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Magdalena Solís, Suma Sacerdotisa de la Sangre, asesina vampírica mexicana

Te contamos la historia de la asesina más sangrienta de la historia de México.
(crisvector)

Los que temen a la locura que emana del caos citadino y anhelan la tranquilidad de la vida campestre, es porque no conocen el terror que se esconde en las rancherías perdidas de la mano de dios en las que la ignorancia siembra su semilla de fatalidad.

Carnicerías y asesinos seriales crecen sin control en los llanos, en las laderas de los ríos, se ocultan en los bosques, esperan en la nieve. Una de estas historias, quizá la más truculenta y poco conocida que haya ocurrido en México, sucedió en el norte, cuando aún tenía la peculiaridad de ser un territorio indómito, e incluye vampirismo, fraude, orgías y asesinatos al por mayor. Nos referimos por supuesto a Magdalena Solís, mejor conocida por la historia como la Suma Sacerdotisa de la Sangre.

La Yerbabuena, Tamaulipas.

Todo comenzó en los últimos meses de 1962 en Tamaulipas, con los hermanos Santos y Cayetano Hernández, un par de truhanes de poca monta y baja estofa dedicados al fraude. Los Hernández idearon un plan maestro para estafar a una comunidad haciéndose pasar por sumos sacerdotes de una deidad antigua y prometiéndoles revelarles un tesoro a cambio de que la gente les diera sus posesiones. Hoy en día este plan les parecerá bobo, pero en el México rural de mediados del siglo XX todo era creíble.

Los Hernández eligieron la ranchería de La Yerbabuena, Tamaulipas, para poner a prueba su estafa. Llegaron como extraños al pueblo y delante de los 50 habitantes del pueblito afirmaron ser los emisarios de los dioses Incas y que, a cambio del pago de tributos, le entregarían los tesoros que estaban ocultos en las montañas desde hacía milenios y, a los que dudarán de su palabra, los castigarían de formas que sólo los dioses antiguos conocen.

¿Qué iban a saber los analfabetas habitantes de La Yerbabuena sobre la cultura peruana si no conocían nada más allá de sus tierras?, ¿quién iba sospechar que ningún inca escondió tesoro alguno en México si la buena gente de La Yerbabuena sólo pensaba en sobrevivir a la inhóspita Sierra Madre Oriental donde se encontraba su pueblo?, ¿quién puede culparlos de creer esta patraña? Nadie.

La gran mayoría de los habitantes aceptó pagar tributo económico y sexual a los Hernández, quienes aceptaban hombres y mujeres por igual. Así comenzaron una secta cuyos primeros pasos se dieron en las montañas que bordeaban el valle donde se ubica La Yerbabuena, limpiando las cuevas para convertirlas en templos de adoración. Luego, Santos y Cayetano salían fuera del pueblo para comprar mariguana con el dinero que les daban y regresaban para compartirla con sus feligreses que, dóciles por la droga, participaban en las orgías que organizaban los hermanos.

Cuando alguien quería protestar, le ofrecían droga. Si alguien no estaba de acuerdo con tener sexo, ellos explicaban que era la única forma de mantener su cuerpo puro y limpio para los dioses, por eso entre más tuvieran sexo con los hombres santos era mejor.

Las cosas estuvieron bien para los estafadores por algún tiempo, pero los integrantes de la nueva secta se iban cansado de no tener la fortuna prometida, ni había señal de los dioses, ni nada. Temerosos de que su nuevo estilo de vida peligrara, Los Hernández escogieron a una adolescente local para que fuera su “sacerdotisa”. La hacían bailar desnuda frente a todos y eso apaciguó las cosas un par de semanas más.

Al tercer mes los sectarios exigieron fortuna, a lo que los estafadores contestaron que la sacerdotisa que habían elegido en el pueblo era impura y que irían en peregrinación en busca de una “deidad local” que había estado muerta por años.

En lugar de escapar victoriosos de La Yerbabuena y repetir la misma estafa en otro lado, los hermanos decidieron expandir la mentira un poco más sobre La Yerbabuena e hicieron lo que cualquier criminal que haya fundado una secta haría: ir a buscar prostitutas.

Así lucen las inmediaciones de La Yerbabuena, Tamaulipas, el día de hoy. Actualmente viven alrededor de 20 personas en la ranchería. (Amante Darmanin)

Monterrey, Nuevo León

Los hermanos llegaron a Monterrey buscando prostitutas que les ayudarán a continuar con la farsa en La Yerbabuena. Se cree que contactaron a por lo menos 14 mujeres, entre ellas a Magdalena Solís. Aunque no queda muy claro si llegaron a ella a través del hermano de ésta, que fungía como su proxeneta, o lo conocieron después de cerrar el trato con la que se convertiría en la asesina más sangrienta de México.

Cuando los Hernández conocieron a la prostituta de 16 años, Magdalena ya había sufrido bastante. Llevaba años siendo prostituta, creció en los círculos de la pobreza más recalcitrante de Monterrey y no parecía haber salida a ese estilo de vida. La llegada de los Hernández y la oferta de convertirla en diosa debieron parecerle un verdadero milagro.

Muchos autores concuerdan que Magdalena solía “imaginar” con mundos fantásticos que le ayudaran a escapar de su dura realidad. Los hermanos Solís aceptaron participar en la estafa y partieron para Tamaulipas.

Presunta fotografía de Magdalena Solís, Suma Sacerdotisa de la Sangre

El nacimiento de la Suma Sacerdotisa de la Sangre

En una de las cuevas que servían de adoratorio para los feligreses de la Yerbabuena, los hermanos Hernández presentaron a Magdalena como la reencarnación de la diosa madre Coatlicue, que era mexicano-inca. En medio de una polvareda (provocada) Magdalena apareció convertida en diosa amorosa que prometió que las cosas cambiarían para el pueblo. Y así pasó.

Si a los Hernández les gustaba el sexo, a Magdalena la enloquecía. Exigía su tributo sexual con hombres y mujeres a todas horas, organizaba orgías a las que no se podía faltar. A los pocos días, los delirios de ser verdaderamente una diosa la poseyeron, en parte por la fe que le profesaban los yerbabueneños. La droga corría por todo el pueblo y los Hernández estaban permanentemente mariguanos y Eleazar, el hermano de Magdalena, estaba satisfecho con la parte de sexo y droga que le tocaba.

Solís comenzó a mostrar delirios religiosos y sádicos, sus parejas sexuales eran cada vez más jóvenes y no había nadie que la detuviera, pues había tomado el mando de la secta, dejando que los Hernández se dedicaran sólo a gozar de los placeres.

Algunas semanas después de la llegada de Magdalena, un par de jóvenes de la comunidad, hartos de los abusos sexuales, externaron su deseo de salirse del culto de La Diosa. Fueron llevados ante Magdalena quién, completamente intoxicada por las drogas, decidió el destino de los desertores: La Muerte.

Esa misma tarde los lincharon.

Sangre para los dioses

El miedo a ser sacrificados paró en seco cualquier protesta que la comunidad tuviera sobre los hermanos Hernández y Magdalena Solís. Tenían miedo y la pandilla de embaucadores lo notó, así que durante las siguientes seis semanas aumentaron la violencia de su trato hacia los habitantes de la Yerbabuena. Ahora exigían sacrificios en sangre y dolor. Tomaban a los miembros “más débiles” de la comunidad y los sometían a torturas con estacas, quemaduras y golpizas constantes. A otros los obligaban a desangrarse para “alimentar” a los dioses de la forma en la que los aztecas lo hacían.

La sangre de los miembros del culto se mezclaba con sangre de pollo, peyote y marihuana, y el brebaje era consumido por la diosa o sus elegidos. Las visiones provocadas por la droga hicieron pensar a los miembros del grupo que realmente daba poderes y la adoración a la diosa aumentó.

No hay datos claros de cómo fue que comenzaron los sacrificios rituales extrayendo corazones, pero estos comenzaron para el segundo mes de estadía de la Suma Sacerdotisa de la Sangre en La Yerbabuena. Se sabe que en un periodo muy corto de tiempo a seis personas les fue extraído el corazón en la cueva que servía como lugar de culto a la Diosa. Todos estaban consientes al momento de la extracción.

En mayo de 1963, un niño de 14 años llamado Sebastián Guerrero, llegó hasta la cueva del culto atraído por las historias que se contaban sobre la diosa y los ruidos que surgía de la cavidad. Para su mala suerte, contempló el sacrificio de una de las víctimas. Aterrado huyó del pueblo y caminó 25 kilómetros hasta el pueblo de Villa Gran, dónde estaba la policía.

Cansado y aparentemente delirante, Sebastián le contó a la policía que un grupo de vampiros estaban sacrificando a sus vecinos. Todos se rieron de él, pensaron que era un mariguano más. Y lo encerraron en una celda. Sólo el policía investigador Luis Martínez lo tomó en serio y lo siguió a donde había visto a los vampiros cometer sus crímenes. Nunca más volverían a ser vistos con vida.

Códice Tudela

Redada infernal

Los compañeros del oficial Martínez notaron su ausencia la última semana de mayo de 1963, así que decidieron tomar en serio la denuncia hecha por Guerrero y partieron en un operativo rumbo a La Yerbabuena. No fue una redada fácil, dado que los miembros del culto se habían atrincherado y estaban armados. Se desató el fuego cruzado en el que murió la mayoría de los miembros del culto, incluido Santos Hernández. Cayetano fue asesinado por un miembro de la secta, que intentaba que la gracia de uno de los sacerdotes de la Diosa le protegiera de las balas de la policía y le sacó el corazón.

Magdalena y Eleazar escaparon del tiroteo, pero fueron encontrados poco después ocultos en una granja cercana en posesión de una “gran cantidad de mariguana” y los cuerpos descuartizados del oficial Martínez y el niño Sebastián Guerrero.

En total fueron exhumados los restos de 6 personas en las inmediaciones de la cueva del culto.