivo detrás de los grandes reflectores.

Pero The Disaster Artist tienen más en común con La La Land que con esas cintas: se trata de una concesión a Hollywood como un lugar en donde la magia, sea como sea, termina ocurriendo; un lugar en el que se cumplen sueños, por más torcidos que sean. Y ahí, encima de todo, está James Franco encumbrándose con amigos famosos, premios y una actuación que claramente lo divierte.

Sin embargo, el director muestra suficientes momentos de humillación para balancear su elogio al éxito. Logra transmitir con la comedia absurda, el dolor humillante de trabajar sin respeto, del cinismo que cosecha el dinero y del horror que es amar profundamente algo que nadie toma en serio. En esta dimensión incómoda entre el dinero y la verdadera amistad, entre el cuento de éxito y el cuento de fraternalismo, oscila el fondo cómico de la película y su profundo interés. Porque en esos márgenes es donde habita la figura siempre fugaz de Tommy Wiseau.

El desastre de un artista

Fuera del cinismo paternalista de Franco hay una dimensión absurda en esta cinta que es simplemente hermosa. No por nada se incluye, al principio, una representación completamente fallida de Esperando a Godot. Porque lo que alimenta toda esta locura es el absurdo: ésta es la historia de la película más improbable de la historia, una cinta que jamás hubiera existido de hacerse de otro modo, una película que para existir debía destruir todo un protocolo de producción y hacerse en el azar del momento, de las rencillas personales, del vacío de poder… o de la omnipresencia de un ente incomprensible.

Y también está el absurdo que crea películas de culto con el capricho insondable de los espectadores de cine. ¿Qué es lo que le da materia de culto a una cinta? ¿Qué es lo que encumbró en la cultura popular a The Room? La cinta de Tommy Wiseau no comete algunos pecados cinematográficos, como bien dijo Amanda Klein, sino que los comete todos. En ese sentido rompe un molde: al querer apropiarse de los roles de creador que sólo Wiseau se imagina, termina haciendo una cinta fuera de cualquier molde. Wiseau es un rebelde, como Godard, pero que se tropezó con la originalidad sin enterarse.

The Room aparece representada aquí como una fatalidad, una cinta que estaba condenada desde el inicio por todos los códigos de sentido común, de gusto y gasto responsable. El hecho de que exista es una celebración de los sinsentidos hollywoodenses y de las locuras que puede desatar el deseo de cosechar éxitos. Ser famoso y millonario pero sin tener talento ni disposición para aprender un oficio; ser inmediatamente encumbrado sin trabajar para ello. ¿No es ese el sueño? ¿Lo inmediato?

El máximo logro de la película de Franco es el de retratar a un camaleón que, al querer camuflarse, se visibiliza más que una reina de carnaval en un miércoles de ceniza.

En ese absurdo de existir, de producir The Room y del sueño vívido de Wiseau, The Disaster Artist muestra una lectura sensible de la cinta de culto como el sueño de un migrante, al margen, que quiere perderse en la cultura americana. El máximo logro de la película de Franco es el de retratar a un camaleón que, al querer camuflarse, se visibiliza más que una reina de carnaval en un miércoles de ceniza.

El momento central de la película de Franco se encuentra en la escena iniciática en la que Sestero y Wiseau van a rendir homenaje a James Dean en el lugar de su muerte. Ahí, Wiseau dice, en una de sus típicas formulaciones torpes, que le gustaría acabar como Dean. El personaje de Sestero (Dave Franco) le responde, sorprendido, que no debería desear morir joven por una estupidez.

Lo que Sestero, con una inocencia peculiar, no entiende todavía es que a Wiseau no le hubiera importado morir joven para inmortalizarse como el héroe americano por excelencia. Soñándose sensual, juvenil, deseado, admirado, Wiseau piensa en Dean y Brando como los ídolos que despiertan en él un profundo deseo de mimetismo. Wiseau no estaba siendo metafórico: está dispuesto a sacrificar todo para convertirse en la encarnación misma del sueño americano.

Y esta búsqueda insaciable por ser admirado en la cultura americana tal y como Wiseau la observa es el centro efectivo de la cinta de Franco. Porque más allá de los paternalismos, el ego y el despliegue de amor a Hollywood, encontramos lo más apasionante de The Room en The Disaster Artist: la ingenuidad de un director que quiere recrear la vida misma y termina mostrando, solamente, la vida de sus propias obsesiones.

Lo bueno
  • La excelente actuación de James Franco y la química con su hermano.
  • Los grandes cameos y papeles de reparto (con Sharon Stone, Judd Apatow, Bryan Cranston, Seth Rogen y muchos otros).
  • La interpretación de Wiseau como un misterio que desea encarnar la cultura americana.
  • El balance entre comedia y paternalismo que, por fin, logra Franco.
  • La inesperada compasión en una cinta fundamentalmente egocéntrica.
  • La gran escena postcréditos y su bella revelación.
  • El dolor patético y absurdo de ciertas secuencias.
Lo malo
  • Que Franco puede ser dolorosamente condescendiente.
  • La representación de un Hollywood mágico que no existe.
  • Que se puede perder la interpretación cultural en la ligereza del tono.
  • Que da la impresión que la historia de Wiseau es una historia feliz.
  • No se exploran todos los problemas intrigantes del libro de Sestero.
  • Que Hollywood está tomando esta cinta como un cumplido y no como una advertencia.
Veredicto

La escena postcréditos de The Disaster Artist resume muy bien lo que es esta cinta: James Franco, personificando a Wiseau, se encuentra con Wiseau en una fiesta. En este extraño espejo, los dos hablan con acento espeso, se atraen y se repugnan. Wiseau actúa como Wiseau, Franco actúa como Wiseau y ambos se están representando en espejo. En esta cinta, Franco es ingenuo, paternalista, egocéntrico y se muestra absolutamente enamorado de Hollywood. Y es por eso que representa el perfecto inverso de un Wiseau exitoso.

Esta cinta es lo mejor que ha dirigido Franco porque es, también, lo más honesto que ha hecho. Aquí el director se desnuda, a través de Wiseau, en sus pretensiones, necesidad de admiración y amor a la comedia más absurda. Y Wiseau, a través de Franco, cumple su sueño y se convierte en el perfecto ídolo bufonesco que encarna el lado más absurdo del sueño americano. El homenaje queda completo y los dos artistas se unen, en esta cinta, para representar el desastre de sus vanidades.

Título: The Disaster Artist.

Duración: 104 min.

Director: James Franco.

Guión: Scott Neustadter, Michael H. Weber.

Elenco: James Franco, Dave Franco, Seth Rogen, Alison Brie, Ari Graynor, Josh Hutcherson, Jacki Weaver.

País: Estados Unidos.

Ver más
Otras reseñas