Esta nueva recreación del viejo mito de Tarzán es un grito desesperado por adaptar una trama incómodamente colonialista a las nuevas sensibilidades de Hollywood.

El estreno de una nueva película de Tarzán ya no corresponde exactamente al contexto de la era nostálgica que vivimos actualmente. Porque el extraño personaje creado por Edgar Rice Burroughs es un hito cultural bastante viejo que nació de una sensibilidad del siglo XIX y que creció, desmedidamente, en el cariño de la cultura popular a principios del siglo XX. Son raras las adaptaciones más recientes del mito. Quitando a Disney, nadie se había arriesgado a intentar revivir una cuestión tan espinosa como la de Tarzán. Porque, claro, como bien nos recuerda Amy Nicholson para MTV, Tarzán se presenta por primera vez a Jane y a su padre como “el asesino de bestias y de muchos negros”. Y sí, tal vez esa no sea la mejor carta de presentación para un personaje actual de Hollywood… o, ya entrados en materia, para nadie.

El caso es que Tarzán nació en otra lógica y ahora, con muchísimo esfuerzo y grandilocuencia barroca que se queda siempre corta en lo visual, David Yates intentó reanimar el mito para las sensibilidades modernas. El resultado no es brillante. Al intentar subsanar algunos problemas fundamentales con los planteamientos de Burroughs, Yates se tropieza con sus propias agujetas: al querer hacer una rendición políticamente correcta del mito, el director se encontró con una historia retorcida que termina en los mismos paternalismos, un estilo visual que no llega a concretar sus ambiciones, grandes actores desperdiciados y, al final, una película anacrónicamente mediocre. Si quieren saber más sobre ésta, mi encarnecida opinión, me permito a continuación desmenuzar los errores que veo en la cinta con la paciencia de un paleontólogo sorprendido que descubre un dinosaurio vivo en su patio trasero.

Los orígenes espinosos

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Tarzán pertenece, definitivamente, a otra época. Las novelas escritas por Rice Burroughs salieron, más o menos periódicamente, desde su primera entrega en 1912 hasta 1938. Después, algunas otras publicaciones se asomaron tímidamente, por aquí y por allá, en los años sesenta e, incluso, en los noventa. Pero ya nada era lo mismo. Las más de doscientas películas –oficiales y no aprobadas– que existen con Tarzán como héroe, encontraron sus épocas de gloria poco tiempo después de la primera publicación de Burroughs, con el blanco y negro silente, y, cuando el mito estaba en plena ebullición y el mundo occidental soñaba exotismos coloniales sin ningún tipo de  remordimiento, en los conflictivos años treinta. Burroughs encontró así, en Tarzán, una figura que impactó fuertemente en la conciencia de la época y que se convirtió en un mito formuláico de la cultura popular literaria. Las adaptaciones al cine funcionaban, en este contexto, particularmente bien con bronceados campeones olímpicos de natación y guapos actores que, a diferencia del personaje aristocrático de Burroughs, hablaban con sintaxis entrecortada y eran indomables en su tozudez simiesca: “Yo Tarzán, tú Jane”.

El personaje de Burroughs encontró, entonces, un nicho único de enorme éxito, a principios del siglo pasado, explotando el exotismo de África a través de un personaje blanco, a medio camino entre una aristocracia inglesa llena de manierismos y la crianza brutal de los gorilas y la jungla. Como puente entre dos mundos, uno familiar y reconocible, otro absolutamente desconocido –y, en su mayor parte, puramente imaginario–, Tarzán llenaba las ilusiones de aventura de un público europeo que todavía temía y admiraba los peligros de las colonias. Soñar con esos mundos inexplorados de riquezas antiguas guardadas por viejas maldiciones, de bestias temibles que pueden partir a un hombre por la mitad y de tribus olvidadas con antiguos ritos y ancestrales creencias, era una fuente certera de entretenimiento para las incómodas sociedades en crisis de los años treinta. Es por eso que las aventuras de Tarzán parecen particularmente datadas. La última adaptación del mito, de hecho, había sido la caricatura de Disney que se olvidaba absolutamente de los problemas coloniales y raciales del material original para privilegiar la historia de amor, los animales tiernos y las canciones más cursis de Phil Collins.

Esa versión edulcorada todavía podía existir en nuestra época bajo la aparente inocencia que siempre ha mostrado Disney al borde de la corrección política (véase Pocahontas). Pero parecía difícil que el mito volviera a trascender con todo el impacto de los años treinta, que reanimara remakes e impulsara la creación de una nueva franquicia en live-action. Y sí, hasta ahora, casi veinte años después, no había habido otra adaptación mayor del asunto. Es por eso que, de entrada, parecía bastante complicado reanimar la vieja leyenda del Hombre-Bestia de Burroughs en nuestro siglo. Cuando se supo que David Yates, el veterano director de televisión que se encargó de las últimas entregas de Harry Potter, iba a revivir a Tarzán, más de una ceja se levantó incrédula. ¿Cómo se puede volver a hacer ese viejo mito colonial con la sensibilidad actual de Hollywood? ¿Cómo lograr que un público joven se interese con una historia que pertenece más al repertorio de sus abuelos? ¿Qué impacto puede tener, en esta época, soñar con la idea completamente fantástica del hombre natural, lejano de la sociedad, nacido de las fuerzas primarias de la naturaleza?

El presente

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Nada bueno puede salir de estos intentos extraños de corrección política. Y no es decir que los guionistas no lo intentaron. Adam Cozad y Craig Brewer se rompieron la espalda tratando de darle un giro aceptable para las sensibilidades modernas de Hollywood al incómodo mito de Burroughs. Lo que se les ocurrió fue, simplemente, un regreso a la Historia. Así, la película empieza con un Tarzán (Alexander Skarsgård) que ha dejado atrás las aventuras de la jungla, que vive tranquilamente en su mansión aristocrática como John Clayton III, casado con su bella Jane (Margot Robbie) y disfrutando las delicias de la civilización moderna entre tazas de té para tomarse con el meñique levantado y sándwiches de pepino a las cinco. Pero todo cambia cuando el primer ministro británico y el historiador y diplomático americano George Washington Williams (Samuel L. Jackson), le piden que regrese a África, como famoso representante de la corona, para supervisar las grandes construcciones sociales que el Rey Leopoldo II de Bélgica presume estar haciendo en el Congo. El asunto resulta ser una trampa tendida por el infame enviado del Rey belga, el capitán Léon Rom (Christoph Waltz), que quiere capturar a Tarzán para entregárselo al jefe Mbonga (Djimon Hounsou) a cambio de unos suculentos diamantes. El jefe Mbonga quiere vengarse de Tarzán por el asesinato de su hijo y el capitán belga quiere los diamantes para pagar a un ejército mercenario que le ayudará a esclavizar a todo el Congo para explotar, con libre licencia, sus riquezas naturales. El asunto sale mal y Léon Rom termina capturando a Jane. Así, Tarzán deberá recordar su crianza en la jungla para perseguir frenéticamente al capitán belga por selva, mar y tierra, recatar a la bella Jane, hacer las paces con Mbonga y, finalmente, terminar con las ambiciones coloniales del Rey Leopoldo II.

La idea, en un principio, resulta original. Para cambiar el enfoque de una nueva franquicia, los guionistas quisieron presentar una historia que no comenzara necesariamente con la crianza de Tarzán con los gorilas, el asesinato de sus padres y su encuentro con Jane y la cultura británica. Pero, el primer problema al que se enfrentaron fue que, tal vez, ya nadie en esta generación recuerda muy claramente un mito de Tarzán que se confunde, además, con el reciente reestreno de otra historia de niño feral con el acertado Jungle Book de Jon Favreau. Entonces, los guionistas decidieron recurrir al viejo flashback. El asunto funciona a medias, volviendo el desarrollo de la historia algo lento y pantanoso. Los flashbacks están bien construidos, hay que decirlo, y tienen, tal vez, con sus tonalidades oscuras, los mejores logros en emplazamientos de cámaras: una mezcla interesante de planos inclinados, acercamientos invasivos y panorámicas apocalípticas de lluvia y jungla. También tienen los momentos más sensuales e incómodos entre los dos protagonistas con el primer encuentro entre Jane y Tarzán. Pero, fuera de eso, la película tarda bastante en arrancar su trepidante intención de acción desmedida y, poco a poco, de los flashbacks al nuevo emplazamiento de la trama, encontramos que los guionistas se tropiezan con lo que quisieron evitar.

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Christoph Waltz es, de nuevo, el sádico europeo despiadado que se mofa de su maldad con completa sangre fría.

Así, recurren demasiado pronto a viejos tropos conocidos que desperdician completamente las capacidades histriónicas de sus protagonistas. Christoph Waltz es, de nuevo, el sádico europeo despiadado que se mofa de su maldad con completa sangre fría. Un remedo diluido de su increíble papel con Tarantino en Inglorious Basterds que ya habían querido repetir los terribles responsables del bodrio que fue Spectre y que se siente como algo bastante gastado. Digo, hasta parece que Waltz se aburre. Y eso, en ningún caso, puede ser buen síntoma. Al villano caricaturesco se opone un héroe caricaturesco que no tiene, tampoco, mucha forma. Es impresionante la musculatura de Skarsgård –y es evidente que sus abdominales son más protagonistas que su rostro– y se siente, en todo momento, su comodidad con la jungla y su enorme potencia física. Pero el personaje no tiene ningún tipo de justificación o transición: pasa de querer ser un británico cultivado que reniega de su madre gorila y de su nombre de jungla a patear traseros en la selva sin ningún tipo de aclimatación. Nunca entendemos, en realidad, por qué quería olvidar la jungla y nunca entendemos, tampoco, por qué la recuerda tan vívidamente con tanta rapidez. Digo, pasó diez años en sofás mullidos pero regresa en perfecta forma física a la locura de la jungla. Olvidando estos detalles en la creación del personaje, nos queda que Skarsgård logra bastante bien los gestos simiescos y la ternura animal en sus ojos contemplativos. También se puede aplaudir que no lo hagan hablar con la estereotípica sintaxis partida del mito y que sólo escuchemos su grito insigne fuera de cámara, como una advertencia terrorífica. Así, en varios sentidos, la figura de Tarzán, a pesar de sus deficiencias, es la mejor lograda en todo esto. Pero eso no nos dice gran cosa: sigue siendo un personaje unilateral de superhéroe sin mucho contenido.

Alrededor de Tarzán, tenemos la figura, no menos estereotípica del ayudante/alivio cómico representada por un Samuel L. Jackson que ya también se siente fatigado de los mismos papeles. Durante toda la película, se observa cómo este personaje nada más sirve para que Tarzán explique las leyes de la jungla, indirectamente, a los espectadores y para resaltar la impresionante condición física de su heroica contraparte: el personaje de Jackson ha peleado en muchas guerras y es, sin duda, honorable y valiente, pero nada que se compare con el honor, la valentía y la capacidad física de Tarzán. Aquí, de nuevo, este personaje de alivio cómico sirve para crear un vínculo entre nosotros mortales y la figura impresionante del hombre-bestia de la selva. Y, en eso, cae también en los más desastrosos clichés al entregar, con una apatía pasmosa, algunas pésimas líneas de diálogo. Queda como ejemplo número uno de este desastre el momento en que Tarzán se pone a bromear con él sobre la sumisión que muestra frente a un espalda plateada agresivo que pesa una barbaridad diciéndole “le ibas a lamer las bolas ¿verdad?”. Las bromas de mal gusto son geniales sólo cuando funcionan y, aquí, la química entre Skarsgård y Jackson es tan eléctrica como la que hay entre Natalie Portman y Hayden Christensen en Episodio II.

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La intención transparente aquí es la de volver esta trama mucho más cercana a las nuevas sensibilidades de Hollywood y evitar las críticas por crear papeles femeninos débiles, ultra sexualizados y que, constantemente, necesitan ser rescatados.

Finalmente, tenemos al personaje de Jane y, en él, podemos ver todo lo que salió mal con las intenciones originales de los guionistas. La idea que tuvieron, en un principio, era abandonar el esquema de “damisela en peligro” que tanto había funcionado en la fórmula original del mito. De nuevo, la intención transparente aquí es la de volver esta trama mucho más cercana a las nuevas sensibilidades de Hollywood y evitar las críticas por crear papeles femeninos débiles, ultra sexualizados y que, constantemente, necesitan ser rescatados. Para subvertir este esquema, a los guionistas no se les ocurrió nada mejor que implementarlo tal cual y matizarlo con algunas líneas de diálogo. Es decir, poner a Margot Robbie en la exacta posición de damisela en peligro y hacerla escupir líneas al villano como “¿quieres que grite? ¿Cómo damisela en peligro?”. Burlarse de lo evidente no significa, necesariamente, romper esquemas. Y las intenciones aquí son transparentes: los guionistas quisieron hacer del personaje una mujer mucho más fuerte, consciente de sus capacidades y valiente que logra, incluso, escapar de sus captores nadando entre temibles hipopótamos. Pero, claro, como bien adivinaron, cinco minutos después la vuelven a atrapar y, finalmente, la tiene que rescatar heroicamente Tarzán como toda estereotípica, finalmente repetitiva, damisela en peligro.

La corrección política errada

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Lo que nos muestra el ejemplo del personaje de Jane es también todo lo que va mal con la reelaboración de la trama en vista de una mayor corrección política. Los guionistas quisieron subvertir los problemas coloniales y raciales de los libros de Burroughs creando una trama situada, históricamente, en los horrores cometidos por Leopoldo II de Bélgica. Y sí, no hay nada que decir al respecto, frente a los belgas, los franceses y los ingleses eran colonizadores gentiles… y eso es decir muchísimo. La idea, entonces, de presentar a las fuerzas coloniales como los villanos de la historia tenía la intención de matizar los problemas de paternalismo inherentes al mito de Tarzán: es decir, a la leyenda del hombre blanco que, por casualidades de crianza, conquista África desde el interior. Y es ahí en donde entran las figuras históricas: tanto Léon Rom como George Washington Williams existieron verdaderamente. Uno fue el despiadado capitán de la Force Publique, una milicia del Rey belga que hacía, más o menos, lo que quería en el Congo con tal de optimizar las ganancias de la corona (mutilar, matar, o, como solía hacer el infame capitán, crear un cerco alrededor de su jardín con cabezas de congoleses en picas); el otro fue un famoso historiador estadounidense que, en efecto, peleó la Guerra Civil en Estados Unidos y contra Maximiliano en México, viajó al Congo Belga y denunció los horrores del Rey Leopoldo II en una carta pública que atrajo considerable atención internacional.

Así, al presentar a estas dos figuras históricas, los guionistas de esta cinta quisieron cambiar el esquema de paternalismo colonial del mito original para mostrar a Tarzán como un libertador de las colonias que, junto a un historiador estadounidense, desmontó los planes nefastos de Leopoldo II y liberó al Congo. Excepto que eso no pasó así. La dominación del Congo por los Belgas todavía duró años y el rey Leopoldo II vivió tranquilamente el resto de sus días volviéndose inmensamente rico con el tráfico de marfil y de hule. La esclavitud pudo ser abolida en Estados Unidos pero los problemas raciales no terminaron ahí y la explotación de las colonias nunca encontró a un superhéroe liberador que podía comunicarse con las bestias y restituir a sus legítimos dueños lo que siempre les perteneció. Entonces, al querer crear un esquema para contrarrestar el paternalismo colonial del mito original, los guionistas cayeron redonditos en otro paternalismo.

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Al presentar a estas dos figuras históricas, los guionistas de esta cinta quisieron cambiar el esquema de paternalismo colonial del mito original para mostrar a Tarzán como un libertador de las colonias que, junto a un historiador estadounidense, desmontó los planes nefastos de Leopoldo II y liberó al Congo.

La película parece estarse disculpando todo el tiempo de su argumento y, entre tanto trauma de corrección política, se le olvida lo que está, finalmente, diciendo: que un hombre blanco y un estadounidense salvaron a los congoleños de la esclavitud colonial; que un hombre blanco y un estadounidense pararon los horrores de la colonia en África; que el hombre blanco salva a los negros del hombre blanco; que los estadounidenses abolieron la esclavitud más allá de los confines de su territorio, deparando bondad y democracia para el resto del mundo; que todo termina felizmente porque el hombre blanco libera a todos de la opresión del hombre blanco. Y esto, me disculparán, es una forma bastante perversa de cambiar la historia para, con todo el trauma de la corrección política, caer en un paternalismo terrible que muestra la necesidad de protagonismo estadounidense y su intrínseca voluntad imperialista en la cultura popular: todos los demás imperios son perversos (muestra de eso es la ambición capitalista sin honor del Primer Ministro Británico en la cinta), pero ellos siempre aparecen peleando del lado de la rectitud y del honor salvando a los pueblos del mundo de los demás imperios y, claro, de ellos mismos.

Me dirán que esto es una sobreinterpretación, que esto es un blockbuster de verano y que, como tal, debería considerarse ligeramente, en toda su ficcionalidad, sin resentimientos históricos. Y yo les respondo que no, que el hecho de crear un marco temporal real, de encarnar personajes reales y de tratar de voltear toda la trama para que encaje en la historia es un riesgo asumido por los guionistas: si no quieres una crítica histórica, no te metas con la historia. Me podrán decir también que, bueno, fuera de la interpretación de la cinta, la pasa uno bien con la acción y los impresionantes efectos visuales. Y yo les respondo de nuevo que no, que la acción se vuelve terriblemente confusa con una pésima edición de secuencias rápidas y que el carisma visual que logra, por momentos, la fotografía se llega a perder, rápidamente, con unos de los peores efectos por computadora de una película de enorme presupuesto en los últimos años. Digo, la secuencia del tren parece de un videojuego viejo y la pantalla verde no logra ningún tipo de contraste eficiente por lo que se ve superpuesta y terriblemente falsa. Absolutamente nada que ver con el carisma de los animales y la recreación hermosa de la jungla en Jungle Book, por dar un ejemplo reciente. ¿Qué nos queda entonces?

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El hecho de crear un marco temporal real, de encarnar personajes reales y de tratar de voltear toda la trama para que encaje en la historia es un riesgo asumido por los guionistas.

Personajes banales, una historia que se disculpa por ser histórica y cae en terribles paternalismos, unas actuaciones desperdiciadas, acción enmarañada, pobre y repetitiva, pésimos efectos visuales, gotas de sensualidad insuficiente y demasiado cándida, diálogos terribles y evidentes que desenmascaran, todo el tiempo, su intención… Y digo, lo intentaron, es loable y lo que sea, pero este asunto anacrónico no tiene nada que hacer en nuestro siglo y, al menos, espero que, con tanta crítica y tan poca recepción, los productores hollywoodenses se den cuenta, finalmente, que no pueden pasar todo por el matiz de sus buenas intenciones para comercializar, inocentemente, una corrección política que no se da cuenta de su pedantería paternalista y de su estupidez fundamental.

Lo bueno
  • Algunos logros visuales de fotografía y emplazamiento de cámara.
  • Que Tarzán no grite a cuadro, gracias al señor.
  • Que, al menos, intentaron revivir un mito bastante muerto.
  • Que hay Skarsgård para todas y todos.
  • Que muestra bien cómo nunca bastan las buenas intenciones.
Lo malo
  • Los terribles efectos visuales que balconean la eterna pantalla verde.
  • La creación artificial y bastante deficiente de los animales.
  • Las actuaciones totalmente mal encauzadas.
  • Los personajes estereotípicos y banales.
  • El diálogo evidente y torpe.
  • La absoluta aberración de las secuencias de alivio cómico.
  • El trasfondo paternalista de toda la trama.
  • Que, al final, en casi todos los sentidos esta cinta se derrumba bajo su propio peso.
  • Que menos de dos horas se sienten como cuatro.
  • Que al final, con todo los sufrido, sale uno más incómodo que satisfecho.
Veredicto

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The Legend of Tarzan trató de revivir una vieja leyenda para acomodarse a los traumas de corrección política que tanto han modelado el panorama actual de Hollywood. Los problemas a los que se enfrenta, fuera de un guión que trató de crear una historia original cayendo en los más absolutos clichés de diálogo y construcción de personajes, fuera del terrible aspecto visual que, por momentos, tiene la cinta, y fuera de la lentitud de su premisa, es que cae en los mismos paternalismos que trató de subvertir. Al querer convertir el mito de Tarzán en una historia sobre un superhéroe blanco que regresa a sus orígenes para salvar al Congo de la opresión colonialista, los guionistas crearon una historia que pone al hombre blanco como el vencedor de la opresión colonial. Con el añadido, claro, de los estadounidenses impartiendo lecciones de moral, de abolición esclavista y de democracia en el mundo.

Así, esta película se siente, al menos, totalmente fiel a la lejanía acomodada que soñaba con exotismos en la autoría de Rice Burroughs: esta África fue construida en sets ingleses con tomas aéreas del Gabón (es decir, sin pisar África); esta representación de los dramas coloniales es una reinvención que disculpa atrocidades; esta salvación del continente negro a nombre de un hombre blanco, representado por un sueco, en Hollywood, que se hace llamar “el hijo favorito de África”, es una aberración anacrónica que muestra sus vestigios en las raíces de otro siglo. Ojalá alguien pueda disfrutar algo de esta cinta sin sentirse tan incómodo como yo me sentí. En todo caso, espero que esto quede en la historia como una pésima idea que recuerda, como cruda moral de un siglo, por qué el mito de Tarzán vive mejor en el recuerdo.

https://www.youtube.com/watch?v=dLmKio67pVQ

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Título: The Legend of Tarzan.

Duración: 110 min.

Director: David Yates.

Elenco: Alexander Skarsgård, Margot Robbie, Samuel L. Jackson, Christoph Waltz, Djimon Hounsou, Jim Broadbent.

País: Estados Unidos.

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