Torpe, derivativa y carente de toda lógica, la tercera entrega de Cloverfield destruye todo lo que sus antecesoras habían logrado.

Era la tarde del Super Bowl y todos estaban celebrando, con ebriedades y jerseys ridículos, la maravillosa derrota del equipo de Donald Trump. Como en todas esas tardes del gran juego gringo, los más ñoños esperábamos los avances veraniegos de medio tiempo.

Vimos el primer tráiler de Solo, nuevas imágenes de Infinity War, vimos algo de Westworld, y todo esto quedó completamente opacado por una revelación única: la tercera parte en la serie semi antológica de J. J. Abrams, Cloverfield, se estrenaría ese mismo día en Netflix.

Fuera de la importancia histórica de la primera cinta –tanto en probar los límites del found footage como los del marketing tradicional– como en la ingeniosa y contenida segunda entrega, 10 Cloverfield Lane, lo que había producido Abrams era puro alimento de histeria geek. Pero en esta tercera parte el resultado fue un circo mediático histórico y una cinta que es, francamente, insultante.

Luchando por el título de la peor película del año en lo que va apenas de febrero, The Cloverfield Paradox es un gargajo en la cara a la ciencia ficción, al guionismo, a la composición de scores, a la dirección de actores y al más básico sentido común.

La maldita espera

En 2007, Abrams andaba paseando por las calles de Japón con su hijo. En una tienda de juguetes vieron varias réplicas de Godzilla y Abrams pensó que se necesitaba un verdadero kaiju americano. La fórmula de un nuevo King Kong y del Godzilla reptiliano de Roland Emmerich le parecían caducas… por decir lo menos. Y ahí mismo se empezó a maquinar la idea de Cloverfield.

La cinta se convirtió en una revelación. Digo, si les tocó ver ese tráiler en el cine que parecía anunciar una comedia romántica y de repente reventaba la cabeza de la Estatua de la Libertad, saben de lo que estoy hablando. Esa imagen, en sí, era poderosamente evocadora de Nueva York como epicentro del apocalipsis americano.

En cualquier caso, el marketing funcionó a rajatabla, la cinta cambió todos los parámetros esperados del found footage, se volvió un clásico de culto y de un presupuesto de 25 millones de dólares recaudó más de 170 en taquillas internacionales. Un verdadero batazo: después de escribir Armaggedon, de marketear el regreso de Mission: Imposible, de volvernos adictos a Alias y Lost, Abrams lo había hecho de nuevo.

J. J. Abrams nos dejó un thriller intrigante con un final que prometía otros mundos, otras invasiones y otras intrigas.

El director nos dejó un thriller intrigante con un final que prometía otros mundos, otras invasiones y otras intrigas. Quedó entonces planeando una promesa: si se había estrenado una segunda parte, esto podría convertirse en un nuevo multiverso o una nueva antología que prometía calidad.

Ahí fue cuando se empezó a escuchar el nombre de un guión atorado en el limbo de la industria, escrito por Oren Uziel y titulado The God Particle. Era una trama de ciencia ficción hecha en 2012 que giraba en torno a unos astronautas que descubrían una misteriosa fuente de energía relacionada con el Bosón de Higgs y que, en el proceso de experimentar con ella, desaparecían accidentalmente a la Tierra. Sonaba como algo intrigante y terrorífico.

Se dijo que Julius Onah, la promesa nigeriana del cine que tenía apenas una desigual ópera prima (The Girl Is in Trouble), la dirigiría. Y sonaba a que Paramount iba a tratar de sacar el mismo stunt que tanto les había funcionado con 10 Cloverfield Lane: tomar a un guionista promisorio (en la segunda parte había sido el mismísimo Damien Chazelle) y retrabajar su historia para que se ajuste al universo de Abrams.

Pasó el tiempo, se perdió la pista del proyecto y, de pronto, se supo que se estrenaría en febrero del 2017, luego en octubre, luego en abril del 2018… hasta que finalmente soltaron ese tráiler tan esperanzador en medio del Super Bowl. La espera se había reducido, después de seis años, a unos cuantos minutos y todo era demasiado bueno para ser verdad.

Netflix había ganado una ganga que, vendida de forma correcta, podría generarle nuevos usuarios y un tráfico impresionante.

Paramount hizo exactamente lo mismo que había hecho con la entrega anterior al adaptar el guión de Uziel a la franquicia Cloverfield. La cosa que cambió es que, cuando vieron la película, entendieron que era una absoluta basura y que sería imposible venderla internacionalmente. ¿Entonces qué decidieron hacer? La cinta había costado 45 millones, ¿cómo podían evitar gastar otros 50 en marketing y distribución?

Ahí es donde entró Netflix, que propuso comprarles la película por la modesta cantidad de 50 millones de dólares. Así, desesperados por el bodrio que tenían entre manos, aceptaron. Eso significa que Paramount le tuvo tan tan poca fe a The Cloverfield Paradox que se acomodó con un margen de 5 millones de ganancias. Eso no es nada, nada, nada para sus parámetros. Netflix había ganado una ganga que, vendida de forma correcta, podría generarle nuevos usuarios y un tráfico impresionante.

La calidad de la cinta, en todo este esquema, importó un carajo.

La maldita premisa

Me disculpo de antemano por darles una introducción tan larga a la tormentosa historia de esta producción. Pero es que el contexto es esencial aquí. De hecho, el contexto es lo único que nos queda y lo único de lo que se seguirá hablando alrededor de The Cloverfield Paradox.

La película tomó más o menos el argumento original de Uziel. Un grupo de astronautas conformado por el más típico cliché de intencionalidad representativa: el capitán afroamericano (David Oyelowo), la astronauta inglesa (Gugu Mbatha-Raw), el antipático y sospechoso alemán (Daniel Brühl), la necesaria astronauta china (Zhang Ziyi), el astronauta ruso (Aksel Hennie) y el alivio cómico irlandés (Chris O’Dowd)… porque los irlandeses beben y se pegan y están cagados, supongo.

La misión de este pintoresco grupo (absolutamente desprovisto de química e interés) es descubrir, con un acelerador de partículas algo extraño, una fuente de energía renovable para la Tierra. Porque en este futuro cercano todas las reservas de energía terrestre se están acabando: no hay gasolina, no hay electricidad y se avecinan nuevos conflictos mundiales.

Si me preguntan cómo se justifica esto en cuestiones científicas, le están preguntando a la persona equivocada: todo lo que sucede en esta película me parece tan absurdo como incomprensible.

¿Por qué montar el acelerador de partículas en el espacio, se preguntarán? Porque, al parecer, esa cosa es demasiado peligrosa para tenerla en la Tierra. Como una última esperanza de la humanidad, tienen que intentarlo… pero todos temen que se pueda causar lo que llaman “la paradoja Cloverfield”. Este accidente causaría que, a nivel molecular, se juntaran varias dimensiones y se “liberaran los demonios de otro universo”.

Obviamente, en uno de los últimos intentos, logran una fisión que se sale de control y todo vale madres. De pronto, los astronautas pierden contacto con la Tierra, no la encuentran por ningún lado, pierden todo instrumento de navegación y empiezan a pasar cosas extrañas en la estación.

Si me preguntan cómo se justifica esto en cuestiones científicas, le están preguntando a la persona equivocada: todo lo que sucede en esta película me parece tan absurdo como incomprensible. No sé por qué, al partir de un Bosón de Higgs (¿?), se fragmenta la realidad como la conocemos; o por qué la solución más barata a la crisis de energía de la humanidad sea construir un acelerador de partículas en el espacio; o por qué un grupo de científicos astronautas pueden perder de vista el Sol en el espacio…

Pero lo que sí tengo es un poco de sentido común y algo de lógica nivel crayola. Ahora bien, con esos rudimentarios conocimientos me voy a atrever a hacer los siguientes comentarios.

Primero que nada, dejando lo ilógico de todo el asunto, es impresionante volver a ver una cinta de ciencia ficción comercial, a esa escala, que dependa totalmente de diálogos de exposición para cimentar su premisa. Y no se trata de cualquier diálogo de exposición: este es el guión más dolorosamente ejecutado que he visto en años.

Cuando piensas que ya nadie tiene sentido, las cosas se ponen seriamente ridículas y esta película llega a ser involuntariamente graciosa…

Un horror que se siente completamente desarticulado desde las primeras secuencias de la película y que se va poniendo peor por el score pésimamente ejecutado, con una dirección torpe que nunca se convence de su propia propuesta. Y cuando piensas que ya nadie tiene sentido, las cosas se ponen seriamente ridículas y esta película llega a ser involuntariamente graciosa…

La desaparición de la Tierra no es la preocupación central de los astronautas (que superan eso en 15 minutos) sino las ocurrencias que suceden en la nave. La explicación aquí es que, como llegaron a otra dimensión, todo es posible. Cuando digo todo, es todo. Aparecen gusanos adentro del cuerpo de un ruso que también portaba un giroscopio del tamaño de un balón de fútbol entre los intestinos sin darse cuenta; un muro que cercena un brazo sin que la amputación lastime a la víctima; un brazo que aparece con voluntad propia y que aprende a escribir y que conoce la ubicación del giroscopio…

El punto aquí era recrear de la manera más artificial tropos gastados de otras películas de horror. Tenemos los gusanos de Shivers y The Bay, los malviajes alucinantes de Event Horizon, otro poco de body horror, la mano de Los Locos Adams, la sensación de claustrofobia que inauguraron Black Star y Alien, la premura apocalíptica de Sunshine y todo lo que había querido homenajear Life con muchísima más dignidad que esta película.

El maldito desperdicio

Si crear una sensación de suspenso a través de mecanismos de horror gastados es el punto central de la película, el explicar la razón de su ingreso al universo de Cloverfield es la otra preocupación que guía el destartalado argumento. Y esta preocupación no se resuelve con mayor elegancia…

En el primer diálogo entre Ava Hamilton y su marido nos enteramos de toda un subtrama derivativa que va a servir para pura madre. Porque las convicciones maternas de la protagonista, el esposo varado en la invasión interdimensional y los conflictos maritales son una excusa para relacionar, de la forma más artificiosa, la primera película a esta tercera entrega.

Lo que quiere esta cinta es explicar por qué llegó a la Tierra el monstruo de la primera película. Y la explicación aquí es: hicieron un experimento que trajo algunas cosas de otra dimensión a la Tierra –es decir monstruos– y cosas de nuestro mundo se fueron a la otra dimensión (como la estación espacial).

Nunca nos explican qué hacían estos monstruos en la otra tierra, ni por qué, existiendo ellos, la humanidad andaba preocupada construyendo la misma estación pedorra con un acelerador de partículas. O si, en realidad, todo fue la mezcla azarosa de muchísimas dimensiones lo que causó todo este caos… Todo para que, finalmente, la tensión de los tropos de horror cree la sensación de un escape traumático hacia otra situación desesperada; todo para que uno sienta una relación afectiva con una protagonista que te importa un carajo, con una Tierra que te importa un carajo y con una película que ya dejó de tener sentido.

Explicar la razón del ingreso de la película al universo de Cloverfield es la otra preocupación que guía el destartalado argumento.

¿Por qué me parece un insulto esta película? ¿Por qué creo que todas estas imbecilidades son tan molestas? ¿Por qué me tomo tan personalmente este bodrio?

Porque en una época en la que la ciencia ficción de Hollywood está arriesgándose con conceptos complejos (Arrival, Rise of the Planet of the Apes) y que la ciencia ficción independiente está creando joyas únicas (Ex Machina, Moon, Primer, Coherence…), esta película representa un regreso a los más piteros blockbusters que desacreditaban el género. Esto es un retroceso imbécil e innecesario que, además, tira por la borda una gran oportunidad de renovar las antologías de Cloverfield y seguir el misterio que nos había dejado la primera cinta.

Desacreditar las teorías de fans, el culto que se había creado alrededor de este kaiju americano, para darnos una película inútil e insultante para el espectador es francamente terrible. Entiendo el movimiento de marketing, entiendo cómo rescataron este bodrio con una movida inteligente de Netflix. Pero fuera de la historia de distribución única, fuera de los morlacos que salvaron, fuera de lo que libró Paramount, esta cinta es un absoluto bodrio que pasará a la historia como un abogado inconsciente del realismo insulso de Hollywood.

Lo bueno
  • Que, durante medio tiempo del Super Bowl, tuvimos alguna ilusión.
Lo malo
  • Esperamos años para ver esta cosa infame.
  • Destruye toda la mitología intrigante de Cloverfield.
  • Es un insulto para la ciencia ficción seria.
  • Es una copia burda de muchas otras películas mejores.
  • Que se desperdicie un elenco talentoso.
  • Que no hay nada rescatable.
Veredicto

Ya no quiero gastar más tiempo en este bodrio. Si escribí una reseña tan larga para algo tan malo es porque la historia de producción y la espera por esta cosa creó expectativas desmedidas. Y porque, de alguna forma, tenía que ventilar mi frustración frente a una basura tan insultante para un género que sinceramente quiero. A pesar de las secuelas que vengan, esta película marca es el fin de la saga de Cloverfield, es el fin de un interés siempre vivo en la cinta del 2007. Es el fin de una era y que se pudran todos.

Título: The Cloverfield Paradox.

Duración: 102 min.

Director: Julius Onah.

Guión: Oren Uziel, Doug Jung.

Elenco: Daniel Brühl, Elizabeth Debicki, Aksel Hennie, Gugu Mbatha-Raw, Chris O’Dowd, John Ortiz, David Oyelowo, Zhang Ziyi.

País: Estados Unidos.

Año: 2018.

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