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Bright es una película absurda pero hay que hacerle justicia y juzgarla como lo que es: un intento loable de nueva fantasía.

En el exacto opuesto a lo que sucedió con The Last Jedi, Bright ha causado una controversia entre los críticos que la detestaron y el público que la adoró. La más ambiciosa y cara producción de Netflix hasta la fecha ha sido descrita como una basura incoherente, la peor película de 2017 y una pérdida de tiempo. También, es la película más vista en la historia de la plataforma de streaming (toma eso Adam Sandler).

¿Pero quién tiene razón aquí? ¿Se puede decir que ésta es una absoluta basura? ¿Por qué hay tantas discordancias entre lo que quiere el público y lo que premia la crítica? ¿Nos ponemos del lado del público o de los solemnes expertos?

La Tierra Media después

Después de cuatro grandes películas de inspiración indie (The Meyerowitz Stories, Okja, Mudbound y Jim and Andy), Netflix decidió sacar todos los morlacos. Y cuando digo todos los morlacos, digo todos los morlacos. La gran casa productora que reina en el streaming jamás había pagado 90 millones de dólares para hacer una película. Tampoco había desembolsado la exorbitante cifra de 3.5 millones de dólares por un guión.

La cinta en cuestión es Bright, el director encargado fue el infame creador de Suicide Squad, y el mentado guión fue escrito por el hijo del mítico John Landis. Si Netflix estaba dispuesto a pagar tanto por un guión y tanto para hacer una película debe ser porque les vendieron una gran idea, ¿o no?

La idea no es mala pero tampoco es original y completamente innovadora. De hecho, creo que la apuesta de Netflix no fue a la genialidad del guión sino a lo mucho que se asimila el concepto a lo que gustan los usuarios habituales de sus contenidos. Sin decírselo a nadie, el rey del streaming es un gran recolector y procesador de datos. Como debe ser.

¿De qué va entonces esta polémica cinta?

La apuesta de Netflix no fue a la genialidad del guión sino a lo mucho que se asimila el concepto a lo que gustan los usuarios habituales de sus contenidos.

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El asunto gira en torno a una pareja de policías en un mundo único. Se trata de Los Ángeles, un lugar encumbrado por el 1% más rico de la población, asolado por pandillas en barrios urbanos, lleno de racismo, vida, desigualdad y locura. La diferencia es que esta versión de Los Ángeles se desarrolla 2,000 años después de un evento cataclísmico de tintes fantásticos.

Con un lejano sabor a pelea en la Tercera Edad por la Tierra Media, hace 2,000 años los humanos, los enanos y los elfos se enfrentaron a un Señor Oscuro y sus huestes de orcos. La mayoría de los orcos eligió o fueron forzados a servir en el bando equivocado y, cuando acabó la guerra y ganó la luz, acabaron segregados.

Tanto tiempo después, en lo que sería nuestra época, los orcos siguen siendo un clase despreciada en la organización social. Fuertemente ligados a conservadoras tradiciones tribales, los orcos se acoplan mal a este mundo dominado por los verdaderos vencedores de la guerra fantástica: los elfos. Elitistas, altivos y ricos, los elfos controlan este mundo y desprecian –al punto de poner barricadas alrededor de sus zonas de negocios– a todo el resto de razas.

Hay enanos en Florida, dragones surcando los aires, centauros dispersando manifestaciones y una constante plaga de haditas a las que les gusta aventar sus heces. Como pueden ver, la premisa de este mundo es la de una evolución de la Tierra Media hasta nuestros días (un poco como lo fue la evolución paralela de los dinosaurios en Super Mario Bros.).

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Daryl Ward (Will Smith), un policía humano con problemas familiares y endeudado hasta el tuétano, tiene que ser compañero de Nick Jakoby (Joel Edgerton), el primer policía orco designado por una división de integración policial.

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En este contexto, Daryl Ward (Will Smith), un policía humano con problemas familiares y endeudado hasta el tuétano, tiene que ser compañero de Nick Jakoby (Joel Edgerton), el primer policía orco designado por una división de integración policial. Pero ojo, ésta no es una política de integración racial, sino de integración de especies: no es habitual que los orcos sean policías porque siempre estuvieron vinculados al caos y nunca a las fuerzas del orden.

La pareja de policías se entiende mal y todos los compañeros de Ward quieren ver la caída de Jakoby. Pero pronto, los dos patrulleros acabarán inmersos en una aventura profética al encontrar una elfa medio muda, medio traumada, que tiene una varita mágica.

En este universo, las varitas mágicas sólo pueden ser usadas por individuos con propensiones mágicas llamados “Brights” y todo otro ser que las toque acaba desintegrado. Pero el riesgo lo vale: estos artefactos tienen el poder de convertirte en un semidios, de transformar la materia, de crear lo que sea, de revivir… y de matar.

Con esta premisa básica se entiende la idea de Max Landis y lo que trató de crear con este mundo: una reminiscencia nostálgica perfecta para el grupo millennial, consumidor de Netflix, que creció en los noventa. Esta película es, defectos más, defectos menos, un paralelo en cine de Stranger Things, la gran creadora de nostalgias.

Más de la misma nostalgia

A final de cuentas, Bright es una cinta predecible que termina desinflándose bajo el peso de su propio concepto; es una cinta retacada de pésimos oneliners, de clichés y banalidades; una película con escenas de acción que se prolongan demasiado y con una trama sin sentido que gira hacia locuras fantásticas… Por eso mismo es una perfecta forma de recrear la nostalgia noventera.

¿Cuántas películas no vimos, en los años del Videocentro, que seguían estos mismos esquemas? ¿Cuántas cintas noventeras se basaban en un concepto endeble que se sobreexplotaba por la pura diversión? ¿Cuántos VHS no se gastaron en acción delirante y premisas aleatorias de fantasía?

Esta cinta se basa en la trama de Alien Nation con algo de las estructuras sociales y las razas de Tolkien; un poco de Training Day y End of Watch (también de Ayer) por el realismo policiaco; y una buena dosis de buddy cop noventero salido directo de Lethal Weapon, 48 hrs. o de cosas más clavadas y ridículas como Stop! Or My Mom Will Shoot de Sylvester Stallone.

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En Bright, fuera de la pareja central de policías, los personajes no son muy interesantes.

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En ese sentido, es una perfecta mezcolanza de los cariños con los que creció Max Landis y con los que crecimos buena parte de los hijos más nostálgicos de los noventa. Por eso, la comparación con Stranger Things no es superflua. Se trata del mismo esquema de reivindicación ochentero y noventero. Como buena producción nostálgica, Bright toma y abusa de los errores de las cintas que homenajea. Y es ahí en donde se diferencia de Stranger Things: la serie de los Duffer Brothers no desarrolla un universo particularmente intrigante pero logra crear personajes eficientes que vinculan una rápida empatía con el público.

En Bright, fuera de la pareja central de policías, los personajes no son muy interesantes. Y, a pesar de la gran presencia de sensualidad ultraviolenta por parte de Noomi Rapace (Prometheus) como la villana y del venezolano Edgar Ramírez como un elfo rarísimo que trabaja para la división mágica del FBI, no hay gran trasfondo de caracteres.

La cinta funciona, como buena comedia de amigos policías, a través de la química entre los personajes principales: Will Smith hace el mismo papel de siempre, algo cansado, como el policía valiente y dicharachero que enoja a todo el mundo; Joel Edgerton crea un empático y tierno orco que, por su debilidad y lentitud, uno no entiende muy bien por qué no eligió ser ebanista en vez de policía.

Pero estas funciones básicas de la película, que la hacen avanzar entre los caminos de la nostalgia, no bastan para ocultar las deficiencias en los diálogos que, por momentos, rozan el ridículo. Y no es fácil saber si se trata únicamente del guión de Landis o si es también culpa de la dirección de Ayer. Porque aquí, las dos cosas están en conflicto.

La cinta funciona, como buena comedia de amigos policías, a través de la química entre los personajes principales.

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Hay una verdadera discrepancia creativa entre el realismo idealista de Ayer y el maniqueísmo comiquero, nostálgico y creativo de Landis. Uno quiere hacer un universo de cómics, el otro quiere crear con él una realidad más tangible. Y esto suena excelente pero se realiza bastante mal. Esto se puede observar muy bien en las secuencias de acción que muchas veces no pueden balancear los chistes de buddy cop, la acción realista de filmación sucia que tanto le gusta a Ayer y el toque comiquero de ultraviolencia que, generosamente, John Wick heredó al mundo.

A pesar de todas estas deficiencias evidentes, hay algunas cosas interesantes en Bright; cosas que distinguen a esta película de la enorme basura que fueron las anteriores cintas de Ayer (lo siento, pero odio los choros patrioteros y lacrimosos de End of Watch).

El universo comenzado

Si esperabas encontrar una profunda alegoría sobre temas raciales, fuiste al lugar equivocado. Si querías considerar los entramados de la corrupción, de la política y de las leyes de poder dentro de las instituciones policiales, también.

Esta película tiene un poco de todas estas influencias en un machote de nostalgia que ofendió profundamente a los críticos americanos. Si el público recibió muy bien esos recuerdos noventeros, los críticos se abalanzaron sobre la estupidez de una cinta que trata los problemas raciales con fantasía.

Los gringos están profundamente traumados con sus esquemas de racismo y corrección política. Especialmente los blancos liberales que terminan escribiendo críticas de cine. En este sentido, creo que muchos tomaron esto de manera bastante literal.

Si el público recibió muy bien esos recuerdos noventeros, los críticos se abalanzaron sobre la estupidez de una cinta que trata los problemas raciales con fantasía.

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El hecho de que los orcos tengan pandillas no quiere decir que son, necesariamente, el equivalente de la comunidad negra de Estados Unidos. Ese mismo pensamiento de sobrecorrección crítica puede ser racista en sí mismo.

De hecho, aquí hay varias mofas a estos pensamientos raciales: en un momento se habla de “Fairies lives don’t matter” y de que los orcos son grandes linebackers por gordos y lentos pero que no pueden jugar basquetbol. En ese sentido, me disculparán, pero se observa que ésta no es una lectura racial del presente americano.

Por el contrario, creo que las estructuras de esta sociedad hablan más de un imaginario fantástico heredado de la lectura de Tolkien que de una reflexión racial como la de District 9 de Neill Blomkamp. Piensen un momento en los orígenes de los orcos en el mundo de Sauron: se trata de elfos corrompidos, de la antigua raza maldecida con la inmortalidad, torcida por el dolor y subyugada para el trabajo. Es un contexto absolutamente distinto de resentimientos y poder si estiramos esa mitología al contexto de Bright.

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Bright es una búsqueda nostálgica de diversión que logra crear un universo entrañable.

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Los críticos quisieron ver, en la época de Black Lives Matter, de Get Out y de Detroit, una lectura racial inmediata… pero debieron acercarse a esta película desde el duro régimen de la nostalgia. Es en ese contexto en el que el público encontró todo el placer posible de esta producción.

Porque Bright es una búsqueda nostálgica de diversión que logra crear un universo entrañable. Si la cinta de Ayer falla en todo lo que Ayer siempre falla (intenciones evidentes, diálogos acartonados, torpeza de tono, finales horripilantes…), también logra darle la vuelta a las más evidentes escenas de exposición para meternos, de lleno, en un mundo vivo y vivaz que despierta locas imaginaciones.

La creación de mundo, a pesar de que sea un mundo habitado por la nostalgia, es lo más intrigante de Bright. Ésta es una cinta a la que se le ha dado demasiado crédito y muy poca paciencia. Bright es una película absurda, es una cinta palomera, es una proyección de sábado crudo para ver en pantalla chica. Y es así como la tenemos que poner en perspectiva y hacerle justicia como un intento loable, un concepto interesante, con las torpezas habituales y todo lo que se le perdonó, en su momento, a las complacencias de Stranger Things.

Lo bueno
  • La construcción de un universo intrigante.
  • La relación de los dos policías.
  • El recuerdo nostálgico de los buddy cops noventeros.
  • La elfa de neón masacrada.
  • La clasificación R que permite Netflix.
  • Noomi Rapace siempre.
  • Altamira, homies.
Lo malo
  • La dirección de Ayer que siempre es torpe.
  • Que Will Smith ya no se soporta a sí mismo.
  • Que todo puede ser leído como una burda reflexión sobre el racismo.
  • Los gringos no pueden superar su solemnidad.
  • Es una cinta más que evidente.
  • Que no la pongan en su lugar como diversión nostálgica y banal.
Veredicto

Es impresionante que ciertos productos de la nostalgia sean recibidos con un enorme amor crítico y que otros sean absolutamente despreciados. No digo que Bright esté tan bien hecha como Stranger Things, ni que tenga los mismos méritos de otras produccione. Pero, al final del día, ésta es una cinta fabricada para ciertos gustos, para cierto público, para ciertos recuerdos.

En su propio mundo, Bright construye un universo interesante y puede verse como un intento loable de nueva fantasía. Fuera de él es una absoluta estupidez mal emplazada, mal dirigida y mal contextualizada. A ustedes les toca decir cómo juzgan esta cinta. Yo me inclino por no darle una importancia que no tiene y saludar su efectivo retrato de la más ridícula acción noventera.

Título: Bright.

Duración: 118 min.

Director: David Ayer.

Guión: Max Landis.

Fotografía Roman Vasyanov.

Elenco: Will Smith, Joel Edgerton, Noomi Rapace, Lucy Fry, Édgar Ramírez.

País: Estados Unidos.

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