Tiburón fue la película que puso a Spielberg en el mapa y que cambió para siempre la industria hollywoodense.

Se cumplen 40 años de existencia el enorme blockbuster de Steven Spielberg: Tiburón (Jaws). Para celebrarla, les dejamos aquí una lista de algunas cosas por los que esta gran película nos sigue pareciendo un inigualable clásico de culto.

La identificación con los personajes

Fotograma de la película Tiburón.

En un recuento sobre toda su filmografía, The Playlist dividía las creaciones de Spielberg entre el espectáculo de acción y aventura y las contrapartes más serias, de temática solemne. El mismo año que Spielberg sacó Jurassic Park, anduvo peleando el Oscar con Schindler’s List; el mismo año que intentó la peculiar War of the Worlds con Tom Cruise, regresó a la temática de los sufrimientos judíos después de la Segunda Guerra Mundial con Munich. Si bien Tiburón es el ejemplo perfecto de la primera categoría, es también ahí en donde mejor se refleja lo que después sabrá explotar Spielberg: es decir, la profunda compenetración con sus personajes.

Si hay algo que el afamado director cambió en la industria hollywoodense, es que incluso cuando hacía espectáculo alucinante encontraba una profundidad única en sus protagonistas. En Jaws, todos los personajes son entrañables, empezando por el héroe común que es el jefe de policía de Amity, Martin Brody. Al principio, Spielberg no quería contratar a Roy Scheider por sus conocidos papeles de tipo duro (como en la increíble The French Connection de 1971), pero después de observarlo como un padre cariñoso, un esposo querendón (“¿qué tal que nos emborrachamos y fajamos un poquito?”) y un policía citadino que teme al agua mientras está atrapado en una isla, el director se convenció por completo. Y bueno, el acierto fue evidente: algunas de las escenas más recordadas de la película son momentos familiares de completa ternura (como cuando el hijo de Brody imita en la mesa los gestos de angustia de su padre emborrachado).

Si Brody nos lleva a identificarnos con el miedo al agua, con la desesperación del tipo amarrado durante todo el principio de la caza a un chaleco salvavidas de lo más inútil, no termina ni comienza con él la identificación del espectador hacia los personajes en esta cinta. Todos las víctimas del tiburón tienen una historia detrás: desde la juvenil Crissie que sólo quiere pasar un buen rato de relajo hippie, pasando por el hijo de una madre soltera desesperada masacrado sobre su colchoncito inflable, hasta el viejo barquero que conocía perfectamente las aguas y que termina descomponiéndose al interior de su mordisqueado bote. De la misma manera, el personaje de Quinn (recreado por el gran Robert Shaw) y el científico Matt Hooper (interpretado genialmente por Richard Dreyfuss), tienen historias de fondo que importan profundamente en la trama: uno como un científico apasionado en un campo relegado de la biología marina por el dinero que le permite su herencia; el otro como viejo lobo de mar curtido por sus experiencias en la guerra y la despiadada caza de escualos.

Entre los tres personajes principales, a pesar de sus diferencias, se crea un enorme vínculo que termina solidificándose, en alta mar, alrededor de la mesa del Orca, con unos tragos de whisky. Se habla de mujeres, se habla de vivencias, se comparten cicatrices para decir el vínculo indisociable entre todos los hombres: todos han amado y todos han sufrido. Al final, es en esta escena en donde se encuadra el maravilloso monólogo de Quinn sobre su traumática experiencia a bordo del ISS Indianapolis en la Segunda Guerra: ahí está la razón de su rudeza violenta, de su locura en la persecución, de su venganza eterna contra los ojos fríos de los tiburones asesinos.

El hecho de que sepamos tanto de los personajes no es fortuito. Desde las razones del slasher como género, necesitamos saber algo de las víctimas para sentir la fatalidad de sus tragedias; desde las razones de producción, Spielberg quería actuaciones fuertes y creíbles de personajes que parecieran sumamente reales para contrarrestar el efecto mecánico y plástico del gran animatronic del tiburón. En los dos sentidos, el afamado director lo logra y Jaws es la muestra perfecta de lo que va a cimentar después Spielberg desde Close Encounters of the Third Kind hasta la trilogía de Indiana Jones, pasando por E.T. The Extraterrestrial: no hay Spielberg sin concepto sencillo, acción apabullante y humanidad en los personajes. La empatía se crea, de la misma forma, en un abrazo cósmico o bajo el peso de una mordida monstruosa.

La enorme importancia cultural

Steven Spielberg en el ser de Tiburón.

Jaws fue fuertemente influenciada por grandes obras culturales americanas. Desde las fallidas pruebas con el tiburón mecánico, Spielberg optó por darle un giro a su película hacia el suspenso de Hitchcock. Así, en vez de mostrar de entrada al tiburón, el director redujo su tiempo de cámara apoyándose en el suspenso de lo que no se ve pero que se sabe que está ahí. Como todos sabemos, con las escenas de punto de vista subacuáticas y el increíble score de John Williams, el resultado es apabullante.

Pero, además, podemos encontrar varias influencias de ciencia ficción en esta película. Por ahí está el miedo a criaturas gigantes de las profundidades que no corresponden a nuestra cadena alimenticia y que, de pronto, regresan con la venganza de antiguas maldiciones (Godzilla del 54, The Monster that Challenged the World del 57, y It Came from Beneath the Sea del 55). Por ahí está también el miedo a lo desconocido en monstruos misteriosos que se dejan ver por asomos (como en el gran clásico The Creature from the Black Lagoon del 54); y también toda una mitología marina que incluye a viejos calamares gigantes, al temido Kraken, y al legendario Cthulhu (de quién emana la ansiedad inconsciente del hombre, mientras espera su regreso, encerrado y soñando).

Pero tal vez la mayor influencia que encontramos en Tiburón es la de la enorme novela americana Moby Dick, de Herman Melville. En realidad, esta novela está presente en todos los momentos de la cinta: se caza un gran animal submarino blanco; el capitán Quinn tiene un viejo resentimiento de heridas contra la criatura que representa todo el mal de una naturaleza vengativa; el Orca acaba destruido y los supervivientes flotando en el mar; encontramos el mismo compañerismo entre insospechados marinos de ocasión; la misma locura de Achab en Quinn que destruye su radio, frenético, y acaba destruyéndose a sí mismo… (Y bueno, se decía, incluso, que en una etapa anterior del guión Quinn iba a morir arrastrado por la cuerda de su propio arpón).

En todo caso, fuera de las influencias considerables que esta película asume, Tiburón es recordada ahora, con sus cuarenta años de historia, como un enorme legado para el cine que le siguió. La película que aseguró el ascenso de Spielberg inspiró muchísimas otras creaciones del género –que van desde la maravillosa Piranha (1978) hasta la terrible Anaconda (1997) pasando por Tintorera (1977) y muchísimas otras recreaciones– además de películas de horror de todo tipo: el slasher, en particular, se alimentó de la primera víctima del tiburón; podemos ver en el principio de Evil Dead  un POV muy parecido al del inicio de esta cinta; y finalmente la legendaria cinta Alien de Ridley Scott fue picheada a los productores como “una Tiburón en el espacio”.

Por si fuera poco, Tiburón cambió completamente la forma en que se distribuyen las películas. Antes de la afamada cinta de Spielberg, los estrenos venían por partes: se proyectaba primero la cinta en algunas salas selectas, se esperaba el consenso de la crítica y después se ampliaba –o no– su difusión. Pero esta cinta se estrenó en verano y no en invierno (que era el momento normal para los grandes estrenos), en cuatrocientas salas al mismo tiempo (en vez de cinco) y, sobre todo, fundamentó su éxito en una campaña publicitaria enormemente creativa que se apoyaba en el increíble póster y una enorme parafernalia de juguetes, artefactos y collarcitos con diente de tiburón. Sí, las loncheras de Jurassic Park nacieron en el lejano verano del 75. Desde entonces, ese ha sido el esquema básico de distribución de cintas para el verano y de ahí el eterno agradecimiento de Hollywood hacia Spielberg. El director pensaba que por casi triplicar el costo de la película (de 3.5 a 9 millones) y pasarse por 100 días del límite de tiempo para la producción, no lo iban a volver a contratar nunca… Después de los 470 millones que recaudó en taquilla era evidente que la historia se escribiría diferente: claro, tuvimos Spielberg para rato.

El ataque a los sentidos

Fotograma de la película Tiburón.

Parte considerable de los problemas que tuvo esta producción –que fueron muchos– se debió a la dificultad de crear un tiburón con animatronics y la locura de Spielberg que se negó a filmar la película en un tanque y quiso llevar toda la producción al océano Atlántico. La cosa fue un desastre: el crew acabó tatemado por el sol y la sal, los robots se descomponían constantemente, todo se veía falso y los resultados empujaba a reescribir el guión cotidianamente. Al final, las tomas intercaladas de tiburones reales con jaulas de escala reducida, la increíble edición de Verna Fields (que le valió un Oscar) y las actuaciones sólidas ayudaron a cambiar un potencial desastre de producción en un enorme clásico.

Todo esto ayudado, claro por el increíble score original de John Williams (que también le valió un Oscar). Las variaciones a dos notas tocadas por una tuba e intercaladas con música de aventura de lo más alegre y motivacional, crearon un ambiente de miedo y desconcierto que es ahora una referencia inigualable para la música en películas de suspenso. Tanto como el estridente apuñalamiento de Psycho, la música de Tiburón es un verdadero hito cultural. (Y que me desmienta aquel que no haya alguna vez tarareado en su cabeza la melodía chapoteando en una alberca o surcando, media cabeza afuera, entre las olas).

Pero los logros técnicos de la película van mucho más allá por la creatividad de Spielberg que utilizó detalles mínimos para instigar el terror: el ya mencionado uso de POVs (puntos de vista) que imitan la visión del tiburón en el agua; las increíbles tomas submarinas que siempre ven desde abajo y dejan la oscuridad de las profundidades a nuestras espaldas; los injertos de libros científicos con esquemas sencillos que muestran cómo los tiburones cazan siguiendo el chapoteo de sus víctimas; el uso de indicadores para señalar al tiburón sin mostrarlo (como los barriles amarillos en la persecución); los acercamientos a la percepción aterrorizada de los cazados (como la pobre Crissie apretando con terror una boya o la increíble frase improvisada de Scheider: “Vamos a necesitar un barco más grande”). Además, están los otros detalles mínimos en la dirección de arte que crean un efecto maravillosamente logrado: la acumulación de familias, la presencia de víctimas indefensas como niños y ancianos y, sobre todo, la completa ausencia del color rojo en los vestuarios y las locaciones para resaltar los momentos en que el océano se mancha de sangre (y ahí vemos el antecedente real de Saving Private Ryan con el colchón inflable desecho llegando a una playa de gore diluido).

Y bueno, está ese gore. El increíble susto submarino del pescador muerto que asoma la cabeza en el hoyo de su barco para asustar a Hopper fue filmado, por ejemplo, después de concluida la película con el dinero personal de Spielberg en la alberca de su editora (tuvieron que rellenarla de leche en polvo para imitar las aguas turbias del mar de noche). Porque el director quería esos sustos y quería lograr el apabullante efecto del terror por el gore. Y eso lo vemos muy bien en la horripilante muerte de Quinn escupiendo sangre con un rostro de ira y terror mientras el tiburón lo parte a la mitad.

Con todo esto, Jaws nos enseñó que no se necesita un plan perfecto de filmación, que no se pueden conjurar los errores del azar en el rodaje, pero que, con astucia, genio de postproducción y una dirección minuciosa de todos los otros elementos, es posible lograr un aterrador efecto de realidad.

La ciencia y el espíritu humano

Fotograma de la película Tiburón.

Uno de los puntos importantes de la lectura de Tiburón está en el triple origen de los personajes que van a cazar al temible tiburón. Uno representa la riqueza y la ciencia (Hopper), otro la clase media y la honestidad bondadosa y familiar (Brody), el último, la clase obrera, el saber práctico y la valentía (Quinn). En la tensión entre estos personajes está fundamentado gran parte de un pensamiento incrustado entre líneas de diálogo e imágenes.

Primero la lucha y los desacuerdos: Brody es despreciado por todos al no ser isleño (aunque se le aprecia su cercanía con la gente: es el verdadero intermediario entre la clase obrera y la clase privilegiada, es el contacto entre los políticos corruptos y el ciudadano común); y Quinn se pelea con Hopper por su origen opulento (y parte de la crítica viene de observarle las manos: “esas manos no han trabajado un día en su vida”). Luego el acuerdo entre los hombres: reducidos al aislamiento del mar, entre botellas y plática, vemos a los tres personajes compenetrándose y encontrando entre ellos una humanidad común que trasciende los roles sociales y las diferencias. Finalmente la victoria: entre los tres cazadores, en el desenlace de la película, los hombres vencen a una naturaleza implacable. Esta victoria sólo se logra mediante la conjunción de sus características: se necesita la ciencia de Hopper que llevó los tanques de oxígeno, se necesitó la valentía del hombre familiar que lucha por sus hijos, el policía que sabe de armas y cómo usarlas; y era necesaria, finalmente, la locura resentida y vengativa del viejo capitán y sus métodos antiguos de pesca (que incluyen los arpones y los barriles).

La idea aquí es la de la unión del saber popular con la ciencia para proteger valientemente a las familias y a los desprotegidos. Es un canto al poder del hombre contra la naturaleza, a la valentía del héroe común y la posible unión entre tradición y nuevas tecnologías. Todo resulta entonces en un discurso muy americano sobre el progreso y lo pasado, sobre la posibilidad de humanizar un futuro tecnológico con la tradición y sobre la necesidad de encontrar valentía en personas fuera de lo extraordinario. Un poco como después harán muchas películas de acción (Die Hard es el ejemplo perfecto): no se trata de retratar a un hombre fuera de lo común sino de relatar la hazaña increíble de una persona creíble, llana, identificable con todos. Es por eso que Spielberg decidió filmar en Martha’s Vinyard: no era una playa opulenta sino la playa de la clase media, en donde confluían todo tipo de personas, la playa del hombre común.

Con todo, es interesante que la película estuviera tan poco fundamentada en conocimiento científico sobre los tiburones. Tanto el autor de la novela como Spielberg han admitido después que lo que hicieron fue crear una terrible impresión de un animal que, en realidad, ataca muy rara vez a los hombres (al parecer, de hecho, los elefantes o los hipopótamos matan más personas que ellos… y bueno, los hombres matan más personas que todos los animales juntos). Lo que también es un hecho es que, a pesar de las masacres de escualos que siguieron al estreno de la película, algunos científicos argumentan que Tiburón ayudó a la comunidad de investigadores poniendo en el centro del interés público a un animal muy poco estudiado hasta entonces.

Así que, finalmente, Tiburón logró cambiar tanto la percepción popular como la percepción científica, adelantó logros increíbles en efectos especiales por la dificultad de sus tomas y transformó el marketing de Hollywood. Con todo esto y mucho más, sigue siendo la película que unió tradición y nuevas tecnologías tanto como Brody, Hopper y Quinn unieron fuerzas frente al símbolo de la maldad contra la fragilidad humana.

El viejo miedo americano

Fotograma de la película Tiburón.
Fotograma de la película Tiburón.

En Tiburón encontramos el miedo primario a algo que nos acecha desde las profundidades y que puede surgir en cualquier momento, el miedo a lo extraño en nuestro entorno familiar, a lo irracional en lo calculado, a la violencia incomprensible frente a las leyes humanas. Con un tiburón no se puede dialogar, es casi imposible acordonarlo y el enfrentamiento cara a cara nos pone en la desventaja de un ambiente que nos es fundamentalmente hostil. El tiburón lleva mucho tiempo en esta tierra, es el rey en otro ecosistema, es, finalmente, nuestra contraparte marítima: el depredador máximo de otras regiones.

Pero, además, lo efectivo del miedo que retrata Spielberg está en la cotidianeidad de nuestros momentos más placenteros enmarcados dentro de una vida entregada al trabajo diario. Es en las escapadas a la playa, en las conversaciones entre whiskeys, en las cenas acompañadas de vino, en las fogatas de noche con cerveza, en donde nos encontramos más vulnerables. Es en esos momentos de despreocupación cuando el terror que ataca se vuelve aún más terrorífico: no estamos listos para este golpe de angustia suplementario. La noche es el momento del esparcimiento y del sueño como la playa es la imagen prototípica de la vacación familiar y la despreocupación de los citadinos. Consideramos que las playas para vacacionar son nuestra posesión, un cacho de mar permitido para los humanos en donde estamos seguros, en donde podemos relajarnos frente a un ecosistema enorme del que disfrutamos sólo los efectos de la espuma en los pies.

Y ese es el miedo mítico que cultiva esta película: el miedo a la intromisión de la violencia irracional, incomprensible, de algo que nos rebasa en medio de lo más tranquilo y familiar, de lo placentero y lo relajado. Es por eso que las tomas submarinas son tan desconcertantes, es por eso que en las escenas de relajación familiar en casa de Brody siempre vemos atrás el mar como señal ominosa de algo que está perturbando la familiaridad del hogar, es por eso que cuando vemos un signo máximo de relajamiento (desnudez, colchón inflable, alcohol, pesca tranquila) sabemos que algo terriblemente malo va a suceder. Y este suspenso de lo terrible mezclado con lo cotidiano es un miedo común a todos y que explota con increíbles logros esta película.

Pero en eso se mezcla también el miedo americano más básico: el de la destrucción de la familia y los valores que cimenta. Sea por la codicia de los políticos o la intromisión de un mal ajeno e incontrolable, el miedo a la perdida de la razón y de las estructuras más básicas que fundamentan la armonía de la vida americana es lo que está en el origen de muchas películas de terror hollywoodense. Encontramos a madres atacadas o a niños vulnerables, a esposos cariñosos convertidos en psicópatas asesinos, lugares de vacación y esparcimiento transformados en el parque de diversiones de algún lunático con machete; encontramos, finalmente, nuestra intromisión en lugares que no deberíamos frecuentar, lugares que no entendemos y que regresan con la vieja maldición vengativa de lo incomprensible. En todo esto, Jaws es un prototipo maravilloso del terror americano como sólo lo pudo lograr un hombre que sabe mezclar perfectamente bien las paranoias de la destrucción del american way of life con las escenas de ternura familiar, la intromisión de lo increíble en lo cotidiano y la creación de películas para todo público que retratan temores para todas las edades. Es por eso mismo que Tiburón no envejece y que la película sigue teniendo un enorme impacto y actualidad. No dejen de volver a ver este gran clásico para celebrarlo: como quiera que la interpreten, ésta es una joya concentrada de horrores humanos.

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