La multinominada, multipremiada y polémica nueva cinta de Iñárritu es una historia sobre venganza y animalidad humana.

Con Alejandro González Iñárritu uno nunca sabe. Es un cineasta que ha dado muestras de espectacular talento desde su primera cinta, un hombre polémico que pasa de los comentarios prepotentes y paternalistas sobre el estado del arte a películas de autocrítica visceral (Birdman); es un creador de confianza desmedida y un humilde espectador, es un director de pensamiento retorcido y oscuro que persigue la derrota constante en la trama de sus triunfos. Es por eso, también, que sus películas levantan tanta polémica. Como bien nos mostró James Randi en A Honest Liar (2014), hay dos caras en un truco de magia: puede ser utilizado para fines de entretenimiento, admitiendo su falsedad y, en ella, encontrando lo sublime; o puede ser usado para engañar a un público inocente haciéndole creer en la realidad de los poderes sobrenaturales que le dieron vida. En un caso estamos frente a un virtuoso mentiroso honesto, en el otro frente a un embaucador que vende aire. Y bueno, con las cintas de Iñárritu siempre nos encontramos en ese extraño dilema: ¿son verdaderas genialidades virtuosas o son intentos retorcidos para engañar al público? ¿Son sus películas creaciones sublimes o cortinas de humo espectaculares que esconden la banalidad de un pensamiento que se esfuerza demasiado?

El hacernos estas preguntas es, tal vez, la única respuesta que tendremos. Nadie puede dar la última palabra sobre las creaciones de Iñárritu, aunque todos podemos opinar sobre ellas. Para mí, Birdman fue una genial oda a la ficción como engaño necesario. Para mí también, The Revenant es una película sublime que, entre su espectacularidad visual y su realismo visceral, esconde una reflexión íntima sobre la animalidad humana; sobre cómo nos desgarramos entre la necesidad de la manada y nuestro egoísmo más básico. Ésta es una historia de supervivencia que se desborda por todas partes, una obra enorme que apenas cabe en nuestros ojos apantallados por viejas regresiones míticas inconscientes. Ésta es una cinta que nos recuerda los momentos olvidados de magia, de comunión con la tierra, de luchas ancestrales entre el bien y el mal en las que los hombres batallaban con los dioses convirtiéndose, ellos también, en mito.

Fuentes míticas

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Los que consideran que ésta es una película más de un gastado género survival; quienes sienten, al verla, que están encontrando una historia mil veces contada; quienes pensaron, al final de sus espléndidos 156 minutos, que todo fue una excusa sin punto coherente, están en lo correcto por razones equivocadas. Esta cinta puede parecer familiar, innecesaria o genérica sólo porque, en su originalidad, se remonta a las más antiguas historias, a los mitos fundacionales del héroe con mil máscaras, a los cuentos del hombre que descendió a los infiernos y regresó cambiado, a Perceval vencido por ver sangre sobre la nieve, al Jonás de la ballena o al cristo del sepulcro, al Buda en su camino a la iluminación o a Luke Skywalker cayendo de la ciudad de las nubes para renacer como caballero. The Revenant despelleja y desempolva las raíces del mito más viejo, del mito que contó con tanta elocuencia Campbell, el del héroe que tiene que morir para nacer de nuevo, cambiado para cambiar al mundo.

The Revenant se basa laxamente en la criticada novela del político Michael Punke, que cuenta la vida mitificada del explorador y cazador de pieles Hugh Glass en las primeras décadas del siglo XIX. Glass fue, en realidad, un personaje histórico del que se sabe muy poco pero que, después de su encuentro con un oso, desarrolló una rápida celebridad en las historias locales. Nadie sabe a ciencia cierta qué fue lo que pasó durante la expedición en que Glass fue supuestamente abandonado por sus compañeros de la compañía de pieles de Rocky Mountain a cargo del capitán Andrew Henry. Pero las historias contaron muy pronto que sobrevivió al ataque letal de un oso y se arrastró doscientas millas hasta el campamento más cercano buscando venganza y luego perdonando a los hombres que lo abandonaron. La historia se cubrió entonces de detalles floridos: se habló de Glass utilizando gusanos de un leño podrido para curarse las heridas, o comiendo de un bisonte crudo arrebatado de las garras de lobos hambrientos, o como pirata, en su juventud, antes de vivir largos años con la tribu Pawnee… Al recuperar todos estos detalles, Punke quiso regresar a la fuente de la emoción primera por el descubrimiento de las tierras del norte de América; revivir el mito de los vendedores de pieles, de los primeros Mountain Men estadounidenses del folklore colonial.

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La película se basa en la novela del político Michael Punke, que cuenta la vida del explorador y cazador de pieles Hugh Glass en las primeras décadas del siglo XIX.

Y aquí Iñárritu tomó la historia a su manera, contando la aventura de venganza de Hugh Glass (Leonardo DiCaprio) persiguiendo al hombre (Tom Hardy) que lo dejó por muerto y que terminó la vida de su hijo (Forrest Goodluck). Los detalles de la historia de Glass se complican aquí con esta relación paternal que nace de su vida con los Pawnee: en esta cinta Glass se casó con una nativa de la tribu y tuvo a un hijo antes de perder brutalmente a su esposa en una redada militar. La trama de supervivencia se entrelaza entonces con el deseo básico de venganza que impulsa la fuerza de un hombre agotado y destrozado frente a los temibles elementos de una tierra despiadada.

Ésta es entonces una historia fundacional que entiende muy bien sus fuentes: aquí está toda la mitología del establecimiento colonial en Estados Unidos, aquí pasan los paisajes majestuosos de Fenimore Cooper, aquí están las viejas rencillas políticas trasladadas al nuevo continente, las guerras Ree con el Capitán Leavenworth, las masacres de nativos y la inmensidad de un territorio indomable. Pero, sobre todo, están las historias de hombres que quedaron transformados por el encuentro cercano con un animal majestuoso como el oso grizzly, un animal brutal y peligroso, un depredador que significa lo indomable del territorio, que rige sobre la inconmensurable tierra del norte de América. Es la historia de Glass pero también de Jebediah Smith (que da también vida a otro vencedor de osos de la ficción satírica, Jebediah Springfield) y de Grizzly Adams. Como bien mencionó el profesor Coleman para The Telegraph: “A través de este encuentro con la naturaleza salvaje, los cuerpos de los hombres cambiaban y se convertían en otra cosa. De pronto ya no eran europeos o británicos, sino americanos.”

Más allá del realismo

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La supervivencia de estos hombres significa mucho más que una simple historia del hombre venciendo a la naturaleza y rebasa, por mucho, las limitadas enseñanzas morales de otras tramas de supervivencia. Porque en la lucha contra los osos se creó el mito del renacido estadounidense, del hombre que se enfrentó al territorio y lo conquistó con su conocimiento de la tierra y una indomable voluntad de vivir. Y este mito es uno de los tantos pilares fundacionales del folklore de nuestros vecinos del norte. Pero Iñárritu no quiso hacer simplemente una oda a los personajes históricos ficcionalizados que dieron vida a los relatos fundadores americanos. Como sucede con todas sus películas, el director mexicano quiso llevar la historia más allá de su encausamiento histórico natural hacia ideas trascendentes sobre la vida y la muerte, la soledad humana frente a la necesidad de los otros, sobre la familia, la guerra y la incomunicación.

Eso es lo que demuestra, con genialidad poética, la conversación que tienen el joven Bridger y Fitzgerald en la hoguera, después de abandonar a Glass. El personaje de Hardy cuenta una historia de supervivencia, una de las tantas anécdotas que todos estos hombres deben conocer y encontrar cotidianamente. Y es la historia de cómo su padre, un eminente pragmático como él mismo, encontró la religión perdido de toda esperanza, hambriento y alucinando, en un matorral. Y no fue una zarza en llamas sino una ardilla gorda. “Resulta que Dios es una ardilla y él la mató y se la comió”. En este mundo despiadado el único Dios posible es el de las circunstancias: no hay providencia sino esa fina línea entre la vida y la muerte que es la mera suerte. Si el ser supremo aparece en forma de bolillo el hombre hambriento no dudaría en comérselo. Porque el instinto ciego de preservación, la fuerza que nos empuja a sobrevivir es más fuerte que cualquier trascendencia. Aquí no existe el martirio del hombre que se deja morir para alcanzar otra vida espiritual: en este mundo el hombre es pura materialidad, puro pragmatismo. Como dice el genial Fitz: “no tengo vida, solamente vivo”.

Así, frente a esta imagen pragmática del mundo, Iñárritu optó por el camino de un realismo apabullante para desbordar esta trama de su natural tendencia histórica y convertirla en una reflexión más amplia sobre el hombre. Porque la voluntad de capturar una realidad se convirtió aquí en el mayor reto que se dio el cineasta: si Birdman quiso mostrar los mecanismos ficticios de una trama con el uso de la toma única truqueada, The Revenant quiere señalarnos ideas trascendentes a través de la captura neurótica de un realismo reconstruido con minuciosidad obsesiva. El hecho de que Emmanuel “el Chivo” Lubezki filmara todo con luz natural (prodigio que sobrepasa incluso la fotografía única de Barry Lindon), que la cinta se filmara en orden cronológico, que los actores sufrieran todas las inclemencias del frío real del norte de Canadá y que DiCaprio tuviera que masticar, con todo su veganismo, un hígado real de bisonte, son muestras de que Iñárritu no quiso concederle nada al azar. Éste es un cambio de 180 grados frente a Birdman: aquí todo quiere mostrarse con realismo crudo, desde el oso actuado por un stunt entrenado en los movimientos reales de un ataque de grizzly hasta las larguísimas tomas de persecución que repiten el virtuosismo técnico que exploraba ya Lubezki en Children of Men. Y es por esta misma minuciosidad que la violencia alcanza niveles casi insoportables. La actuación de DiCaprio no es la más altisonante de su carrera, pero sí es la más sutil y contenida: en sus ojos vemos el dolor y la adrenalina, el tormento físico y moral, el trauma de lo visto y la esperanza de lo que ya no está a la vista.

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En los ojos de DiCaprio vemos el dolor y la adrenalina, el tormento físico y moral, el trauma de lo visto y la esperanza de lo que ya no está a la vista.

Tal vez, el rasgo más significativo de brutal confianza fotográfica que tiene Lubezki en la cinta es cuando deja que el lente de la cámara se empañe con el aliento de Glass mientras abraza a su hijo muerto. La respiración de Glass se sigue escuchando mientras la toma cambia a una perspectiva aérea de nubes, el vaho se convierte en lluvia y luego en el humo de la pipa de Fitzgerald. Se siente, con todos los empañes de lente, con todas las salpicaduras de sangre y lodo a la cámara, con el vaho convertido en otros humos, que estamos inmersos en este mundo. En vez de romperse la cuarta pared hay un vínculo estrecho que se crea con el espectador a través de un gesto técnico inesperado y virtuoso. Así se suma también a la experiencia inmersiva de esta cinta la increíble banda sonora original de Ryuichi Sakamoto, Alva Noto y Bryce Dessner: una música que parece guiar las acciones de la cinta, que no se sobrepone sino que parece, como bien dijo Robbie Collin, descender del mismo cosmos. Porque el realismo de esta cinta no quiere simplemente mostrarnos otra época en toda su visceral violencia, sino que busca integrarnos en la trama de los sufrimientos ajenos: aquí no se crea realidad sino que se proyecta, hasta los límites imposibles de la pantalla, una experiencia de mundo.

Toda esta visceralidad, esta violencia cruda, este realismo obsesivo no buscan darle a esta historia una pertinencia histórica. No se trata aquí de una reconstrucción que persigue la objetividad imposible de una reconstrucción de otros tiempos, para siempre cedidos a la imaginación. De la violencia cruda y las tomas con luz natural en encuadres majestuosamente amplios nace la idea de contemplar al hombre desnudo, tal cual es, con toda su pequeñez frágil, su dependencia de la suerte, y su violenta estupidez. La película inicia y termina con dos imágenes de sangre: sangre en el agua y, sobre todo, sangre sobre la nieve (ese bellísimo contraste estético del rojo mate sobre el blanco brillante que ha obsesionado a tantas figuras literarias a lo largo de los siglos). Al principio y al final de la cinta la sangre se vierte después de una partida de caza: son persecuciones minuciosas e implacables que tienen, sin embargo, un significado muy distinto. Mientras una representa la necesidad de sustento, la autopreservación de la caza por comida, la otra representa el más puro instinto de destrucción, la caza de venganza, el hombre siendo lobo para el hombre. Finalmente, la sangre del animal y del hombre que derrama DiCaprio se conectan como un círculo perfecto que señala, en los confines de la cinta, lo que la trama siempre está buscando mostrar: la cercanía del hombre y de la bestia.

El hombre animal

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El personaje de DiCaprio encuentra su reflejo en el personaje de la osa: ambos buscan proteger a sus seres queridos sin importar la vida propia. Como un reflejo animal esencial, las madres y los padres se vuelcan por el bienestar de la siguiente generación arriesgando incluso su propia vida. Porque la especie importa más que el individuo en el instinto animal que comparten bestia y hombre. La osa regresa a rematar a DiCaprio en un gesto particularmente incoherente: ya estaba vencido, haciéndose el muerto, sin representar ningún peligro para sus cachorros. Pero el segundo ataque del grizzly es lo mismo que la persecución de Glass: un impulso violento de venganza. La primera embestida es por protección, la segunda es por ira. Y es en esa segunda embestida que se sella el destino del animal, que termina muriendo en los brazos de su víctima abandonando a la suerte despiadada del mundo a sus desprotegidas crías. De la misma manera, el primer impulso violento de Glass es un impulso de protección (como él mismo dijo, mató a un teniente que no era más que el hombre que quería dañar a su hijo). Pero el segundo impulso, el que lo lleva a arriesgar una vida que apenas había logrado rescatar, es un impulso completamente distinto, es la ira pura de la venganza, es el segundo embiste del oso, es la otra cara de la animalidad. Por un lado la familia, la preservación de la especie, la protección de los suyos, la conservación; por el otro el egoísmo violento, la vida entregada a la ira, el más puro instinto de destrucción ciega.

Y es entre estos dos polos que se balancea la cinta, siempre tratando los temas de la soledad del hombre abandonado frente a la idea del calor familiar, la estructura precaria de las leyes frente a la violencia egoísta de todos, la pequeñez de nuestros intentos de conquista frente a la enormidad hostil del mundo. Tanto Glass como Fitzgerald, el jefe Ree (protagonizado por un increíble Duane Howard) y Andrew Henry (Domhnall Gleeson) persiguen la idea de una familia, de un terruño que se ve cada día más lejano. Glass sueña con su familia perdida, Fitzgerald con una granja en Texas, el jefe Ree con recuperar a su hija Powaqa y Henry con recordar el rostro de su esposa. Todos estos personajes se encuentran solos en un mundo ajeno a las leyes de la ciudad, en un lugar despiadado en donde el comercio es un trueque violento y las alianzas meros acuerdos provisionales que se desvanecen como copos en la hoguera. En este mundo no hay más justicia que la de la violencia y es por eso, finalmente, que se humaniza profundamente el personaje de Glass al perdonar al joven Bridger (protagonizado por un magnífico Will Poulter) y a Fizgerald. Glass deja la venganza en manos de Dios, es decir, de la suerte y de las circunstancias, para romper una violenta cadena eterna de sangre. Los nativos fueron colonizados y responden con violencia a la violencia, los franceses disputan territorios a los británicos creando batallas adicionales, las tribus nativas tienen guerras entre clanes, todo mundo tiene una afrenta que pagar, todos tienen, como dice el Pawnee que encuentra Glass junto al bisonte, el corazón sangrante.

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Tanto Glass como Fitzgerald, el jefe Ree y Andrew Henry persiguen la idea de una familia, de un terruño que se ve cada día más lejano.

Cuando la cadena eterna de la venganza entre los hombres se frena de pronto, cuando Glass avienta a Fitzgerald al río, un hombre se desapega de la historia y queda al margen de los resentimientos. En paz con los Ree, en paz con los Pawnee y sin conflictos con el hombre blanco, Glass de pronto queda libre de la violencia y se encuentra desesperadamente solo. Recordando insistentemente que lo que trata de recuperar con sangre está perdido para siempre, Glass se queda sin el calor del hogar y sin el impulso ciego de la ira desenfrenada. Abandonado por estos dos márgenes, plenamente humano al trascender los esquemas más animales, el héroe de este relato queda desamparado. Porque no hay salida a la vida entre los hombres y porque el escape de la animalidad siempre es momentáneo, porque la paz de uno significa la continua guerra de los otros, porque no hay reposo en esta tierra mientras se vive en ella. La mirada última de Glass, con la que se fija el final espectacular de la cinta es una mirada inquisidora, una pregunta abierta hacia el rostro anónimo de los espectadores intercambiables: el héroe se vuelca desesperado hacia el otro lado de la pantalla para encontrar alguna compañía imposible a la soledad del marginal de hombres y de bestias. Ésta es la visión lúgubre de Iñárritu, una visión completamente distinta que la que nos dejó el final de Birdman. En esta cinta, Glass murió para seguir el esquema del héroe que regresa del otro mundo con una enseñanza para los suyos. Pero aquí la enseñanza es bastante oscura frente a una historia que se repetirá por los siglos; aquí el personaje de DiCaprio muere para enseñarnos lo que dijo tan bien Maupassant: “Es al ir lejos cuando se comprende bien lo cerca y breve que está y que es todo, es al buscar lo desconocido cuando uno descubre lo mediocre que es todo y lo pronto que se acaba, es al recorrer la tierra cuando se ve bien lo pequeña y lo poco variada que es.”

Lo bueno
  • Todos los aspectos técnicos: la excelsa edición de sonido, el diseño de producción impecable, los certeros efectos visuales, la increíble segunda unidad de tomas aéreas…
  • Como aspecto técnico aparte, la increíble fotografía de Lubezki.
  • La banda sonora cósmica que es simplemente perfecta.
  • Las actuaciones, no nada más de los principales, sino de todos los actores que se muestran involucrados hasta el tuétano.
  • La dirección apasionada y confianzuda de Iñárritu que buscó algo muy peculiar y dio justo en el blanco.
  • El sustrato mítico lleno de arquetipos: la madre, el padre, el hijo, el cuchillo, el rifle, el útero en la tumba y el caballo, el fuego, la sangre…
  • La idea lúgubre de una cinta que muestra que el cine realista es también un cine profundamente conceptual.
Lo malo
  • Que la confianza de Iñárritu puede confundirse, fácilmente, con prepotencia sobrada.
  • Que las nominaciones al Oscar distraen de los méritos reales de una cinta única.
  • Que Iñárritu llegó ya a un punto álgido que le será difícil superar en el futuro.
Veredicto

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Ha habido muchas críticas a esta película: se habla de machismo desbordado, del sobrado despliegue de virtuosismo de Iñárritu y Lubezki, de una trama sencilla enarbolada en un envoltorio complejo, literalmente “como un episodio de Jackass dirigido por Terrence Malick”. Pero esto no es un canto a la testosterona y sus supuestas virtudes superiores sino una muestra de la animalidad humana, de su naturaleza dividida entre un sentido de pertenencia en manada y su carácter feroz, egoísta, depredador. Aquí, más que celebración masculina de la fortaleza, tenemos una muestra muy humana de nuestra estúpida voluntad de supervivencia, como especie y como individuos. Y esto tampoco es fondo sobre contenido, como si pudieran separarse: el realismo buscado de los aspectos más técnicos de la cinta tiene su razón de ser en la forma inmersiva de un mundo que propone un regreso simbólico a nuestros sueños primitivos, a la figura ancestral del héroe y a lo que nos enseña de la naturaleza humana. El hombre gruñe y el animal parece hablar, se confunden las fronteras de nuestra fuerza y de nuestra fragilidad, de la violencia que duerme en nosotros y la capacidad necesaria que tenemos de trascenderla. En un momento, los franceses cuelgan al único hombre con el que Glass crea una relación honesta de amistad casi infantil. Y la pancarta con la que se justifican extrañamente parece una peculiar anticipación a todo un pensamiento contemporáneo. Finalmente, los salvajes somos todos.

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Título: The Revenant.

Duración: 156 min.

Fecha de estreno: 21 de enero de 2016.

Director: Alejandro González Iñárritu.

Elenco: Leonardo DiCaprio, Tom Hardy, William Poulter, Domhnall Gleeson, Duane Howard, Forrest Goodluck, Grace Dove.

País: Estados Unidos.

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