La esperada adaptación live-action de Ghost in the Shell logró algo impensable: ser inesperadamente buena y, al mismo tiempo, una profunda decepción.


Ghost in the Shell no es exactamente una adaptación del manga de Shirow Masamune. Tampoco es una simple adaptación del maravilloso anime de 1995. Éste es un collage peculiar que toma elementos narrativos y visuales muy puntuales de la cinta de Mamoru Oshii para mezclarlos con elementos de la serie animada.

El resultado es peculiar. Por un lado, parece un esfuerzo absolutamente loable que buscó respetar muchas cosas del material en el que se inspira. No es la clásica adaptación de Hollywood que banaliza absolutamente todo lo que toca. No, aquí hay reflexión y cierta profundidad.

El problema es que esta reflexión y esta profundidad sólo rascan la superficie de un potencial infinito que ya hemos apreciado en el manga y el anime. Así, por más que ésta sea una adaptación respetable, al final de la cinta me quedó una sensación de vacío: es una historia conocida, narrada con un hermoso despliegue visual que se diluye, finalmente, en casi nada.

Orígenes complejos

No hay duda que la maravillosa película de Ghost in the Shell de 1995 marcó un antes y un después en la recepción del animé en occidente. La cinta, escrita por el genial Kazunori Itō y dirigida por Mamoru Oshii, retomó elementos de los primeros 12 capítulos del manga de Shirow Masamune y logró recrear un mundo profundo, complejo e intrigante.

Esa cinta es, tal vez, la mejor adaptación que se ha hecho de un manga al anime en formato de largometraje. Hay un respeto profundo a la creación de Shirow y, al mismo tiempo, un completo desprendimiento en el tono. En la cinta no hay bromas, no hay alivios cómicos rápidos, no hay historias paralelas: todo se concentra en el drama de “El Titiritero” y presenta, con una seriedad casi religiosa, entre cantos que mezclan tradición japonesa y exaltaciones gregorianas, una compleja trama filosófica.

Lo humano, lo cibernético, las máquinas, la voluntad, el género y la sexualidad son temas que se intuyen entre complejas conversaciones filosóficas. Y todo da una textura impresionante, todo parece un tratado humanista desplegado en un fondo de futurismo visual que da vida, verdadera vida, a todas las cosas. La sensación de un mundo alterno es completa, el diseño de arte es perfecto, los juegos de cámara en reflejos, contrapicados, sombras, flares y travelings terminan de crear un contexto de profundidad inquietante.

Frente a esta reinterpretación tan lograda, tan perfecta, de la obra de Shirow, era difícil esperar algo bueno por parte de Hollywood. Ya sabemos el tipo de simplificaciones idiotas que la meca del cine americano puede hacer. Digo, algún día escribiré quince páginas de insultos sobre la imbecilidad de adaptación innecesaria de Aeon Flux en la que Hollywood banalizó absolutamente el complejo trabajo narrativo de Peter Chung.

Sin embargo, el resultado de la película dirigida por el inexperto director de anuncios Rupert Sanders tiene aspectos loables. La cinta no intenta ser una reproducción exacta del anime del 95 sino que se crea como una mezcla de tramas entre la cinta de Oshii y las series de televisión que le siguieron.

Una trama campechana

Ghost in the Shell inicia con una imagen icónica: la creación corporal de la Mayor. Esas imágenes que servían como un acompañamiento perfecto a los títulos de inicio del anime, se recrean aquí, de manera casi idéntica. Justo después, tenemos la escena icónica de la Mayor encima de un edificio esperando órdenes para intervenir en una reunión secreta.

No se trata aquí de todo el esquema político de la película de Oshii, sino de una reunión entre directivos de la empresa de robótica Hanka para vender componentes a un gobierno extranjero. Cuando la reunión es atacada por un grupo de robots hackeados, la Mayor interviene haciendo lujo de coreográfica violencia.

Al entrar en el cerebro de una robot geisha hackeada, los investigadores de la unidad antiterrorismo, Sección 9, encuentran la pista de un hábil hacker que se hace llamar Kuze. Al perseguirlo, descubrirán las motivaciones detrás de los asesinatos sistemáticos de varios ejecutivos de Hanka. Y también la Mayor empezará a descubrir perturbadoras pistas sobre su pasado… y todas ellas apuntan a un nombre: Motoko Kusanagi.

Como seguro se dieron cuenta, este argumento es una mezcla peculiar. El hecho de que aparezca Hideo Kuze relaciona inmediatamente a la película con la serie de televisión y permite que se establezca una historia de origen. No es exactamente la historia de origen que conocíamos, con accidentes de avión y origami, pero va más o menos por el mismo lado: Hideo y Motoko se conocieron como adolescentes fugitivos que protestaban contra la tecnología hasta que fueron secuestrados por Hanka para experimentar con ellos. Básicamente los mataron y refundieron su cerebro en un cuerpo robótico.

El hecho de que aparezca Hideo Kuze relaciona inmediatamente a la película con la serie de televisión y permite que se establezca una historia de origen.

Después de 98 intentos fallidos, la Mayor es el resultado perfecto de la creación más avanzada de cyborgs. Como toda creación tecnológica humana, claro, la empresa que la patenta busca convertirla en un arma. Así, Hanka introduce a la Mayor dentro de la sección 9 para observar y desarrollar sus capacidades asesinas.

En un último combate con un tanque araña, exactamente igual que en la cinta de Oshii, el villano incomprendido y la Mayor terminan acostados lado a lado. Y Kuze promete vivir siempre dentro de ella. Nunca sabremos si Kuze cumple su promesa de pasar a otra vida en esa red que tejía a través de mentes humanas hackeadas cosa que parece improbable porque lo matan sin estar conectado a nada– o si es un simple lugar común, una simple promesa de sobrevivir en el recuerdo.

En cualquier caso, por el hackeo de los conductores del camión de la basura, de los robots geisha, de los humanos que crean su red, vemos que Kuze aquí, fuera de esa cara estática reconocible, se mezcla con la idea original de “El Titiritero”. Así, fuera de todas las relaciones evidentes en el aspecto visual, este final nos muestra cómo los guionistas quisieron juntar aspectos de “El Titiritero”–que aparece en el manga y el anime del 95– con la historia de creación de Motoko en la serie.

Esta mezcla peculiar tiene la ventaja de crear una historia de origen para Motoko en una nueva recreación de la franquicia. Al mismo tiempo, logra mantener elementos visuales y narrativos muy cercanos a la película de Oshii para que los fanáticos nostálgicos del 95 pueden identificarse inmediatamente. Estos aspectos positivos muestran que la película, en efecto, no es la misma adaptación descuidada y desinformada que creó porquerías del estilo, por ejemplo, de Dragon Ball: Evolution.



Recreaciones físicas

También hay una intención evidente, en el Ghost in the Shell de Sanders, de crear un homenaje visual al esplendoroso arte de Oshii. Muchas tomas del anime original están calcadas para adaptarse al live action. Vemos las escenas insignes de la Mayor desapareciendo en su camuflaje mientras cae de un edificio, de la Mayor despertando en un departamento con el marco neón de la ciudad de fondo, de la mayor cazando y neutralizando al recogedor de basura hackeado…

Y estas referencias buscan también construir una identidad propia a partir de uno de los aspectos más importantes de la cinta del 95. Con esto me refiero, claro, a los recorridos de la ciudad que crean la hermosa impresión de un retrofuturismo buscado. Edificios amontonados, callejones que sólo ven el cielo como reflejo sobre aguas negras, mercados atiborrados, anuncios omnipresentes, la sensación general del futuro de Blade Runner mezclado con los barrios ñoños de Tokio.

En Ghost in the Shell se mezcla, entonces, el arte de la película original con una visión mucho más contemporánea directamente sacada de un malviaje de Marty McFly o inspirada de las locuras de Keiichi Matsuda. Porque aquí hay hologramas gigantescos que van más allá de las pantallas de Blade Runner, publicidad altamente invasiva y constantes señalizaciones grotescas.

El papel de Kitano es simplemente genial y se lleva la mayoría del carisma en pantalla.

En este ambiente es interesante ver un mundo que se crea intentando imitar los logros del anime. Y lo que se empeña en mostrar Sanders es el aspecto de las modificaciones corporales. La mayoría de los anuncios y las interacciones públicas van hacia eso. Tenemos, incluso, una escena de exposición en donde Togusa (Chin Han) presume no tener ningún tipo de implante en un mundo poblado por cyborgs banalizados.

Sobre la tela de fondo de este contexto, los personajes se desarrollan bastante bien. Entendemos la ternura tozuda de Bato, la humanidad de Togusa y, sobre todo, el imponente aire de poder paternal que emana el genial “Beat” Takeshi Kitano como Aramaki. El papel de Kitano es simplemente genial y se lleva la mayoría del carisma en pantalla; además de que muestra una de las decisiones más acertadas de la dirección: hacerlo interactuar con todos en japonés. Importa aquí la presencia del idioma original del manga que le permite a Kitano desenvolverse con absoluta comodidad y que refuerza el tema central de las modificaciones cyborg: al tener todos implantes, las traducciones son casi instantáneas y los idiomas son elecciones estéticas.

Paralelamente, la actuación de Scarlett Johannson es perfecta para el personaje que le asignan. Hay que tomar en cuenta que ésta no es la Mayor insolente y altamente sexualizada del manga, ni tampoco la experimentada Kusanagi del anime del 95. No, aquí Johannson debe interpretar a la Mayor como un ser recién nacido, lleno de posibilidades y peligros pero también frágil y curioso.

Aquí Johannson debe interpretar a la Mayor como un ser recién nacido, lleno de posibilidades y peligros pero también frágil y curioso.

En ese sentido, su actuación toma mucho de cintas anteriores. Es una mezcla entre la agilidad acrobática y la presencia física de The Avengers con la fuerza silenciosa de Lucy y la inocencia voraz de Under the Skin. Es por eso que la interpretación del personaje le queda como guante: tanto en los aspectos físicos de las peleas como en las miradas y la duda, Johannson imprime una vida única a la más inocente de las Mayores.

Todo esto se ve muy bien en pantalla, los actores de reparto y la actriz principal tienen sólidas representaciones y la nueva cinta de Ghost in the Shell se dirige con seguridad a lo que quiere lograr. Parece el trabajo cuidadoso de un director más experimentado, con un gran fotógrafo al lado y consultores que conocían bien el material original.

Todo puede verse hermoso, las actuaciones pueden quedar acorde al guión, el guión puede parecer más o menos decente… pero eso no significa gran cosa cuando estamos hablando de la recreación de una obra tan profunda, tan compleja y tan significativa como todas las encarnaciones de Ghost in the Shell.

El problema de la necesaria simplificación

Entiendo las necesidades de simplificación. Era evidente, desde que se hizo el casting de esta película con un elenco manufacturado para el público americano, que no tendría la misma complejidad del anime (ya no digamos del manga). Y, claro, es difícil vender una película de acción futurista con una cantidad imperante de diálogo y un fuerte apoyo en un guión filosófico.

Era evidente, también, que todos los aspectos que permeaban en el manga de Shirow iban a desaparecer en una traducción occidental. Porque Shirow habla mucho de las relaciones entre la tecnología y la religión. En particular, su pensamiento de la transcendencia del “yo” en la máquina está ligado tanto al budismo como al shintoismo y el respeto a las religiones animistas: todo tiene vida, todo tiene, en mayor o menor medida, un espíritu; en este esquema, el ghost no es más que una manifestación mayor, más alerta, de esta vida, de ese espíritu.

La compleja visión de Shirow se pueden ver en las anotaciones de la edición Deluxe del primer tomo de Ghost in the Shell:

“Creo que todo lo que existe en este mundo posee espíritu. Sin embargo, no puedo explicarlo científicamente desde su complejidad, sus funciones, sus limitaciones físicas en el momento de manifestarse como fenómeno, etc. Bueno, hay humanos que tienen reacciones más robotizadas que las de un robot, y el hecho de que no se vean ciertas funciones o efectos no significa que algo no tenga espíritu. Después de todo, hace mucho tiempo no se creía en la existencia del aire ni del universo. En fin, solo para aclarar: los ghosts no son siempre igual de complejos ni producen los mismos efectos.“

En ese sentido, parte importante de la adaptación de 1995 estaba en el respeto a esta visión del espíritu en todas las cosas. Los largos momentos en que la visión de Oshii deambula por pequeños rincones de la ciudad habla de una atención a las cosas, al ambiente, a un mundo vibrante. La representación de “El Titiritero” y su renacimiento en la simbiosis con Kusanagi es, por eso, fiel y certera: a pesar de no llegar al mismo cuerpo que en el manga, a pesar de no tener la misma complejidad conceptual, la rendición es perfectamente misteriosa. ¿En qué plano viven ahora? ¿Son dos conciencias o es una sola? ¿Es acaso “vida” lo que encarna “El Titiritero”? ¿Es acaso “algo”?

En la última adaptación de Ghost in the Shell no hay ningún conflicto político nuevo, no hay ningún entramado humano más allá de lo evidente.

Shirow fue muy preciso en la forma de retratar un mundo complejo. Y eso no quiere decir que describiera todos los detalles de una realidad como un neurótico y finalmente desesperado– escritor de ficciones baratas. No, lo de Shirow es meternos, de golpe, en un universo intrincado, con leyes y estados, repúblicas, dictaduras, tribunales, órdenes de justicia, relaciones sexuales en el espacio digital, entre cyborgs y humanos, entre robots y humanos, mejoras cibernéticas y el mismo viejo crimen de siempre, corrupción y decadencia.

En la última adaptación de Ghost in the Shell, sin embargo, toda esta construcción de mundo se vuelve muy superficial. Sólo existe, difusamente, la idea de un estado; por ahí está la insistencia sobre las mejorías cibernéticas; y entendemos el planteamiento rápido de una fuerza especial de seguridad que usa a un cyborg único. Pero no hay ningún conflicto político nuevo, no hay ningún entramado humano más allá de lo evidente.

Todo empieza porque el personaje de la Mayor, a diferencia del cómic y del anime, es excepcional en esta cinta. No hay un sólo cyborg como ella y la muestran como la cúspide de la evolución humana, como aquello a lo que aspira el hombre para alcanzar la inmortalidad. Esto cimenta, sin duda, la relación entre ella y Kuze (son los únicos dos cyborgs de ese tipo en el mundo) pero vuelve absolutamente banal toda la cuestión que tomaron de la trama de “El Titiritero”.

Una parte importante de la belleza de esa trama era que, justamente, “El Titiritero” había nacido como un ente espontáneo, necesario, producto del flujo desmesurado de información en ese mundo futuro. Y aquí, por la excepcionalidad de la Mayor y de Kuze, todo ese aspecto se borra: ambos son el producto de una compañía maligna. Kuze, simplemente, tiene habilidades como hacker (no se sabe muy bien por qué) y Makoto sabe pelear (no sabemos tampoco muy bien por qué).

Todo acaba, entonces, en un conflicto entre el estado que, a través de su fuerza policiaca se enfrenta a las mega corporaciones.

En este esquema, Hanka encarna el estereotipo que crea el conflicto en la trama; ese mismo estereotipo que separa a “los científicos que trabajan por el bien de la humanidad” de “los científicos que sólo trabajan por el dinero”. El personaje de Juliette Binoche y los miembros de la Sección 9 encarnan la humanidad bondadosa, humanitaria, que acepta a la Mayor y que busca el bien general. Por el otro lado, Cutter, el CEO de Hanka, representa a la humanidad corrupta que persigue, egoísta, el beneficio a través de la venta de salud y armas.

Todo acaba, entonces, en un conflicto entre el estado (necesariamente bueno) que, a través de su fuerza policiaca (necesariamente humanitaria y tolerante) se enfrenta a las mega corporaciones (necesariamente malas y corruptas). Y esta visión absolutamente inocente contrasta fuertemente con la filosofía del material original. Además, el contraste no se basa en una construcción interesante… o siquiera original. Porque éste es un tropo narrativo absolutamente gastado, maniqueo y que debió quedarse en donde pertenece realmente: las películas de acción noventeras, tan malas, tan evidentes y tan gringas, que sólo llegan a fascinar en su debido contexto.

Por lo demás, convertir una trama tan compleja, tan llena de aristas, en una lucha banal entre el bien y el mal; convertir a la Mayor en un accidente de laboratorio, en un juego perverso entre empresas y un estado militarista; banalizar la historia de “El Titiritero” en favor de una diluida historia de origen con un Kuze caricaturesco; todo esto me parece aberrante.

Pienso que ésta es la mejor adaptación de un anime que Hollywood ha hecho, sin duda. Pero, desgraciadamente, eso no quiere decir gran cosa. Las buenas intenciones no lo son todo y la copia mal hecha muestra los puntos burdos en los dobleces. Finalmente, no queremos más ciencia ficción vistosa y estúpida (para eso tenemos ahora a las Wachowski), lo que necesitamos es la profundidad que nos pudieron dar, en su momento, los mundos espontáneos e increíbles de Ghost in the Shell en los ochenta y noventa. Supongo que, para esta industria, eso es demasiado pedir.



Lo bueno
  • El aspecto visual.
  • El gran Aramaki de Kitano.
  • La buena actuación de Johannson.
  • Los guiños al anime del 95.
  • Algunos momentos de construcción de mundo.
  • Que, contra todo pronóstico, no apestó completamente.
Lo malo
  • La banalización de las obras anteriores.
  • El argumento maniqueo y superficial.
  • Que hayan destruído la genial historia de “El Titiritero”.
  • Que piensan que es suficiente una fidelidad superficial.
  • Que no era verdaderamente necesaria.
Veredicto

Soy el primer culpable y lo entiendo: es mi generación y los gustos que comparto con ella, los que han creado esta era de la nostalgia. Sentimos constantemente que todo pasado fue mejor y nos vemos inmersos en discusiones infinitas sobre sus bondades. Ahí, muchas veces, por la enorme producción de comentarios al respecto hemos creado la idea de un enorme mercado: la venganza del nerd, la era de lo geek, cambió lo oscuro y específico en blockbusters y ventas masivas. De pronto, surgen adaptaciones de más o menos todo lo que alguna vez nos gustó… y muy seguido somos los jueces crueles de estos resultados.

Fuera de nostalgias, fuera del momento histórico que vivimos en cultura popular, nada quita que Ghost in the Shell es una adaptación superficial. Se ve todo muy bonito, todo parece estar en su lugar y algunas cosas destacan, pero el fondo es reconociblemente inocuo. Y esta banalización de una obra tan grande es notoria porque la misma producción, la misma película, ruega que la comparen con el material original. No van a pasar un mal rato en el cine, simplemente no esperen sentir que los que crearon esta bella obra deficiente, quieren halagar, más allá de la nostalgia, sus inteligencias.


Título: Ghost in the Shell.

Duración: 106 min.

Director: Rupert Sanders.

Elenco: Scarlett Johansson, Juliette Binoche, Chin Han, Michael Pitt, Pilou Asbæk.

País: Estados Unidos.

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