Por fin se estrenó en México la última cinta del aclamado director coreano Bong Joon-Ho: Snowpiercer.

Hace más de un año escuché de una adaptación coreana con un amplio elenco internacional y hablada en inglés de la gran novela gráfica Le Transperceneige de Jacques Lob y Jean-Marc Rochette. El asunto sonaba bastante extraño y complejo. No era fácil imaginar una adaptación cinemática de un cómic tan bizarro y oscuro: ¿cómo rendir ese blanco y negro insistente de la novela? ¿Cómo retratar cinemáticamente el tren de los mil vagones? ¿Quién podría realizar una cinta que mantuviera la crueldad fundamental del material original, su violencia y su pesimismo oscuro?

En todo caso, creo que nunca esperé que el resultado fuera algo siquiera cercano a la gran película que logró Bong Joon-Ho. El director coreano hizo lo imposible: reescribió el gran mito del cómic, le añadió color manteniendo la oscuridad, construyó nuevos personajes en el mismo tren sin perder nada de la crueldad de la escritura de Rochette. Ésta es, tal vez, la mejor película de ciencia ficción que se ha estrenado en México este año. Y no lo digo a la ligera. Para poder tratar los temas profundos que toca esta gran cinta tendré que dar algunos SPOILERS. Espero, con todo, lograr transmitirles la emoción que me causó Snowpiercer para que vivan plenamente esta espectacular cinta en todo el esplendor de una pantalla inmensa.

Una adaptación lograda

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Le Transperceneige es una historia postapocalíptica que transcurre, enteramente, dentro de un enorme tren de mil vagones. El mundo como lo conocemos ya no existe: una era glacial ha devorado todo dejando a la humanidad confinada en la enorme máquina de motor perpetuo que evita el congelamiento con su constante movimiento. Pero, en este tren, no todos los vagones son iguales. Mientras que los compartimentos más cercanos a la máquina del frente tienen todos los privilegios, los vagones traseros son un sitio despiadado y hacinado, el lugar de la más grande miseria humana, craso y lleno de enfermedades. La historia comienza cuando un hombre logra sobrevivir la inclemencia del frío que ha consumido el mundo para salir de los vagones traseros y alcanzar la zona privilegiada. De ahí, una acción llevará a otra hasta que el refugiado de las zonas marginales acaba controlando la máquina de un tren vacío, de pronto despoblado por una enfermedad que trajo de los vagones traseros.

Es una historia bastante cruel, llena de consideraciones oscuras sobre la naturaleza humana, el tiempo y la mortalidad. Una novela gráfica excepcional que, hace más de cinco años, Boon se encontró en una tienda de cómics en Corea del Sur. Se dice que la leyó de un sentón parado enfrente del estante del que la levantó. Rápidamente buscó a su amigo, el mítico director Park Chan-Wook (Oldboy) para que le ayudara a producir una película basada en la tremenda novela gráfica. Y de ahí surgió la idea de Snowpiercer: la película con inversión coreana más cara de la historia. Claro, esto no quiere decir nada frente a los abultados presupuestos hollywoodenses: Boon contó con apenas 42 millones de dólares para darle vida a un mundo congelado que se percibe, por atisbos, a través de las frías ventanas de un tren gigantesco en perpetuo movimiento.

Pero Boon sabía que la novela gráfica sería imposible de adaptar sin hacer considerables cambios a la historia y a su estructura, cambios esenciales para un traslado coherente al medio cinematográfico. Fue entonces que decidió cambiar completamente la trama del cómic para crear sus propios personajes en el mundo despiadado de Le Transperceneige. La premisa en la película sigue siendo, sin embargo, básicamente la misma: el mundo está congelado y sólo algunos sobrevivientes, que son la totalidad de la humanidad, viven atrapados en un enorme tren de motor perpetuo. Pero la cosa cambia en cuanto a los personajes y la historia. En esta cinta presenciamos la lucha despiadada de los integrantes de los vagones más miserables por acceder a la máquina al frente del tren y tomar el poder del último bastión humano. Seguimos entonces a Curtis (Chris Evans) quien, junto a Gilliam (John Hurt), su mentor, intenta rescatar a un experto en sistemas de seguridad (interpretado por el genial Song Kang-ho) de un vagón-cárcel para lograr abrir las innumerables puertas que los separan del frente del tren, centro de poder de la enorme estructura. En esta distopía, quien controla la máquina, controla el mundo.

Una realización impecable

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Snowpiercer no es una película de acción de Hollywood. En esta cinta se mezcla un extraordinario balance de combates salvajemente coreográficos con una cinematografía exquisita, pausada y preciosista, actuaciones extravagantes con matices sutiles en los personajes, efectos visuales con increíbles ingeniosidades mecánicas y una construcción dolorosamente detallista de los sets. En Snowpiercer se muestra una sensibilidad particular al detalle, una dirección apasionada y un ingenio coqueto de virtuosa fotografía.

Cuando decidió hacerse cargo de esta cinta, la primera preocupación de Boon era la construcción de algo real que permitiera filmar en los interiores del tren, capturando la luz cambiante y el constante movimiento. Y bueno, todo lo llevó a levantar un set de más de cien metros de largo montado sobre una maquinaría que logra simular a la perfección los movimientos reales de la enorme bestia metálica: movimientos trepidantes continuos, inclinación de las curvas, golpes en los choques…

La construcción de este mundo se completó con un excelso diseño de producción que remató la detallista dirección de arte: mientras que los vagones articulados de la parte posterior muestran una paleta de colores oscura y monocromática con una sobreabundancia de objetos desgastados para aumentar la sensación de hacinamiento, los subsecuentes vagones de lujo revelan una espectacular amplitud llena de luz y de colores chillones para lograr un contraste apabullante. Todas las secciones traseras, desde los compartimientos de última clase hasta la prisión pasando por el vagón de funciones vitales como el agua o la producción de comida, son insistentemente grises y ámbar, apretados y crasos. Así, en el momento en que los personajes logran ingresar a los vagones más privilegiados quedamos deslumbrados y compartimos la sorpresa de los protagonistas: después de adentrarnos en un mundo miserable vemos, de pronto, agua dispersa por finos aspersores, el verde de las plantas matizado por la frescura brillante de algunas naranjas, vemos una fuente y a abuelitas tejiendo, escuchamos los primeros acordes de las variaciones Goldberg de Bach tocadas en un pausado clavecín y la luz blanca y pacífica de un entorno limpio y espacioso.

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Los vagones articulados de la parte posterior muestran una paleta de colores oscura y monocromática con una sobreabundancia de objetos desgastados para aumentar la sensación de hacinamiento.

Posteriormente, todos los vagones de lujo tienen una particularidad decadente que es completamente distinta a las funciones gastadas de los compartimentos traseros. Todo revela una sensación de ocio y esparcimiento, de planeación cuidada y mantenimiento, de lujo innecesario lleno de distracciones mundanas y excesos deliciosos. Como buena ciencia ficción, la atmósfera de un mundo apocalíptico no nos impacta aquí por frases trilladas de descripción contextual sino que se nos muestra sutilmente, la descubrimos con los personajes, vivimos la locura de sus distribuciones desiguales y sentimos profundamente la injusticia de sus separaciones en el despilfarro de espacio y de color.

Y claro, todo esto se amplifica por la increíble fotografía de Hong Kyung-pyo que logró capturar a la perfección, con un realismo apabullante, las cambiantes iluminaciones de los vagones. En las primeras escenas todo pasa por claroscuros opacos con la luz ámbar de lámparas gastadas y velas. Después, la visión cambia a colores chillantes y luz solar reflejada en el blanco eterno de la nieve exterior. En medio de todo esto, tenemos secuencias perfectamente filmadas de peleas en visión nocturna, de oscuridad total interrumpida por la luz de antorchas y las rendijas intermitentes que filtran pequeñas líneas de claridad iluminando estroboscópicamente la sangre y las hachas desgarradoras. Porque la secuencia central de pelea, que es un combate brutal y decisivo, muestra el virtuosismo de un fotógrafo que logró capturar a la perfección los sutiles movimientos de la luz cambiante mientras acelera y desacelera los golpes crueles de los combatientes. En todo momento, en esta secuencia, sientes la pérdida de control, lo despiadado del enfrentamiento; en todo momento te pierdes, como espectador, entre los miembros cercenados y la sangre esparcida. Y, al mismo tiempo, siempre mantienes la sensación del espacio, comprendes hacia dónde se inclina la balanza y sigues con los ojos los movimientos trepidantes del tren.

Esta maestría fotográfica se conjunta con la increíble planeación de la dirección que siempre sigue el movimiento del tren a través de un eje principal, siempre horizontal, que va de la punta de la inmensa máquina hasta su parte trasera. Los cambios de perspectiva se mueven siempre en este eje, dejándonos ver, por un lado, la visión de los revolucionarios y, por el otro, la mirada confiada de los protectores del orden: unos avanzan, mientras otros ven para atrás, unos quieren cambiarlo todo, otros quieren conservar al mundo igual, unos son vanguardia, otros son regreso retrógrado. Todas las variaciones en este eje principal parecen tan naturales, tan fluidas que, sin saberlo, nos encontramos de pronto completamente inmersos en un mundo que sigue las líneas de las vías del tren, que no tiene escapes laterales, que se construye únicamente entre una locomotora y un vagón final. La dirección de los ejes señala la unilateralidad de las ideas políticas dentro de este mundo: todo se convirtió en una línea, ya no hay matices, sólo un adelante y un atrás, en el tiempo y en el espacio, sólo fascismo y sólo revolución.

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La increíble fotografía de Hong Kyung-pyo logró capturar a la perfección, con un realismo apabullante, las cambiantes iluminaciones de los vagones.

Completando este maravilloso cuidado formal están las sólidas actuaciones de un reparto internacional cuidadosamente elegido. La tozuda altura moral de Chris Evans retrata perfectamente las contradicciones internas de su personaje, la violencia natural que lo impulsa hacia adelante y la culpa constante que lo retiene; la fragilidad idealista de Edgar adapta las formas de una juventud imprecisa e intempestiva con la actuación de Jamie Bell; la sabiduría vengativa, el cálculo frío y la humanidad humillada de Gilliam aparece vivamente en los sutiles rasgos de un maravilloso John Hurt; la locura desenfrenada de los hombres en el poder contrasta la extravagancia buscada del personaje de Tilda Swinton con la normalidad pausada de un Ed Harris frío y sereno; finalmente, la locura obsesiva de un adicto a los desperdicios industriales le queda como anillo al dedo al gran Song Kang-ho y a su compañera Ho Ah-sung (ambos grandes protagonistas de la maravillosa cinta anterior de Bong, The Host).

A todo esto se suma un increíble guión que adaptó la atmósfera y las conclusiones oscuras del cómic original creando, al mismo tiempo, su propia trama y su propia lectura del apocalipsis. Porque esta película propone una reflexión profunda sobre la naturaleza humana y el medio ambiente que rebasa, por mucho, las pretensiones primeras de la novela gráfica. Es aquí, yo creo, que vemos el mayor logro de una cinta que propone intrigantes ejes de reflexión tejidos desde un futuro lejano para hablarnos del presente violento y egoísta que vivimos tan cercanamente.

Una reflexión despiadada

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Esta película nos sumerge sin piedad en un contexto completamente nuevo y desconocido. Lo primero que vemos es el mundo miserable de los vagones traseros y comprendemos rápidamente sus dinámicas: solidaridad entre los desprotegidos, la guía serena de un líder viejo y sabio con su mano derecha joven y llena de energía, los intercambios económicos con base en la repartición de comida –que es, finalmente, la única riqueza–, la dificultosa distribución del espacio, las enfermedades y las adicciones. De pronto, se establece un contraste brutal entre el comportamiento pragmático de los humanos encerrados en los vagones traseros y la completa locura despótica de los que tienen el poder, esos hombres elegantes de la parte delantera, siempre vestidos de colores chillones. Todos tienen rasgos excéntricos que traducen una cierta locura engendrada por el esparcimiento ocioso en sus vagones de lujo: el personaje de Swinton da discursos morales de notable crueldad, con manierismos bizarros y referencias cuasi-religiosas al creador del tren; uno de los guardaespaldas sonríe estúpidamente mientras recarga con cariño su cabeza en el hombro de un compañero; todos parecen completamente satisfechos con el gozo sádico de castigar de la peor forma imaginable, con mutilaciones barbáricas, a aquellos que se atreven a desafiarlos.

Puesto que entramos a este mundo desde la perspectiva de los desfavorecidos, este comportamiento extrañamente casual, estos discursos llenos de referencias gastadas a las leyes dictatoriales del tren, finalmente todo en los personajes que tienen el poder, nos parece extraño y macabro. Y llegamos a un punto álgido de locura cuando nos toca presenciar, tan perplejos como los protagonistas, una clase de historia para los niños privilegiados del tren. La maestra enseña gestos repetidos insistentemente, gestos de alabanza religiosa a la máquina eterna de la locomotora y su creador, salvador de la humanidad, gestos que ilustran la historia construida por los que tienen el poder, una historia que olvida a los marginados y enseña a despreciarlos con canciones infantiles y sonrisitas cómplices. Y claro, aquí vemos un primer mensaje político: la historia la escriben los vencedores, la legitimidad está del lado de los que tienen el poder y todo lo que pasa como natural, en cualquier organización de distribución social de las riquezas, es, en realidad, una creación humana, una construcción impuesta que divide a los hombres en categorías arbitrarias.

Pero aquí todo es más complejo, porque incluso la vanguardia forma parte de la fuerza conservadora del orden. Ese orden arbitrario busca el control absoluto y ese control pasa por revueltas planeadas. Así, la revolución de Curtis, el golpe de estado que intenta para distribuir igualitariamente las riquezas se revela, al final, como un plan concretado entre su mentor, líder de los desprotegidos, y Wilford, el creador de la máquina, líder de los privilegiados.

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De pronto, se establece un contraste brutal entre el comportamiento pragmático de los humanos encerrados en los vagones traseros y la completa locura despótica de los que tienen el poder.

Al final de la cinta, Wilford, el temido antagonista, revela un misterio: siempre tuvo comunicación telefónica con el último vagón, toda la revuelta fue planeada por él en acuerdo con Gilliam, el líder de los insurgentes. Con eso, recordamos la enseñanza de El Gatopardo de Lampedusa: las revoluciones sirven también para mantener el orden y todo tiene que cambiar para que todo permanezca igual. La oscura enseñanza del iluminado creador de la máquina, interpretado precisamente por Ed Harris, es que el hombre no puede vivir tranquilamente en un orden distributivo perfectamente sostenido, no puede soportar una organización constante, necesita de una dosis de locura y de caos, de intermitentes revoluciones, ajetreos y tambaleos del poder reinante. Como lo propuesto en el increíble monólogo del Sr. Smith en Matrix, el hombre no puede soportar una organización eterna y preestablecida: necesitamos del caos para sentir que aún tenemos albedrío y decisión, que aún somos hombres. Así, paradójicamente, el orden necesita integrar al desorden en sus filas, las revoluciones son necesarias para mantener las estructuras de poder como las vanguardias son esenciales para darle nueva vida al canon.

Sin embargo, y es éste uno de los puntos más interesantes de la película, no hay más grande pretensión humana que la de tratar de dominar el caos. Una vez que Wilford y Gilliam ponen en marcha su plan de crear una revolución para calmar los ánimos y balancear el frágil ecosistema del tren –rebajando, de paso, a la población–, una serie de consecuencias se ponen en marcha, azares imprevistos que llevarán, finalmente, a la destrucción de todo el tren y, con él, de la humanidad que lo habitaba. Porque en nuestros pequeños planes el azar todavía tiene injerencia y, al tratar de controlarlo, al sentir que somos dueños y maestros de todo lo que ocurre, podemos perder fácilmente el frágil control que nos enorgullecía tener. El hombre inventó a Dios pero nunca podrá ser Dios: nos siguen moviendo los hilos secretos de las circunstancias.

En la última secuencia de la cinta vemos la hermosa imagen de una bota titubeante que da los primeros pasos afuera del tren, en la espesa capa de nieve, y entendemos así el mensaje oscuro de la cinta: al pisar tierra firme se rompe el movimiento perpetuo del tren, ese movimiento que también significa el eterno movimiento del hombre que crea estructuras de poder, que intenta dominar el azar y que falla una y otra vez. Un sistema se remplaza por otro y así, continuamente, en nuestra dinámica eterna de destrucción y construcción hasta que logremos, finalmente, aniquilarnos por completo. Al salir del tren, Yona y Timmy tienen la posibilidad de reconstruir el mundo, pero no hay ninguna esperanza en esta reconstrucción que está condenada, como ya vimos antes, a su futura destrucción. El blanco lienzo de la Tierra abre las posibilidades infinitas a un nuevo sistema, más justo, menos frágil, pero nada nos puede asegurar que la dinámica no se pondrá otra vez en marcha y que la humanidad no volverá a descarrilarse bajo el peso de sus propios instintos destructivos.

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Uno de los puntos más interesantes de la película es su visión de que no hay más grande pretensión humana que la de tratar de dominar el caos.

Cuando salen del tren estos sobrevivientes únicos de la maltrecha humanidad, ven a un oso subiendo una montaña nevada y el animal les regresa la mirada fija de un depredador desconcertado observando por primera vez a la amenaza humana. La mirada final del oso que observa al nuevo Adán y a la nueva Eva, es la mirada de la naturaleza que sobrevive con su balance necio; la naturaleza que sigue floreciendo a pesar de nuestra locura, que se resiste a la extinción, que vive más allá del hombre. La presencia del oso nos dice que hay vida en la Tierra, que hay comida, que Yona y que Timmy podrán sobrevivir para crear una nueva sociedad, para volver a empezar el eterno ciclo de construcción y destrucción humana. Pero, con esos ojos profundos y negros sobre el fondo blanco del paisaje muerto, vemos que la naturaleza nos observa con incredulidad, que desde el mandato eterno que tiene de sobrevivir y reproducirse, ve, perpleja, la autodestrucción consciente del hombre. El oso los ve y nos muestra, con la mirada sencilla de lo evidente, cómo la consciencia humana crea constantemente el ciclo eterno en el que nos salvamos para destruirnos. La toma final de Snowpiercer lleva más lejos la metáfora política hacia una consideración oscura de la eterna vocación suicida de la humanidad. Porque perseguimos eternamente el edén para encontrar otra forma de perderlo.

Lo bueno
  • La increíblemente sólida adaptación del cómic francés.
  • La dirección de Boon que es apabullante.
  • La hermosísima fotografía de Hong Kyung-pyo.
  • El cuidado en la dirección de arte que logra darle vida al espacio claustrofóbico del tren.
  • Las sólidas actuaciones de un elenco internacional de primer nivel.
  • La oscuridad del mensaje filosófico.
  • La intrigante reflexión política.
  • Que todo esto está integrado en una gran película de acción.
Lo malo
  • Que la tardada distribución nos trajo esta película con dos años de retraso y en pocos cines.
  • Que no existe una traducción en español de la novela gráfica en la que se inspira.
Veredicto

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Boon logró, con Snowpiercer, una de las mejores películas de ciencia ficción del año. Ésta cinta es una adaptación valiente y virtuosa de una novela gráfica compleja y poco conocida de este lado del Atlántico. Aquí todos los elementos formales se conjugan con soltura a las interpretaciones precisas de un elenco balanceado para lograr una película de acción distinta, fresca, sorpresiva e intrigante. El oscuro mensaje de pesimismo de la cinta nos muestra una visión descarnada y sin piedad de lo que nos hace humanos: la crueldad, la vocación destructiva, los instintos más bajos y la más elevada capacidad de crear estructuras artificiales y disfrazarlas de naturales. En esta cinta, la Tierra se congela por la dispersión atmosférica de un químico utilizado para bajar la temperatura global. Esto quiere decir que el apocalipsis acontece por un intento de salvar al mundo de nosotros mismos: el control climático es el último intento fallido del hombre que quiere jugar a Dios para salvarse de sí mismo. El oso del final de la película es el depredador perfecto del mundo congelado, la cima de la cadena alimenticia, el animal mejor adaptado. Y aun así, después de lo que ocurre en esta cinta, el oso parece una animal tierno y dócil. Porque Snowpiercer nos muestra, sin piedad, que la humanidad es fundamentalmente destructiva, que sólo levantamos edificios para dejar ruinas y que, finalmente, el hombre es el peor depredador del hombre.

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Título: Snowpiercer.

Duración: 126 min.

Fecha de estreno: 01 de octubre de 2015.

Director: Bong Joon-ho.

Elenco: Chris Evans, Jamie Bell, John Hurt, Song Kang-ho, Go Ah-sung, Octavia Spencer, Tilda Swinton, Ed Harris.

País: Corea del Sur, República Checa, Estados Unidos, Francia.

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