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Una vez soñamos aviones: ¿la tecnología mató a la ciencia ficción?

Nuestro amigo, Jorge Luis Ringenbach regresó, ahora para hablar sobre las dificultades de hacer ciencia ficción en el mundo de hoy.
(Sony Pictures)

Desde pequeño la ciencia ficción ha llamado mi atención, como a todo mundo supongo; ese género que se presenta como amenazante y profético que, además de fuente de entretenimiento, es una constante reflexión sobre nosotros mismos. Quien atisba en su futuro y lo imagina, en realidad se está asomando a la sombra de sus esperanzas y sus temores. Entre ciencia y tecnología hay una relación estrecha con la literatura y las artes, no son pocas las ocasiones en que los inventos y los cambios tecnológicos han implicado un paso por las letras y las artes, como premoniciones y como sueños.

Julio Verne, en mi infancia, ya no era el clásico que leyeran los niños, más bien, era el clásico que nuestros padres habían leído y que nos obsequiaban con la esperanza de que lo leyéramos, era más bien un objeto de culto y sus reflexiones sobre la tecnología ya habían sido alcanzadas; el hecho es que señala una transición constante en los últimos cuarenta años en ese género y, desde luego, en la forma en la que entrevemos el futuro de la humanidad, de la ciencia y la tecnología.

Por una parte, la ciencia ficción plena de posibilidades y esperanzas pasó a la historia, las guerras del siglo XX dieron cuenta de ello, haciendo realidad sus expectativas, ya se sabe, aviones, helicópteros, medicamentos y formas de comunicación y dejaron su lugar a las contrautopías de contenido científico que se fueron escribiendo desde la década de 1940 y que siguen haciendo de las suyas entre nosotros. A los viejos clásicos los sucedieron dos géneros distintos, la distopia ya mencionada y la historieta. Mi generación es, pues, hija de esos dos monstruos; por un lado, del Gran Hermano de 1984 de Orwell, o de Farenheit 451; pero también de los superhéroes que perdieron la inocencia de los primeros días cuando eran hombres superdotados combatiendo al fascismo para enredarse en complejas tramas de ciencia y técnica en la que el dominio de la humanidad y hasta de la galaxia suplantaron al humilde villano que le bastaba con aterrorizar a Ciudad Gótica.

Cartel callejero inspirado por 1984, (Foto: urbansnaps-kennymc)

Hoy veo, por ejemplo, que los niños y los más jóvenes ya no se entusiasman con el superhéroe puro y santo, el Superman del rizo en la frente que ayudaba a la ancianita a cruzar la calle, lo quieren con un conflicto interno que lo haga debatirse entre el bien y el mal; ya no les basta con la imagen del Batman de la televisión que pervivió durante tres décadas, el del pijamas gris que era un poco inocente y corría siempre en cámara lenta; también debe estar surcada su memoria y su identidad por el odio y la pasión, para hacerlo atractivo. Además, los villanos han adquirido su encanto, raros eran los niños que querían ser el Guasón o Lex Luthor, pero ahora, bien a bien, los linderos entre ambas parcelas parecen irse desdibujando y encontrando terrenos comunes; resulta pues, que ni los buenos son tan buenos ni los malos son tan malos y ambos están motivados por el manejo tecnológico y por el dominio de ciencias y tecnologías inimaginables para el común de los mortales. Encuentro, a vuela pluma, al menos una razón evidente; en el mundo ya nadie es lo suficientemente bueno y nadie es ya lo suficientemente malo, la tecnología y los medios de comunicación nos han igualado un poco y salvo los terroristas que han pasado por el filtro mediático de los Estados Unidos, nadie puede arrogarse la titularidad del mal absoluto, Vivimos pues tiempos en que el uso d e la tecnología nos democratiza y nos iguala y eso, en el fondo, nos asusta porque nos deja sin referentes para el camino.

No puedo decir que haya llegado la hora final de la ciencia ficción, eso es como anunciar la muerte de la poesía, Teodoro W. Adorno tenia razones para anunciar esa muerte después de Auschwitz y ni siquiera él tuvo razón; el hecho sí, es que la ciencia ficción a lo Verne o Lem están muertas y enterradas, que resulta que la progenie poderosa ha sido la de Orwell, Bradbury y Dick, son las que van tomando nueva vida en su descendencia que se perfila, más allá de la letra impresa en el cómic, el cine y en las series para la televisión; es claro que no podemos dejar de soñar nuestro futuro, es una especie de condicionamiento de nuestra especie y de nuestra inteligencia, pero el hecho estriba también en que nuestros sueños dejaron, a diferencia de otras épocas de la humanidad, de ser sencillos y luminosos para reflejar el mayor de nuestro miedo: no saber a dónde vamos. Pero serenos, guardemos la calma que como dijo el famoso Mago Septién, “esto no acaba hasta que se termina” y ya nos ocurrió en la Edad Media y a finales del renacimiento y siempre, absolutamente siempre, hemos logrado adaptarnos porque ese es el gran acierto de la humanidad.