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Belzebuth es una película comercial, con pretenciones internacionales y varias torpezas... al mismo tiempo, me parece encantadora.

La primera vez que supe de Belzebuth fue, fácil, hace dos años… y hasta ahora pude verla. La esperada cuarta película de Emilio Portes pasó por una locura de postproducción y ahí quedó estancada durante meses. El productor Rodrigo Herranz lo explicó en la conferencia de prensa: las escenas con efectos especiales se triplicaron después del final del rodaje y crearon costos bastante elevados.

Cuando una cinta pasa por este tipo de infierno propio -¿vieron lo que hice ahí?- generalmente sale mal parada. Una compleja postproducción, pues, puede ser un mal síntoma. Pero, en el caso de Belzebuth, resultó ser una bendición: aquí se nota el esfuerzo en los efectos y el color, se nota la sufrida talacha y, como consecuencia, la locura del CGI rebasa, por mucho, los estándares nacionales.

Ésta es la cinta que más me gusta de la filmografía de Emilio Portes y, fuera de mis gustos, es la más lograda. La proyección del guión a la pantalla se hizo con amor, las actuaciones son ejemplares y la dirección apasionada se nota en cada trazo narrativo, en cada encuadre claustrofóbico, en cada amplio atardecer.

Belzebuth tiene, sin duda, muchos errores y a muchos les parecerá una derrota más del cine de género en México. A mí, sin embargo, me parece un hito por su capacidad de autorreflexión, por la burla que contiene de su propio contenido, por querer extenderse a otro público y por ser, sin embargo, una película profundamente mexicana.

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Como arriba también abajo

La trama de Belzebuth gira en torno a una serie de macabros asesinatos que involucran a niños de distintas edades en una ciudad del norte del país. En esta árida urbe fronteriza, el narco existe como fantasma, Estados Unidos es un lejano sueño y la religión más supersticiosa lo empapa todo.

Cuando los asesinatos masivos empiezan a replicarse con una regularidad escalofriante, el agente encargado de investigarlos, Emmanuel Ritter (Joaquín Cosío) deberá recurrir a hipótesis poco convencionales. Sobre todo cuando llega un equipo de investigación paranormal estadounidense a inmiscuirse en el asunto.

Guiados por el agente Iván Franco (Tate Ellington), estos expertos descubren pistas aterradoras que los llevarán a encontrarse con un personaje ominoso: el cura excomulgado Vasilio Canetti (Tobin Bell). Con cada nuevo descubrimiento, Ritter y Franco se adentrarán a un terreno peligroso en el que Canetti libra una batalla encarnizada. Pero, frente a los juegos y trampas del demonio, ¿quién está del lado de la bondad y quién acata las órdenes del maligno?

Con esta premisa, Belzebuth construye algo que, paradójicamente, está lleno de clichés y es bastante único. Todos los que conocen la carrera de Portes saben que le gustan las mezclas genéricas y que entiende muy bien de dónde viene su inspiración; sea de las comedias con tintes sobrenaturales, de las cintas mexicanas de suspenso policiaco, de la vieja comedia televisiva o, como es el caso de Belzebuth, del horror sobrenatural cristiano.

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Cuando hablo de horror sobrenatural cristiano aquí no es por especificar a lo loco. En realidad, la cultura occidental cristiana es necesaria para entender ésta y muchas otras películas de esquema similar en Hollywood. Y es relevante decirlo porque Portes parece tomar inspiración de dos fuentes principales: el noir detectivesco -en el que la religión se entromete, principalmente, como culpa y redención- y en el horror sobrenatural entre anticristos y posesiones.

Por demás, el noir detectivesco que más dialoga con esta cinta es Se7en de David Fincher, una cinta indudablemente ligada con el pensamiento cristiano. Y, del otro lado, está toda la tradición problemáticamente cristiana que se desgrana de The Extorcist de Friedkin, Rosemary’s Baby de Polanski y de The Omen de Donner. Pero éstas son las referencias evidentes. Porque, claro, Portes tiene una profunda cercanía con el horror de los setenta. Pero, también, encontramos por ahí un diálogo con películas tan dispares como The End of Days de Peter Hyams, las dos primeras de Evil Dead y Drag me to Hell de Sam Raimi (sobre todo cuando se pira la película en la segunda parte) e, inesperadamente, Estigmata de Rupert Wainwright.

Esta última referencia es esencial, aunque parezca extraña. La cinta protagonizada por Gabriel Byrne y Patricia Arquette fue, generalmente, despreciada por los críticos a pesar de ser un hito noventero. Y la menciono aquí por el giro final extrañamente místico y ascético de una película que parecía tratar sobre posesiones demoníacas y termina enfocándose en profecías crísticas.

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Como en esa noventera cinta, Belzebuth se regodea en la confusión entre lo sagrado y lo profano. Y en el centro de esta confusión está, por supuesto, el personaje genial de Tobin Bell.

Este cura excomulgado borra los bordes maniqueos y, hasta antes de la revelación final, confunde siempre al espectador paranoico por las trampas del maligno.

¿Qué es lo santo y qué es lo profano? ¿El arriba y el abajo? ¿A la iglesia le importa la fe o el establecimiento de una institución jerárquica? ¿Un cura excomulgado es un ángel caído? ¿La magia nace de lo sagrado o de lo oculto?

Entre estas preguntas y con las fabulosas actuaciones de Cosío y la revelación que es Yunuen Pardo alrededor del innegable carisma de Tobin Bell, Belzebuth triunfa a tropezones. Es una cinta que despliega todos los clichés de los géneros que evoca y que desafina en torpezas narrativas. Pero es una cinta, también, que ordena sus influencias con nueva iniciativa y un sello propio, que hace lo que quiere y que lo hace con irreverencia.

Las bondades y los pecados de Belzebuth se juntan en su origen y sus intenciones, en lo nacional y lo internacional, en lo que toma prestado y lo que se adjudica sin empacho. Entre las preguntas que despliega, finalmente, Belzebuth muestra la duda sincrética al corazón de un país profundamente religioso. Es por eso que esta cinta, en su ronco pecho y aunque no lo quiera, tiene un sello esencialmente mexicano.

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Antes de seguir con un análisis más minucioso de los ires y venires de la cinta, debo advertiros: tras estas puertas, abandonen la esperanza de no encontrar spoilers.

SPOILERS

Una frontera tiene dos lados

Belzebuth es una película situada en la frontera, pero esta frontera no es única. La lógica de la frontera crea toda la textura de la cinta en múltiples contextos. Menos por el emplazamiento geográfico o por una clavadés sociológica inexistente, que por una lógica de binomios opuestos: el mal contra el bien, el mesías contra el ángel caído, la iglesia frente a la magia, el imperio frente al pueblo oprimido, el narco opuesto al estado, el niño al padre, la madre al padre, el sincretismo religioso al monoteísmo organizado.

En esta lógica de binomios, el suspenso nace de no saber situar una frontera evidente entre el bien y el mal. Aún cuando acaba la cinta, no se puede juzgar a la producción de Portes como la basura de propaganda religiosa que fue The Nun. Aquí el maniqueísmo no tiene una sola solución: no se trata de creer en el Dios que te imponen bajo amenaza de no disfrutar la ficción. Porque, incluso cuando acaba Belzebuth, todo sigue habitado de dudas y las fronteras son líquidas.

Cuando todo se resuelve en la trama, los únicos testimonios de esta demente batalla contra el demonio bajo la frontera norte, están muertos o son los mismos fanáticos que crearon un nuevo culto. ¿Cuáles son, finalmente, las pruebas del milagro que menta el padre Franco? ¿Una daga ensangrentada, un relato fantástico, un túnel derrumbado y un niño que está siendo educado y que nadie puede ver?

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La creencia de la iglesia en el milagro es un acto de fe, como también lo es nuestra creencia en las locuras de la cinta. Aquí, podemos escoger seguir siendo los creyentes ateos.

La idea es sumamente interesante porque todo parece llenarse de símbolos dobles. En la última secuencia de la cinta, cuando se encaminan Ritter, la madre y el mesías hacia un nuevo horizonte, vemos un camión escolar quemándose. ¿Es un accidente? ¿O es otra señal de la persecución del maligno? La verdad está ahí en donde tú quieras emplazarla y ese acto de duda, esa última encrucijada es también la expresión del demonio.

La misma dualidad permite que la película juegue en dos registros. La primera hora, inspirada más en las tonalidades detectivescas y oscuras de Se7en, no parece tener, todavía, elementos sobrenaturales. De hecho, los atentados se encuadran como reflejos extremos de hechos reales (el tiroteo de un niño en Monterrey o los atentados suicidas con chalecos explosivos) que se mezclan con imaginarios conocidos (una famosa escena de It Follows) y nuevas locuras insospechadas (como la masacre de neonatos que, en las películas mexicanas de amplia distribución, es la cosa más violenta que van a encontrar). Hasta aquí, es una cinta que podría solamente quedarse en el registro de lo extraño sin nunca desbordarse hacia lo sobrenatural.

En ese realismo extraño, de tono intenso, la primera hora, anclada en México, es lo mejor de la cinta. La segunda parte, que cada vez se aloca más en lo sobrenatural -como también lo hemos visto en otras cintas de Portes- es un viaje hacia Estados Unidos que se desfigura con patetismo buscado. Cuando el director decide ser crudo es muy crudo… y cuando decide desplazar el tono de la cinta hacia lo fantástico, se pira con ganas. Digo, una de las escenas que más disfruto y que menos sentido tiene es un largo diálogo con una figura poseída de cristo. A pesar de ser un gesto gratuito y algo desproporcionado, la búsqueda de provocación blasfema es verdaderamente entrañable, además de ser un gesto raro para el cine de horror nacional.

En cualquier caso, es a partir de la segunda hora en la que vemos concentrarse los errores de la cinta. Se pierde el ritmo, todo es más derivativo, el tono se difumina, la trama se vuelve convulsa y aparece algo particularmente molesto: el mentado grupo de investigación estadounidense. Este extrañísimo CSI supernatural es molesto por la pésima actuación de Tate Ellington (The Endless), pero es aún más molesto por lo que significa en términos de trama. Porque el departamento de investigación sobrenatural funciona de forma algo burda para meter con calzador lo fantástico. Se pierde el macabro detectivesco y empieza lo más caricaturesco.

Mucho de lo terrible en esta cinta está del lado americano. Lo más hollywoodense aquí es lo que más peca y, paralelamente, lo más interesante es lo mexicano, en toda su indefinida autorreferencia. Portes siempre ha estado consciente de sus ficciones: en todas sus películas hay guiños -que aquí también aparecen en una marquesina saludando a Isaac Ezban-, ficciones dentro de las ficciones, monumentos culturales desnudados. Pero en ninguna de sus películas lo autorreferente había apuntado con tanta insistencia a lo mexicano, y de forma tan inteligente y sutil.

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Eso que llamamos mexicano

En la conferencia de prensa de Belzebuth, Emilio Portes lo dijo muy claro:

“Creo que ya no debemos pensar que el “cine mexicano” es un tipo de género. Yo no hice una película de horror mexicano, hice una película de horror que se produjo en México. Queremos llegar a todos los amantes del género y expandir las fronteras de esta cinta.”

No puedo estar más de acuerdo y entiendo la idea de hacer una producción con un alcance internacional. Sin embargo, por inconsciente, por certeza o, simplemente, porque yo lo interpreto así, creo que Belzebuth es una cinta profundamente mexicana. Claro, cuando digo “mexicano” me estoy metiendo en una bronca increíble. Porque, ¿Qué es eso que llamamos “mexicano”?

No puedo dar una definición de algo tan indefinible y peligroso, y jamás voy a citar eternamente a Paz como si fuera un Enrique Krauze cualquiera. Lo que sí voy a decir es qué es lo que me parece tan reconociblemente mexicano de esta cinta desde mis chilangos ojos.

Todo empieza por un motivo frecuente en el cine latinoamericano contemporáneo, el viaje del héroe, el traslado. Ritter es un típico detective noir, trabado en un pasado tormentoso, alcohólico, abandonado, incapaz de amar lejos de los callejones turbios de la prostitución en el norte. Su camino, como el camino de un detective noir, va a ser el entregarse en un caso para encontrar la salvación, una redención, la inocencia perdida. El viaje, pues, de esta cinta, es el viaje de Ritter, ángel caído que pasa por el infierno para volverse un guardián inmortal.

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Este viaje, del tormento hacia la esperanza, del horror solitario hacia la nueva familia pasa por un parto, un nuevo nacimiento, un martirio y una resurrección. Es el camino que va hacia la frontera y pasa debajo de ella, es el túnel que da a luz del otro lado, es la luz al final del túnel. El viaje es el viaje de Emmanuel y no el viaje del niño mesías. De hecho, aquí la figura crística es la del detective atormentado: él pasa por las tentaciones, atraviesa el desierto, vive las tribulaciones, sufre el martirio y renace con el levantar de una piedra.

Lo más interesante de toda esta simbología religiosa trasladada al personaje de Ritter es que el viaje del detective se realiza en un narcotúnel debajo de la frontera. La simbología aquí explota cuando el máximo enfrentamiento con El Maligno, cuando la lucha del bien y el mal, se da en una capilla de tentaciones paganas. Ahí están los viejos dioses precolombinos, ídolos de barro para siempre amenazantes en la lógica misionera; ahí está Malverde, el hombre que no tuvo sepultura, el santo que nunca fue canonizado; y ahí está finalmente, la Santísima Muerte, figura sincrética que jamás ha reconocido la iglesia católica. Las tres figuras ofrecen en sus ofrendas dinero, fama, drogas… las tentaciones habituales del narcotráfico que se trasladan aquí a un contexto religioso.

Esas son las tentaciones que el Diablo pone en el camino de los que buscan la redención, que saldrán del otro lado de la frontera purificados o condenados. Esa es la condena de la religión institucional hacia este México con viejas creencias resistentes. El narcotúnel se convierte en el territorio de lucha entre la salvación y el infierno, entre la tierra sin ley oprimida y la tierra prometida del opresor, entre la religión oficial y sus derivaciones. Y este imaginario es un reflejo de la complejidad, de la riqueza, de los sincretismos mexicanos, de todas las supersticiones que se juntan en una tierra llena de símbolos; símbolos que se te pegan como alacranes güeros sobre la piel.

En ese túnel laberíntico, la frontera se difumina, el mal se confunde con el bien, la cruz es símbolo profano, los rituales son antiguos, las piedras vuelven a albergar a viejos dioses. En ese túnel, la luz escarlata y claustrofóbica de las bengalas nos recuerdan dónde está la oscuridad, el fuego eterno, lo subterráneo. Y la cinta de Portes, en su viaje al infierno a través de la cultura del narcotráfico, con el planteamiento de la opresión estadounidense como salvación, con tomas de estridentes tonos rojos, oscuridad terrenal y luz que cae desde arriba, nos sumerge en un imaginario religioso, supersticioso, sincrético plenamente mexicano.

Aquí es donde llego, finalmente, a decir mi parte: esta película me gusta, encima de sus torpezas, porque, queriéndolo o no, me muestra temores profundamente idiosincráticos y me deja reflexionar sobre ellos. Me hace sentir un apocalipsis -como revelación y cambio de mundo- que es mío aunque no me corresponda. Me dice, como ateo, que las creencias de este país están ahí, aunque te quites y que este pensamiento te atraviesa, pongas lo que pongas. No sé qué sea eso a lo que llamamos “mexicano”… pero sé que algo de eso me espanta a través de esta película porque, en esta tierra, hasta los ateos son creyentes.

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Lo bueno
  • La actuación de Cosío, una de las mejores de su larga carrera.
  • La revelación de Yunuen Pardo, una verdadera promesa forjada en teatro.
  • La violencia (especialmente al principio) que es lateral y elegante.
  • Toda la primera parte oscura y detectivesca.
  • La dirección apasionada de Portes.
  • El humor que lo caracteriza (el Demetrio de José Sefami es un dios).
  • El Belzebuth del Conde Fabregat.
  • El CGI grotesco y sobrado que es increíble.
  • La imagen idiosincrática de la religión, el narco y Estados Unidos desde México.
  • La fotografía de Ramón Orozco.
  • La música del gran Aldo Max.
  • El esfuerzo, lo ambicioso, lo difícil.
  • La esperanza que me da para el género de horror de gran distribución en México.
Lo malo
  • Ciertas torpezas en la trama que impiden un tono homogéneo entre lo policiaco y lo sobrenatural.
  • Toda la intervención estadounidense en el equipo de Tate Ellington que es horrenda.
  • La actuación de Tate Ellington que es horrenda.
  • Que se puede malentender el riesgo del CGI por pura paja.
  • Que no se reciba bien en México por comparaciones inútiles con el horror de Hollywood.
  • Que se confundan los riesgos tomados con banalidades prácticas.
  • Que se enreda demasiado la trama al final para seguir la coherencia elegante del principio.
  • Que, seguro, algún fan de Aquaman me va a reclamar que me gustó esta película.
  • Que no se celebre la variedad del horror mexicano: Atroz y Belzebuth son polos opuestos y ambas son interesantísimas.
  • Que México no tiene paciencia para el cine mexicano.
Veredicto

Belzebuth es más que su tema y más que lo anecdótico. Es una cinta bien hecha, bien actuada, bien dirigida, con un tremendo score y una fotografía impecable. También es una película llena de torpezas, con momentos grotescos que rayan el ridículo y fallos narrativos terribles… Y, entre todo esto, es algo profundamente disfrutable. No nada más por la diversión de verla, sino por el camino del reconocimiento que se extiende sobre sus símbolos. Esta película es un espejo idiosincrático, algo muy mexicano que quiere extenderse hacia lo universal. La cinta más internacional de Portes me parece la más mexicana. Y, justamente, en este reconocimiento, no nada más me divertí, sino que me encontré, sorprendido, en un pensamiento muy familiar de religiones entrecruzadas y miedos colectivos.

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