Godzilla II: King of the Monsters es un hermoso espectáculo visual que se arruina por un guión torpe y banal.

Tengo una fuerte relación afectiva con el último reboot de Godzilla en el híbrido japonés americano de la unión entre Toho y Legendary. No nada más fue un bello momento laboral en el que empezaba a hacer reseñas en este, su sitio de confianza, sino que nacía una nueva esperanza. Los remakes de Godzilla, desde la gloriosa cinta de Ishiro Honda de 1954, se quedaban aislados en el culto japonés o pasaban el charco con terribles, perversas alteraciones.

Roland Emmerich, tan insigne director de catástrofes sin sentido, no supo entender el peso emocional de Godzilla y no le importó reflexionar sobre sus orígenes. Así, en la película de 1998, hizo un reboot espantoso en el que transformó a un dios en no más que una bestia hambrienta. Este bodrio de realismo obtuso y confundido dio lugar, casi veinte años después, al regreso de Toho a las pantallas americanas con una película que, por fin, valoraba los orígenes de Godzilla.

Pueden decir lo que quieran de la película de Gareth Edwards, pueden hablar de lo derivativa que fue la primera hora o del desperdicio de actores de la talla de Bryan Cranston y Juliette Binoche a favor de otros, menos interesantes, como Aaron Taylor-Johnson y Elizabeth Olsen, pero no pueden negar la emoción que causaron las peleas con los M.U.T.O y la enorme, enorme, sorpresa que fue ver, por fin, el rayo azul atómico de Godzilla en una película americana. Fueron momentos hermosos que dialogaban con cintas como Gamera vs. Gyaos (1966) y Godzilla 2000: Millennium (1999) de manera absolutamente inesperada.

(Warner)

Por todo esto, esperaba ansiosamente Godzilla II: King of the Monsters. Los posters y los avances, rápidamente, prometieron una película que juntaría al menos a cuatro grandes monstruos clásicos, como en aquel lejano 1964, cuando batallaron King Ghidorah, Mothra, Rodan y Godzilla en Ghidorah, the Three-Headed Monster (1964). Todo parecía continuar la premisa de Edwards de respeto a la tradición de Toho y al diseño original de los monstruos. Pero todo también parecía inclinarse hacia el lado más vendible de una franquicia que quiere incluir con calzador, en este universo, al King Kong de Skull Island.

Entre la necesidad obtusa de vender, el drama humano mal acabado y el enorme espectáculo visual de sus monstruos, Godzilla II: King of the Monsters es una cinta que da certeros placeres y que, también, resulta terriblemente frustrante. Es difícil enojarse con una película de Kaijus que se centra en mostrarlos, en mostrar sus épicas batallas, y en delinearlos con hermosas telas de fondo. Sin embargo, al igual que con la cinta de Edwards, el protagonismo de los Kaijus nunca coincide con un apelativo lado humano. Y, ahí en donde debería conectarnos con ese universo imposible, esta cinta se queda miserablemente corta.

Para no arruinarles nada, aquí les voy a dejar, sin spoilers, algunos comentarios generales sobre lo que me gustó y sobre lo que me disgustó en esta película. Ojalá logre transmitirles la frustración real de un fanático feliz de ver a sus ídolos gigantes, nuevamente, en pantalla, pero triste de encontrarlos en medio de tanta maldita paja.

(Warner)

El regreso del rey

Cinco años después de los sucesos que devastaron Las Vegas y San Francisco, los militares estadounidenses intentan prever futuras apariciones de monstruos gigantes. Su siempre intransigente lógica los lleva a pensar planes de exterminio con una nueva carrera armamentística.

Del otro lado, los científicos del Project Monarch, encabezados por Ishiro Serizawa (cuyo nombre, como bien sabemos, hace homenaje al creador de Godzilla y al primer científico que lo defendió), intentan negociar por la supervivencia de estos organismos masivos. Mientras unos argumentan el peligro latente, los otros tratan de mostrar las bondades de la devastación.

Al parecer, a través de la radiactividad que emanaban, los M.U.T.Os y Godzilla, crearon un renacimiento natural en las ciudades devastadas: nuevamente fértiles y libradas de la presencia humana, San Francisco y Las Vegas reverdecen. Monarch argumenta, entonces, que los Kaijus pueden ser una influencia benéfica para el equilibrio natural de la tierra.

(Warner)

Al mismo tiempo, Project Monarch se ha dedicado a encontrar otros gigantes dormidos, dioses de antaño que, como Godzilla, caminaron en una tierra que nunca fue nuestra. Por supuesto, en el curso de estas investigaciones, encuentran a más de uno.

En medio de los proyectos secretos de Monarch encontramos a la Dra. Emma Russell, una paleobióloga que perdió a un hijo en los incidentes de San Francisco y que, ahora, como Sarah Connor, enseña supervivencia dura a su joven hija (Millie Bobby Brown). La doctora Russell también investiga una nueva forma de comunicarse con los monstruos gigantes que creó, años atrás, con su ex esposo, utilizando las frecuencias vitales de estas bestias para emitir sonidos que los tranquilizan o los alebrestan.

Esta investigación parece interesar a más de una personas, y no todos tienen las mejores intenciones. Ahora Monarch tendrá que lidiar con nuevas amenazas y la insistencia destructiva del ejército para darle a Godzilla, una vez más, la oportunidad de defendernos frente a fuerzas titánicas que amenazan nuestra existencia compartida.

(Warner)

Larga vida al rey

Como dije anteriormente, uno de los grandes hitos de la reimaginación de Gareth Edwards en Godzilla (2014) fue respetar el diseño original y el espíritu original del personaje. A pesar de haber hecho suficiente énfasis (fuera de las constantes referencias de Serizawa) en el peligro de la proliferación nuclear y la brutalidad de los ataques americanos a Japón durante la Segunda Guerra Mundial, Edwards entendió muy bien la primera cinta de Ishiro Honda y el mito que dio vida, durante tantos años, a Godzilla.

Aquí el dios antiguo no aparece como un dinosaurio hambriento, estúpido y enfadado, sino como un verdadero titán, padre de la humanidad. La relación con el personaje de Aaron Taylor-Johnson es, justamente, la de una simbiosis entre hombre y deidad, entre hijo arrepentido y padre regañón, entre un joven rebelde y un manto protector.

Por suerte, uno de los aspectos más memorables de Godzilla II es que el director que remplazó a Edwards, Michael Dougherty, respetó sus decisiones de apego al material original. Aquí, no nada más seguimos viendo el hermoso diseño de un Godzilla apegado a las ideas de Toho, sino que volvemos a adentrarnos en la exploración del personaje como un ser antiguo. Incluso, llegamos a entender algo más de su relación milenaria con la humanidad y la ternura compartida de una relación simbiótica. Finalmente, por si fuera poco, volvemos a ver un majestuoso uso de su rayo atómico… y algunas otras fuerzas más.

(Warner)

También, es hermoso ver que el respeto por Godzilla se desborda también hacia otros Kaijus menos famosos, pero tan importantes como él. Nos referimos, claro, a la aparición conjunta de Rodan, Mothra y King Ghidorah. Entre muchos otros kaijus antiguos, estos tres personajes, antagonistas y aliados de Godzilla, fueron los precursores del universo tokusatsu de Toho en los años cincuenta y sesenta.

Tanto Mothra, en 1961, como Rodan, en 1956, tuvieron historias de origen propias, ambas dirigidas por Ishiro Honda, creador de Godzilla, para Toho. Luego, Ghidorah hizo su aparición en la primera película de conjunto en la que peleaban diversos Kaijus para proteger o destruir nuestro mundo: Sandai Kaijū: Chikyū Saidai no Kessen (Ghidorah, the Three-Headed Monster), de 1964. Dentro de estos complejos orígenes, la historia de estos tres monstruos es muy diferente.

Rodan, es un monstruo antiguo que despierta, dentro del volcán activo más grande de Japón, el Monte Aso. Sus larvas aterrorizan a mineros y su presencia mítica habita pesadilla. Una vez liberado, Rodan muestra el enorme poder destructivo de unas alas que crean un golpe sónico cuando emprende el vuelo. Todo bajo su andar termina destruido y los ingenieros deben unirse con el ejército para, finalmente, con un derrumbe provocado, lograr ahogarlo en la lava de un volcán.

(Toho)

Mothra es también un monstruo antiguo, pero que, a diferencia del primer Godzilla y de Rodan, no tiene ninguna intención de destrucción. Mothra es muy feliz en el ecosistema alterado de la isla ficticia de Infant. Gracias a pruebas nucleares de la nación de Roliscia (una versión ficticia de Rusia), un nuevo mundo se ha creado en la isla; un mundo en donde los humanos han mutado y en donde reina, como diosa, Mothra. Cuando un magnate rapta a una de sus pequeñas servidoras para exhibirlas en un circo, Mothra se revela a la humanidad atacando Tokio. Pero este kaiju nunca fue mal intencionado y, cuando rescata a sus adeptas, regresa felizmente a casa. Mothra es la ternura de una tierra rica y vasta.

Ghidorah, finalmente, es un personaje interesantísimo. En cierto sentido, es el kaiju responsable de un giro en la comprensión del personaje de Godzilla. Él es el máximo némesis, la fuerza invasora que destruyó a pasadas civilizaciones en Venus, un dragón malintencionado que viaja a través del espacio para acabar con todo. En Ghidorah, the Three-Headed Monster, Ghidorah muestra su maldad y empuja, a través del sacrificio de Mothra, a que Rodan y Godzilla se unan en una lucha contra el invasor para salvaguardar la tierra.

Al crear esta extraña unión, encontramos las primeras muestras de comprensión entre la humanidad y Godzilla y, de paso, vemos los primeros esfuerzos colaborativos entre kaijus terrestres para repeler invasiones alienígenas de monstruos gigantescos.

(Toho)

Godzilla II: King of the Monsters tiene suficiente respeto por el material original para conservar la importancia de estas viejas uniones. Esta nueva cinta hace un homenaje certero a los poderes y a los orígenes de estas criaturas majestuosas y se da el tiempo de mostrarlas en todos su esplendor. La historia puede no tener mucho sentido, pero acomoda suficiente tiempo en pantalla para entregarnos las más finas imágenes de kaijus desde el impresionante salto HALO de Edwards en Godzilla de 2014. Al igual que las imágenes que tanto cultivó el gran fotógrafo Seamus McGarvey en la cinta anterior; en esta película, Lawrence Sher (el cinefotógrafo de Todd Phillips que ahora hará Joker) intenta los mismos contrastes espectaculares de cielo y claroscuros con los colores típicos de cada personaje (rojo para Rodan, azul para Godzilla, amarillo para Ghidorah y un hermoso multicolor para Mothra).

En ese sentido, Godzilla II: King of the Monsters mantiene el mismo esplendor visual de la primera cinta y lo expande con sorpresa y amor por los enormes monstruos. Ese aspecto, solamente, mantiene a flote la cinta porque, como su antecesora, desgraciadamente, la parte humana es su terrible flaqueza. El drama, aquí, está solamente entre los dioses.

(Warner)

El rey ausente

Godzilla II sabe cómo mostrar la belleza de sus kaijus; sabe cómo respetar sus historias de origen en una traducción occidental que no es traidora; sabe, incluso, con un trabajo bien organizado de edición, crear intensas secuencias de batalla titánica. Lo que nunca sabe hacer es enmarcar toda esta destrucción en algún sentido humano.

¿A qué me refiero con eso?

El enorme legado de Ishiro Honda no está, nada más, en la espléndida mancuerna que hizo con Eiji Tsuburaya (que luego crearía la serie de Ultraman) para darle vida a tantos monstruos con efectos especiales prácticos, sino en dotarlos de carácter, importancia y corazón. Las historias de kaijus de Toho en los años cincuenta y sesenta son siempre historias profundamente humanas.

En Godzilla de 1954, el director toma tiempo para mostrar los efectos de la devastación en un niño que llora la muerte de sus padres, desgarrado, entre la lluvia y los truenos; se da tiempo de pasear por un hospital con los heridos de Tokio para dar relieve a la destrucción masiva en escala humana; se da tiempo, finalmente, de mostrar la tristeza recordada, una y otra vez en Japón, de coros infantiles cantando por los caídos. De la misma forma, en Rodan, entendemos el compañerismo de los mineros y, en Mothra, la empatía de un ser vivo con su hábitat.

(Warner)

El aspecto humano de estas cintas es algo que entendió muy bien Guillermo del Toro en Pacific Rim y el recién laureado en Cannes Bong Joon-Ho en The Host: de nada sirve crear historias de monstruos fantásticos si no empatizamos con los humanos que se enfrentan a ellos. Esa misma comprensión de la relación empática en la escala humana la vemos en Cloverfield de Matt Reeves, con una historia de amor frustrada; la vemos, finalmente, en el trágico final de un Godzilla en Godzilla vs. Destoroyah (1995) (cinta que tiene algunos guiños aquí) y en el reboot de Shin Godzilla (2016) con todas las toscas peleas gubernamentales.

Para bien o para mal, continuando su espectacular labor en Monster, Edwards trató de hacer lo mismo en Godzilla. Todo este aspecto humano, que quiso construir una historia familiar en medio de una imposible situación fantástica, fue muy criticado en su momento. Ahora, creo que merece revalorarse a la luz de lo que hizo Michael Dougherty en esta cinta. Porque todo el esplendor visual, todas las referencias hermosas, no pueden recatar el drama mediocre que subyace en esta cinta.

(Warner)

El problema con Godzilla II está, creo, en la necesidad de crear una escala humana con un nuevo drama familiar, con conspiraciones y con la implementación forzada de una vieja idea de este mitos: la posibilidad de comunicación entre hombres y kaijus. Todo el marco dramático creado por estas intrigas, estos pequeños dramas y estas relaciones entre hombre y bestias falla miserablemente en cualquier aspecto.

Con un guión simplemente flojo que arregla huecos argumentales con líneas de pseudociencia, Godzilla II desperdicia a grandes actores en demostraciones patéticas de sacrificio banal. Y, encima de todo, falla en demostrar la escala humana de la devastación; esa escala que, después de Hiroshima y Nagasaki, los japoneses sabían mostrar tan bien. En esta cinta, por el contrario, estamos al mismo nivel despreocupado de Zach Snyder en Man of Steel: los héroes y los enemigos importan, la destrucción que dejan es puro daño colateral.

Así, con un hermoso espectáculo visual que rinde homenaje, en diseño, a las glorias de Toho, esta película se siente como una serie de postales vacías. Postales que son hermosas para rellenar trailers y llevar a viejos fanáticos a las salas; postales que sirven para darnos momentos de gloria fugaz, pero que dejan, después de su paso imponente, solamente ruinas, construcciones vacías, y imágenes sin nada que buscar detrás.

(Toho)

Lo bueno
  • Godzilla.
  • Rodan.
  • Mothra.
  • Ghidorah.
  • ¿Gamera?
  • Que Millie Bobby Brown puede librarse de Eleven y actuar a otros personajes con éxito.
  • El hermoso diseño de todos los monstruos.
  • El esfuerzo fotográfico de Lawrence Sher.
  • El respeto al origen y al espíritu de los kaijus de Toho.
  • Que intentaron continuar un legado interesante.
  • Que puede crear un renovado interés por estas fantásticas criaturas.
Lo malo
  • Que le quedó muy grande el proyecto a Michael Dougherty.
  • Que se desperdicia la presencia de actores comprobados como Charles Dance, Vera Farmiga, Kyle Chandler y Ken Watanabe en dramas insulsos.
  • Que no hay ninguna escala humana y la destrucción es gratuita.
  • Que, de nuevo, México aparece en luces sepia.
  • Que no hay ninguna profundidad en el contexto humano.
  • Que el guión, en general, no tiene ningún sentido.
  • Que desperdiciaron terriblemente la comunicación hombre-kaiju.
  • El inspirado soundtrack de Bear McCreary.
  • Que, sin un contexto humano interesante, el espectáculo titánico es banal.
Veredicto

(Warner)

Michael Dougherty había hecho películas interesantes tratando de jugar con los límites del terror en Trick ‘r Treat (2007) y Krampus (2015). La herencia de Edwards era un certero homenaje a Ishiro Honda y Toho en los cincuenta y sesenta. El elenco y el presupuesto daban para mucho. Pero nada puede salvar a una película de un meollo dramático mediocre y de un guión terriblemente escrito. El espectáculo de los kaijus, el hermoso diseño, la fotografía en claroscuros de CGI pletórico, el hermoso soundtrack de Bear McCreary, nada puede reparar por la construcción mediocre de esta película. Y eso me llena de tristeza. En realidad disfruté ver a Mothra esparcir sus alas y a Rodan hacer el sonic boom; amé ver que respetaban el origen de Ghidorah y a Godzilla más allá de sus primeros poderes. Quería amar esta película, pero es simplemente imposible. Los productores desecharon lo que hizo Edwards para hacer franquicia. Y lograron destruir, de nuevo, bajo el peso necio del dinero, algo que pudo ser hermoso.

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