El universo abigarrado de Roland Emmerich regresa con el latente recuerdo de lo que alguna vez fue la extinta acción noventera.

El 2015 se llevó el premio, definitivamente, al año de la nostalgia. Tuvimos Star Wars para echar al cielo, un apabullante Mad Max y algo nuevo de Jurassic Park. Pero, si se fijan, estos hitos de nostalgia que caracteriza a nuestro naciente siglo se enfocaron, en Hollywood y aledaños, en recrear universos establecidos que habían marcado una época. Éste no es exactamente el caso con Independence Day: Resurgence (ID4R). La esperadísima secuela al éxito taquillero de 1996 llega con bastantes años de retraso en un mundo dominado –al menos en los caprichos de la taquilla– por generaciones que acababan de nacer cuando se estrenó la cinta y que, tal vez, si acaso, vieron algunos cachos interrumpidos de la película en la televisión, entre anuncios de galletas. Digo, también están aquellos, por supuesto, que como yo, la fueron a ver al cine y se acuerdan de salir con escalofríos de exaltación patriótica americana después del tremendo discurso de Bill Pullman y el sacrificio glorioso de un desquiciado Randy Quaid. Y, supongo, muchos otros no quedaron profundamente marcados por esta cinta que creó una locura imparable de películas de apocalipsis y que llegó, incluso, a llevarse un Oscar por sus apabullantes efectos visuales. Independence Day (ID4) marcó una época, sin duda, pero nunca se extendió en un universo vasto y desigual de franquicias como Star Wars y Jurassic Park.

Es por eso que la nueva cinta de Roland Emmerich, en su regreso altisonante a la destrucción barroca, se siente como un enorme blockbuster que, sin embargo, tiene un público bastante específico. Un público que tuvo la edad justa para disfrutar –sin pensarle mucho– la primera película; un público que quedó marcado por sus increíbles escenas de devastación y que, finalmente, recuerda con cariño los pequeños dramas eficientes y personales que tan bien supo entretejer su director en la trama. Si, en realidad, no les impactó la primera película y no la recuerdan vívidamente en todas sus pequeñas derivaciones, esta cinta, definitivamente, no será para ustedes. Porque la secuela de ID4 se apoya fuertemente en la primera cinta para lograr lo que nunca se hizo en el inmediato noventero: convertirla en una saga con alcances de universo complejo. La apuesta de Emmerich es ambiciosa y se respira en ella la energía renovada de un director que nunca debió intentar otra cosa fuera de la comodidad de sus devastaciones. Y sí, en esta nueva locura, vemos algo que va también mucho más allá de la excentricidad de Emmerich y que rebasa –por mucho– el simple gusto emocionado de todos nosotros, viejos fanáticos de la primera cinta. ID4R es el regreso de un tipo de cine que se asoma, tímidamente y pidiendo disculpas, en el panorama más solemne del Hollywood actual, un cine olvidado de acción sin sentido que, allá en los noventas, nos causó tantos placeres culpables.

Viejos conocidos

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ID4R se enmarca en una propuesta completamente distinta que la primera película. Mientras que la cinta del 96 buscaba crear, con todas sus encantadoras torpezas, un marco de realismo para que todos sintiéramos, vívidamente, el ataque a nuestro planeta, esta nueva propuesta toma una arriesgada e intrigante tangente: crear una historia alternativa. Así, a partir de los eventos que vimos en ID4, las líneas temporales de la realidad y de la ficción se separan. Veinte años después de los temibles ataques a las grandes ciudades terrestres, el mundo es muy distinto al que habitamos: la humanidad victoriosa vive una armonía peculiar basada en el miedo y la carrera tecnológico-armamentística. Ya no hay guerras en la Tierra, todos los recursos se comparten y todas las naciones se entienden bajo el objetivo último: mejorar las líneas de defensa espaciales para preparar la siguiente invasión alienígena con la que todos tienen pesadillas. Las naciones unidas crean así una concordia sin precedentes para alimentar el esfuerzo de la ESD (Earth Space Defense) que, para el 2015 ya tiene armamento híbrido con tecnología extraterrestre y bases en la Luna, Marte y un satélite de Saturno para vigilar el Sistema Solar.

Pero, entre toda la intensa cooperación y preparación, los gobiernos humanos fallan en observar un pequeño detalle: la única nave que logró posarse en el mundo mandó una señal de auxilio que fue recibida por nuestros enemigos intergalácticos. Así, veinte años después de la primera invasión, una segunda ola regresa para acabar definitivamente con nuestro planeta. Antes de la llegada de los temibles invasores, un objeto desconocido de otro origen alienígena parece querer advertirnos de algo. El viejo presidente traumado Tom Whitmore (Bill Pullman), el ahora famoso y condecorado salvador de la humanidad David Levinson (Jeff Goldblum) y el hijo adoptivo del caído capitán Steven Hiller (porque Will Smith ya no quiso seguirle a la ciencia ficción paternal después del horror que fue After Earth), deberán unir fuerzas con un joven grupo de pilotos y demás expertos para descifrar la manera de erradicar una amenaza nueva con inesperados aliados intergalácticos.

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La diferencia fundamental con la primera película es que estos personajes ya no sufren igual y ya no se conectan de la misma forma empática con nosotros.

Un viejo elenco que incluye al excéntrico Dr. Okun (Brent Spiner) –que al parecer, contra todo pronóstico, no estaba muerto sino en coma–, al alivio cómico del padre judío de David (Judd Hirsch), a la esposa del difunto personaje de Will Smith (Vivica A. Fox), se une a un nuevo elenco compuesto por la hija del ex presidente Whitmore, Patricia (Maikla Monroe), a su prometido y temerario piloto tipo-Maverick-de-Top-Gun, Jake Morrison (Liam Hemsworth), a una psicóloga que investiga las relaciones telepáticas entre hombres e invasores (inexplicablemente interpretada por la gran Charlotte Gainsbourg), al admirado capitán Dylan Hiller (Jessie Usher) y a la 45va presidenta de los Estados Unidos, Elizabeth Lanford (Sela Ward). Y entre toda esta panoplia enorme de personajes reconocemos, aumentada por la edad y la espera, la tendencia de Emmerich a construir narrativas arbitrarias en donde todos sus coloridos y huecos caracteres juegan, finalmente, algún papel primordial (aunque éste sea solamente el de tirar un pésimo one liner). Como sucede entonces con la anterior cinta, muchos personajes tienen un encanto superficial que funciona bien para llevar una trama tan sencilla como extravagante hacia un buen puerto de diversión palomitera. No podemos decir, verdaderamente, que ninguno de estos caracteres sea novedoso: Morrison está calcado del difunto personaje de Will Smith, se distribuyen los mismos papeles prototípicos de científico loco, de líder abnegado dispuesto a sacrificarse, enamorados jóvenes, de pilotos rivales que se convierten en amigos, de intereses amorosos secundarios de alivio cómico, de guerreros frente a pusilánimes contadores…

Y sí, la diferencia fundamental con la primera película es que estos personajes ya no sufren igual y ya no se conectan de la misma forma empática con nosotros. Éste no es un mundo que reconozcamos y éstos ya no son los mismos personajes que vemos sufrir con la pérdida de familiares, esposas, compañeros y amigos. Aquí, la gran debilidad de un guión que nunca logró ser tan claro en sus intenciones dramáticas como el de ID4 pesa sobre la cinta: nunca sentimos una verdadera amenaza –a pesar del tamaño– y los muertos son bajas en una guerra esperada y no víctimas inocentes de un genocidio. El matiz es sutil y peligroso: no es decir que una muerte importe más que la otra, sino que el peso dramático de cada una es diferente. El resultado es que la máxima flaqueza de esta cinta está en un guión que repite todos los clichés y las banalidades de ID4 sin cosechar la profunda conexión emocional del espectador con sus personajes. Y, sin embargo, se nota la intención de un director que intenta recrear los mismos mecanismos dramáticos que alguna vez le funcionaron. Si falla en una escritura convulsa, lo logra en otros reconocimientos con viejos mecanismos noventeros.

Dos eras que se encuentran

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En este sentido, reconocemos a Emmerich en la misma veta que lo llevó al éxito; la veta de Universal Soldier (1992), Stargate (1994) y, claro, ID4 (1996). Estas películas, tan malas que son buenas y definitivo gusto culpable noventero, mostraban a protagonistas pintorescos, acartonados y prototípicos que funcionaban bien en el contraste sencillo de Jean-Claude Van Damme contra Dolph Lundgren, Kurt Russell con James Spader y Jeff Golblum frente a Will Smith. Así, comprendemos que el excéntrico director de ciencia ficción ligera de acción regresó a sus principios con esta cinta. Atrás han quedado las otras películas de destrucción masiva sin alma (The Day after Tomorrow, 2012, Godzilla), atrás los horribles intentos de historia seria y solemne (The Patriot, Anonymous, Stonewall). En ID4R, encontramos de nuevo todas esos mecanismos entrañables, baratos y divertidos que tanto gustan a Emmerich: la mala ciencia explicada con una línea de diálogo, la mala comedia de situación como distensión del dramatismo, los escapes por centímetros, los perros que arriesgan su peludo pellejo y la destrucción de edificios históricos, entre otras joyas. Incluso, en el momento en que el edificio Burj Khalifa de Dubai cae como flecha sobre el Támesis, el Dr. Levinson se permite un chiste autorreferencial (“les encanta atacar los monumentos turísticos”) que muestra bien la ridiculez de todo con la alegría de un regreso autoparódico a las raíces.

Emmerich logra una divertida película de nostalgia al no tomarse en serio, al admitir que estamos en otra época y mostrar que la acción noventera dependía de un marco histórico que no es fácilmente repetible sin una dosis de desparpajo y de burla. Volviendo a ver la primera película, mi hermano, con su despiadado realismo, me hizo unas preguntas acertadas: ¿Cómo podía la gente creerse que los militares eran unos completos peleles que dejaron acercarse un objeto kilométrico sin advertencias? ¿Cómo podían soportar los espectadores americanos que se retratara al presidente como un perfecto inútil que no sabe nada de los secretos mejor guardados de la nación, que no sigue las finanzas del Estado y que, finalmente, sólo sirve para dar un discurso y mostrarse guerrero? ¿Cómo podían creer que no hubiera ningún canal oficial de comunicación entre las naciones del mundo, que el presidente de Estados Unidos se enterara de lo que pasaba en Moscú por la televisión y que el cuarto de guerra fuera una oficina oval sin contacto con el resto del planeta?

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Hay una razón por la cual las películas de acción ya no se hacen como en los noventas: toda esa enorme estirpe de películas dejaron de ser factibles para un sensible público americano después del 11 de septiembre.

La respuesta es bastante sencilla: por la época. Hay una razón por la cual las películas de acción ya no se hacen como en los noventas. Toda esa enorme estirpe de películas con Van Damme, Seagal, Chuck Norris y Stallone dejaron de ser factibles para un sensible público americano después del 11 de septiembre y sus subsecuentes paranoias, propagandas y guerras. Antes de los atentados de Nueva York podías ver en pantalla a Tommy Lee Jones secuestrando ojivas nucleares debajo de las narices de los militares estadounidenses (Under Siege); podías encontrarte a Silvester Stallone diciéndole a los talibanes en Afganistán sobre cómo liberar el país de los invasores llamándolos valientes guerreros de la libertad (Rambo III); podías, finalmente, hacer una película de aliens invasores que destruyen con un rayo verde la Casa Blanca o el Chrysler Building. Pero esa época de acción desparpajada y patriotismo sin mesura se acabó después del derrumbamiento del World Trade Center. No más acción sin sentido que mostraba la debilidad de las fuerzas armadas, no más presidentes ridiculizados por su incapacidad de salvar al país, no más héroes anónimos que se encargan de regresar el orden a tortazos, no más destrucción de edificios históricos sin consecuencia.

Culturalmente, el 11 de septiembre impactó en esencia la manera de hacer entretenimiento banal en Hollywood. La larga estirpe de las películas taquilleras de acción cayó en el olvido de la serie B y, conjuntamente, se fue instalando un cierto realismo buscado (que no dejaba de tener matices ideológicos, aunque estos fueran menos burdos). Tomando seriamente al terrorismo y sus consecuencias, cultivando el gusto de la realidad sin tapujos del found footage, el naciente siglo XXI parecía no acoplarse bien a las locuras apocalípticas al más puro estilo de Emmerich. De hecho, si vemos la historia de las películas de invasión alienígena post-11 de septiembre, encontramos una tendencia hacia el realismo en Hollywood y otras partes del mundo: District 9 (2009) se enfocó en la realidad social de un encuentro con obreros extraviados de otra galaxia; Cloverfield (2008) utilizó el found footage para mostrar el impacto inmediato de una invasión Kaiju; Battle: Los Angeles (2011) se enfocó en el realismo de las maniobras militares urbanas; Monsters (2010) en la geopolítica cambiante de un mundo infestado… Y claro, hay también películas de desparpajo que recordaban otras épocas (Edge of Tomorrow, Transformers, Pacific Rim –aunque los invasores sean de otra dimensión– o War of the Worlds) pero la tendencia es clara: una cinta de acción palomera sin mucho sentido pero con un profundo corazón patriótico y entrañable como ID4, pertenece a otra época y a otras preocupaciones. La primera parte de Independence Day es de un tiempo anterior a las altas exigencias del realismo vencedor que solemnizó la cultura estadounidense después de los atentados de Nueva York.

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Aquí observamos, claramente, el espíritu mismo de los noventa y, también, la influencia incómoda de los veinte años transcurridos.

Es por eso que me parece interesante el giro de Emmerich. Si se crea una realidad alterna, si se pierde la referencia exacta con este mundo y sus consecuencias políticas, si se desfasa la historia hacia la ficción, se puede volver a echar el viejo relajo noventero. Y claro, en esta película esto es exactamente lo que vemos: puro desparpajo de acción sin consecuencias solemnes. Aquí observamos, claramente, el espíritu mismo de los noventa y, también, la influencia incómoda de los veinte años transcurridos. Porque Emmerich trata de hacerse concesiones de corrección política que nunca le habían preocupado mucho. Recordemos que Irak está representado en la primera película como un vasto desierto en donde nómadas observan pasmados la llegada extraterrestre. Y sí, en esta nueva entrega, tenemos representada a una pareja homosexual en pantalla con la peculiar relación del Dr. Okun con el Dr. Isaac, la presidenta de los Estados Unidos es mujer (aunque Emmerich la mata rápidamente) y la hija del ex presidente Whitmore no es una damisela en peligro. Por increíble que parezca ahora, el público estadounidense podía creer en una invasión alienígena en los noventa pero tacharía de absurda la aparición de una mujer presidente en pantalla. Eso lo dice todo.

Aun así tenemos la misma representación condescendiente de África e Irak (a pesar de que la historia derivada de la lucha terrestre en el Congo, fuertemente inspirada por District 9, es apasionante) y el mismo uso de personajes femeninos que sólo sirven como contraparte amorosa a la trama. Así, con todo y sus torpezas, vemos los esfuerzos estratosféricos de Emmerich por revivir la misma pasión de la acción noventera y adecuarla, tanto como se pueda, a una nueva era. El resultado está lejos de ser perfecto, pero sigue siendo extrañamente entrañable. El director no se guardó nada: apuntó incluso, como petición viva, para una tercera parte en dónde se retrataría una guerra intergaláctica liderada por los humanos. Las tramas incongruentes, el final demente que recuerda, por supuesto, a Aliens de Cameron, los efectos alebrestados, la destrucción sin concesiones, los personajes acartonados y el guión torpe son todo lo que podría salir mal en esta cinta y, al mismo tiempo, es todo lo que sale bien por el vivo recuerdo de sus orígenes noventeros.

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Así, con todo y sus torpezas, vemos los esfuerzos estratosféricos de Emmerich por revivir la misma pasión de la acción noventera y adecuarla, tanto como se pueda, a una nueva era.

Ésta es una verdadera película de nostalgia porque revive, más allá de su primera parte, una época en la que este desparpajo era posible por el puro gusto, sin justificaciones, para el entretenimiento palomero. Claro, la película no logra los mismos tonos emocionales de la primera parte, no exalta con la misma claridad ni nos hace sufrir de un peligro latente cada vez más diluido. Sabemos que este mundo se salvará de nuevo, sabemos que todo será más o menos igual y, aun así, salimos de la película con una sonrisa culpable y complacida. O, al menos, como hijo declarado de los noventa, ese fue mi caso. Es por eso que, finalmente, no puedo hablar reflexivamente de todas las incongruencias y francas estupideces de la trama, no puedo analizar los errores con mirada inquisitiva y racional, no puedo dejar de lado el puro placer de este completo relajo fílmico. Porque esta película viene del más sincero corazón noventero de Emmerich: de ese lugar en donde la realidad se representaba con convenciones narrativas, en donde nada era imposible y donde toda locura se premiaba con la reacción exaltada de una sala de cine alebrestada por discursos y explosiones. Ésta no es una película para analizar rigurosamente en su constitución interna sino para reflexionar en la manera en que Hollywood permite y prohíbe, en hábitos culturales, las locuras taquilleras de directores tan extraños como Roland Emmerich, Michael Bay y Joel Schumacher. Esta película es un documento de época, una reflexión sobre la industria fílmica estadounidense antes del 11 de septiembre y, finalmente, en su experiencia, un puro disfrute sin sentido, una muestra de la ciencia ficción más banal y divertida, una abigarrada locura que recuerda cuando, de niños, jugábamos con barquitos en una cubeta: la creatividad, entonces, era solamente una excusa para la diversión.

Lo bueno
  • Todo lo anterior: ésta es otra película tan mala que es buena.
  • Que ID4R utiliza sus flaquezas para recordarnos una época.
  • Que es diversión sin concesiones ni mucha reflexión.
  • Que es nostalgia pura que propicia el pensamiento de contexto.
  • El destruction porn que sigue siendo excelso en manos de Emmerich.
  • Que Emmerich no se deja llevar por sus solemnidades.
  • El regreso de viejos conocidos.
  • Que todo es igual y tan diferente.
Lo malo
  • El terrible guión lleno de banalidades y clichés.
  • Que, de pronto, es derivativa y sin sentido.
  • Sus intentos fallidos de corrección política.
  • Que no logra la misma conexión emocional de la primera cinta.
  • Que sabemos que el mundo se salva de nuevo, más o menos de la misma manera.
  • Que hay subtramas totalmente ridículas (los niños en el camión, por ejemplo)
Veredicto

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En un momento de la cinta, los jóvenes pilotos se quedan atrapados dentro de la nave y se pasean por unos extraños cultivos alienígenas. En esta secuencia, no sentimos la misma curiosidad de la primera película cuando los personajes de Goldblum y Smith entran a la mothership. Y, sin embargo, hay algo maravilloso: notamos que Emmerich se aleja del CGI puro para recrear los mismos monstruos, los mismos ambientes palpables de efectos prácticos. Utilizando la computación para las escenas de destrucción y los retoques de las batallas aéreas, el director volvió a revivir a las criaturas invasoras con el cariño colorido y plástico de la anterior cinta. Con esto, Emmerich nos dice que quiso guardar una cierta estética, que quiso crear relaciones durables con la presentación visual tan gloriosa de la primera película. Y esto se extiende a todo el argumento y a la misma razón de existir de esta cinta. Porque aquí tenemos el recuerdo vivo de un momento en donde se podían hacer películas de acción completamente estúpidas y abigarradas y que, extrañamente, funcionaban como un entretenimiento libre de las ataduras solemnes de la realidad. ID4R, a través del uso de la historia alternativa, se despega de la realidad y nos regresa a los noventa. Este mecanismo hace que no podamos identificarnos de la misma manera con la destrucción de un mundo que ya no es el nuestro y propicia, además, la incongruencia de un guión que no muestra los mismos tonos emocionales de la primera película. Pero, también, logra recrear un recuerdo vivo de diversión palomitera en una nueva era en donde la solemnidad se adueña tanto de la fantasía como del realismo.

ID4R es, en ese sentido, una apuesta ambiciosa y amorosa, algo completamente extraño en este momento del cine hollywoodense. Y sí, lo admito, toda mi reseña nace de un gusto completamente admitido por la acción noventera que, en mi caso, es más constitutivo que culpable. Entiendo que muchos van a despreciar esta película por la falta de un marco de referencia. Otros tantos porque, admitámoslo, esto es un bodrio extrañísimo. Pero creo que habrá algunos que, como yo, encontrarán los encantos de esta locura en la nostalgia y en la ambición alocada de sus pretensiones. El final demente en que una especie alienígena que trascendió la forma física pasa de despreciarnos como primitivos a encargarnos el liderato de la guerra contra los opresores es una muestra de las ambiciones sin reparos de Emmerich: este director quiere crear su propia saga galáctica de malos chistes y pequeños dramas personales en la escala de la destrucción cósmica. Y eso me parece encantador: frente a solemnidades grandilocuentes como Jupiter Ascending, frente al realismo patriótico americano de películas de guerra, frente a la grandiosidad inteligente y entrañable de la continuidad de Star Wars, no nos caería mal recordar también el puro relajo noventero de las sagas pésimas que nos llevaron al placer irreflexivo de la más pura y barroca simpleza narrativa infantil. Aquí pueden ser niños de nuevo: con Emmerich, todo se vale.

https://www.youtube.com/watch?v=LbduDRH2m2M

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Título: Independence Day: Resurgence.

Duración: 120 min.

Director: Roland Emmerich.

Elenco: Jeff Goldblum, Bill Pullman, Liam Hemsworth, Vivica A. Fox, Maika Monroe, Charlotte Gainsbourg, Travis Tope, William Fichtner, Judd Hirsch, Jessie Usher, Brent Spiner, Angelababy.

País: Estados Unidos.

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