La nueva cinta de Winding Refn demuestra que no todo es belleza y que el ego puede ser peligroso. 

Desde que se alejó de los despiadados bajos fondos callejeros de Copenhague, Nicolas Winding Refn ha creado un estilo propio único y siempre reconocible. Ver sus películas produce una sensación peculiar de abandono: el mundo se aleja y nos adentramos en la fabricación única, estética y refinada de un creador caprichoso. Sus películas post-dinamarca son, por eso, tan peculiares: atraviesan, con gusto propio, una amplia variedad de temas: desde la locura torturada de Fear X hasta la moderna historia de caballeros que fue Drive, pasando por la tragicomedia violenta de Bronson y la maravillosa épica silenciosa de Valhalla Rising.

En The Neon Demon, tenemos a Winding Refn en su más admitida veta estética. Éste es el director que leyó sobre erotismo y simbología, que quedó preñado por las ideas de Alejandro Jodorowsky y que se imagina a sí mismo como un portador único de un estilo invaluable. Esta película es la continuación evidente de una línea que comenzó en Drive y que se refinó, hasta sus últimas consecuencias, en Only God Forgives: el delirio estético en neón, que habla de realidades urbanas con simbología, sensualidad y violencia refinada de goce sádico. Así, desde que se le abrieron las puertas al éxito hollywoodense y se le aclamó como director de culto masivo por la originalidad de Drive, Winding Refn ha perseguido un mismo camino, una misma búsqueda estética obsesiva por los altos contrastes y los sueños de fiebre de las ciudades de luces cambiantes.

Es por eso que esta película se siente como una creación nueva que tiene mucho de sus dos últimas cintas; como una propuesta de terror profundamente original que, sin embargo, peca de narcicismo confiado e indulgente. Esta cinta muestra a un Refn enamorado de su propia genialidad como nunca lo había estado. Aquí, hasta Lars Von Trier podría sonrojarse de la pedantería. Y la película muestra, en eso, sus más grandes logros y sus peores pecados. Éste es un viaje hermoso, revelador, encantador a cada encuadre; una ficción única, sensual, de erotismo desbordante y sensibilidad a flor de piel; una obra maestra en técnica que se siente como el regaño banal de un adolescente frustrado. Ésta es la cinta, finalmente, de un genio que necesita sentirse menos genial.

Estética neón

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The Neon Demon cuenta la historia de Jesse (Elle Fanning), una joven adolescente que busca encontrar su camino en el mundo de la moda. Para lograrlo, se muda a Los Ángeles y renta un cuarto lúgubre en un pequeño motel de Pasadena. Pronto, una agencia de modelaje descubre su enorme potencial y comienza a conseguirle trabajos importantes en sesiones fotográficas y pasarelas. Frente a otras modelos que llevan años en la industria, Jesse es una frágil mujer virgen de 16 años que proyecta inocencia y sinceridad. Sus pequeños triunfos se deben, justamente, a eso: en ella se conjugan la belleza pura y la inocencia intocada en un mundo de operaciones estéticas y pretensiones desbordadas. Muy rápido, las otras modelos comienzan a sentir envidia por su juventud y belleza. Y los ojos de todos se tornan lascivamente hacia la joven aparición misteriosa. Jesse es, como dice un diseñador cínico, “un diamante en bruto en un mundo de cristales rotos”. Como es de esperarse, la violencia sexual, física y emocional comienza a acumularse en torno a la joven modelo. Y ella comienza a cambiar, dándose cuenta de sus poderes de seducción y de su lugar único, como flor nueva, en un mundo de bellezas marchitas.

El mundo que representa Winding Refn, al cambiar las agencias de modelos de Nueva York a Los Ángeles, es el marco perfecto para lucir todos sus recientes traumas estéticos. Y el director se fascina con el potencial de la luz y de los encuadres: éste es el universo del neón rojo, azul y blanco, de los altos contrastes, de los clubes nocturnos con sus luces insinuantes. También, en los lugares que frecuenta Jesse, vemos performances sádicos en luz estroboscópica, flashes de cámara, pasarelas de claroscuros confusos, sesiones fotográficas que alternan el blanco absoluto con la obscuridad envolvente, el lujo brilloso de Malibú en contraste con la sordidez de Pasadena, la luz fría de la Luna como un farol de la calle sobre el cemento gris.

Así, Refn despliega sus goces estéticos recientes, esos que vimos rebotando las luces en la noche de Drive y que descubrimos en los callejones rojos de Bangkok en Only God Forgives. Aquí Refn exalta estos placeres por la luz hasta llevarlos a sus últimas consecuencias: el demonio de neón es también la tentación de la belleza fría y fascinante de las relaciones fotográficas que establece, con singular deleite, en toda la cinta. Y esta fascinación estética por la luz lo lleva a construir contrastes apabullantes para el horror que produce. La luz no caza a la oscuridad, nunca la aleja sino que la invita. Todos los lugares brillantes, todas las escenas de día, contrastan constantemente con el hotel de Jesse, ese lugar custodiado por un perverso –y perfectamente caracterizado- Keanu Reeves que nunca aparece a la luz del día.

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El personaje de Ruby es el primer pilar de la crítica de Winding Refn: sobre la banalidad inerte y pretenciosa del mundo de la moda, de las fotografías muertas que representan esculturales bellezas inalcanzables y los ideales higiénicos que nos llevan a maquillar cadáveres para pretender que siguen vivos.

Lo sórdido aquí está plagado de un imaginario lyncheano en el que siempre hay un elemento perturbador escondido detrás de las escenas más familiares. La cinta está construida como una constante inquietud de lo fantástico en lo cotidiano, de lo peligroso en lo amable, de lo amenazador en lo reconfortante. Es justamente ahí en donde entra el personaje maravillosamente interpretado por Jena Malone, Ruby. La maquillista dulce que aconseja a la inocente Jesse siempre cambia entre una atracción sexual evidente –y apenas contenida– y una preocupación materna, dulce y tierna. Así, oscila, como todo en esta cinta, entre la luz y la oscuridad. Estos elementos contrastantes y complementarios se representan aquí por las dos facetas de su profesión: de día maquillista a la luz de los flashes y de las marquesinas que alumbran las pasarelas; de noche maquillista de cadáveres bajo el neón titilante de una morgue sórdida.

Este personaje central es el primer pilar de la crítica de Winding Refn. Porque el director tiene un mensaje claro sobre la banalidad inerte y pretenciosa del mundo de la moda, de las fotografías muertas que representan esculturales bellezas inalcanzables y los ideales higiénicos que nos llevan a maquillar cadáveres para pretender que siguen vivos. Ahí está la unión entre lo vivo y lo muerto, entre las figuras de cera que adoramos y los sueños de eternidad que creamos: los muertos no mueren y los vivos no viven. Es por eso que el erotismo de The Neon Demon está en la intersección del amor y de la muerte, de la pulsión sexual como muerte que crea, como construcción y destrucción, continuidad y discontinuidad.

El ambiente sórdido que gira en torno a Ruby y que se contagia a Jesse se alterna constantemente entre la morgue y la pasarela, entre Malibú y Pasadena con un erotismo eficaz y brutalmente sensible. Es ahí en donde se despliega lo mejor y lo peor de esta película. Refn sabe lo que quiere y sabe cómo conseguirlo: es un director experimentado y brillante con un gran trato íntimo con los actores. Es un creador que se permite la coherencia única y extraña de filmar sus guiones de manera cronológica. Es, sin duda, un enorme creador cinematográfico con más de un as bajo la manga. El problema es que lo que quiere es cada vez más indulgente con su propia imagen de genio; cada vez más permisivo con sus caprichos temáticos repetitivos; cada vez menos estricto con petulancias intelectuales que se vuelven rápidamente banales. Refn se sabe genial y, en eso, todo el talento que proyecta, toda la confianza creativa que muestra, todas las propuestas intrigantes que urde, se convierten en una parafernalia para cultivar aplausos. Y sí, tengo que decirlo, muy personalmente, me impresionan poco las cosas que quieren, tan flagrantemente, impresionarme.

Sensibilidad y cerebro

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The Neon Demon está llena de las influencias recientes de Winding Refn. En todas partes vemos el pensamiento simbólico de Jodorowsky que quiere mezclar psicoterapia, tarot y magia en la recuperación de los símbolos que nos atormentan diariamente. Hay que recordar que la última película del director danés estuvo dedicada al polémico creador y autoproclamado casi-chamán chileno. Y sí, Only God Forgives está llena de elementos sacados de las enseñanzas de Jodorowsky; en particular todo el asunto de los traumas simbólicos que se transmiten generacionalmente y que sólo pueden curarse por la recreación de símbolos inconscientes. Es por este tipo de reflexiones que se forma la terrible relación entre el maravilloso personaje de Kristin Scott Thomas y su azotado hijo protagonizado por Ryan Gosling. Es por eso, también, que vemos las relaciones entre el color rojo, la presencia constante de la sangre, la violencia femenina y el intento de regreso cruel al útero materno.

Como continuidad de este pensamiento, en The Neon Demon encontramos mucho del pensamiento erótico de Georges Bataille. El filósofo y escritor francés habló de la relación de la sexualidad con la muerte a través de principios mínimos. En la reproducción asexuada, las células se separan para crear dos células que acaban con la existencia misma de la célula que les dio vida. En la reproducción sexual, el espermatozoide y el óvulo se juntan en la fecundidad destruyendo así su existencia primordial y autónoma para crear, en conjunción, un nuevo ser. Esto hace que nosotros, seres discontinuos que sólo podemos percibir nuestra vida desde adentro, que sólo vemos a otros morir y que no podemos sentirnos implicados en la desaparición de los demás, tendemos eróticamente hacia la continuidad nostálgica de lo que nos dio vida. Queremos desaparecer convirtiéndonos en algo más, continuando más allá de nosotros; buscamos desaparecer en ese acto creativo de la reproducción, buscamos trascender, pasando encima de nuestra constitución discontinua para volver a formar parte de algo continúo. Es decir, tendemos a reproducirnos en un impulso de creación que es también un impulso de muerte. Y la relación entre el erotismo y la muerte va mucho más allá. Dice Bataille:

“Hace falta mucha fuerza para percibir la relación entre la promesa de la vida, que es el sentido del erotismo, y el aspecto lujurioso de la muerte. La humanidad se pone de acuerdo para desconocer que la muerte es también la juventud del mundo. Con una venda en los ojos, rechazamos ver que la sólo la muerte asegura, sin cesar, un brote sin el cual la vida desaparecería.”

El problema con estas referencias, tan presentes en la cinta de Refn, es que nunca se concretan más allá de alusiones cerebrales. Están ahí, sin duda, forman parte constitutiva de la película, pero parecen más un pretexto para un mensaje pueril sobre el materialismo sintético de Hollywood. El vampirismo, el canibalismo y la continuidad de una vida consumida eróticamente son los pilares del final de la película. El amor y la muerte se juntan en el deseo vivo de consumir la belleza pura de una virgen inocente: a través del acto brutal de antropofagia, se realizan las pretensiones de modelos que se sienten invisibles o caducas y de una maquillista voraz que afirma su poder femenino a través del amor grotesco a la muerte. La violación de un cadáver que sigue al intento de violación de Jesse son dos caras de la misma moneda: es el erotismo desbordado que busca la dominación última, que sobrepasa la repugnancia del cadáver, de la putrefacción y la muerte para buscar una satisfacción sexual única. Cuando Ruby orquestra el asesinato de Jesse, cuando la consume completamente, se realiza en una feminidad macabra y liberada que se baña en orines bajo la luz de la luna, que vive su cuerpo, desnudo y poderoso, con la continuidad erótica que lo transforma.

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El problema es que hay un choque violento entre la sensualidad visual que despliega la trama y las conclusiones cada vez más cerebrales y pretenciosas a las que llega.

Las referencias a Bataille y a Jodorowsky son, entonces, oportunas para los fines de la cinta. El problema es que hay un choque violento entre la sensualidad visual que despliega la trama y las conclusiones cada vez más cerebrales y pretenciosas a las que llega. La muerte de Jesse podría haber concluido la película en misterio y violencia, pero Winding Refn se obsesionó en explicar sus referencias, en ligar la reflexión a Bataille a través del grotesco ojo arrancado y vomitado, a través de volver evidente y material el canibalismo y de resaltar el erotismo unido a la muerte. A partir de ahí, todo se dirige hacia la culpa de la mujer-desecho que se raja el vientre para librarse de la maldición de la pureza. Y, como contraste, la transformación positiva también se explicita: la modelo-vampiro cambia de color de ojos después de consumir a Jesse, atrapa su aura y la vive para revelarse a un mundo que, por primera vez, la nota. Todo se convierte así en una lección sobre la renovación del mundo de la moda que consume mujeres puras y virginales; que atrapa a la inocencia para transformarla, empaquetarla, venderla y escupirla.

La idea es que la belleza es peligrosa en un mundo tan vano como el nuestro. Nuestra cultura gira en torno a la belleza producida, como idea, como tendencia, como horizonte. Consumimos diariamente los ideales que produce Hollywood (y de ahí la idea de situar una película de modelos en Los Ángeles y no en Nueva York), nos proyectamos diariamente en el hombre de Calvin Klein, en la mujer de Victoria’s Secret. Sí, vivimos en un mundo profundamente superficial y vacuo. Pero esa no es ninguna novedad, no es tampoco una reflexión que necesite de una construcción rocambolesca. La idea de la vanidad de la sociedad ha sido representada con muchísimo más imaginación en Map to the Stars de David Cronenberg o Fight Club de David Fincher… y de manera más sencilla. Podemos interpretar toda esta cinta bajo el ángulo del erotismo de Bataille o del simbolismo de Jodorowsky pero ninguna de las dos referencias obligadas es verdaderamente necesaria para hablar, como crítica caprichosa, de la vanidad de Hollywood, de los ideales de belleza que nos imponen o de los parámetros imposibles de la moda.

Aquí, como en El Perfume de Patrick Süskind, se plantea que hay una esencia de la belleza, algo inmaterial e inmaculado que puede producir pasiones violentas. La necesidad de consumir completamente al objeto de deseo, de engullirlo en un ataque de amor y odio, de transformarse eróticamente en este acto de muerte y violencia porta una belleza filosófica en sí. Y esta idea se combina muy mal con algo tan repetitivo y banal como la crítica de la superficialidad de Hollywood y el mundo de la moda. En esta cinta se entienden las referencias y las simbologías y es, justamente por eso, que sorprende la nimia enseñanza en la que desembocan. Lo que es molesto, entonces, es que se entrometa, dentro de un planteamiento interesante, magistralmente filmado, de refinado gusto estético y erotismo intrigante, un mensaje cerebral, demasiado pensado y mal encaminado. Aquí Refn quiso decir más de lo que dice, quiso hacer una lectura que se atora en sus propias pretensiones y que, en el camino de sus búsquedas intelectuales, pierde el hilo certero de una lectura erótica del amor y de la muerte.

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Lo que es molesto es que se entrometa, dentro de un planteamiento interesante, magistralmente filmado, de refinado gusto estético y erotismo intrigante, un mensaje cerebral, demasiado pensado y mal encaminado.

Esta cinta nos muestra que Winding Refn trata de impresionarnos con sus lecturas, su enorme capacidad de cineasta y sus reflexiones moralinas sobre Hollywood. Es como si quisiera criticar el medio que lo recibió con los brazos abiertos después de Drive. La provocación a la que se aboca esta película es una muestra de la culpa de un director que se siente cada vez más cercano a un mundo que aborrece. Esta cinta, de principio a fin, quiere señalarnos un mensaje bastante transparente en la figura de su director: Refn quiere hacer películas en Hollywood y, al mismo tiempo, quiere destruirlo; quiere que se reconozca su estilo como algo único y distintivo y, al mismo tiempo, quiere mostrar que no le molesta repetirse innecesariamente; quiere imponerse como un cineasta de los márgenes, como un fabricante de cine de autor que no tiene cabida en la superficialidad de Hollywood y, al mismo tiempo, quiere cosechar aplausos. Es por eso que pone sus iniciales antes de la cinta, junto a todos los créditos; es por eso que su nombre aparece como el único marco válido de la película; es por eso que quiere provocar y criticar, con pataleta adolescente, el horrible medio de la falsedad hollywoodense. Y, estoy de acuerdo, ese mundo puede parecer absolutamente desagradable. Sin embargo, pasar tanto tiempo en la planeación estética de una cinta tan compleja e intrigante para, finalmente, hacer una crítica poco inspirada e inútil, me parece un franco desperdicio. Un desperdicio que nace del ego, un desperdicio que se produce por un hombre que, cada vez más, parece buscar las alabanzas de un público distante que ya no se sorprende con la misma facilidad.

Lo bueno
  • El cuidado estético.
  • Las enormes búsquedas fotográficas de Natasha Braier.
  • La sólida dirección de actores.
  • Las enormes actuaciones.
  • Todo encuadre en donde aparece Jena Malone.
  • La sensibilidad sensual del primer desarrollo de la película.
  • La sensación constante de lo sórdido en todo.
Lo malo
  • La repetición innecesaria de los mismos simbolismos.
  • Un intelectualismo que pudo ser interesante y que sólo se vuelve cansado.
  • La cerebral que es el final de la cinta.
  • Las pretensiones desmedidas de Refn.
  • Que la película quiere sorprender y aleccionar.
  • Que el mensaje final es tan banal como innecesario.
  • Que Refn está siendo francamente insoportable.
  • Que la pedantería de Jodorowsky parece ser, preocupantemente, contagiosa.
Veredicto

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Entre los simbolismos buscados de los triángulos, las trinidades, la Luna y la sangre, los ojos y el vientre desgarrado, la menstruación, la violencia y la orina, las tijeras, las imágenes fantásticas y feéricas de la virgen voladora y pura, los tatuajes, los felinos y las puertas, Refn trata de recrear un estilo único que parece repetirse en sus tres últimas películas. Lejos quedó el director que cambiaba entre cada proyecto, como hijo inspirado de Kubrick, de géneros y estilos sin perderse en la diferencia. Ésta es la película de un director confiado, que sabe hacer cosas excepcionales y que, sin embargo, se entrega a sus propios caprichos temáticos. Éste es el síntoma de un ego desmedido que puede fabricar una gran obra técnica para decir una absoluta banalidad. De todas las cosas que pudo lograr esta película todo se queda, como virgen suspendida en un trampolín, a medio camino entre el cielo y la tierra, entre las sugerencias y la realización. Ésta es, finalmente, una cinta promesa, una cinta ensayo, una cinta que casi fue genial y que se convierte, por los traumas repetitivos de su creador, en la parodia de un estilo que ya perdió toda sustancia. Refn se enamoró de sus propias capacidades y se perdió entre caprichos estéticos. Tal vez debió aprender la propia lección de su cinta: sin duda, la belleza es peligrosa.y

https://www.youtube.com/watch?v=cipOTUO0CmU

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Título: The Neon Demon.

Duración: 117 min.

Director: Nicolas Winding Refn.

Elenco: Elle Fanning, Christina Hendricks, Jena Malone, Keanu Reeves, Karl Glusman, Bella Heathcote, Abbey Lee.

País: Estados Unidos, Francia, Dinamarca.

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