El futuro no es tan brillante como nos lo prometieron.

Antes de comenzar, déjenme contarles una historia. Cuando era niño me encantaba ver El Auto Increíble porque KITT era un robot diferente: no parecía humano pero pensaba mejor que uno, y tenía un “Turbo” que lo hacía saltar grandes distancias a velocidades espectaculares.

Un día, me enteré de que KITT se presentaría en la Ciudad de México, en un lugar que no estaba muy cerca de mi casa. Pero le insistí tanto a mis papás –que nunca me sacaban a ningún lugar porque era muy “enfermizo”– que no tuvieron otra opción más que llevarme. Yo estaba que no cabía de la emoción, por fin iba a poder preguntarle a KITT cómo funcionaba el Turbo y si dormía cuando Michael Knigth lo apagaba con la llave (jamás vi eso en la serie, no sé de dónde lo saqué).

Tomarse una foto con KITT y hacerle una pregunta era carísimo para la época –todo es caro cuando eres pobre–, así que no pude hacer ni uno ni lo otro. Decepcionado, me puse a deambular por ahí y encontré al actor que daba vida al “auto increíble” (Germán Robles) hablando desde otra camioneta, haciendo reverberar su voz con un vaso de plástico a través de un micrófono. Qué pinche tristeza: KITT no era real y además no había nada tecnológico en la creación de su voz (aunque sí mucho ingenio).

Hace unos días me sentí de nuevo así, con Sophia, la primera robot en tener nacionalidad. La gran esperanza de la inteligencia artificial se me asemeja a ese momento de KITT, con los ventrílocuos fingiendo ser tecnología.

Durante el pasado Jalisco Talent Land 2018, miles de personas llegaron a contemplar esta maravilla llegada de Hong Kong. Todos sudorosos, ansiosos y desesperados por tener un buen asiento para contemplar el comienzo del futuro; antes de que los robots nos conquisten, antes de que lleven nuestra semilla al espacio, antes de que hagan nuestro trabajo, antes de que comencemos a procrear con ellos, antes del alba final. Todos querían estar ahí.

Personas corriendo para alcanzar el mejor lugar para ver a la autómata… no es broma.

El evento cúspide de la humanidad fue más o menos así: primero vinieron media hora de comerciales; luego una ronda de preguntas y respuestas que no podía estar más programada. “¿Cómo te llamas?”, “¿Cuál es tu siguiente paso evolutivo?”, “¿Qué sabes de México?”. ¡Ay Sophia! Si conocieras cómo somos a lo mejor ni venías. A lo mejor te desactivabas antes de conocer nuestra fascinación por la autodestrucción, el crush que tenemos con los gringos o la fe que le tenemos a los horóscopos.

Sophia gesticula sobre su mesa, sonríe, se calla y entrecierra los ojos como pensando su respuesta. Aunque por momentos pareciera cono que se se trabó, igual que cualquier computadora que se esfuerza en hacer lo imposible. Es el único alivio que nos queda, que a la hora de matarlos los robots se vayan a la “pantalla azul de la muerte” y allí termine su rebelión de máquinas.

Aun así, sería muy vil de mi parte no decir que la programación y mecánica que ayuda a gesticular a la robot es sorprendente. No voy a decir que parece humana, pero sí luce demoniacamente real. Un burla de la tecnología hacia los humanos, una buena broma, muy graciosa.

Sophia gesticula sobre su mesa, sonríe, se calla y entrecierra los ojos como pensando su respuesta.

A simple vista, Sophia es igual a esas gitanas mecánicas que habitaban las ferias y que te revelaban tu suerte a cambio de una “cora”. Un busto macabro que sabe emular expresiones faciales para entretener, mientras –supongo– a miles de kilómetros se desarrollan los procesos que la hacen funcionar. Ella es el cuerpo, su código el espíritu y algún equipo de ignotos desarrolladores serán el padre y la madre que decidieron reproducir los mismos problemas de la humanidad en un robot haciéndola tener un “genero”.

Tras siete brevísimos minutos de plática, vino lo peor. El gobernador en turno subió al escenario para felicitar a la robot por ser robot y a los mexicanos por ser de la tierra del “Tequila y el mariachi”; barrabasada que celebró el presentador. Le dieron el penacho de Moctezuma –en realidad era un collar muy bonito– en señal de que ahora es nuestro líder. La hicieron visitante distinguido, mientras a mí me encaraba un policía para ver “qué traía” por qué me le puse al brinco a su compañero por reprender violentamente a unos adolescentes cuando la aglomeración de personas se puso algo sudorosa.

Es triste aceptar que de la triada que había en escena, Sophia, la autómata, lucía como el único ser que parecía tener sentimientos y esperanza por la humanidad.

A simple vista, Sophia es igual a esas gitanas mecánicas que habitaban las ferias.

Sophia no da entrevistas, el equipo que la acompaña tampoco. ¿Por qué? ¿Qué actor con voz de Anticristo 666 (el youtuber, no el mal encarnado) se esconde detrás del truco? ¿En manos de quién estamos poniendo la inteligencia artificial? El futuro será brillante sólo para los que ya era brillante en el pasado. Para mí, que no logró dilucidar en su magnificencia este evento en el “Silicon Valley mexicano” y se pone a criticar sin entender, las cosas no serán buenas.

Al finalizar la presentación llegan los ayudantes del ventrílocuo a guardar al muñeco en su caja y la llevan a un espacio privado, al que pocos tienes acceso. ¿Si era tan inexpugnable ese lugar cómo es que los reporteros presumen sus fotos con Sophia a la hora de la comida? “Tengo mis fotos candentes y privadas”, escuché decir a uno. ¿Qué significa eso? ¿Con esa mentalidad vamos a recibir a la vida sintética?. Los viajes espaciales, autos no tripulados, internet o alguna otra tecnología no podrá cambiarnos en absoluto. Nada nuevo hay allá adelante. El futuro está bien chafa.

Al final de todo, solo podía pensar en Jesucristo… el robot del futuro.

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