Así funcionan los boletos con cinta magnética del metro de la Ciudad de México.

La última cifra disponible que tiene el Sistema de Transporte Colectivo Metro sobre la cantidad de pasajeros que transportó en un año completo es de 2015: 1,623 millones 828 mil 642 personas. Eso significa que hay más gente viajando en el Metro todos los días que gente viviendo en Tlaxcala o Morelos, por ejemplo.

Con ese ir y venir de gente pocas veces reparamos en las pequeñas cosas que hacen posible todo esto, como los boletos que se siguen usando todos los días para ingresar al servicio.

Todo tiene que ver con la línea café que corre por en medio del papel: la banda magnética. Esta tecnología no es nueva y sus fundamentos se remontan a finales del sigo XIX, cuando el primer telegráfono fue inventado por el danés Valdemar Poulsen en 1898. Setenta y un años antes de que el Metro de la Ciudad de México abriera sus puertas.

Esta banda está hecha de finas partículas ferromagnéticas en la que puede guardar información codificada, ya que las partículas pueden ser magnetizadas en dirección norte o sur (arriba o abajo).

La línea color café que corre por en medio del papel es la banda magnética.

El color de la banda indica el nivel coercitividad que tiene, es decir, la intensidad del campo magnético que se debe aplicar para reducir su magnetización y así almacenar datos. En el caso del boleto de Metro, habrán notado que la banda es de color café, lo que significa que está hecha de óxido de hierro, un compuesto químico que es de baja coercitividad.

Por lo general, las bandas de este tipo se utilizan para para aplicaciones de corto tiempo (como los boletos de Metro o las llaves de los hoteles), mientras que las bandas magnéticas de alta coercitividad son codificadas con un fuerte campo magnético para ser usadas en tarjetas de crédito o débito, por ejemplo.

Contrario a lo que se piensa comúnmente, los boletos del Metro de la Ciudad de México no almacenan muchos datos. Su codificación se limita a una lógica booleana (válido o no válido). Cuando el boleto es introducido en en la ranura del torniquete, un sensor magnético detecta la cinta y simplemente devuelve un resultado positivo (se abre el torniquete) o negativo (no se abre el torniquete).

Un sensor magnético en el torniquete detecta la cinta cuando pasa. (Foto: ProtoplasmaKid / Wikimedia Commons)

Los boletos no se reutilizan: luego de que pasan por los torniquetes son destruidos para después llevarlos a reciclar. Y aunque poco a poco las tarjetas han reemplazado al papel, todavía se gastan 55 millones de pesos en boletos cada año, de los que se imprimen alrededor de 60 millones de unidades al mes.

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