Reseña especial FICUNAM: 499 – Trampas de la historia

| 18 de marzo de 2021
499 de Rodrigo Reyes cuenta la historia de un conquistador español que aparece en nuestro mundo para escuchar los horrores del México presente.

Después de pasar por Los Cabos y el Festival de Cine de Morelia el año pasado, 499 (2020) la nueva película de Rodrigo Reyes, llega a FICUNAM para un estreno gratuito en línea. La película cuenta la historia de un conquistador que naufraga, en 1521, tras tomar la gran Tenochtitlán junto a su capitán, Hernán Cortés. El único superviviente del naufragio, llega a las playas de Veracruz moribundo y agotado. Pero, cuando comienza a caminar por la arena, se da cuenta de que el mundo al que regresó es muy diferente al que había dejado: en un extraño milagro, este conquistador viajó 499 años en el tiempo hasta nuestros días.

El conquistador decide retomar los pasos que caminó con la esperanza de encontrar algún indicio que le permita regresar a su tiempo. Así que parte de las costas de Veracruz hacia la Sierra, el altiplano, el paso de Cortés y regresa a la gran Tenochtitlán. En su camino, se encuentra con narraciones de violencia, de desaparecidos, del horror que se vive en México todos los días. No puede entender qué hace vagando entre estas almas atormentadas, no puede entender a qué mundo regresó y, poco a poco, lo único que entiende es el sufrimiento que atraviesa las edades.

El problema identitario

499, la nueva cinta de Rodrigo Reyes retoma viejas obsesiones del cineasta mexico-estadounidense sobre la identidad mexicana. En esta ocasión, la confrontación tenía que ser más visible. Más allá de las relaciones entre el pasado y el presente de México, más allá de las relaciones entre México y Estados Unidos, está la absoluta alteridad del conquistador enfrentado a una nueva realidad.

La óptica elegida para filmar 499 -con predominantes lentes anamórficos-, el cuidado de la fotografía en la composición cuidada de lo más terrible y doloroso, muestra bien una voluntad de retratar este extrañamiento, de presentarnos imágenes que reconocemos, pero que nos sorprenden. Lo vemos en la primera comunicación que tiene el conquistador con los habitantes presentes de México. Después de observar el saludo a la bandera en un patio de primaria, el conquistador está anonadado: los símbolos que ahí desfilan son absolutamente incomprensibles para él. Un rito que nos parece habitual, bajo una nueva óptica, parece algo absolutamente extraño y lleno de sentidos.

Eduardo San Juan, el actor que representa al conquistador, de hecho, nunca había conocido México antes de esta filmación. Su mirada, en el recorrido cronológico del rodaje, es la de alguien que descubre el país en la misma ruta de Cortés hace 500 años. El asombro y la espontaneidad de ciertas reacciones es, en ese sentido, absolutamente real. Como si todo esto fuera un extraño performance, una locura repetida en la tradición de actores de método.

Gracias a esta distancia en lo cotidiano, observamos cómo la historia revirtió la narración y, ahora, el conquistador no entiende una visión del mundo que se le impone. Todo en este mundo lo agrede, lo devora, lo sobrepasa. Y no hay nada que pueda hacer al respecto: la única interacción que tiene es la de la escucha paciente o la de la violencia. En ninguno de los dos casos, sin embargo, se nos muestra la relación directa, física, carnal, entre el conquistador y los habitantes de este mundo.

Parece que Rodrigo Reyes quiere retratar al conquistador, en 499, más que como una verdadera aparición física, como un fantasma. Pasamos de primerísimos planos de su mirada, la sorpresa en el rostro, los ojos de desconcierto, a planos panorámicos, amplios, de paisajes sin hombres, bosques reales, playas reales, columnas en periférico, puentes peatonales y tiraderos de basura. Los testimonios, grabados como talking heads clásicos o como voz en off narrativa, suponen la presencia de esta figura espectral, pero nunca la muestran en una interacción directa. La voz del personaje central se atraganta muy rápido y lo único que sabemos de su experiencia cambiante está escrito en un diario que aparece como una recitación, fuera de cuadro, espectral.

Esto sirve para crear una mayor distancia entre lo que vemos y el personaje central de la película; nos aleja de lo inmediato reconocible para iniciar un proceso de distanciamiento; un proceso que sirve, por supuesto, para retratar bajo una nueva mirada, la violencia en México. Si no nos podemos explicar esta violencia, tal vez, entonces, debemos confrontarla con los fantasmas de nuestro muy presente pasado.

499 años de dolor automático

La idea que guía 499 es la de una desautomatización. Hemos vivido tanta violencia en México, tenemos que soplarnos tantas imágenes cruentas en cada periódico amarillista en las bocas del metro, en cada noticiario, en cada horror viral, que automatizamos. Vemos todo bajo el mismo velo inerte de lo inevitable. Perdemos el control de estas representaciones del horror.

Retratar a un conquistador perdido en el tiempo que regresa a Veracruz, 499 años después del naufragio de su navío, para escuchar las historias de desaparecidos, desesperación y violencia del México actual, desplaza algo. Desplaza el testimonio hacia otro lugar, hacia el hombre que ejerció otra violencia incomprensible.

En la narración, esa otra guerra antigua, se mezcla con la guerra actual y los caminos de sangre se entrecruzan. Nunca con una causalidad evidente y torpe, siempre como una repetición de la imposible comprensión entre víctimas y victimarios.

El hombre que escucha estas narraciones de violencia actual sabe que nunca escuchó las narraciones de las víctimas de su tiempo. Y nosotros que volvemos a escuchar las narraciones de violencia actual, entendemos el proceso de automatización y qué tanto nos hemos acostumbrado a escucharlas. En este desplazamiento, el lugar del espectador se confunde con el de un conquistador anacrónico. El gesto es brutal, formalmente, a pesar de que Reyes no lo lleva hasta sus últimas consecuencias.

Más que mostrarnos la mirada ajena del espectador, la mirada perdida y anacrónica, en las relaciones documentales de estos horrores cotidianos, el director vuelve lejano al protagonista. El conquistador sigue su camino y acaba viviendo la ruta entera de una migración hacia el sueño dorado de Estados Unidos. No nada más ve, sino que encarna la culminación de estas violencias. En el camino, hace más que los espectadores, vive más que los espectadores, borra su diferencia y se acopla para sobrevivir.

Esta historia quiere desautomatizar nuestra relación con la violencia haciéndonos ver que todos, extranjeros y residentes, vivimos en un infierno. Al hacer todo este viaje fantástico, sin embargo, Reyes parece regresar al mismo problema que quiere criticar en un principio: ¿No es esta película otro intento por mostrar la violencia desde un ángulo distinto? ¿No se suma a tantas otras miradas documentales que, al intentar sacarnos de lo automático, nos lo vuelven más inmediato? ¿No es acaso un mecanismo formal que cae en su propia trampa?

La ambición de la cinta no deja de ser impresionante y, por momentos, la propuesta visual retrata de forma descarnada el infierno cotidiano que vemos sin ver. Sin embargo, hay algo gratuito en todo esto, algo anecdótico. Para mostrar que la violencia en México toma tantas formas, es tan distinta y compleja, Reyes nos dice que es inabarcable. En la resignación de un lavalozas que cruzó cinco siglos y sabe que nunca regresará a casa, está la culminación de nuestras esperanzas. Tal vez nunca vamos a recuperar nuestro hogar, tal vez lo único que tenemos a la mano es tratar de entender que todo esto no puede comprenderse. Una derrota intelectual siempre es más fácil que una propuesta. Y eso, también, es una tragedia de nuestro tiempo agotado.

Lo bueno
  • La impresionante y pertinente fotografía de Alejandro Mejía.
  • El diseño sonoro, táctil, sensorial.
  • La vivencial actuación de Eduardo San Juan.
  • Una idea interesante de desautomatización en la confrontación histórica.
  • El uso de la ciencia ficción para pensar nuestro presente.
Lo malo
  • Que la intención de desautomatización cae en su propia trampa.
  • La derrota final de la cinta.
  • La dificultad general de pensar la violencia en México.
  • Que la película no fue más lejos en su exploración de nuestra mirada frente a la violencia.
  • Que la película no se atrevió a hacer una lectura histórica más concreta.
  • Que nuestros fantasmas siguen siendo fantasmas (objetos de deseo inalcanzables).
Veredicto

Después de escuchar los testimonios escalofriantes de periodistas desaparecidos, de madres que buscan a sus hijos rastreando el “olor a muerto”, de sicarios con códigos de honor, de niñas violadas y asesinadas con una brutalidad indescriptible, el conquistador se rinde. Deja su armadura, en un gesto simbólico, en un basurero, quema su diario reflexivo, se dirige a la Villa de rodillas y cumple una expiación para adaptarse a este mundo. En esta idea de Rodrigo Reyes, me parece leer un terrible dolor: el de no poder hacer nada frente a la irracionalidad de nuestro mundo. Entiendo el gesto, pero me parece triste que las reflexiones sobre la violencia en México ya se aboquen a la derrota de lo inconmensurable. En ese sentido, 499 parece repetir los gestos que automatizan nuestras reacciones frente a la violencia: en vez de confrontarnos con nuestra mirada displicente, tal vez, nos invita a aceptarla.

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