Un abogado triste, alrededor de robots

(Imagen: Colin Payson/Yorkali Walters)

Jorge Ringenbach nos habla sobe los retos que enfrentan los abogados con el desarrollo de la inteligencia artificial.

Si no has leído a Philip K. Dick, es el momento de hacerlo; se trata del autor de la novela sobre la que se construyó una enorme película, que hizo historia y que puede considerarse una de las cinco o diez mejores cintas de ciencia ficción en la historia: Blade Runner.

Entre otras cosas magníficas, Dick escribió un pequeño cuento titulado Minority Report, algo así como el “reporte de la minoría”. El hecho es que, sobre esa narración se realizó otra película, que en México conocimos como Sentencia Previa. Ese juego de la traducción de los títulos de las películas trae sorpresas, como el hecho de que la primera versión de Hamlet que se proyectó en nuestro país llevara por título Un príncipe en apuros. Pero, regresando a Minority Report, en aquel texto de Dick —y en la película que inspiró— destacaban un hecho: que la justicia pudiera ser administrada y procurada por máquinas.

En la trama, una especie de comando de videntes asistidos por computadoras pueden prever, con centésimas de segundo, la comisión de delitos; así, la autoridad podía apersonarse justo en el instante previo a que las cosas sucedieran, para evitarlas. El punto difícil está en determinar si en ese último microsegundo cabía la posibilidad del arrepentimiento, y si la máquina podía determinar si el posible ejecutor del crimen lo haría realmente, y si el sistema, sin la intervención humana, era capaz de discernir entre la determinación de cometer un delito y el hecho de cometerlo.

Sin duda, Dick era un visionario, pero si en ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? se aventura sobre las relaciones humanas, el propio sentido de la humanidad respecto de los replicantes, androides casi humanos, o casi robots según se mire, en Minority Report habla sobre las capacidades exclusivamente humanas. La aparición de ese cuento en un año tan temprano como 1956 constituye una rara avis, pues hasta la fecha la aparición de juristas cibernéticos —más allá de Robocop, que no es más que un truco infantil de un hombretón vestido de policía— es un tema excepcional; en cambio, la literatura sobre errores y dilaciones judiciales, así como abogados corruptos, venales y descuidados, es más que universal, digamos, desde Shakespeare y hasta Kafka.

Humano contra máquina

Imagen de la película Minority Report
Minority Report (Imagen: Amblin Entertainment)

La necesidad crea el órgano y ahora, cuando la inteligencia artificial nos ha alcanzado, el planteamiento sobre la necesidad de tener abogados es parte de la discusión de la modernidad. Por un lado, destaca un hecho básico: con el abogado —y particularmente con el juez— el bueno puede medirse con el malo. En el mejor de los casos, el débil encuentra protección y se hace tan fuerte como el poderoso. Para ello, el doliente, el quejoso —como le llama en México la ley de amparo—, el ofendido, cuenta con el criterio humano del jurista, ese elemento que distingue a la equidad de la justicia en abstracto. Algo nos dice que un robot no puede conmoverse y la compasión es también parte del derecho; pero, cuando el abogado es venal, el juez corrupto y la justicia lenta y cara, entonces, todos desearíamos que una máquina hiciera el trabajo que ahora, y desde hace siglos, realizan los humanos. El punto está en que aquel sueño imposible se está haciendo realidad.

Desde hace varias décadas, los científicos se han dedicado a cultivar algo que, a falta de un mejor término, llamamos “inteligencia artificial”. Desde hace más de medio siglo hemos convivido con una expresión que ahora salta a la luz por doquier, cuando se le encuentra en más y más terrenos de la vida práctica. La inteligencia artificial, para decirlo en términos pedestres, los que usamos la gente de a pie, es un conjunto de aplicaciones informáticas, sistemas y diseños computacionales que permiten a una máquina desarrollar una función mejorando su desempeño en la medida que puede corregir sus errores, es decir, una máquina que aprende y a diferencia de muchos humanos, aplica lo aprendido.

Ese concepto ha llegado al mundo de los juristas y, del mismo modo en que los obreros textiles de la revolución industrial supusieron que la máquina de vapor constituía el comienzo del hambre y el fin del mundo conocido, hoy no son pocos los que comienzan a preguntarse si mañana los abogados tendrán lugar en nuestra sociedad. Para resolver el dilema hay que ir por partes. La inteligencia artificial en el derecho, al menos en la parte a la que nos estamos refiriendo, la de las decisiones jurídicas, extralimita con mucho la simple catalogación de leyes o el almacenaje y recuperación de archivos, se trata de tomar decisiones que hoy son parte de tareas humanas, como dictar una sentencia o valorar un argumento; entre ambos extremos hay una gama de funciones que merecen atención particular.

El reto real

Imagen de la aplicación Do not pay
(Imagen: DoNotPay)

Antes de pensar en una Suprema Corte de Justicia robótica, pensemos en la cantidad de horas hombre que requiere la solución de aquellas pequeñas minucias que son parte de un proceso judicial, los acuerdos que deciden si una prueba fue entregada a tiempo y puede ser recibida, los que señalan si una persona tenía los poderes suficientes para realizar cierto acto jurídico; o bien, aquellas pequeñas tareas que los abogados cobran por realizar y que constituyen actos casi automáticos para ellos y que, sin embargo, cuestan porque, a fin de cuentas, el abogado ha de comer y alimentar a su familia; me refiero a los contratos comunes y corrientes, los que no tienen mayor novedad, o los trámites ante la fortaleza burocrática.

Sobre eso, en Estados Unidos o Inglaterra, por ejemplo, ya hay herramientas de inteligencia artificial que están realizando esas tareas; algunas, como DoNotPay, más que ser un abogado, son un instrumento que hace mas comprensible los documentos jurídicos; otras, como Law Geex revisa contratos y sugiere cambios con un margen de error que los humanos no alcanzamos a superar, pero al cual nos acercamos. Sin embargo, toda vez que el trabajo jurídico es casi artesanal, la máquina hace el trabajo un mil por ciento más rápido. Hace un año, Saúl López Noriega publicó en Nexos uno de los artículos más claros sobre el tema, en él, señalaba un experimento académico en el cual un sistema de inteligencia artificial decidió sobre la prisión preventiva en varias ciudades norteamericanas con resultados asombros respecto del descenso en el número de encarcelados y en los delitos cometidos por quienes gozaban de libertad condicional.

Lo cierto es que, no son pocos los juristas que comienzan a presentar algún nerviosismo por una eventual crisis de empleo entre los abogados. Me parece que es mucho decir, y que falta mucho por andar para un escenario de esa naturaleza; ese punto pequeñísimo de humanidad que hace falta para juzgar, por ejemplo, volviendo a Dick, la diferencia entre el replicante y el humano era su capacidad de empatía, de sentir con el otro, de experimentar el dolor ajeno y comprenderlo, algo que a la máquina aún le tomará mucho tiempo en perfeccionar. Y no sólo eso, como especie inteligente, naturalmente inteligente me atrevería a decir, no me platearía el punto sobre la crisis del empleo de los abogados, sino sobre la manera en que los abogados se plantearán la transformación de su profesión para seguir siendo necesarios. Hay un viejo chiste yiddish que lo explica mejor: un medico, un ingeniero y un abogado discuten sobre la antigüedad de sus sendas profesiones; el médico, para comprobar lo vetusta que es su tarea, alude a la extracción de la costilla de Adán para crear a Eva, desde luego, ahí se necesitaba un médico; el ingeniero recuerda que, días antes de eso, Dios dijo “hágase la luz, y hubo luz”, para eso hacía falta un ingeniero; el abogado, por su parte, después de escuchar los argumentos replicó: “y antes de todo eso, dice la Biblia, era el caos y ¿quien creen ustedes que creó el caos?”.

Conclusiones

un robot chiquito en un escritorio.
(Imagen: Matthew Hurst)

Bromas aparte, el primer aspecto donde los cambios ya están presentes es en la ventaja competitiva que presentan los abogados capaces de manejar la tecnología informática con soltura, frente a sus colegas que no lo hacen; los abogados de generaciones pasadas recuerdan sus despachos con las leyes encuadernadas en piel, que adornaban enormes muros, o las legendarias Ediciones Andrade con hojas sustituibles, a las cuales se abonaban los abogados, y recibían por correspondencia. Hoy la legislación, los precedentes, y hasta las sentencias, se consultan en línea y es más apreciado un pasante ágil en las búsquedas en internet y en el uso de las bases de datos de la legislación y la jurisprudencia, que un memorialista que pueda citar artículos precisos del Código Civil. Este es un cambio de perspectiva, de formación y educación.

El segundo aspecto versa sobre la tarea del abogado en la sociedad; en una comunidad que se transforma, el abogado puede mirar con buenos ojos que sus ingresos disminuyan por administrar una página de servicios jurídicos, mientras que el tiempo que eso le deja disponible, le permita diseñar estrategias más ambiciosas, soluciones más complejas, y propuestas más remunerativas para clientes que puedan pagar mejor sus servicios. Claro, eso si ha cumplido la condición anterior, y puede hacerse un lugar en un mercado más competitivo y más difícil.

Por último, los abogados del presente tienen que ejercitar una de sus capacidades ancestrales, la sabiduría para elegir a sus enemigos, y es claro que en este caso, la inteligencia artificial no es a quien hay que vencer. Los experimentos y programas desarrollados indican que un abogado que cobra seis mil pesos, revisa un contrato con un índice de efectividad del 80% en ocho horas, tiempo, dinero y esfuerzo que no pueden competir contra una máquina que cobra diez centavos y revisa un contrato con índice de efectividad del 90% en veinticinco segundos. Pero el abogado humano puede aprender a operar la máquina, y sacar el mejor partido de ella, y puede hacer lo que el aparato aún tardará mucho en hacer: crear, escuchar, comprender y expresar solidaridad. Esa función que las máquinas, si algún día lo hacen, tardarán siglos en aprender, la tarea de comprender el error y el deseo del otro, su ansia de riqueza y la indulgencia con sus fallas, el sentido humanitario de la justicia y el sabor agridulce de la solidaridad humana.

Por: Jorge Ringenbach (@Coy)

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