Por fin llegó el gran día del estreno de Episode VII: The Force Awakens. Como nos queríamos apresurar por darles nuestras primeras opiniones, les compartimos aquí una reseña general SIN NINGÚN SPOILER.

Para este blog en el que escribo con singular cariño me ha tocado reseñar cosas completamente variadas, en distintos medios, según distintas perspectivas geekeras. Sin embargo, ni las locuras de Marvel o las renovaciones de DC, ni las fantasías distópicas adolescentes o las joyas pretenciosas de la ciencia ficción reciente, me han presentado un desafío tan grande como el que tengo hoy, frente a esta página en blanco, que se ve singularmente amenazante. ¿Cómo hablar de una película que tantos consideran “a prueba de críticos? ¿Cómo separar mi cariño y mi nostalgia de una apreciación que se quiere más desapegada y más seria? ¿Cómo adentrarme a comentar algo que he esperado tanto tiempo y que ahora me impacta pensar que ya viví? ¿Cómo puedo, finalmente, explayarme a fondo sin arruinarle la sorpresa al desprevenido fanático que busca, en estas páginas, informaciones certeras sin detalles quemados?

Todo esto se suma a mi cariño para plantearme un reto particularmente complejo. Crecí viendo Star Wars: año con año regreso a maratones necesarios, me sé líneas de memoria, he considerado, como todos ustedes, aspectos paradójicos, rellenado espacios narrativos con especulaciones; he tenido, como cualquier fanático, pláticas apasionadas sobre los errores y las virtudes de la saga, sobre el amor-odio a Lucas, sobre las definiciones de ciencia ficción y fantasía, sobre lo que la Fuerza es en límites y trascendencia… Ésta es una saga por la que siento un profundo cariño que no es fácil olvidar a la hora de criticarla; ésta es una saga que, como a todos ustedes fanáticos, no puede dejar de emocionarme recordándome otros pasados felices. Así que, en efecto, se me plantea un singular problema al querer pronunciarme y fijar mi voz en una opinión sobre esta esperadísima cinta. Como no tengo de otra, lo voy a hacer siguiendo la única forma legítima que encuentro para hablar de este singular evento cinematográfico: desde mi muy humilde y personal opinión de fanático, con todo cariño y con toda honestidad. Espero que sea suficiente para iniciar la discusión: finalmente, sólo un Sith piensa en absolutos.

Pecados y aciertos de la nostalgia

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Después de tanta espera, después de tanta especulación, tantos tráilers y teasers, tanta mercadotecnia y discusiones, lo que todo fanático esperaba ver eran esas letras azules en la pantalla seguidas, un segundo después, del tema principal de John Williams retumbando en el pecho de todos, como emoción largamente contenida, en una enorme sala de cine. No hay más y todos los que hicieron esta película lo sabían: los fanáticos van a correr a verla y van a sentir, hasta la más profunda fibra, una emoción poco comparable en los primeros segundos de la cinta. En eso está la ventaja y la desventaja que tenía Disney emprendiendo esta aventura: la nostalgia asegura una enorme recepción, pase lo que pase, y un éxito masivo en taquilla. Pero la nostalgia también pone la vara muy alto en cuanto a las expectativas: los viejos fanáticos no se mezclan bien con las desprevenidas nuevas generaciones y todo podía acabar en una catástrofe. Es por eso que, fuera de sus increíbles dotes como mercadólogo, se eligió a J. J. Abrams para dirigir este ambicioso proyecto: se necesitaba un fanático que conociera a fondo el universo para lograr complacer a nuevos espectadores sin decepcionar a todos los que han crecido viendo y viviendo esta saga.

Así, en un principio, todo el reto del Episodio VII era el de volver a establecer el universo de Star Wars en nuestra época y con toda la historia que carga; volver a sacar estos mundos a la luz del proyector considerando las pifias anteriores de Lucas y la manera particularmente bella en que han envejecido las primeras tres películas (a pesar de los horribles añadidos). Es por eso que fue importante la elección del reparto: era tan fundamental elegir a nuevos personajes como mantener en pantalla a aquellos que pasan la antorcha. Cuando, en el segundo teaser aparecieron Han Solo y Chewbacca a más de uno se nos detuvo, entre dos latidos, nuestro ñoño corazón. El punto de tener a una buena parte de los actores de la saga original situando esta cinta treinta años después de Return of the Jedi, es el de mantener un cierto apego realista en el relevo: los personajes envejecieron con todos sus fanáticos y tenemos la sensación de un reencuentro pleno, de un tiempo que transcurrió para que se volvieran a juntar, en la pantalla de cine, nuestros dos lejanos parajes del universo.

En eso, déjenme decirlo sin empacho, esta película logró, con creces, su cometido. Hay una particular sensación en el tono de la cinta: estamos viendo lo mismo pero ya nada es igual. Esto es como regresar a casa después de unas largas vacaciones, lo familiar se mezcla con la extrañeza, lo conocido con lo nuevo. En todas partes, esta cinta está plagada de pequeños guiños históricos en forma de ruinas de Destructores Estelares, máscaras achicharradas de villanos y reliquias de viejos mitos sobre un caballero Jedi que alguna vez trotó por los cielos. Junto con los nuevos personajes de Rey y Finn sentimos que estamos descubriendo los viejos remanentes de un universo que no tiene la misma memoria que nosotros. De pronto, todos los conflictos políticos que conocíamos tan bien han cambiado radicalmente, ya no hay Imperio Galáctico y Alianza Rebelde sino una Primera Orden y una Resistencia; la República nunca llega a ser lo que fue en los míticos tiempos en que los Jedi resguardaban la paz y la democracia; todo aparenta más una guerra civil que la concordia con la que alguna vez se soñó, alrededor de una fogata, en la luna boscosa de Endor. Al mismo tiempo, reconocemos en las insignias de la nueva amenaza los viejos blasones de la dictadura de Palpatine, encontramos los mismos X-Wing en manos de una nueva resistencia, los sistemas planetarios que observamos son otros pero recuerdan viejos parajes y Jakku se desdobla coquetamente en Tatooine con sus desiertos y sus mercados esclavistas.

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Hay una particular sensación en el tono de la cinta: estamos viendo lo mismo pero ya nada es igual.

Al mismo tiempo, mientras que los cortes de edición, los personajes que habitan este universo y los ruidos que lo animan siguen siendo los mismos, algo cambia en la manera en que esta película está filmada. Encontramos un goce particular por las tomas largas y continuas (mención honorífica a la maravillosa secuencia en que Poe destruye naves por los aires mientras Finn lo observa desde el campo de batalla), y una paciencia inesperada por largas escenas pausadas de gran belleza fotográfica (como las secuencias que siguen al disparo del arma masiva del Nuevo Orden o esa hermosa toma de tres TIE Fighters frente al sol naciente). La música de Williams tiene ligeras variaciones y, sobre todo, el balance entre el CGI y los efectos especiales tradicionales por fin se establece. Porque, claro, hay CGI en la creación de nuevos personajes (no por nada anda por ahí Andy Serkis), pero también tenemos maquetas y trajes, maquillajes y props, que recuerdan los viejos métodos ingeniosos que se utilizaron en los años setenta y ochenta. Finalmente, toda esta novedad en la aproximación fílmica se entrelaza a la perfección con las viejas exigencias de la saga encontrando el justo medio entre las locuras de Lucas para las precuelas y la sobriedad de los directores que tomaron la estafeta en los episodios V y VI.

Además, todo esto se redondea por el enorme respeto que tuvo Abrams por la tecnología que se mostró en las primeras tres películas: han pasado sólo treinta años y las pantallas, los monitores, las armas y los vehículos siguen siendo básicamente los mismos. En particular, el reencuentro con el Halcón Milenario nos hace sentir el paso del tiempo en una nave tan familiar: ahí está el ajedrez tridimensional con el que jugaron alguna vez Chewbacca y R2-D2 (con todo el riesgo de amputaciones fortuitas), ahí está la misma cabina y los mismos problemas para entrar al hiperespacio, ahí están, finalmente, las mismas estaciones de armas con las mismas pantallas que Luke y Han utilizaron, alguna vez, para escapar de la primera Estrella de la Muerte.

Así, la transición entre lo nuevo y lo viejo es, tal vez, el máximo logro de esta película. En cada rincón de la cinta nos sentimos como arqueólogos de un futuro, tratando de interpretar las ruinas que quedan para comprender la continuidad de un universo que nos dejó apartados durante tanto tiempo. Esta cinta logró que, como espectador, me sintiera inquieto en casa, como quién regresa de un largo viaje para ver sus muebles reordenados en un nuevo caos. Y el logro está en mostrar toda esta atmósfera de tiempo transcurrido con sutileza y paciencia, sin revelarnos todos los detalles de esta nueva organización de las cosas, sin llevarnos fácilmente de la mano con una voz en off introductoria o alguna línea de guión demasiado explicativa. Todo aquí se siente como el inicio de algo nuevo porque, en la relación con lo viejo, sólo podemos especular sobre lo que vemos, es decir, sobre todos esos pequeños detalles que reconocemos y que aparecen ligeramente desplazados.

El despertar de lo nuevo

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Entre toda esta familiaridad extraña, en la renovación de lo viejo vemos un detalle en la trama que se relaciona particularmente bien con el universo previo de la saga: la importancia de R2-D2. A pesar de su poco tiempo en pantalla, el insigne robot que rebautizamos los mexicanos como Arturito, toma su relevo en la ternura espontánea de un BB-8 totalmente entrañable. Pero no por eso cede su lugar fundamental en la saga. En realidad, todo fanático lo sabe, no son las grandes hazañas de la Fuerza, ni la valentía de los diversos personajes en diversas situaciones las que dan un todo de coherencia a esta larga trama: R2-D2 es el responsable de salvarle el pellejo a todos en algún momento y su importancia no puede ser despreciada. Portador del mensaje de Obi-Wan que inicia la aventura de Luke para salvar a la princesa y destruir a los Sith, compañero de Anakin en las buenas y en las malas, abridor constante de puertas y trabas, portador de sables láser escondidos, de mensajes retadores a grandes mafiosos y bizarro héroe de acción en las más recientes creaciones de Lucas, R2-D2 es el eterno cambiador del juego, el portador constante de la flama, la pieza discreta e imprescindible de la trama.

Y aquí Abrams entendió muy bien eso dándole al carismático robot un papel fundamental y sutil en la historia. R2-D2 aparece aquí también como el portador de un mensaje final y fundamental para volver a lanzar la franquicia, es el compañero silencioso de Luke, el último cómplice y, finalmente, uno de los personajes más importantes en la coherencia de todo el universo. Pero, la presencia de R2 y su importancia al final de la cinta sólo pueden equipararse, en la atención profunda que puso Abrams a la trama general de la saga, con la importancia que tienen, en The Force Awakens, las coincidencias inesperadas. En efecto, el universo de Star Wars está construido con base en extrañas casualidades: R2 llega a manos de Luke porque el androide rojo que había seleccionado el tío Owen explota repentinamente; un monstruo inesperado crea las condiciones para que Ben se le aparezca a Luke y le señale el camino a Dagoba en Hoth; por alguna extraña razón Han y Leia se encuentran cerca de la mina de Lando Calrisian al quedarse sin hiperespacio y perseguidos por todo el Imperio, al igual que Qui-Gon y Kenobi buscan partes para una nave nubiana en un remoto planeta que albergaba, sin sospecharlo, a aquél que podría traer balance a la Fuerza. Lo interesante de toda esta construcción en casualidades es que, en cada una de ellas, se juega el elemento épico del destino: las cosas ocurren así por una necesidad que supera las acciones individuales de los personajes, porque hay fuerzas que los mueven más allá de su voluntad, porque, digámoslo así, la Fuerza trabaja por caminos insospechados.

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R2-D2 es el eterno cambiador del juego, el portador constante de la flama, la pieza discreta e imprescindible de la trama.

Este aspecto épico de la saga se retoma aquí como calca renovada del Episodio IV. Como sucedió con Anakin y con Luke, el nuevo despertar en la Fuerza se encuentra en un planeta remoto y desértico al que las grandes hazañas políticas de la Resistencia y el Nuevo Orden llegan inesperadamente. Por extrañas casualidades los nuevos personajes se juntan con viejos conocidos en situaciones insospechadas que volverán a integrarlos en la trama general de un destino que sigue cumpliéndose. Y sí, en ese sentido, esta última entrega de la gloriosa saga galáctica respeta perfectamente los patrones que le dieron vida en un principio.

Así, es interesante ver cómo regresan los mismos esquemas narrativos en una lucha que ya se admite eterna entre el bien y el mal. Porque los dos lados de la Fuerza siguen luchando, a través de la descendencia de Anakin, por establecer el mítico balance que alguna vez se anunció pero que todavía se observa como un horizonte inalcanzable. Es por eso que esta saga puede renovarse eternamente sin fatigar, siempre y cuando se haga con la misma pasión con la que se hizo este séptimo episodio: la trama épica de la lucha del bien contra el mal reaparece con otros giros y otros matices. Y aquí los matices nuevos que percibimos y que llegan a fascinarnos son los de un nuevo aprendizaje y un renovado interés por una historia milenaria. Porque en esta cinta no sabemos de dónde proceden los nuevos Sith, queda el misterio del líder supremo que sirve de maestro a Kylo Ren y, paralelamente, se vive el misterio de otra tradición ancestral en la búsqueda de Luke por encontrar el primer templo Jedi. Así, Luke pasará sus enseñanzas a otro personaje y los Sith renacerán con otro villano y todo se cocinará entre nuevos discípulos del lado oscuro y del lado luminoso de la Fuerza frente a la vieja historia milenaria de las leyendas Sith y de los antiguos templos Jedi. El interés por ver las siguientes entradas de esta nueva trilogía oscilan, de esta forma, entre el conocimiento nuevo de los más jóvenes discípulos, y el conocimiento ancestral que buscan sus maestros. Con esto, nadie me puede decir que no se le hace agua la boca.

El renacer de lo viejo

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Así, a pesar de que, en un principio, es bastante decepcionante ver cómo la historia de esta entrega repite casi paso por paso eventos que ya ocurrieron demasiadas veces en las entregas anteriores (en particular el asunto de la Estrella de la Muerte 3.0), podemos justificar este proceder de distintas maneras. Primero, podemos decir que este nuevo comienzo quiere calcar el inicio de la saga no desde las locuras de Lucas con la espantosa The Phantom Menace, sino utilizando como modelo la trama del Episodio IV. La idea entonces es mostrar un renacer de lo viejo, una trama calcada y los mismos personajes en acción para despertar exactamente la misma perplejidad curiosa que le dio tanto seguimiento y vida a A New Hope. Porque claro, al igual que ese maravilloso estreno del 77, nos encontramos aquí en medio de un universo que no reconocemos del todo y que nos deja muchísimas dudas sin explicar.

Y esa es exactamente la manera en que se crean las bases sólidas para continuar un universo tan complejo: al no explicar todo (como lo quisieron hacer las precuelas) esta saga propone una nueva trilogía que tendrá que juzgarse más en comparación con las primeras cintas que con las pifias dosmileras. Es en ese sentido que la calca de la trama y la repetición de patrones se perdonan y se justifican según los preceptos de destino y de necesidad: la lucha continuará en la misma balanza del bien y del mal hasta encontrar el equilibrio mítico, las mismas casualidades seguirán produciendo acontecimientos similares mientras se tejen los destinos dispares de los personajes entramados en los misteriosos caminos de la fuerza. A diferencia de los episodios I, II y III, aquí queda la duda constante sobre el futuro y la expectativa no se basa en satisfacer una conclusión que ya todos conocen sino en observar cómo se siguió desarrollando este enorme universo en los treinta años en que le perdimos la pista.

Con la excelente química que muestran en pantalla los nuevos actores, con las sólidas –aunque un tanto desperdiciadas– actuaciones de Isaac, Max von Sidow y Lupita Nyong’o, con la apasionada dirección de Abrams y la renovada curiosidad que propone, el Episodio VII cumple, con creces, su cometido de volver a poner en un primer plano ese tan querido universo galáctico de un pasado lejano. Si bien, no puedo decir mucho más sobre esta saga sin incurrir en terribles spoilers, les puedo asegurar que, a pesar de sus pecaminosas repeticiones, esta es una digna continuación de la saga. El año cierra como empezó, con un último gran logro de la nostalgia. Para los detractores de esta cinta –que seguro los habrá– sólo les pregunto: ¿recuerdan la primera emoción que sintieron al conocer este maravilloso universo? Pues bueno, Abrams logró trasladarla para una nueva generación que puede ir de la mano con los viejos fanáticos al cine y volver a sentir, como lo sentimos antaño, que somos parte íntima de algo mucho más grande que todos nosotros.

Lo bueno
  • La forma de hacer renacer, con toda su historia, el viejo universo de la saga.
  • Los detalles para los fanáticos que se sentirán vivos de plena curiosidad arqueológica.
  • La dirección apasionada de un verdadero fanático.
  • El goce visual que es avasallador.
  • Las buenas actuaciones del nuevo reparto y el recuerdo intacto de los viejos conocidos.
  • La escena final que, francamente, da escalofríos.
  • Que volvimos a ver una cinta original de Star Wars en pantalla grande. Y eso nadie nos lo quita.
  • Que la nueva trilogía se anuncia con fuerza espectacular.
Lo malo
  • El uso gastado de ciertas tramas viejas que vuelven la anécdota previsible.
  • Que se desperdicia la presencia de grandes actores en roles menores.
  • Que la mercadotecnia puede llegar a marearnos y distraernos de lo verdaderamente importante: la cinta en sí.
  • Que no puedo decir mucho más en esta reseña porque los spoilers están a la orden del día.
  • Que ahora falta demasiado para la siguiente película. Y la espera paciente, por los logros de esta entrega, es francamente insoportable.
Veredicto

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Esta cinta es un producto bien pensado que balancea la nostalgia con la capacidad de atraer nuevas generaciones al universo warsie. Con una trama que roba muchos elementos de la primera trilogía, Abrams plantea un renacer de viejos problemas al mismo tiempo que logra interesarnos por una nueva situación política del universo y las pistas de futuros descubrimientos ancestrales. Al reducirse el canon no perdemos nada de la ficción que se hizo y que ahora queda relegada sin perderse. En cambio, ganamos muchísimo con una nueva capacidad para volver a sorprendernos: después de esta cinta sólo nos queda especular sobre un futuro completamente libre y abierto para grandes aventuras renovadas en un universo que conocemos íntimamente y que no deja de sorprendernos.

Cuando era chico pintaba palos de escoba de azul y de rojo y jugaba a peleas de espadas láser con mi hermano, causando gran alboroto, sintiéndonos grandes conocedores de la Fuerza. Al ir al cine hoy, sentí el regreso de esa misma ilusión, sentí que algo me llamaba íntimamente a adentrarme a la fantasía, sentí que regresaban los juegos de niño y que esos recuerdos tan personales tocaban, por igual, a millones de personas. Independientemente de los logros y deficiencias de esta cinta, esa sensación es algo único e irrepetible; es algo que vale la pena degustar con cariño, dejándose llevar por las posibilidades infinitas de otros reinos de la imaginación. Como parte íntima de todos y de un todo, creo que no puedo decir más: si la Fuerza no existe en nuestra galaxia, al menos tenemos una nueva cinta para sentirnos íntimamente conectados, los unos a los otros, por los intrigantes lazos de la ficción.

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Título: Star Wars: The Force Awakens.

Duración: 136 min.

Fecha de estreno: 17 de diciembre de 2015.

Director: J. J. Abrams.

Elenco: John Boyega, Daisy Ridley, Oscar Isaac, Adam Driver, Harrison Ford, Mark Hamill, Carrie Fisher, Lupita Nyong’o, Andy Serkis, Domhnall Gleeson, Anthony Daniels, Peter Mayhew, Max von Sydow.

País: Estados Unidos.

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