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Reseña: Presencias del mal – Una tuerca sin vuelta

| 24 de enero de 2020
Presencias del mal es una adaptación torpe y original del libro clásico La vuelta de tuerca del escritor Henry James.

La mente es un laberinto guiado por dos agradables niños que nos conducen a la locura. Así ocurre con la siempre perturbada Kate (Mackenzie Davis), una joven institutriz -si es que aún se trata de un título vigente para una educadora- que llega a una enorme mansión de estilo gótico para cuidar de un par de niños huérfanos. Los niños son el siniestro Miles (Finn Wolfhard) con dotes musicales y apariencia de rockstar, y de la pequeña Flora (Brooklynn Prince), la más agradable de ambos a pesar de que mantiene conversaciones con su linda muñeca. Si Kate fue contratada en su nuevo empleo para preservar el bienestar de Miles y Flora, ellos se encargarán de volverla loca… muy loca. Torcerla. Los niños también pueden ser unos malditos degenerados y yo, al menos, pienso alejarme de ellos después de haber visto The Turning (Presencias del mal), de la directora Floria Sigismondi (reconocida, sobre todo, por los tétricos videos musicales de Marylin Manson en los noventa).

La película está ambientada en 1994, y para ser preciso, inicia el mismo día que Kurt Cobain decide pegarse un escopetazo. Ese día, Kate está decidida a comenzar un nuevo trabajo al interior de una tétrica casa y dejar a su madre enferma cuando es contrata por la fría ama de llaves, la Sra. Grose (Barbara Marten) para cuidar de los desobedientes Miles y Flora. Es curioso, pero al librarse de su madre huye para llegar a un lugar sin salida, habitado por unos huérfanos atormentados por el pasado. Es una gran broma disfrazada de metáfora.

The Turning, o Presencias del mal, como decidieron mal llamarla en español, es la clase de película de terror que pretende confundirte. ¿The Turning significa algo? Sería fácil compararla con otras cintas como The Sixth Sense (1999), de M. Night Shyamalan, o The Others (2001), de Alejandro Amenábar, que, cuando terminan, le otorgan a su protagonista un final insospechado. Porque, ¿quién habría imaginado que el Dr. Malcolm Crowe (Bruce Willis) y Grace Stewart (Nicole Kidman) terminarían siendo producto de sus propias pesadillas? O, mejor dicho, que ellos serían la pesadilla misma. De una u otra forma, esa clase de desenlaces terminan por convertirse en finales dignos para el recuerdo. A los fans del cine de terror les gusta eso, ¿no? En el caso de Presencias del mal, el final trae consigo otra vuelta… sí, otra vuelta de tuerca. Aún cuando por momentos pareciera que su tuerca no podría girar más. 

(Foto: Universal Pictures)

Presencias del mal es una frágil adaptación a la novela clásica The Turn of the Screw (1898), del escritor norteamericano Henry James. Una de las tantas traducciones que recibió el libro estuvo a cargo del mexicano Sergio Pitol en 1971, que la tradujo con un título menos rimbombante que otras ediciones: La vuelta de tuerca. El nombre del libro, como seguro ya habrás imaginado, hace referencia a las múltiples interpretaciones que podría contener la historia. Es una enredadera. Nada tiene sentido cuando parece tenerlo, como sucede en una de las secuencias más raras de la cinta (que estoy seguro que no pretende ser un absurdo homenaje a Los Locos Addams) cuando una mano -ridículamente similar a Dedos- se desliza sobre los hombros de la señorita Kate y la hace saltar de miedo. ¿Acaso es una broma, un fantasma o se trata de una alucinación? Gran parte de la película está compuesta por recursos similares. Muchos de ellos son clichés, y algunos son simples bromas provocadas por los mismos niños. Pero todos tiene un propósito, o un despropósito, depende la forma en cómo lo observes…

En el libro, el propio James explica el sentido de la novela (y de su título) al inicio de la narración. Si un niño puede ser capaz de producir “el efecto de otra vuelta de tuerca, ¿qué me dirían ustedes de dos niños?”. Dos niños pueden ser mucha carga emocional. Y Kate es la prueba de eso y lo confirma muy pronto. Así, uno de los problemas más grandes que tiene The Turning es el guión. No es que esté insinuando que adaptar una brillante novela clásica sea una tarea fácil. Porque no lo es. Pero el ritmo de esta película es, tal vez, demasiado frenético. Si bastó un primer encuentro entre Kate y Flora para que la niña lograra ganarse el afecto de su cuidadora (como sucede en el libro), la relación con Miles se fractura más rápido de lo esperado. Y no es gratuito, cuando la interpretación de Wolfhard convierte a Miles en un cretino a lo ojos de quien sea. Es un adolescente que actúa como adolescente y, ¿quién no detesta a los mancebos? Pero eso sí, tiene compasión por lo animales… aunque eso signifique aplastarlos para evitar que sufran.

(Foto: Universal Pictures)

El guión no solo apresura la narración, sino también olvida que los personajes son más que instrumentos de miedo. Kate se desmorona tan pronto que incluso un maniquí la asusta, lo que provoca que ciertas secuencias muy predecibles se sientan a veces forzadas. Todo esto ocasiona que el espectador se distraiga ante algunos movimientos de cámara que podrían resultar más inquietantes. Así, la cinta de Sigismondi pudo aprovechar de manera más contundente las capacidades tétricas de la directora (comprobadísimas en The Beautiful People) y el horror psicológico de James. Digo, por momento lo logra. Por momento sentimos el laberinto de la mente que se disloca; por momentos sentimos el terror de perder sentido; por momentos, vivimos dentro de un pensamiento repetitivo y asfixiante.

Sin embargo, no basta este loop tétrico o la siempre pertinente actuación de Mackenzie Davis o la revelación de Brooklynn Prince para salvar esta película de sus propias torpezas. Tal vez, The Turning quiso ser más de lo que era y el guión quedó muy corto. Tal vez, Sigismondi no pudo controlar, como en el universo claustrofóbico de los videos musicales y de las series de televisión (también ha dirigido las maravillosas The Handmaids Tale, Daredevil y American Gods), el ambiente macabro de un largometraje comercial. Tal vez, simplemente, estamos demasiado acostumbrados a los jumpscares predecibles y a las vuelta de tuerca adaptadas a Hollywood. Así, The Turning es una película demasiado extraña para este segmento de mercado: muy original para ser horror chatarra, y muy chatarra para alcanzar los niveles de otros grandes autores de horror estadounidense contemporáneo. En cualquier caso, es un intento interesante que tú, querido lector, deberás juzgar desde la trinchera laberíntica de tu propia mente.

(Foto: Universal Pictures)

Lo bueno
  • Brooklynn Prince, quien da vida a la pequeña Flora, es una enorme revelación,
  • mientras que Finn Wolfhard consigue convertirse en un verdadero cretino. Ambas son buenas actuaciones.
  • Aunque de alguna forma Mackenzie Davis, a quien recientemente también vimos en Terminator: Dark Fate, me parece que fue muy desaprovechada… también logra evocar el estrés que significa estar atrapada en un laberinto.
  • Es una adaptación del libro The Turn of the Screw, de Henry James, así que eso la vuelve muy ambiciosa.
  • Y por último, que funciona muy bien como una metáfora de la locura.
Lo malo
  • Si pretendes ver The Turning para inyectarte unas buenas dosis de terror, no esperes que eso ocurra. No asusta a nadie.
  • El guión de Carey y Chad Hayes en serio deja mucho qué desear.
  • Y la hace predecible.
Veredicto

Seré honesto. Cuando terminó The Turning no supe exactamente qué pensar. Es difícil sopesar el significado de una película que no pretende ser convencional. Lo primero que escupí al salir del cine fue ‘¿qué rayos acabo de ver?’, porque en principio no había comprendido nada. Era una vuelta sin tuerca, pero quizá… deba dejar que tú mismo des tu propio veredicto.

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