La película de terror de la temporada es muy buena, pero falla a la hora de asustarnos.

En el cada vez más lejano 1991 yo era un incipiente estudiante que aprendía las primeras letras en la primaria local. A pesar del tiempo transcurrido, recuerdo vívidamente que una tarde de sábado acompañé a mi padre al hoy extinto Videocentro. Esa tarde teníamos visitas: niños y prepubertos que sólo querían divertirse con alguno de mis juegos de NES favoritos: Adventure Island II, Batman: Return of the Joker y el éxito del momento, Tiny Toon Adventures. Pero, como buen anfitrión, mi papá decidió consentir a los chamacos con algo más que videojuegos y pastel: una sesión de cine en casa.

Sin saber el peso que tendría su decisión en la vida de media docena de escuincles, cometió el error de dejarme elegir la película que veríamos esa tarde. Presto a tomar una buena elección, corrí a la sección de novedades y, de inmediato, pasé de otros estrenos del video club, como la cursi Ghost: La Sombra del AmorEl Vengador del Futuro o Volver al Futuro III (que todos ya habíamos visto en el cine el verano pasado). Casi de inmediato la caja de una película llamó mi atención, era sencilla pero muy efectiva, mostraba a un clon de Bozo, el anciano payaso de la televisión, con una enorme sonrisa y unas manos igualmente grandes y verdes emergiendo detrás de un fondo blanco. La imagen me atrapó, y, sin pensarlo, la elegí como la cinta que vería esa tarde con toda mi parentela. La elección es extraña porque, unos cuantos años atrás y antes de que se pusiera de moda, yo era uno de esos niños que le temían a los payasos.

Sobra decir que ese día, mientras papá y mis tíos disfrutaban de unas cervezas y barbacoa, yo y mis primos quedamos impactados con ESO (IT), la miniserie que se había estrenado un año antes en Estados Unidos. Incluso un miembro juvenil de mi familia –del que omitiré su nombre– padeció durante años ataques de tricotilomanía que se desencadenaron a partir de ver ESO.

Hoy, es innegable que ESO marcó a muchos niños de principios de los noventa, e incluso a otras generaciones gracias a las incansables repeticiones que en México pudimos ver por Canal 5. Pero, también es indudable que, cuando uno vuelve a ver la miniserie con unos cuantos años más por delante, ésta no resiste una mirada más madura. De hecho, uno descubre que los niños son muy malos actores, que casi ninguno de los personajes tiene una personalidad bien definida, y que la trama tiene incontables huecos… sin mencionar el apestoso final. Además, salvo algunas excepciones, los efectos especiales son de risa loca. Y es cuando uno descubre, de manera inversa a lo dicho por Joaquín Sabina, que a la película de terror que de verdad te heló la sangre de niño no debieras tratar de volver. Por eso, en cuanto se anunció que se preparaba un remake de ESO, pensaríamos que el listón no debería estar muy alto.

Pero el factor nostalgia siempre es traicionero, y justo contra eso se enfrenta la nueva versión de ESO: a unos adultos que quieren volver a sentir el pavor que sufrieron cuando eran niños y vieron a Pennywise por primera vez. El problema es que esos niños transmutados en adultos con barrigas incipientes, ligeras calvas, y patas de gallo, difícilmente le tendrán miedo a un payasito que se asoma por una alcantarilla. Ahora, nuestros miedos se encuentran en otra parte: en llegar al fin de quincena, en poder pagar la renta o, incluso, la colegiatura de la escuela de nuestros hijos. Contra eso, con volverse adulto, es contra lo que verdaderamente se enfrenta el remake de ESO. ¿Logra salir avante? Sorpresivamente sí… excepto en un punto: no da miedo.

Una adaptación que funciona

La versión de Muschietti demuestra que se puede hacer un buena versión cinematográfica tomando la esencia del producto original.

Cualquier producto con un fandom medianamante grande que se adapta al cine, tiene que enfrentarse con un gran problema: los “talibanes de la ñoñería”, esos fans recalcitrantes que lloran y patalean cuando tocan –aunque sea mínimamente– al objeto cultural de su afecto. Por eso, durante casi tres décadas, escuchamos quejas de los más locos fanáticos de Stephen King en contra de la miniserie noventera, quienes señalaban con dedo flamígero al telefilme por no ser completamente fiel a la novela original y dejar de lado las referencias como la de Bob Gray (uno de los alteregos de Pennywise), o la historia de la tortuga cósmico-espacial, o la orgía en la que todo el Club de los perdedores pierde la virginidad.

Si eso ocurrió con la miniserie que –con sus muchas limitaciones– intentó contar con fidelidad la novela, uno esperaría que los “talibanes” saltaran al ver la adaptación de Andrés Muschietti, que se toma muchas más libertades en su planteamiento. Sin embargo, la versión de Muschietti demuestra que se puede hacer un buena versión cinematográfica tomando la esencia del producto original, sin importar los cambios sustanciales, si lo que se entrega es una buena historia, fiel al espíritu de la obra de King. Justo ese es el fuerte de la nueva versión de ESO, tomar el planteamiento principal de la novela: “una ciudad que está embrujada”–como la describe Mike Hanlon en el libro– por culpa de un ser ancestral que, cada 27 años, regresa para devorar niños y adolescentes.

Aquí, el director argentino consigue mostrar, con muy breves guiños, que los asesinatos de Pennywise no son lo peor que enfrentan los niños que viven en Derry, sino la normalización de la maldad. Los asesinatos, las desapariciones y el racismo son aceptados por el pueblo cuando no les afectan directamente, e incluso se vuelven indiferentes a actos violentos que ocurren a la luz del día y a unos metros de su cochera. “Si no es mi problema, no me importa”, es lo qe parecen decir los vecinos del pequeño pueblo de Maine, como un retrato de lo que ocurre en muchas otras partes del mundo, incluyendo nuestro lastimado México.

Un Club de los Perdedores desigual

Al cambiar la temporalidad de la historia (en el libro y la miniserie todo ocurre en 1958, mientras que la nueva cinta se ubica en 1989), se nos presentan guiños a una década no tan lejana. Además, esto permite que los niños que forman el Club de los Perdedores tengan una personalidad menos unidimensional: aquí la inocencia de los Baby Boomers es reemplazada por el cinismo de la generación X. De hecho, ese es el gran acierto de la cinta, dotar de personalidades bien definidas a los personajes centrales, lejos de los marcados estereotipos de la teleserie, en la que prácticamente todos eran iguales, y teníamos que esforzarnos por recordar que uno era el gracioso y otro el enfermizo cuando sólo demostraban esas cualidades en su primera aparición.

En la cinta de Muschietti todo el tiempo escuchamos a Richie Tozier soltar gracejadas de mal gusto – muchas de ellas de carácter sexual– en contra de su amigo Eddie Kapsbrack, que se defiende lo mejor que puede, sin poder dejar de ocultar que es un “cobardón gallináceo”, un hijo de mamá que, por si fuera poco, es hipocondríaco. Ben Hanscom, que en la novela y la serie era el niño gordo y pobre que tenía que pasar la humillación de vivir arrimado con su tía, ahora -sin dejar de ser gordo- es un niño de clase media que puede costearse varios hobbies, incluyendo un Walkman y el nuevo disco de New Kids On The Block. Esto último ayuda a definir la personalidad romántica de Ben, quien en todo momento ve con ojos de enamorado a Beverly Marsh. Ella es el personaje que más cambia con respecto a la versión original, y pasa de ser una niña retraída y sobreprotegida por un padre soltero alcohólico, a una sexualizada adolescente con fama de cascos ligeros, por lo que es despreciada por las otras chicas de la secundaria local.

Aquí la inocencia de los Baby Boomers es reemplazada por el cinismo de la generación X.

Lamentablemente Bill Denbrough, Michael Hanlon y Stanley Uris, el resto del Club de los Perdedores, no reciben una renovación tan marcada. Bill sigue siendo el héroe unidimensional del libro, aunque ahora su motivación no es vengar a su hermano Georgie, sino encontrar su cuerpo (otro cambio con respecto al material original, en la nueva versión nunca encontraron el cuerpo de Georgie). Por otro lado, en los primeros minutos Stanley parece que tendrá un arco relacionado con su condición judía, pero luego simplemente desaparece mientras los otros niños cobran protagonismo.

La pandilla de Henry Bowers tampoco se renueva mucho, pues siguen siendo unos chicos malos que actúan así por el simple placer de hacerlo, aunque ahora son consientes de que nadie en el pueblo les pondrá un alto. De la pandilla de malosos, el único personaje medianamente desarrollado es Henry Bowers, que ahora se presenta como el hijo de un policía que intenta formar el carácter de su hijo humillándolo en frente de sus amigos. A pesar de ser los chicos malos de un pueblo como Derry, ubicados en el Estados Unidos profundo, todos lucen más como una mezcla de los Sex Pistols y los Strokes que como típicos hillbillies… y sin embargo funcionan muy bien como complemento de las maldades psicópatas de Pennywise.

El desenlace de Henry Bowers y la incomprensible desaparición de sus secuaces en la parte final de la cinta, tampoco es lo mejor de ESO. Y, tal vez, lo más polémico de la adaptación sea revelar explícitamente que Beverly era abusada sexualmente por su padre, algo que era tratado muy veladamente en la serie, lo que dejaba la rendija para pensar que simplemente era un padre conservador y sobreprotector, no un pederasta. Si bien este punto probablemente ayude a explicar el desarrollo del personaje en la secuela, no parece necesario.

La importancia de llamarse Pennywise

Las interacciones que se generan entre los personajes son increíblemente entretenidas, comparable con la de los Goonies o los chicos buenos de The Lost Boys. Aunque la referencia más directa, sobre todo en el momento en el que los Perdedores revelan que todos han visto a Pennywise, tienen mayor cercanía con la tercera y cuarta parte de Pesadilla en la Calle del infierno. De hecho el mismo Pennywise nos remite a un Freddy Krueger que prefiere atormentar a niños prepubertos, en lugar de los adolescentes que acostumbraba asesinar el malhablado hombre del guante de garra.

Y es justo aquí donde podemos comenzar a mencionar los puntos malos de la cinta. El Pennywise interpretado por Bill Skarsgård nunca alcanza los niveles de temor que provocaba Tim Curry. Y, ojo, la culpa no es de Skarsgård, sino del gran problema que viene acarreando el cine de terror comercial desde hace más de diez años: el abuso del CGI. Desde su primera y solvente presentación, cuando repiten casi idénticamente la icónica escena en la que Georgie plática con Pennywise en la alcantarilla, vemos que el intento de Muschietti por marcar claramente que esta cinta será más gore queda a medias por culpa del pésimo trabajo de efectos especiales, que siempre que aparece nos saca del lúgubre y tétrico ambiente que el director logra formar en las escenas, pero que no concuerda con los patéticos efectos especiales, que gritan “falso” por todos lados. A pesar de que los efectos especiales de la miniserie no han envejecido del todo bien, los ojos amarillos y la dentadura postiza con dientes afilados de Tim Curry dan mucho más miedo que las dos hileras de dientes formadas por CGI que decoran la cara de Skarsgård.

El Pennywise interpretado por Bill Skarsgård nunca alcanza los niveles de temor que provocaba Tim Curry.

En síntesis, la película es buena. La parte memorable está en el desarrollo de algunos personajes, los guiños a los ochenta e incluso las bromas que se hacen entre sí los miembros del Club de los Perdedores. El punto flaco, con excepción de la secuencia en la casa embrujada, es el pésimo trabajo en CGI. A esto hay que sumarle la falta de escenas que ericen la piel, pues prácticamente en ningún momento de la cinta los niños transmiten el miedo real por enfrentarse a una criatura sobrenatural. Ante un payaso diabólico, uno esperaría lágrimas de parte de los chamacos ochenteros, y sólo recibe caras de sorpresa.

Lo bueno
  • Casi todos los niños tienen una personalidad propia.
  • Es muy diferente a la versión original, pero no pierde su esencia.
  • La aterrorizante indiferencia del pueblo de Derry, demasiado cercana a nuestra realidad.
  • La pareja Eddie-Richie.
  • Beverly, que pudo ser la auténtica heroína (si no la hubieran convertido en la dama en apuros al final).
  • Las referencias ochenteras.
  • El toque de humor.
Lo malo
  • El pinche CGI.
  • Mike y Stan no están bien desarrollados.
  • Sólo en contadas, contadísimas ocasiones, los niños parecen asustados.
  • El miedo es mucho menos sutil y todo es más explícito… y eso no necesariamente es más terrorífico.
  • El final no deja de sentirse apresurado.
  • La manera en la que derrotan a Pennywise lo muestra como un personaje patético, y no nos deja esperando por volver a verlo en la secuela.
Veredicto

ESO tiene todo para ser una película imprescindible para la nueva generación de cinéfilos amantes del terror.

Una película de terror que te hace reír más de lo que te asusta tiene un problema. Sin embargo, eso no quiere decir que el nuevo ESO sea decepcionante. No lo es. ESO es un buen filme, pero enfurece ver que estábamos ante una gran película que quedó en la medianía por culpa del mal trabajo de CGI, que sepulta una gran dirección, un excelente trabajo de los niños actores, y un guión brillante; todo por culpa de no aceptar que en géneros como el terror los efectos por computadora, generalmente, no son la opción idónea para amarrar un buen susto.

A pesar de todo lo anterior, ESO tiene todo para ser una película imprescindible para la nueva generación de cinéfilos amantes del terror, quienes lamentablemente no podrán ver la cinta en el cine por ser clasificación B-15 (R en Estados Unidos). Y ese es otro punto: una película que claramente empatizaría mejor con los menores de 15, no podrá ser vista por ellos (por lo menos no legalmente). Pero bueno, nadie quiere otra generación traumada por culpa de un payaso asesino.

Título: IT.

Duración: 135 minutos.

Director: Andrés Muschietti.

Elenco: Bill Skarsgård, Jaeden Lieberher, Finn Wolfhard, Sophia Lillis, Jeremy Ray Taylor, Chosen Jacobs, Jack Dylan Grazer.

País: Estados Unidos.

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