El 29 de diciembre de 1995 se estrenó una de las películas más significativas de la ciencia ficción contemporánea. No era un guión original, pero no era tampoco un remake respetuoso.

Habían pasado 33 años desde que el enigmático Chris Marker liberara la poderosa fotonovela cinéfila La Jetée; Robert Kosberg persiguió al genial director francés, consiguió los derechos con Universal y finalmente, con Charles Roven, contrató a Terry Gilliam para hacer 12 Monkeys. La película tomaría algunos elementos fundamentales de la obra corta de Marker para adaptar un largometraje que mantuviera la complejidad filosófica con algo más de acción y suspenso rápido. Y vaya que lo lograron.

La Jetée es, sin duda, un enorme clásico que, fuera de su estatuto como película de culto, representa un hito en la historia del cine mundial: ¿alguien dijo que hacer una película era solamente captar imágenes en movimiento? En un registro completamente distinto, la adaptación de Gilliam (Brazil, The Adventures of Baron Munchausen, Fear and Loathing in las Vegas) fue un nuevo clásico del género que marcó profundamente a una generación. No sé ustedes pero yo recuerdo ver en el cine esta película, no entender nada y sentirme, al mismo tiempo, completamente fascinado por ella. Ahora, después de 20 largos años en donde los viajes en el tiempo fueron menos frecuentes (quedan algunas excepciones de lujo con Primer y Looper), regresa para la pantalla chica la historia del prisionero del futuro y el bello rostro de mujer que lo perdió en el pasado.

Algunas comparaciones necesarias

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En ánimos de comparar, el primer resultado es deprimente. Y ya se veía venir desde el póster promocional: en ninguna de las dos versiones anteriores los personajes se veían tan limpios, tan maquillados, tan estilizados. De acuerdo, para la televisión hay que volver todo un poco como figuras de cera, pero esto es salirse completamente de la pátina sucia y constante de un universo derrumbándose, de un pasado ya muerto.

A pesar de que Bruce Willis, Madeleine Stowe y Brad Pitt tienen su lado atractivo, ninguno de los tres queda representado como galán de telenovela. Willis es una animal, sucio y brutal, afinado para la supervivencia, pervertido para cualquier relación social. Stowe está fuera de su campo de control y lejos cualquier medio de confort: se está volviendo loca y lo sabe; se libera por el cariño reciente de Cole y va despeinada en el alborote nuevo de pelucas y mundos falsos. Pitt aparece babeando en un hospital psiquiátrico o planeando locuras en algún cerrado local de ecologistas radicales; tiene un ojo virolo y se muerde compulsivamente un dedo. No son, pues, estos personajes recortados y definidos, limpios y vestidos para la ocasión, que nos presentaba ya el póster.

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Bruce Willis en 12 Monkeys (1995)

Pero, más allá de estos aspectos superficiales, encontramos una decepción aún más grande en la forma de trabajar la historia. Estoy de acuerdo en que no se puede hacer un remake exacto y que, en todo caso, intentarlo sería fallar desde el principio. Estoy de acuerdo en que una adaptación tiene que tener libertad: lo de Marker no era un thriller de acción, no había encuentros con osos en tiendas departamentales y nunca se habló de una armada de 12 monos. De acuerdo. Pero hay algo que se pierde si el sombrío futuro sigue siendo sólo un mundo abandonado y hostil y no las catacmubas de Chaillot o el drenaje de Baltimore. Se pierde algo de la oscuridad de la historia en un grupo de elegidos que sigue teniendo control de la superficie del planeta. Ahí, uno empieza a preguntarse otras cosas y el éxito de Cole parece menos importante: todo porque el futuro es menos oscuro, más libre, menos apretado.

No toda intención es buena

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Y no es nada más un problema de locación. El drenaje de Gilliam señalaba la opresión claustrofóbica de un futuro convertido en destino y fatalidad; las cuevas de Chaillot señalaban con Marker la reproducción de un pasado convertido en piedra (en Chaillot se reconstruían monumentos subterráneos como la tumba de Tutankamón o un templo chino perdido para las exposiciones universales de principios de siglo XX). El futuro que representa esta serie no nada más es menos sombrío sino que parece menos inevitable y señala menos reflexión conjunta. Aquí parece estar el problema de la adaptación del canal Sci-Fi: Gilliam diluyó algo de la reflexión estética de Marker para hacer una película de acción; aquí, el resto considerable de reflexión filosófica sobre la fatalidad y la responsabilidad humana, parecen acabar de irse al traste.

Es clara la intención de Sci-Fi: buscan separarse en temática de sus influencias principales (incluso olvidan a Marker en los créditos) y quieren enfocarse en el asunto de los viajes en el tiempo. Estoy de acuerdo que es tentador pensar en una dinámica de constantes viajes en el tiempo que puede extenderse más allá de las dos horas permitidas para un largometraje. Y eso es lo que parece construir esta adaptación: una historia de detectives en el tiempo. Todos los elementos están ahí: un episodio de buscar pistas por uno de contexto personal, un detective fuerte y golpeador, con una sexy doctora inteligente y sorprendentemente osada, una mitología extensa de trasfondo. Porque el asunto también se preparó para este formato, aquí Cole es como un superhéroe y no un hombre común: se cura rápido y puede moverse a una velocidad distinta que los demás, parte caras y tiene una constitución metabólica mejorada; aquí todo se enfoca en la acción con algunas chispas de destino y algo de paradojas temporales.

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La serie parece enfocarse en el asunto de los viajes en el tiempo

Todo esto con una forma más pulida y menos intrigante que en las dos creaciones de culto. En cualquier caso, parece aquí como que el hombre, sin ningún contratiempo que no pueda resolver la exploración diligente, está a cargo de la historia. Y esto es un completo contrasentido aleccionador que cambia la perspectiva de las cintas anteriores. Aquí, parece anunciarse que ya no será la historia que aplasta a los pequeños individuos sino cómo la ciencia toma su venganza y el hombre vuelve a posicionarse en el mundo. Tanto en Marker como en Gilliam la humanidad puede salvarse, es cierto. Pero en los dos casos media el sacrificio y la tortura de una felicidad demasiado nueva e intensa, demasiado corta y violenta: el martirio de Cole en el loop interminable de una vida miserable condenada a repetirse. Si extiendes la vida de Cole a una serie que no tiene un fin preciso, si le das un punto y un romance que tiene tiempo para desarrollarse, matas la fatalidad de su sacrificio y se pierde algo del asunto pesado, filosófico y sombrío de las dos fuentes que inspiraron la serie.

No quiero decir con todo esto que se tengan que hacer remakes exactos o que no deba haber libertad de interpretación. Las series que recrean películas están teniendo éxito y surgen de adaptaciones inteligentes e innovadoras (M*A*S*H o Fargo, por ejemplo). Aquí, lo único que decepciona y se puede notar es que la adaptación abandona mucha de la inteligencia de sus fuentes y se queda con muy poca innovación. Si esperan ver un thriller detectivesco de viajes en el tiempo y pueden olvidar los grandes hitos que inspiraron esta serie, todavía hay chance de diversión. Si continúan el camino de los nostálgicos prepárense para una decepción, como la que aquí comento. Si, finalmente, quieren algo nuevo en un desarrollo de ciencia ficción, algo crudo y oscuro (como en The Leftovers), algo espectacularmente contextual (como Extant) o algo radicalmente distinto (como The Strain), le están ladrando al árbol equivocado. En una época en donde la televisión está robándose todo el protagonismo, el primer episodio de 12 Monkeys recuerda más un tiempo de regresiones en el que la genialidad del cine se topaba con el muro gris de una pantalla de televisión.

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