Cuando uno se equivoca, uno se equivoca. Tengo que aceptarlo, mi predicción sobre lo que sería la película de Robocop no fue del todo atinada. Me comí el libro por la portada. Aunque no se me puede juzgar tan severamente, el trailer sí daba todo tipo de indicios terribles y soy un verdadero fanático convencido de la versión original y de su extraño director.

¿En qué me equivoqué? Por una parte parece que Padilha también fue admirador de la primera película y, contrariamente a lo que uno esperaría, el control creativo sobre esta nueva versión logró encontrar la mezcla que se pide de un remake: respeto e innovación. En este sentido no abusa de la presencia del Ed-209, sino que, todo lo contrario, lo muestra como algo dado, evidente, en este mundo futuro. Un fanático de la versión anterior agradece esto: por una vez no se escuda la mercadotecnia hollywoodense detrás de un símbolo llamativo -como la prostituta de tres senos en Total Recall– para esconder la incompetencia de su traducción. No, aquí Ed-209 está a la vista de todos y no hay mayores aspavientos.

También encontramos pequeños guiños de ojo que se agradecen. Está el recuerdo de la frase que martillea toda la cinta del 87 con la basura mediática, “I’ll pay a dollar for that”, y que regresa irónicamente. Encontramos el aspecto de los medios cabildeadores con el muy logrado programa propagandístico que hostea Samuel L. Jackson.  El elemento racial que se añade inteligentemente es el de un presentador negro cabildeando para el público más conservador americano: ¿racismo a la inversa o el terrible futuro del deseado progreso?

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En todo caso, Padilha respeta la importancia de la primera película conservando ciertos aspectos, haciendo ciertos guiños y cambiando el formato original de trama y de imagen para adaptarlo a un nuevo contexto. Y este es justamente su mayor logro. Los robots de Omnicorp no son un prototipo en este futuro, sino una realidad que se utiliza únicamente en combates y situaciones de pacificación o liberación –bellos eufemismos todavía usados en las intervenciones americanas- y nunca en suelo propio. Se les llama drones y se muestran pacificando a balazos un barrio popular de Teherán. Padilha amplía entonces la crítica del uso de tecnología para reforzar la ley a un tema actual e interesante: la belicosidad americana y su doble moral necesaria, lo que se utiliza en el extranjero para pacificar se considera una violación de los derechos en su territorio. El usar la palabra drones para hablar del Ed-209 y demás robots es significativa: la cuestión de los vehículos de reconocimiento y espionaje no tripulados es ahora mismo un debate constante dentro y fuera del territorio americano (pensemos incluso en la captura del Chapo).

La escena de “pacificación” ocurre en Irán, país que aún no ha sido invadido por los Estados Unidos pero que, desde la guerra del golfo, lleva retumbando en los oídos bélicos de la policía del mundo y forma parte del tan sonado eje del mal. La guerra americana sustentada por una doble moral vistosamente cínica, fundamentos ideológicos ligados a intereses económicos y avances tecnológicos con los que el resto del mundo sólo podría soñar, son parte del futuro que prevé Padilha. Una guerra que además está sustentada por las injerencias en televisión de programas que apoyan tal o cual política y que refuerzan la imagen de ciertas empresas cabildeadoras en su contacto con la opinión pública.

Utilizando toda clase de propaganda retorcida y retórica mañosa el programa que presenta Samuel L. Jackson apoya los intereses económicos de Omnicorp en el proceso de convertirse en el más grande contratista privado de seguridad interna. El camino a la privatización de la policía que vemos en la primera película parece pavimentarse justamente en este esquema. Todo esto alrededor de un Detroit moderno, adaptado a la percepción de nuestro tiempo y cercano en contornos y tecnología práctica. El mismo Padilha dijo que rechazó el guión de Aronofski (sí, el del reciente bodrio bíblico con Russell Crowe y de la tremenda y olvidada película de Pi, el orden del caos) que se enfocaba en un futuro lejano, tres mil años después de nuestro tiempo, en el que los humanos perdieron todo sentido de moralidad. Aquí la moral se discute pero en parajes que nos parecen mucho más cercanos, importantes de manera más inmediata: la legalidad de las intervenciones extranjeras y del uso militar de la tecnología sobre sus potencialidades curativas, la necesidad de un ser humano para impartir justicia sobre otro, las del límite complejo entre automatismo y conciencia.

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Lo admito, en este sentido, y en ciertos aspectos visuales bien logrados, Padilha superó las expectativas de muchos, y me incluyo. Sin embargo, regresando a lo mismo, la película no llega, ni de cerca, a lo que logró el clásico de Verhoeven. Una crítica del New York Times dijo que cada generación tiene el Robocop que se merece o desea. Yo, en lo personal, no iría tan lejos. Lo de Verhoeven siempre fue nadar contra la corriente y no eran los fabulosos ochenta más permisivos que la época actual. Aunque, es cierto, las presiones temáticas sobre el cine se han ido cerrando a esquemas narrativos cada vez más previsibles y películas taquilleras cada vez más familiares. En todo caso, es cierto que aquí le rebajaron a la violencia, al tono y un poco a todo el potencial confrontador y polémico de la primera película, en vista, tal vez, de vender más figuras de acción entre niños de 10 a 13 años.

Aunque, de nuevo, no es todo esto lo que más puede molestar de esta adaptación. En general, más bien, al final sentí una clara sensación de desperdicio. El villano es pésimo y ahí está tal vez el homenaje sin quererlo al genial Kurtwood Smith de la versión original, las tensiones sexuales de Robocop desaparecen, en parte porque Lewis es hombre – interpretado por el gran actor de The Wire, ¿quién no recuerda a Omar?-, las secuencias de acción se vuelven sosas y prácticamente desaparece la sangre de la pantalla. Dentro de todo, sin embargo, lo que acaba decepcionando enormemente es la falta de concordancia con The Clash. Al final de la cinta suena uno de los grandes clásicos de este grupo mítico, I Fought the Law, y para cuando resuenan los primeros acordes, para cuando uno reconoce la canción, ya se materializó toda la decepción en contraste.

No, en esta película la ley no gana. Gana la moral, gana la justicia, gana la cruzada emprendida por el valiente paladín que siempre fue Robocop. Y ahí está la cosa. Todo apuntaba, y esto no es por una necesidad de la trama sino por decisión del escritor, director o mano del productor, a un final mucho más cínico, en donde no necesariamente ganara la justicia. En la película de Verhoeven, el Robocop hace su propia justicia y no se ve qué más va a suceder, aquí hay un epílogo con el personaje de Samuel l. Jackson que no conduce a ningún lado y que es un poco caricaturesco: estilo el coyote arrancándose los pelos porque no atrapó al correcaminos o el villano desenmascarado en media botarga diciendo “y todo habría salido a la perfección si no fuera por esos chicos entrometidos y su estúpido perro”.

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La crítica a la política imperialista, mediatizada y con riesgo serio de perder toda humanidad de los Estados Unidos termina por derrumbarse dentro del sentido de un bien que prevalece.Y de nuevo es la integridad moral de unos cuantos ciudadanos que lucharán por el bien lo que acaba salvando a toda una nación: Murphy y familia, Lewis, claro, pero también los doctores con corazón y voluntad humanitaria. Un poco como un refrendo histórico siempre vivido en la cultura popular americana y en particular en su cine: la guerra civil y Lincoln –“no todos fuimos esclavistas”-, los hippies danzantes y los desertores locos –“no todos apoyábamos la guerra de Vietnam o cualquiera de las incontables guerras americanas”. También está la figura del nazi redentor que exculpa a la humanidad, de los héroes anónimos en las películas de apocalipsis que justifican católicamente la supervivencia de la especie… etc. Todo esto parte de una misma simbología. Verhoeven estaba exento de eso. Tal vez su crítica fue menos insistente, tal vez no quiso ir tan lejos y sólo dejó esquirlas de lo que sería una civilización podrida que continuara la nuestra. Planteó, como siempre, un debate sin solución fácil.

Padilha, por su parte, quiere ser más y resulta menos interesante. Por un lado hace una crítica mucho más puntual y aguda, por el otro acaba socavándola completamente al final. Decir que un hombre puede salvar toda la estructura podrida y remover las leyes es ya demasiado. En la primera cinta, Robocop logra su venganza sin acabar con una legislación totalitaria que le daba los contratos de policía y administración de la ley a una empresa privada. Al final de esta película pensé por un momento que Padilha retomaría esa idea para dar sentido a la futilidad de la moralidad frente a un engranaje podrido y tramposo; además de crear la posibilidad de relanzar la franquicia con más películas -para bien o para mal, digo, eso le sirve al bisne. Se podía suponer una continuación interesante al ver a Robocop revestido nuevamente con acero gris de Detroit y a Omnicorp controlando casi toda la seguridad nacional; el policía redentor renacido en este siglo frente al famoso enemigo interno de la primera película. Sería como dejar esta cinta en donde Verhoeven planteó la anterior, un pequeño homenaje y un buen comentario a los fanáticos abnegados de la versión ochentera; sería un respeto a la crítica que se construye en su trama y se desvanece al final; sería una película taquillera que no dependiera de acción sin contenido para ser verdadera ciencia ficción crítica e innovadora.

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Pero no, era ir demasiado lejos. Padilha logró acercarse a una buena película, a un inteligente remake, por momentos, incluso, se podría decir que lo logró. Sin embargo, se queda corto. El director muestra cosas prometedoras, ciertamente, y yo me retracto de pensar que esto sería un completo bodrio, aunque no deberíamos pedirle peras al olmo. Las necesidades de producción tal vez influyeron en el producto final, quitándole sangre y riesgo; la época de las grandes traiciones a Hollywood se ve cada vez más lejana y taquillero cada vez se acerca más a barato. El intento de esta película es loable, aun así se queda en el límite de la mayor parte de los blockbusters actuales que se sienten, para citar de nuevo a The Clash, so much alike. 

Robocop

Título: Robocop

Duración: 117 min.

Fecha de estreno: 14 de febrero de 2014

Director: Jehane Noujaim

País: Estados Unidos

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