Si escribo esto es, primero, por genuina sorpresa. Como todo buen hijo de los noventa, cuando supe que se haría otra película de las Tortugas Ninja me emocioné cual chamaco en revolcadero a pesar de todas las dudas que me puede producir el cabello de príncipe valiente y la sonrisa cínica de Michael Bay. Y bueno, Megan Fox en medio no inspiraba mayor confianza tampoco: todos vimos la aparatosa cuestión de los Transformers y como, tal vez, ocasionó la locura hollywoodense traumada por respeto del que se anunciaba como hijo pródigo de Spielberg, Shia Laboeuf. ¿Pero qué se le iba a hacer? Sucede una y otra vez: héroes de infancia retomados hasta el cansancio por dinero, marketing y reboots vacíos que, de cualquier manera, nos sacan unas sonrisas de recuerdo y uno que otro buen rato en el cine.

Bueno, mi sorpresa no fue tanto por el resultado de la nueva Teenage Mutant Ninja Turtles, de la que no esperaba toda la emoción nostálgica buscada, sino por las reacciones del público. Hace unos días Fernando Barajas publicó aquí su reseña y, a pesar de que concordamos en muchas cosas, me pareció que incluso él había tomado con demasiado cariño nostálgico un resultado que a mí me pareció catastrófico. Pero ahí no se acaba el asunto, a pesar de su cariñoso recuerdo y de aceptar las evidencias de lo esperado, los primeros comentarios a la reseña, y muchos otros que vi en cualquier cantidad de lados, eran de franca molestia por no haber calificado mejor la película. Cosas del estilo “no pidan un Oscar”, “sus críticas son de lo más mamonas”, “es evidente que una película de reptiles mutantes adolescentes que hablan y saben ninjistu va a ser una completa locura dedicada a la acción”, “¿quién espera otra cosa?”, etc. Y aquí está el asunto, me niego completamente, admitido fanático de las Tortugas con las que crecí, a quedarme con estos argumentos y decir, como vencido por el güero cinismo maquiavélico de Bay: “no importa, todo está bien, haga lo que haga, como son las enormes Tortugas, debo admirar o soportar lo que nos manden”.

Todos tienen el legítimo derecho a disfrutar o no de una película palomera del momento y eso me parece muy bien. Todos pueden opinar lo que sea sobre estas cuestiones tan filosas de gustos o cariños y eso, también, está muy bien. Lo que sí me cuesta más trabajo aceptar es que me opongan argumentos de este tipo, echándome en cara que no considero las cosas en su justo medio o que no entiendo verdaderamente el principio detrás de las tan queridas Tortugas. Es por eso que, desde mi despecho noventero, pienso en dos esquinas que sirven, tal vez, para explicar tan tremenda división entre los fanáticos de las Tortugas alrededor de esta película.

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El nuevo Leonardo

En una esquina de reivindicación gustosa están aquellos que no conocen nada de las Tortugas Ninja, el público joven que nunca le tocó la fiebre que explotó a lo grande a finales de los ochenta y siguió a principios de los noventa con las películas, los increíbles videojuegos, los juguetes –¿alguno recuerda ver babeando en la Mercería del Refugio el zepelín?–, las loncheras, los disfraces, las piñatas, las servilletas temáticas en el cumpleaños de algún primo rayado en el ShowBiz Pizza… Ellos, sin duda, tienen todo el derecho de disfrutar como les llega esta nueva película sin marco de referencia y en pura y saludable diversión. Lo que sea, sin querer dejar de lado a nadie, digamos que ésta no es su pelea.

Compartiendo la esquina que disfruta sanamente este reboot están algunos de los nostálgicos alegres que ven con cariño el regreso de tan queridos personajes y lo aceptan como tal: un regreso palomero, divertido, de domingo, al que nada más se le puede exigir. Respetables en su opinión, algunos de estos nostálgicos también se dieron a la tarea de molestarse frente a toda crítica de la película considerando que no se le podía pedir nada más a una franquicia que nació de la completa locura y de la disciplina reina de los gloriosos ochenta, el marketing salvaje.

En la otra esquina tenemos a aquellos que no están en la pelea porque nunca entendieron el fenómeno, ni lo compartieron, vivieron, o sufrieron, que simplemente les da igual y que desprecian esta nueva entrega de la franquicia nada más así, porque no hay sentido en coches alienígenas que pelean, ni en humanos tripulando robots gigantes, ni en tortugas con edad-acné que pelean entre pizzas por los callejones de Nueva York. De ellos, tampoco hablamos. Lo que nos ocupa, más bien, es este centro de ring en donde se encuentran los azotadores de opiniones con los que, igualmente nostálgicos, detestaron esta película por razones completamente diferentes que se rastrean hasta el mismo recuerdo lagrimero del pasado. A estos yo me adhiero y, como defensa personal y conjunta, por así decirlo, tirando esquina, quiero comentar algo sobre mis razones en todo este agarrón enojado de comentarios dolidos que se remontan a los pininos de muchos de nosotros.

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Fotograma de Teenage Mutant Ninja Turtles (1990)

Para no alargar mucho el cuento, mi punto se basa en una breve comparación solamente con la primera película, dejando de lado la clásica serie animada, los videojuegos, toda mercadotecnia en medio y las secuelas. Todo el asunto mío empezó porque, saliendo molesto del cine, me pregunté si el desprecio que sentía por la nueva película no era nada más un giro de nostalgia desplazada marcada por la emoción que me daba la primera cinta de chamaco. Volví a ver esta rareza de 1990 y, para lograr todo el efecto, la disfruté una vez en el torpe pero maravilloso doblaje al español –Raphael y su tonito agudo diciendo “¡Demonios!”– y luego en inglés. Se fueron las dudas y regresó el cariño: esta primer película tiene una gracia indudable que, ciertamente, marcó muchas memorias, pero que también, sin duda, se sostiene sola.

Todo pasa por ese encanto ochentero de la música amenazante y ritmada por momentos, festiva y organera en otros, por los increíbles e inocentes efectos que trajo Jim Henson –sí sí, el de los Muppets–, por toda la serie de lugares comunes de los malechores adolescentes –cigarros, máquinas de videojuegos, Sam Rockwell de 22 años siendo malote y el punk rebajado a camisetas de Sid Vicious–, el lugar primordial de la pizza, las patinetas y los agarrones marciales. Pero eso no es todo.

La película es de hecho bastante efectiva en sus personajes y su trama, a pesar de no ser tampoco la cosa más elaborada, se sostiene bastante bien en el marco creado: el Clan del Pie tiene un punto comercial mafioso y no es nada más una locura de millonario avaricioso mezclado con la violencia de un megalómano gratuito; Splinter tiene una historia profunda que se remonta a un triángulo amoroso trágico en Japón –y, digámoslo, esas escenas oscuras de marioneta de la rata aprendiendo el arte ninja en una jaula le ganan de calle a la sosa explicación de un libro encontrado–; cada personalidad de las tortugas se identifica y se marca con cuidado –el santurrón de Leonardo, el colérico y sensible Raphael, el sabelotodo gracioso de Donatello y la simpatía natural de Michelangelo–; y los aliados son geniales, tanto un joven Elias Koteas tronado interpretando a Casey Jones y una joven, inteligente, valiente –digo, la van a atracar en el metro quince tipos y trata de agarrarlos a golpes con su bolsa– y sensual-sin-buscarlo-demasiado April O’Neil que deja de nalgas en el camino todo el soso esfuerzo de Megan Fox.

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Megan Fox en el papel de April O’Neil

Y ahí no se acaba. El esfuerzo de tono amateu pero realmente comprometido de esta película, el humor sencillo, las autoreferencias burlonas –Raphael sale de ver Critters en el cine y dice “¿de dónde sacan estas locuras?”–, incluso una fotografía que por momentos se luce en claroscuros (la primera entrada de Destructor –o Shredder, como quieran llamarlo– es brillante y las escenas del recuerdo de Splinter son geniales), le dan algo a esta película sensiblemente transmisible, encantador y logrado, si se quiere, una alma, de la que el reboot, en mi más sincera opinión, carece completamente.

Es ahí en donde difiere mi nostalgia. Acepto que esta nueva entrega es, como las anteriores, una cosa palomera, pensada para un público joven y que busca, como las otras, nadie quita, un lanzamiento mercadotécnico que pasa por encima de las pretensiones de cualquier fanático opinón. De acuerdo, me doy por enterado. La diferencia está en que no puede haber una comparación seria entre estas películas y que, en mi recuerdo, no puedo sentirme más que molesto cuando veo que el resultado del reboot se salta gran parte del carisma original de la primera película –y, bueno, de todo el universo de las Tortugas–, de su sencillez sin pretensiones, para irse a posar directamente, como siempre lo quiso Bay, sobre nuestros recuerdos para convertirlos, con mínimo tacto, en números de  taquilla.

Voy de acuerdo, no es que me la pasara mal en el cine, no es que la nueva Teenage Mutant Ninja Turtles no divierta, ni que me desagradara la interpretación física de las nuevas Tortugas. Lo que sí es que los personajes quedan algo deslucidos: Splinter es anecdótico, Destructor carece de contexto aunque se agradece su representación temible, April es, teniendo misericordia, olvidable, y la profundidad que nos encariñaba tanto con las Tortugas se apoya demasiado en nuestro recuerdo. La trama es un pretexto mal amarrado y el resultado en general, cosa que es mucho más importante, es, como todo lo que toca su productor, más plástico que carne alrededor de hueso.

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Splinter es anecdótico, Destructor carece de contexto aunque se agradece su representación temible

Esta opinión sólo va de un lado del cuadrilátero, dicha, con todo respeto desde mi esquina de la nostalgia. Cualquier comentario se acepta y da gusto volver a discutir sobre estos personajes, eso nadie nos lo quita. Lo que sí es que no se le puede decir, a aquel que con respeto a una memoria odió esta nueva entrega, que sus argumentos se pierden en andar buscando a Bergman en Capulina. Que ahora quede claro, en nostalgias se rompen los cariños de Internet y, para que no se diga que no hay respuesta entre tantas enchiladas, atesoren todos lo personal y a cada quien su Cowabunga.

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